Tres en una cama: la última noche antes de los exámenes
La cama era demasiado pequeña para tres personas. Andrés ocupaba la mitad del colchón sin pensarlo, con un brazo extendido sobre las almohadas y las piernas separadas. Lucía y Nadia llenaban el espacio que quedaba, pegadas la una a la otra, desnudas como él, con la sábana enredada en los pies.
La ropa estaba tirada por el suelo en el orden exacto en que se la habían quitado: los vaqueros de Nadia cerca de la puerta, el vestido de Lucía encima de la camisa de Andrés, la ropa interior esparcida sin ningún criterio. Junto a la mesita de noche, dos preservativos usados y el envoltorio rasgado de la caja que Andrés había cogido del pasillo.
Para los tres había sido la primera vez que hacían algo así.
Posiblemente no sería la última.
***
Todo empezó, en cierto modo, con una decisión de sus padres.
Lucía llevaba dos años estudiando Psicología en Salamanca cuando las tres familias acordaron que compartir piso era la solución más sensata. Ahorraban dinero, se tenían compañía y, suponían, se controlaban mutuamente. Ninguno de los adultos habría podido imaginar adónde conduciría esa última parte.
Lucía tenía veinte años y era la mayor de los tres. Era menuda, de metro sesenta y uno, con el pelo largo color caramelo que le llegaba a media espalda. Su cara conservaba algo de infantil pero prometía cosas que no eran inocentes en absoluto. Su cuerpo era delgado pero con las curvas en los lugares exactos: pechos generosos y un trasero que cualquier pantalón ajustado hacía imposible ignorar. Subía siempre por las escaleras en lugar de coger el ascensor, y se notaba en las piernas.
Andrés y Nadia tenían dieciocho años y estudiaban primero de Derecho. Llegaron a Salamanca en septiembre, al mismo curso y al mismo horario, aunque hasta entonces apenas se conocían. Andrés era primo de Lucía por parte de madre; Nadia, por parte de padre. Entre ellos no había parentesco.
Se habían visto de niños en la comunión de Lucía, en algún verano en casa de los abuelos, en fotos de redes sociales a las que uno le daba like al otro sin pensarlo. Cuando llegaron al piso del centro ya tenían cierta familiaridad, pero nada más que eso.
Andrés era del montón y lo sabía. Metro setenta, pelo corto, sin cuerpo de gimnasio. Lo que tenía era otra cosa: una facilidad natural para hablar con las chicas, una seguridad que costaba explicar hasta que pasabas tiempo con él y empezabas a entender de dónde venía. Había tenido varias novias, se cansaba de ellas antes de que ellas se cansaran de él, y llevaba semanas liado con Rebeca, una pelirroja de Biología que era simpática, de buen cuerpo y de pocas complicaciones.
Nadia era la más alta de los tres con diferencia. Metro ochenta y dos, años de voleibol impresos en cada músculo, pelo corto y negro, ojos verdes, una cara alargada con labios abultados que llamaban la atención antes de que dijera una sola palabra. Piernas fuertes, abdomen plano con un piercing en el ombligo, pechos pequeños y firmes con pezones largos que apuntaban hacia arriba. Era lesbiana desde los dieciséis, nunca lo había escondido, y hasta esa noche nunca había estado con un hombre.
***
Era la última noche de clase antes de los exámenes de diciembre.
Andrés estaba en el bar con Rebeca cuando ella le anunció que tenía la regla. La noche se redujo a cervezas y conversación, con una mano suya sobre aquellos pechos enormes que siempre le costaba dejar de tocar. A las once ella le dijo que sus padres estaban en casa y que no podía quedarse. Andrés pidió otra cerveza y se resignó.
Lucía estaba con sus amigas de facultad, sin ganas de llevarse a nadie a casa. Se lo estaba pasando bien y eso era suficiente.
Nadia había quedado con Carmen. Carmen estudiaba en Valladolid y venía a Salamanca cuando podía. Llevaban tres meses saliendo, habían hecho funcionar la distancia y esa noche Nadia la había invitado al piso. En el grupo de WhatsApp de la casa había mandado un mensaje pidiendo que nadie llegara tarde porque tendría visita. Andrés y Lucía respondieron con un pulgar hacia arriba sin darle más vueltas.
El problema llegó antes de medianoche.
Lucía fue la primera en ver el mensaje privado de Nadia, no en el grupo común sino en el chat entre las dos: «Carmen me ha dejado. Estoy en casa.»
Lo leyó dos veces. Después se despidió de sus amigas, recogió el abrigo y llamó a Nadia mientras bajaba las escaleras del bar.
Andrés se enteró diez minutos más tarde, cuando vio a Lucía ponerse el abrigo y fue a ver qué pasaba. Ella le explicó por encima lo que había ocurrido. La noche con Rebeca ya no tenía mucho futuro de todas formas. Decidió irse también.
***
Llegaron juntos al piso. Lucía le dijo a Andrés que esperara en el pasillo.
—Si en cinco minutos no abrimos, vete a la cama —le dijo—. Esto puede ser largo.
Andrés asintió. Se cambió de ropa, se lavó los dientes y se tumbó en su cama con el móvil. Pasaron diez minutos. Quince. Ningún sonido al otro lado de la pared.
O están llorando muy bajito o está pasando otra cosa.
Fue a la terraza. Las habitaciones de Lucía y Nadia daban al mismo espacio exterior. Nadia fumaba allí y siempre dejaba la persiana sin cerrar del todo para que se fuera el olor.
Se agachó y miró por la rendija.
Tardó un segundo en entender lo que estaba viendo. Cuando lo entendió, no fue capaz de apartarse.
***
Lucía estaba tumbada en la cama sin camiseta. Nadia estaba sobre ella, con la boca en sus pechos, moviéndose de uno al otro sin prisa.
—Los dos —decía Lucía en voz baja—. No te quedes solo con uno.
Los pezones oscuros de Lucía contrastaban sobre sus pechos grandes y blancos, brillantes de saliva. Nadia obedecía sin decir nada, concentrada, con las manos en la cintura de su prima.
Andrés se apoyó contra la pared de la terraza y se pasó una mano por la cara.
Siguió mirando.
Nadia bajó una mano al vientre de Lucía y empezó a moverse sobre la tela del pantalón. Lucía no se quedó quieta: cuando no estaba guiando la cabeza de Nadia con una mano, con la otra buscaba el cierre del sujetador de su prima.
Cuando el sujetador de Nadia cayó a un lado y Andrés pudo ver sus pechos pequeños y firmes, con aquellos pezones largos y puntiagudos, ya no estaba en condiciones de irse.
Las dos se quitaron los pantalones. Ropa interior, Nadia con un tanga de hilo y Lucía con uno negro. Andrés esperó un momento, dio un paso atrás mientras se desvestían para no ser visto, y volvió a asomarse en cuanto retomaron lo que hacían.
Ahora era Lucía la que estaba arriba, mordiéndole los pezones a Nadia mientras una mano desaparecía bajo su tanga. Nadia cerraba los ojos y apretaba las sábanas con las dos manos.
Andrés se bajó el pantalón del pijama.
Lo que vino después fue un estudio involuntario de cómo funciona el cuerpo de una mujer cuando alguien sabe exactamente qué tocar. Lucía le quitó el tanga a Nadia, la besó entre las piernas y tardó poco en encontrar el ritmo. Llevaba a Nadia al límite y la dejaba volver, aceleraba y paraba, controlaba cada reacción con una precisión que Andrés observaba sin respirar apenas.
Cuando Nadia llegó al orgasmo fue con un sonido largo y contenido que Andrés sintió en el pecho.
Después cambiaron. Nadia hizo con Lucía lo que Lucía había hecho con ella, con más experiencia y sin ninguna duda. Lucía tardó menos de la mitad.
Fue entonces cuando Andrés oyó la frase que cambió el resto de la noche.
—Nunca me he corrido con un hombre —dijo Nadia, tumbada junto a su prima—. Ni sé cómo sería.
—No sabes lo que te pierdes —respondió Lucía—. Ningún plástico es lo mismo.
—No tenemos ninguno a mano —dijo Nadia—. Sigue tú.
Andrés llevaba cinco segundos pensando las mismas cuatro palabras.
Fue al pasillo. Cogió la caja de preservativos de su habitación. Respiró una vez.
Abrió la puerta.
Se quedó en el marco, con una mano apoyada en el borde. Sus dos primas lo miraron. Ninguna gritó, ninguna se tapó. Solo miraron su cara un segundo y después bajaron la vista.
—¿Quién quiere ser la primera? —dijo Andrés.
***
Lucía fue la primera. Se puso a cuatro patas en la cama, le indicó a su primo que se acercara y dejó a Nadia tumbada frente a ella.
Andrés se puso el preservativo y se arrimó. La encontró húmeda desde mucho antes de que él hubiera llegado a la terraza. Empezó despacio, pero Lucía no tenía paciencia para eso.
—Más fuerte —dijo—. Como a mí me gusta.
Andrés cogió el ritmo que ella pedía. Sus caderas chocaban contra el trasero de Lucía con un sonido que llenaba la habitación. Nadia estaba en la cama frente a ella, y Lucía no paraba de tocarla mientras recibía a su primo por detrás. Era difícil saber dónde mirar. Andrés alternaba entre la espalda de su prima, la cara de Nadia y el punto en que sus cuerpos se juntaban.
Intentaba pensar en otra cosa para no acabar demasiado pronto. Capitales de provincia. Fórmulas de álgebra. Cualquier cosa que no fuera lo que tenía delante.
Lucía se corrió dos veces antes de decir que era suficiente. Se apartó de Andrés, le dio un beso rápido en la mejilla y lo tumbó en la cama.
Nadia lo observó desde arriba.
Se montó encima despacio, con las manos apoyadas en su pecho. Cogió su miembro con una mano, lo colocó en su entrada y empezó a bajar.
Se detuvo a mitad.
—Es diferente —dijo, casi para sí misma.
—¿Diferente cómo? —preguntó Lucía desde su lado.
—Diferente como que quiero más.
Terminó de bajar de golpe. Andrés notó ese calor específico que no tiene ninguna imitación posible, y por un momento no fue capaz de pensar en nada.
Nadia empezó a moverse. Despacio al principio, calibrando, encontrando qué hacía qué. Lucía se tumbó a su lado, le cogió los pechos, le mordió el cuello, le pasó una mano por el abdomen. Nadia respondía a todo al mismo tiempo, ajustando el ritmo, apretando para sentir más.
Andrés levantó las caderas para encontrarse con sus movimientos. Ella aceleró.
—Así —dijo Nadia, y no dijo nada más.
Lucía se incorporó y se arrodilló junto a los dos. Andrés giró la cabeza hacia ella. Los dos se entendieron sin necesidad de palabras.
Los tres estuvieron así un tiempo que ninguno supo medir. La habitación estaba oscura, olía al calor de los tres cuerpos y el único sonido era la respiración de cada uno mezclada con la de los otros dos. Andrés alternaba entre cerrar los ojos y no perder detalle de lo que tenía delante: el cuerpo de Nadia sobre él, las manos de Lucía moviéndose entre los dos, la cara de Nadia cuando dejaba de contenerse.
Cuando Andrés ya no pudo más, avisó.
Las dos se apartaron y se colocaron juntas frente a él. Andrés se incorporó. Lucía le puso una mano en la nuca, Nadia se acercó.
El primer chorro fue para Nadia. El segundo, para Lucía. El resto lo compartieron las dos solas, sin que nadie dijera nada, limpiándose la una a la otra con los labios.
Andrés se quedó tumbado mirando el techo.
No dijo nada porque no se le ocurrió nada que tuviera sentido decir.
***
Por la mañana, cuando la luz del amanecer entraba por la rendija de la persiana, los tres seguían en aquella cama demasiado estrecha.
La ropa en el suelo. La sábana en los pies. El envoltorio vacío de preservativos sobre la mesita.
Nadie había planeado nada.
Y sin embargo.