Aquel maduro del bus me hizo perderme bajo la manta
Llevaba años leyendo relatos eróticos en línea antes de animarme a escribir el mío. Para que se hagan una idea de quién les cuenta esto: soy bajita, mido un metro cincuenta y dos, morena, con curvas más generosas de lo que a mi madre le gustaría. Pechos grandes, caderas anchas, el tipo de cuerpo que los hombres de cierta edad miran un segundo más de lo necesario cuando paso por su lado en el supermercado.
Tenía veintidós años cuando ocurrió esto. Y todavía hoy, cuando subo a un autobús, lo primero que hago es mirar quién se va a sentar a mi lado.
***
Aquel viernes de marzo me había tocado viajar a la capital por un trámite del banco. Salí a las seis de la mañana y la idea era volverme el mismo día, sin perder noche. El de ida fue aburrido. El de regreso, no.
Me subí al autobús a las siete y media de la tarde. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte para ser un bus interprovincial, y eso que yo iba bastante ligera: un top blanco que me apretaba más de la cuenta, una chaqueta de jean abierta y un short corto. En la mochila llevaba unas zapatillas y casi nada más.
Me senté en la ventana y me puse los auriculares. Estaba cansada, pero no tenía sueño. El asiento del pasillo seguía vacío y, mientras miraba a la gente subir, me crucé los dedos para que me tocara una abuelita o una chica de mi edad.
No pasó.
Subió un hombre que rondaba los cuarenta y siete, calculé. Vestía pantalón oscuro, camisa celeste arremangada hasta el codo y un cinturón marrón que se le veía gastado pero bueno. El pelo lo tenía canoso en las sienes y en la barba. No era guapo de revista, pero tenía esa pinta de hombre que pasó por muchas cosas y aprendió a sentarse derecho. Buenas manos, también. Lo primero que miré.
—Permiso —dijo, y se acomodó a mi lado—. Espero no molestar.
—Para nada —contesté sin sacarme el auricular.
Pero me lo saqué.
***
El bus arrancó cuando ya era de noche. Recién salimos de la terminal y el chofer apagó las luces grandes; quedó solo la franja tenue del pasillo. Yo apoyé la cabeza en el vidrio y miré hacia afuera, pero por el rabillo del ojo notaba que él no había abierto el libro que tenía sobre las piernas.
Me estaba mirando.
No de manera grosera. De esa forma en la que un hombre mira y, cuando una se da vuelta, hace como que estaba mirando otra cosa pero los dos lo saben. Su rodilla, eso sí, estaba pegada a la mía sin disimulo. Y no se movía.
—¿Vas hasta el final del recorrido? —me preguntó después de un rato.
—Hasta la última parada.
—Yo me bajo dos antes —dijo, y sonrió con la mitad de la boca—. Una pena.
No supe si reírme o sonrojarme. Me reí. Y, sin pensarlo demasiado, me estiré el top hacia abajo con un movimiento que pretendía parecer accidental. Los pechos se me acomodaron solos. Él bajó la mirada y la subió como quien no quiere la cosa.
Algo se me movió en el estómago. No sé si era el morbo, o el aburrimiento, o las ganas de sentirme deseada por alguien que no fuera el novio de mi compañera de cuarto. Decidí que iba a jugar un poco. Solo un poco. Para sentirme grande.
***
Cuando el autobús se metió en la carretera y empezó a moverse, aproveché cada bache para ajustarme el top. Me lo subía con dos dedos, lo bajaba con la otra mano, y entre medio dejaba que mis pechos rebotaran al ritmo del camino. Él no decía nada. Apretaba un poco el libro contra la pierna, eso sí. Y se humedecía el labio cada tanto.
A los cuarenta minutos, el chofer hizo la parada de siempre en una estación de servicio. La mayoría de los pasajeros bajó a estirar las piernas o a comer algo. Yo me quedé porque me daba flojera. Él se levantó y me preguntó si quería algo.
—Lo que tú elijas —respondí.
Volvió con un alfajor de chocolate, un café en vaso de cartón y una sonrisa que ya no tenía nada de caballerosa. Me extendió el café.
—Para que no te duermas —dijo.
—¿Y por qué no quieres que me duerma?
Se rio bajito.
—Porque sería una lástima.
Le agradecí con la mirada que me sale cuando quiero que un hombre piense lo que no debería pensar. Él entendió. Volvió a sentarse, esta vez más cerca, y no me devolvió ni un centímetro de la rodilla.
***
Cuando el bus volvió a salir, el chofer apagó hasta las luces del pasillo. Quedamos en penumbras totales, salvo por las pantallitas que algunos pasajeros tenían encendidas. La mayoría dormía.
—¿Cuántos años tienes? —me preguntó él bajito, casi al oído.
—Veintidós.
—Eres una nena.
—No tan nena.
—¿Y qué hace una nena vistiéndose así para viajar sola?
—Vestirme como quiero.
Se rio. Esta vez la risa fue una vibración que sentí en el cuello, porque ya estaba demasiado cerca. Su mano, que hasta ese momento había estado sobre el muslo propio, se movió y me apretó la rodilla.
Yo no la saqué.
***
El autobús pegó un movimiento brusco al esquivar algo en la carretera. Yo me dejé caer contra él y, en el mismo gesto, me estiré el top con tan poca delicadeza que un pecho se me salió entero por arriba de la tela. Lo dejé así medio segundo más de lo necesario. Lo suficiente para que él lo viera entero. Después me acomodé, despacio, mirándolo.
—Disculpa —susurré.
—Por favor —contestó—. No te disculpes nunca por eso.
Su mano subió de la rodilla al medio del muslo. Le crecía un bulto bajo el pantalón; lo veía sin mirar. Me hice la que necesitaba ver el paisaje y me incliné por encima de él hacia el pasillo, con la excusa de mirar al frente. Mi trasero le rozó el regazo. Mis pechos quedaron a la altura de su cara. Él respiró fuerte por la nariz y me apretó la cintura para que no perdiera el equilibrio.
—Cuidado, nena —dijo—. Te vas a caer.
Pero yo no me caí. Me deslicé despacio para volver al asiento, dejando que mi cuerpo le tocara cada parte por la que pasaba. Cuando me senté de nuevo, su mano ya estaba abierta sobre mi muslo, y la mía sobre su rodilla.
***
—Tengo una manta —murmuró—. ¿Quieres?
—Tengo frío —mentí.
Sacó del bolso una manta liviana, gris, de esas que dan en los viajes largos. La extendió sobre los dos. La tela alcanzaba justo para taparnos hasta el cuello si nos acomodábamos.
Por debajo, todo cambió.
Su mano se metió por dentro del short antes de que yo terminara de respirar. Sus dedos me encontraron empapada y eso lo hizo gemir bajito contra mi cuello, como si lo hubiese sorprendido descubrir hasta dónde había llegado todo en tan poco tiempo. Empezó a acariciarme despacio, dibujándome círculos con la yema del dedo del corazón, todavía por afuera de la tela de la ropa interior. Yo cerré los ojos.
—Quietita —me dijo al oído—. No quiero que nadie se dé cuenta.
Asentí. No podía hablar. Tenía el corazón en las costillas y la boca tan seca que me costaba tragar.
***
Él me corrió la ropa interior hacia un costado. Cuando me tocó directo, sin tela en el medio, tuve que morderme el labio para no soltar ni un ruido. Yo metí la mano debajo de la manta también y le bajé el cierre del pantalón. Él me ayudó. Su miembro era grueso, caliente, y el primer apretón me sirvió para entender que no iba a ser un jueguito de cinco minutos.
Empezamos a tocarnos al mismo tiempo. Yo lo masturbaba con la mano izquierda, despacio para no llamar la atención, y él me metía un dedo y luego dos y los movía con una paciencia que me volvía loca. Cada bache del camino le ayudaba a llegar más adentro. Cada bache me obligaba a apretar los dientes para no gemir.
—Eres una diabla —me susurró—. ¿Quién te enseñó a moverte así?
—Nadie —contesté—. Estoy aprendiendo ahora.
Se rio, y su risa contra mi oreja me hizo arquear la espalda contra el respaldo. Aproveché el movimiento para que el top me bajara una vez más. Él miró debajo de la manta y, sin pensarlo, agachó la cabeza y me puso la boca sobre el pecho. Apenas un segundo, lo justo para chuparme el pezón y volver a su lugar antes de que cualquier vecino se moviera en el sueño.
Yo casi me vine ahí mismo.
***
—No te vengas todavía —me dijo, leyéndome la cara—. Aguanta.
—No puedo.
—Sí puedes.
Me besó la sien, después la mejilla, después la comisura de los labios. Y siguió moviendo los dedos.
Probé sentarme de costado. Quise montarme, pero no había forma sin que medio bus se diera vuelta. La idea de que se enteraran me ponía peor todavía. Pensé en el chofer, en la pareja del asiento de adelante, en la señora dos filas más atrás. Pensé en mi propio padre, que tenía la edad de este hombre. Pensé que estaba mal. Y, justo por estar mal, no podía parar.
Me vine la primera vez con la cabeza apoyada en su hombro y la mano de él tapándome la boca. Una sacudida lenta, larga, que me dejó muerta. Él no paró. Me siguió tocando mientras yo todavía temblaba.
Me vine la segunda vez sin avisarle, mordiéndole el cuello. Le clavé los dientes para no gritar. Él aguantó sin moverse, salvo para acariciarme el pelo con la mano libre.
Me vine la tercera vez de manera silenciosa, casi sin respirar, cuando él me metió tres dedos al fondo y yo le subí la mano a la altura justa para que terminara también.
Sentí su mano apretarme la cadera. Después un calor en la palma. Después un suspiro contra mi oreja que me erizó la nuca entera.
***
Quedamos quietos un rato. La manta ocultaba el desorden. Yo me lamí los dedos para ver a qué sabía y él me miró con una cara que no le voy a olvidar nunca: una mezcla de ternura, de culpa y de hambre que no le había visto a ningún chico de mi edad.
—Faltan diez minutos para mi parada —dijo bajito.
—Bueno.
—¿Cómo te llamas?
—No te lo voy a decir.
Se rio. Esta vez fue una risa de hombre cansado y feliz.
Me siguió acariciando por encima del short hasta dos minutos antes de bajarse. Cuando el bus paró, se acomodó la ropa, se limpió la mano disimuladamente con un pañuelo del bolsillo, dobló la manta y la guardó. No me miró cuando se levantó. Bajó del autobús sin volverse.
Yo me asomé por la ventanilla, aunque sabía que no debía hacerlo. Lo vi del otro lado, en la acera. Una mujer de su edad, con un saco beige y la cartera apretada contra el pecho, le sonrió y le dio un beso suave. Él la abrazó como si recién volviera de un viaje agotador. Tomaron al hijo grande del brazo y se fueron caminando.
***
Le había dado mi número antes de bajarse, escrito en la parte interior del envoltorio del alfajor. No me preguntes por qué. Yo tampoco lo sé.
Me llamó esa misma noche. No le contesté. Me llamó al otro día. Tampoco. Me llamó toda la semana, a horas raras, casi siempre en horario de oficina. Nunca atendí. No por falta de ganas. Por miedo. Por sentido común. Por la mujer del saco beige.
Después dejó de llamar.
Hoy tengo veintiséis años y todavía, cuando subo a un autobús de noche, miro al hombre que se sienta a mi lado. Algunos me devuelven la mirada y, por un segundo, me acuerdo de la manta gris, del bache de la carretera, del calor de aquella mano que sabía exactamente lo que hacía.
A veces fantaseo con que sea él. Con que me reconozca. Con que esta vez el bus pare en un motel y no en una acera donde lo espera otra mujer.
Pero los hombres que se sientan a mi lado, en general, abren un libro y me dicen buenas noches.
Y yo me pongo los auriculares, miro por la ventanilla y me acomodo el top.
Por las dudas.