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Relatos Ardientes

La confesión de nuestros jueves en el cine

Eran las diez y diez de un jueves cuando entramos en la sala cuatro del cine viejo de la avenida San Martín. Tomás compró las entradas como si tal cosa, con esa calma de hombre acostumbrado a saber que la noche le va a salir bien. Yo llevaba un vestido negro ajustado hasta la rodilla, medias con liguero debajo y los labios pintados de rojo granate. No iba a ver la película. Hacía siete años que veníamos al cine los jueves por la misma razón, y rara era la vez que llegábamos al final de la trama.

Cumplí cincuenta y dos años en marzo. Tomás tiene cuarenta y siete y conserva ese cuerpo grande de hombre que nunca dejó del todo el gimnasio. Yo no soy delgada y nunca lo fui. Caderas anchas, pechos pesados, una barriga baja que él sabe acariciar como nadie. Las canas en mi pelo castaño se notan más cuando lo recojo, y esa noche lo llevaba en un moño bajo, deshecho a propósito.

Nos sentamos en la penúltima fila, en el centro, y dejamos un asiento libre a cada lado. Era nuestro lugar. La sala estaba a media luz y casi vacía: una pareja mayor en la primera fila, dos chicas pegadas al pasillo y, dos filas por delante de nosotros, ligeramente a la derecha, un chico solo.

Lo vi antes incluso de quitarme el abrigo. Estaba desplegado en la butaca como solo se desploman los muchachos jóvenes, las piernas abiertas, el móvil iluminándole la cara desde abajo. Tendría veinte años, veintiuno como mucho. Pelo negro revuelto, mandíbula que aún parecía nueva, una boca que se mordía sin darse cuenta.

—Mira a ese —le susurré a Tomás, inclinándome sobre su hombro—. Parece que se equivocó de película.

Tomás giró apenas la cabeza, lo justo para verlo, y sonrió de costado.

—Está solo. Y ya nos miró dos veces desde que entramos.

Empezaron los créditos. Las luces bajaron. La sala olía a palomitas viejas y a perfume barato. Yo dejé que mi mano cayera sobre el muslo de mi marido y subiera lento, sin disimulo. Él se inclinó hacia mí y me besó. Despacio, con lengua, dejando que el sonido del beso se oyera en aquella penumbra.

—Que te oiga —murmuró contra mi oreja.

Y obedecí.

Le dejé que me metiera la mano por debajo del vestido. Que apartara las bragas. Que me frotara el clítoris con dos dedos en círculos lentos mientras la pantalla parpadeaba. Solté el aire de un gemido, no demasiado fuerte, lo justo para que llegara dos filas más adelante.

El chico giró la cabeza.

Volvió a la pantalla enseguida, rojo hasta las orejas, pero medio minuto después miró otra vez. Yo le sostuve la mirada, abrí un poco más las piernas y le sonreí con esa lentitud que se aprende con los años. Lo vi tragar saliva. Lo vi removerse en la butaca. Lo vi acomodarse el pantalón.

Le di un beso a Tomás en la sien, me levanté y bajé por el pasillo lateral. Los tacones sonaban contra el suelo de cemento como un metrónomo. Sentí los ojos del chico siguiéndome el culo desde la fila tres.

Me senté a su lado.

—¿Te molesta? —pregunté con la voz más ronca de lo que pretendía—. Mi marido y yo nos pusimos un poco pesados allá atrás.

—No… no, para nada.

Le tembló la voz. Me gustó.

Tomás bajó por el otro pasillo y se sentó del otro lado, encerrándolo entre los dos sin que el chico tuviera tiempo de pensarlo. Le puso una mano en la nuca, le masajeó el cuello con el pulgar como se calma a un caballo nervioso.

—Tranquilo —le dijo en voz baja—. Nadie te obliga a nada. Solo queríamos saludarte.

—¿Cómo te llamas? —pregunté yo.

—Mateo —contestó.

—Mateo —repetí, paladeándolo—. ¿Viniste solo a propósito o te dejaron plantado?

Soltó una risa nerviosa.

—Plantado.

—Mejor —dije.

Tomás se inclinó por encima de él y me besó en los labios. Fue un beso largo, lento, descarado, con el chico atrapado en medio respirando entrecortado. Cuando nos separamos, le hablé al oído como si fuéramos novios.

—El baño de discapacitados está libre. Tiene cerradura. Si te apetece ver más, o lo que quieras, nosotros vamos para allá. Nadie te obliga.

Me levanté sin esperar respuesta. Tomás también. Caminamos hasta la puerta sin mirar atrás.

A los treinta segundos oímos otros pasos detrás.

***

El baño era amplio, frío, con paredes blancas y un espejo enorme sobre el lavabo. La cerradura hizo clic con un sonido que me erizó la piel. Mateo se quedó pegado a la puerta, inmóvil, como si todavía tuviera la opción de huir.

Yo me acerqué primero. Le pasé los dedos por la mandíbula, le levanté la cara y lo besé. Al principio respondió con torpeza, los labios cerrados, las manos rígidas a los lados. A la segunda pasada de mi lengua se abrió. A la tercera me agarró de la cintura como si llevara meses queriendo hacerlo.

Tomás se puso detrás de mí. Me subió el vestido hasta la cintura, me bajó las bragas hasta los tobillos y, sin avisar, me la metió de una sola embestida. Se me escapó un gemido contra la boca de Mateo, que abrió los ojos y me miró desde tan cerca que vi cómo se le dilataban las pupilas.

—Quítate la ropa —le susurré—. Quiero verte entero.

Obedeció con manos torpes. La camisa cayó al suelo. Después los vaqueros, los zapatos, los bóxers. Cuando se irguió frente a mí, me mordí el labio sin poder evitarlo. Era un cuerpo todavía nuevo, el pecho lampiño, la piel clara, una verga larga y derecha que ya estaba dura y le palpitaba contra el vientre.

Me arrodillé.

Le besé el interior de los muslos primero. Subí despacio. Le pasé la lengua por los testículos pesados, recorrí cada vena del tronco con la punta y, cuando por fin me la metí en la boca, Mateo soltó un gemido que rebotó contra los azulejos. Me agarró del moño deshecho con las dos manos.

Tomás se arrodilló a mi lado. Hombro con hombro. Mateo lo vio y se tensó, dio un pasito atrás contra el lavabo.

—Espera… espera… yo no… a mí me van las mujeres, no me van los tipos —balbuceó.

Tomás levantó las manos, calmado. Esa serenidad suya que me enamoró cuando éramos veinteañeros y que sigue funcionando dos décadas después.

—No pasa nada. Nadie te toca si no quieres. Solo miro.

—Si te animas —le dije yo, soltándolo un segundo y mirándolo desde abajo—, dos bocas son mejores que una. Solo si te animas. Pero te aseguro que no te vas a olvidar.

Cerró los ojos. Pensó. Asintió apenas, casi sin moverse.

Tomás se acercó. Empezó por el lado contrario, lamiéndole el tronco mientras yo me quedaba con la cabeza. Nuestras lenguas se rozaron alrededor del glande, se buscaron, se encontraron. Nos besamos con su verga en medio, compartiéndola. Mateo soltó un quejido largo y se sostuvo del lavabo con las dos manos para no caerse.

—Joder… joder… —murmuraba.

Eso era todo lo que decía. Joder. Una y otra vez. Como un rezo torpe.

Yo bajaba a los testículos mientras Tomás se la metía hasta la garganta. Cambiábamos sin hablarnos, con esa coreografía que aprendimos a hacer juntos. Le levantábamos la mirada de vez en cuando solo para asegurarnos de que seguía con nosotros, de que no se desmayaba.

—Me corro… me corro… no aguanto… —avisó al rato, con la voz hecha pedazos.

Pegamos las dos bocas, abiertas, lengua con lengua. Mateo empujó las caderas, me agarró la cabeza con una mano y la de Tomás con la otra, y se vino con un gemido bajo y profundo. Le cayó parte en mi lengua, parte en la de mi marido. Tomás giró la cabeza hacia mí y nos besamos despacio, pasándonoslo de una boca a otra, mezclándolo con saliva. Yo tragué lo último, me lamí los labios y miré al chico, que seguía agarrado al lavabo con las piernas temblando.

—Delicioso —dije.

***

Lo senté en el borde del lavabo. Le abrí las piernas. Le dije:

—Ahora miras tú.

Me di la vuelta. Apoyé las dos manos contra la pared blanca del baño, me arqueé, levanté el culo. El vestido seguía subido hasta la cintura, las medias negras del liguero a la vista. Miré al chico por encima del hombro, lo justo para asegurarme de que no apartaba la vista.

Tomás me agarró las caderas y me la metió de una. Hasta el fondo. Yo gemí sin contenerme. La cabeza colgando, el moño cayéndoseme del todo, los pechos balanceándose sueltos bajo el vestido abierto.

—Mateo —jadeé, sin dejar de mirarlo—, mira bien… mira cómo me lo hace…

Él asintió, mudo. La verga se le había puesto dura otra vez, increíblemente rápido. Goteaba sobre el mármol del lavabo. Se la agarró con la mano sin dejar de mirarme.

Tomás aceleró. Las embestidas me subían por la espina dorsal. Se oía el chasquido húmedo de cada empujón, el golpe seco de su pelvis contra mi culo, mis gemidos cada vez menos contenidos. Mateo se masturbaba con la boca entreabierta, los ojos clavados en cómo me abría, en cómo le respondía a mi marido.

—Fíjate —le dije, jadeando—. Fíjate cómo me chorrea por los muslos…

Él dejó escapar un sonido que no era una palabra.

No aguantó. No le pedí que aguantara. Apretó los dientes, intentó frenarse, pero la mano se le había vuelto loca y no había forma. A los pocos minutos echó la cabeza atrás, soltó un quejido ronco y se vino otra vez, sin querer, sin previo aviso. Salieron varios chorros calientes que me cayeron en la espalda baja, en el culo, en una de las medias. Una salpicadura le llegó al liguero.

Me reí, ronca y satisfecha.

—Mira cómo me dejaste, chiquito.

Tomás aprovechó. Empujó dos veces más con fuerza, me agarró del moño deshecho como riendas y se vino dentro de mí con un gruñido grave. Me llenó. Cuando se salió, despacio, sentí el reguero caliente bajándome por el muslo.

Me quedé un segundo así, apoyada contra la pared, recuperando el aire. Después me incorporé, me di la vuelta, me bajé el vestido como pude, me acomodé el pelo en el espejo. Mateo seguía sentado en el borde del lavabo con la verga goteando, las piernas abiertas, la cara colorada como si lo hubieran bajado a empellones de algún cielo.

Me acerqué. Le di un beso suave en la boca. Sabía a cigarrillo apagado y a algo dulce que no supe identificar.

—Ya sabes dónde encontrarnos —le susurré—. Jueves por la noche, sala cuatro. La próxima vez quizás te dejemos hacer algo más que mirar.

Tomás se lavó las manos en silencio, me agarró del codo y abrimos la puerta.

Volvimos a nuestras butacas. La película iba por la mitad. No entendí ni una escena. Tomás me pasó el brazo por encima del hombro y yo me apoyé en él. Dos filas más adelante, Mateo se sentó en su asiento sin hacer ruido. Cuando se encendieron las luces al final, evitó mirarnos.

Llevamos siete años yendo al cine los jueves. Esto no es la primera vez ni va a ser la última. Pero hay noches que se cuentan y hay noches que se confiesan. Esta es de las que se confiesan.

Por si alguna vez nos cruzas en una sala vacía y no sabes si somos nosotros: sí, somos nosotros.

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Comentarios (8)

LucasBaires

tremendo relato jajaja, no me lo esperaba asi. Muy bueno!!

Naty_09

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esa noche

PatricioLect

Me encanto como lo narraste, se siente que fue completamente real. Sigue escribiendo!

DiegoRosales

Increible!! pregunta, esto fue planeado o surgio en el momento? jaja

Marcos_76

Muy buen relato, me gusto como esta contado. Esperando mas historias tuyas

AndreaMdq

jaja me recordo a algo que me paso hace años, nada tan extremo pero entiendo la emocion. Muy bueno!

Valeria_Salta

buenisimo pero se me hizo corto :( queria mas detalle del final

Steelheart

Esperando ansioso tu proximo relato. Grande!!

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