El secreto que descubrí por la ventana del chalet
Tenía veinte años cuando llegué a la facultad de bioquímica, a casi ochenta kilómetros del pueblo donde vivían mis padres. La matrícula la había formalizado tarde, después de un verano dudando entre quedarme en casa o marcharme, y ese pequeño retraso me pasó factura el primer día.
—Las residencias están todas reservadas —me dijo la administrativa del servicio de atención al estudiante, una mujer con gafas de pasta que apenas levantó la vista del ordenador—. Tendrías que haber venido en julio, justo después de matricularte.
—¿Y ahora?
—Tienes dos opciones. Mirar los tablones, a ver si algún alumno busca compañero de piso. O probar con familias que se ofrecen para alojar estudiantes. Suelen ser parejas mayores que prefieren tener a alguien en casa por compañía.
Llamé a mis padres desde una cabina del vestíbulo. Mi madre dudó al principio, pero mi padre me convenció.
—Prueba con una familia, hijo. Si te parecen buena gente, mejor que un piso compartido con otros chicos. Vas a estudiar más tranquilo.
Volví a la oficina y se lo comenté a la administrativa, que sonrió como si llevara todo el día esperando esa respuesta. Buscó en su sistema y, después de un par de minutos tecleando, me dijo:
—Tengo un matrimonio sin hijos que ofrece alojamiento y comidas a cambio de compañía. Gente muy cuidadosa, llevan años haciendo esto. ¿Quieres que los llame?
—Por favor.
Marcó el teléfono delante de mí. Hablaron unos minutos. Cuando colgó, me miró con expresión amable.
—Están paseando por el parque que hay al lado de la facultad. Vienen a buscarte. Espera en el pasillo, tardarán diez minutos.
Los vi entrar por la puerta de cristal antes de que ellos me reconocieran. Un hombre alto, de unos cincuenta y cinco años, con el pelo entrecano y un polo azul oscuro. A su lado, una mujer un poco más joven, esbelta, con un vestido de lino blanco y el cabello rubio recogido en un moño descuidado. Caminaban tomados de la mano, riéndose por algo que él le acababa de susurrar al oído.
La administrativa los hizo pasar a la oficina y me llamó.
—Andrés, te presento a Ricardo y Carmen.
Él me tendió la mano con firmeza. Ella me dio dos besos en las mejillas que me dejaron el rastro de un perfume floral, suave, sin pretensiones.
—Si te parece —dijo Ricardo—, te llevamos al chalet. Comes con nosotros, ves la habitación, hablas con tus padres y entre todos decidimos. Sin compromiso.
Acepté. Salimos del edificio hacia el aparcamiento trasero. Ricardo conducía un coche grande, oscuro, con asientos de cuero. Carmen se acomodó en el asiento del copiloto y yo detrás. Durante los treinta minutos de trayecto me hicieron preguntas sin presión: la edad, los estudios, los hermanos, si me gustaba leer, qué música escuchaba. Carmen se giraba a menudo para mirarme y, cada vez que lo hacía, me sonreía como quien ya hubiera tomado una decisión.
—¿Has vivido fuera de casa antes? —me preguntó.
—Solo campamentos. Ningún curso entero.
—Entonces vamos a cuidarte bien.
La urbanización estaba a un kilómetro de la salida de la ciudad, en una zona elevada con vistas a los pinares. El chalet era el último de la calle, separado de los demás por un seto alto y una valla de obra. Un pequeño jardín delantero con plantas de lavanda. Una puerta de madera maciza. Y dentro, un salón amplio con cocina abierta, dos dormitorios al fondo, cada uno con su cuarto de baño, y una cristalera enorme que daba al jardín trasero.
Lo primero que vi por la cristalera fue la piscina.
—Es la zona donde pasamos la mayor parte del tiempo libre —dijo Ricardo, abriendo la puerta corredera—. Carmen es bióloga marina, ya jubilada. Yo trabajaba en arquitectura. Diseñé la casa hace doce años, justo como la queríamos.
Mi habitación tenía una cama de matrimonio, un escritorio largo bajo la ventana, un armario empotrado con espejos de cuerpo entero y una mesita con una lámpara de lectura. La ventana daba directamente al jardín trasero. A la piscina.
Mientras Carmen preparaba una paella en la cocina y Ricardo abría una botella de vino blanco, llamé a mis padres desde el teléfono fijo. Hablamos los cinco. Ricardo y Carmen se presentaron, ofrecieron que mis padres los visitaran cuando quisieran y dijeron exactamente lo que mis padres necesitaban oír. Cuando colgué, mi padre me había dado luz verde.
Comimos en la mesa del comedor, junto al ventanal. La paella estaba en su punto. El vino, frío. La conversación, fluida. Antes del café, Ricardo me miró con seriedad por primera vez en toda la tarde.
—Una cosa, Andrés. Te pedimos discreción. Lo que hablemos en esta casa, lo que veas en esta casa, queda entre nosotros. Ni con tus padres, ni con tus compañeros de facultad, ni con nadie. Es nuestra forma de vivir, la respetamos, y esperamos que tú la respetes también.
—Por supuesto. Tienen mi palabra.
Carmen me sonrió desde el otro lado de la mesa. Tenía los ojos claros, casi grises, y una manera de mirar que me hacía sentir transparente.
—Trato hecho, entonces.
A las cinco volvimos a la ciudad. Me dejaron en la estación de autobuses con la promesa de verme a mediados de septiembre.
***
Llegué el día quince a las once de la mañana, tal como habíamos quedado. Un taxi me dejó en la entrada de la urbanización y arrastré las dos maletas hasta el final de la calle. Ricardo me esperaba en la puerta del chalet con un café en la mano.
—Llegas puntual. Eso me gusta.
Subimos las maletas a mi habitación. Carmen apareció con un vestido ligero de algodón, descalza, el pelo todavía húmedo de la ducha. Me abrazó como si llevara años conociéndome.
—Ya estás en casa.
Mientras yo deshacía las maletas, ellos se ofrecieron para darse un baño en la piscina antes del almuerzo.
—Si quieres nos acompañas —dijo Ricardo desde el pasillo—. El día está caluroso para mediados de septiembre.
—Gracias, prefiero terminar de ordenar primero.
Cerré la puerta de la habitación y me concentré en colgar camisas en el armario. Pero a los pocos minutos empezó a llegarme el sonido del agua. Risas. Carmen riéndose de algo, una risa libre, despreocupada. Ricardo respondiéndole con voz grave.
Me asomé a la ventana sin pensarlo mucho.
Y entonces los vi.
Estaban los dos en el agua, completamente desnudos. Ricardo tenía el cuerpo de un hombre que había cuidado su forma física durante décadas: hombros anchos, vientre plano, brazos definidos. Pero fue Carmen quien me dejó inmóvil. Estaba apoyada contra el borde de la piscina, con los brazos extendidos sobre los azulejos, los pechos flotando justo en la línea del agua. Tenía un cuerpo que desafiaba su edad: cintura estrecha, caderas suaves, pezones rosados que el frío del agua había erizado.
Ricardo se acercó a ella por detrás. Le besó el cuello. Le pasó las manos por la cintura y subió lentamente hasta cubrirle los pechos. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa baja, casi inaudible desde donde yo estaba. Él le mordió el lóbulo de la oreja. Ella se giró en el agua, lo abrazó por los hombros y le besó en la boca con la lengua.
Tendría que apartarme. Tendría que cerrar la cortina y volver a colgar las camisas.
No me aparté.
Cerré la puerta de la habitación con el pestillo y me apoyé contra ella, sintiendo el corazón en las sienes. La camiseta se me pegaba a la espalda por el sudor. Tenía los pantalones tensos, el bulto evidente, doloroso. Me los quité con prisa. Los calzoncillos se habían convertido en una carpa absurda. También me los quité.
Volví a la ventana sin nada encima. Y miré.
Habían salido del agua. Ricardo se acomodó en una de las dos tumbonas, todavía mojado, los brazos detrás de la cabeza, el sexo descansando contra el muslo, sin pudor. Carmen se acercó por detrás, le pasó una mano por el pelo y le dejó un beso largo en la frente. Después se tumbó en la otra tumbona, abierta al sol, las piernas separadas como si estuviera sola en el mundo.
Me senté en el borde de la cama, encarado a la ventana. Tenía el miembro en la mano antes de pensarlo. Empecé despacio, como hacía en mi habitación de casa, con la palma izquierda en la base y la derecha trabajando el glande con saliva. El placer me subía por la espalda, me apretaba la nuca, me ponía la respiración entrecortada.
Carmen se incorporó en la tumbona. Se giró hacia Ricardo. Le pasó un dedo por el pecho. Bajó por el vientre. Bajó más. Le tomó el sexo en la mano y empezó a acariciarlo despacio, mirándolo a los ojos. Ricardo dejó caer la cabeza hacia atrás. Yo aceleré el ritmo. Vi cómo él respondía bajo la mano de ella, cómo el cuerpo de él se transformaba sin dejar de estar relajado.
No es la primera vez que ella le hace esto. No es la primera vez que él se deja.
Apreté los dientes. La izquierda en la base, presión. La derecha arriba y abajo, marcando el ritmo. Me dejé caer hacia atrás en la cama, con los ojos fijos en lo que veía a través de los cristales: Carmen ahora montada sobre las rodillas de Ricardo, la espalda arqueada, los pechos suspendidos sobre la cara de él.
No aguanté más. Llegué con un espasmo que me sacudió toda la columna. Quise contener el grito y solo me salió un gemido roto. Me corrí sobre el vientre y el muslo, todo a la vez. Cerré los ojos. Respiré.
Cuando los abrí, ellos seguían en la tumbona, ahora abrazados, ella reposando la cabeza sobre el pecho de él, él acariciándole la nuca con la punta de los dedos. Una imagen de pareja después del amor que me revolvió por dentro mucho más que la escena anterior.
Corrí al cuarto de baño. Me limpié con papel. Me metí en la ducha con el agua bien caliente, restregándome el cuerpo entero como si pudiera lavar también la culpa. Me vestí con vaqueros limpios y una camiseta blanca. Salí al pasillo intentando que mi cara no contara nada.
***
Estaban los dos en la cocina. Ricardo, con un pantalón corto y una camisa de lino abierta. Carmen, con una camisola playera de tela fina, abierta por delante con un solo nudo a la cintura. Se intuía que debajo no llevaba nada. La forma de los pezones se marcaba en la tela cada vez que se movía.
—Ya está la mesa puesta —dijo ella sin mirarme—. ¿Vino blanco o tinto?
—Lo que ustedes tomen.
Pasamos al comedor. La ensalada. El pescado al horno. El pan recién hecho. Yo intentaba no levantar la vista del plato. Ricardo me observaba mientras servía el vino.
—Estás muy callado, Andrés.
No supe qué contestar.
—¿Nos has visto en la piscina?
Sentí el rubor subirme desde el cuello hasta el cuero cabelludo. Negué con la cabeza demasiado rápido y supe en el mismo instante que mi mentira no engañaba a nadie.
Carmen sonrió. Ricardo se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo largo, sin dejar de mirarme.
—Somos nudistas, Andrés. Nada más, nada menos. En la intimidad de esta casa hacemos lo que nos da la gana, como cualquier matrimonio. Esta es la última casa de la urbanización, nadie tiene vistas al jardín trasero salvo desde dentro de aquí. Y eso significa que tú, viviendo aquí, vas a vernos.
Bajé los ojos al plato.
—Te pedimos lo mismo que el primer día —añadió Carmen, en un tono más suave—. Discreción. Y respeto. Como nosotros vamos a respetarte a ti.
—Si esto te incomoda —dijo Ricardo—, lo entendemos. Te ayudamos a buscar un piso compartido, sin reproches, sin malos rollos. Pero si decides quedarte, tienes que aceptar que esta es nuestra forma de vivir. Y vas a verla.
Levanté la vista hacia ellos. Carmen tenía las manos cruzadas sobre la mesa. Ricardo esperaba mi respuesta sin prisa.
—Me quedo.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy.
Carmen alzó su copa.
—Por nuestros secretos, entonces.
Brindamos los tres. Cuando los cristales chocaron, Carmen me sostuvo la mirada un segundo de más. Lo justo para que yo entendiera que mi primer curso de bioquímica iba a enseñarme muchas más cosas de las que había venido a buscar.