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Relatos Ardientes

La noche de bachata que me llevó a un trío inesperado

Me llamo Carolina, tengo cuarenta y siete años y lo que voy a contar pasó hace pocos meses, una noche que cambió la forma en que veo mi cuerpo y mi deseo.

Estaba en plena separación. Después de veinte años de matrimonio y dos hijos, todavía vivía bajo el mismo techo que mi exmarido, dormíamos en habitaciones distintas y nos hablábamos lo justo. Mis amigas insistían en que saliera, que volviera a respirar, que me acordara de quién era antes de ser madre y esposa. Una de ellas me consiguió la entrada para una fiesta de bachata en el centro de Rosario y ahí, sin saberlo, se acabó el plan original.

Soy morena, no muy alta, con caderas anchas y un escote que sigue robando miradas cuando me visto para que las roben. Esa noche elegí un short de cuero negro, una remera blanca ajustada y botas con un poco de taco. Me pinté los labios de rojo, algo que no hacía desde la fiesta del jardín de mi hijo menor.

Iba a encontrarme con Mateo, un chico que conocía del gimnasio. Veintiséis años, venezolano, una sonrisa grande y ese acento dulce que me hacía sonreír cada vez que me preguntaba algo entre serie y serie. Compartíamos profe de spinning y pasión por la salsa y la bachata. Habíamos coincidido en algunas juntadas con compañeros del gimnasio, siempre en grupo, siempre en confianza. Nunca lo había mirado con otros ojos.

La fiesta empezaba a las diez. Llegué quince minutos antes y descubrí que la puerta seguía cerrada. Para colmo, en cuanto bajé del taxi se largó a llover. Me refugié en un alero de la entrada y vi cómo, en menos de un minuto, el rímel se me corría y el short de cuero, mi compañero estrella para bailar, empezaba a oler a vestidor empapado.

—¿Carolina? —escuché a mis espaldas.

Era Mateo, con una campera de jean y el pelo todavía húmedo de su propia caminata bajo la lluvia. Me explicó algo sobre el sereno que tardaba en llegar y, cuando le conté que pensaba volverme a casa para retocarme el maquillaje, se ofreció a acompañarme hasta el auto.

—Tapate con esto —me dijo, sacándose la campera y poniéndomela sobre la cabeza.

Caminamos pegados hasta el estacionamiento. La calle era un pequeño río y, cuando intenté abrir la puerta del auto, el agua me llegaba hasta el tobillo. Levanté una pierna para subirme y la bota patinó sobre el escalón. Habría caído de espaldas si Mateo no me hubiera sostenido.

Una de sus manos me agarró la cintura. La otra, sin tiempo de elegir, terminó apoyada con firmeza entre mis muslos, justo en el cuero mojado del short. Sentí su palma a través de la tela y se me cortó el aire. Él reaccionó como si le hubiera quemado, retiró la mano enseguida y empezó a pedirme disculpas en su acento más cantarín. Yo le dije que no se preocupara, pero la sensación ya me había bajado al estómago.

La libido, esa parte mía que llevaba meses dormida, se despertó de un solo manotazo.

Volví a casa, me cambié, me retoqué los labios y me puse otro short, esta vez más cortito. Tardé poco menos de dos horas en regresar. La fiesta ya estaba en su mejor momento.

***

Bailamos toda la noche. Bachata, salsa, alguna kizomba lenta que pidió el DJ para bajar las pulsaciones. Mateo me llevaba con seguridad, me hacía girar, me apretaba contra su pecho cada vez que el ritmo se calmaba. Entre canción y canción tomábamos un trago, nos reíamos, me contaba de Caracas y yo le contaba de mis hijos sin entrar en detalles tristes.

A medida que avanzaban las horas, sentía cómo su cuerpo empezaba a contestarme. Cuando me apoyaba contra su cadera, notaba el bulto crecer dentro del jean. No era pequeño. No era discreto. Pero él, a pesar de todo, se mantenía contenido, como si la diferencia de edad lo frenara. Me daba ternura y me calentaba a la vez.

—Vamos al jardín —le propuse a las tres de la mañana—. Necesito aire.

El predio tenía un patio interno con dos bancos y una luz amarilla colgada entre dos árboles. Salimos abrazados. Recién ahí, bajo la lámpara, me di cuenta de cómo me había quedado la remera. La transpiración la tenía pegada al cuerpo, marcando cada curva, dejando ver que no llevaba corpiño. Los hombres que pasaban al baño me miraban sin disimulo.

—Te estás portando muy bien —le dije, jugando con su cinturón—. Demasiado bien.

—Es que no quiero asustarte —contestó.

—Soy más grande que vos, Mateo. No me asusto fácil.

Le agarré la mano, la llevé a mi cintura, después un poco más abajo. Él entendió. Empezó a besarme despacio, con miedo al principio, después con hambre. Sentí su lengua, su barba apenas crecida, sus dedos recorriéndome la espalda por debajo de la remera mojada. Yo le solté el primer botón del jean sin pensarlo demasiado.

Estábamos en plena ronda cuando se acercó alguien. Mateo se separó de un salto. Era su compañero de departamento, un chico al que yo había visto un par de veces de lejos, pero con el que nunca había cruzado más de tres palabras. Estaba con una mujer, los dos visiblemente acalorados.

—Hermano, ¿nos llevás hasta Echesortu? —pidió—. No conseguimos remís.

***

Aceptamos. Subimos los cuatro al auto, ellos atrás, nosotros adelante. Yo manejaba porque Mateo había tomado más que yo y porque, además, así me lo pedía el cuerpo: necesitaba algo entre las manos para no encimarme sobre él en el medio del semáforo. Igual no funcionó. En cada parada, su mano me subía por el muslo y se me metía por debajo del short. En cada arranque, mi mano se le iba al jean.

Dejamos a la pareja en una esquina cualquiera. Cuando me senté de nuevo al volante, Mateo ya tenía el botón abierto y la mirada de alguien que no aguanta más.

—Hotel —dijo.

Conocía uno cerca de la avenida principal. Pedí una habitación por dos horas. La chica de la recepción ni nos miró.

Y ahí, después de meses de no tocar a nadie, me dejé tocar de la cabeza a los pies. Mateo no era el chico tímido del gimnasio. En la cama era preciso, paciente, exigente. Sabía dónde poner los dedos, sabía cómo mover la lengua, sabía esperar. Tenía un miembro grueso, no descomunal, pero del tamaño exacto para llenarme sin asustarme.

Tuve tres orgasmos antes de que él se viniera por primera vez. Después seguimos. Yo encima, él encima, los dos de costado. La habitación se nos hizo chica. La cama se nos quedó corta.

A las ocho y cuarto de la mañana salimos del hotel sin haber dormido. Caminamos hasta una cafetería de la esquina y pedimos dos cafés con leche y dos medialunas. Yo seguía con el maquillaje corrido. Él tenía marcas rojas en el cuello que yo no recordaba haberle dejado. Nos reíamos como dos adolescentes que se acaban de escapar de una clase.

—¿Querés venir a casa? —me preguntó—. Mi compañero no vuelve hasta la noche.

Tenía libre todo el domingo. Mis hijos estaban con su padre. No me esperaba nadie en ningún lado. Acepté.

***

El departamento de Mateo quedaba en un séptimo piso con ventanal grande y una luz que entraba a esa hora como en una postal. Apenas cerramos la puerta volvimos a empezar. Esta vez sin urgencia, con la calma de quien sabe que tiene horas por delante.

Me llevó al sillón, me sacó la ropa pieza por pieza, se arrodilló entre mis piernas. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Cuando me hizo terminar con la boca, perdí el control de mi propio cuerpo: temblaba, gritaba, apretaba los muslos contra su cabeza. Estaba más mojada que nunca en mi vida, tanto que el sillón terminó con una mancha que ninguno de los dos quiso nombrar.

Pasamos al dormitorio. Estábamos en plena segunda vuelta, con la música de la sala todavía sonando, cuando se escuchó una llave en la puerta. Mateo se detuvo en seco. Escuchamos una voz de hombre saludando, después pasos que se acercaban.

—Es Diego —me susurró—. Pensé que volvía a la noche.

Antes de que pudiera contestar, la puerta del dormitorio se abrió un par de centímetros. Yo apenas alcancé a tirar la sábana sobre mi pecho. Mateo se sentó en la cama y le pidió que cerrara, que ya íbamos a salir. Diego se rió, dijo «tranqui» y volvió al living.

—¿Vio algo? —pregunté.

—Vio todo —contestó Mateo.

Me morí de vergüenza durante diez segundos. Después la vergüenza se mezcló con otra cosa. Pensar que un desconocido había entrado, me había visto desnuda sobre su compañero, y se había retirado con una sonrisa, me prendió un fuego nuevo. Nunca había sentido nada parecido.

—¿Querés salir? —me preguntó Mateo.

—No —dije, y me sorprendí de mi propia voz.

Él entendió. Me acomodó boca abajo sobre el colchón y siguió. Yo tenía la cara contra la almohada y los ojos cerrados. La música del living subió de volumen. Sentí pasos otra vez en el pasillo. Se abrió la puerta y nadie la cerró.

***

Sentí una mano nueva sobre mi cola. No era la de Mateo, que me sostenía las caderas desde atrás. Era una mano más grande, más áspera, que me recorrió despacio desde la cintura hasta la nuca.

Quise girar la cabeza por instinto. Mateo, que me conocía menos que cualquier amante anterior y aun así parecía leerme entera, me agarró del mentón y me lo mantuvo contra la almohada.

—Disfrutá —me dijo al oído—. No te voy a soltar.

Se me erizó la piel. Entendí que él lo había hablado con su amigo en algún momento. O que, sin hablarlo, lo habían entendido entre los dos. Y entendí también que yo no quería irme. Quería quedarme y ver hasta dónde llegaba.

La mano de Diego empezó a recorrerme la espalda mientras Mateo se movía adentro. Me apretó los hombros, me agarró el pelo, me bajó por los costados de las costillas. Cada vez que volvía a mis caderas, yo me arqueaba sin querer. Empecé a sudar de un modo que no recordaba, gotas pesadas que se me metían entre los pechos y me caían al colchón.

En algún momento la mano cambió de mano. Sentí algo más firme entre mis nalgas. No la mano. Su sexo, todavía afuera, jugando, midiendo mi reacción. Yo empujé hacia atrás. Fue lo único que hice. No pedí, no negué. Empujé.

Diego aceptó la invitación. Despacio, con saliva primero, después con algo más, fue entrando. Era distinto a Mateo: más largo, menos grueso, con un ritmo propio. Sentí los dos al mismo tiempo, uno por delante y otro por detrás, y por primera vez en mi vida no pensé en nada. Ni en mi marido, ni en mis hijos, ni en lo que diría mi madre si supiera. Solo en mi cuerpo siendo cuerpo.

Tuve un orgasmo distinto a todos los anteriores. No fue un estallido único. Fue una cadena, una atrás de otra, que me dejó la garganta seca de tanto gritar. Mateo terminó primero, después Diego, los dos casi al mismo tiempo, y yo me derrumbé sobre la cama como si me hubieran sacado los huesos.

Quedamos los tres en silencio. Diego se levantó, agarró su ropa, me besó la nuca como si me conociera de toda la vida y se fue al baño. Mateo se acostó a mi lado, me corrió un mechón húmedo de la cara y me sonrió con una mezcla de orgullo y disculpa.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Asentí sin hablar. No me salía la voz.

***

Eran las dos y cuarto de la tarde cuando salí del departamento. Tomé un taxi en la puerta y di mi dirección con un hilo de voz. El chofer me miró por el espejo, vio el rímel corrido, las marcas en el cuello, el pelo todavía húmedo, y no me preguntó nada. Llegué a casa, me metí en la ducha y estuve veinte minutos bajo el agua sin hacer nada, solo respirar.

Esa noche dormí once horas seguidas. Soñé con la mano de un desconocido subiendo por mi espalda. Me desperté mojada, sin culpa, sin arrepentimiento, con la certeza de que recién a los cuarenta y siete había empezado a saber lo que mi cuerpo era capaz de hacer.

Mateo me escribió a la semana siguiente. Diego, dos días después. Pero esa, como dicen, ya es otra historia.

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Comentarios (6)

Wolf1122

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Marcos_Pac

Por favor seguila, quede con ganas de saber que paso despues con los dos

EnriqueNoc

Me encanto el giro inesperado, lo lei todo de una sola sentada jajaja

LauraV

Buenisimo, me senti muy identificada con la protagonista. Se hizo cortisimo!

NocheBA

tremendo relato, se nota que esta escrito con ganas. espero la segunda parte!

Juanma_78

La bachata de fondo se imagina perfecto jaja muy bueno

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