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Relatos Ardientes

El dueño del gimnasio me dio una clase muy privada

Llevaba seis meses pagando un gimnasio que ya no me servía. El barrio donde lo abrieron se había llenado de pibes de veinte años que entrenaban en grupo, ponían reggaetón a todo volumen y se trataban entre ellos con el nerviosismo de una manada. Yo tengo veinticuatro y vivo en Mercedes, en una casa con el patio del fondo lleno de gallinas que me dejó mi abuela. Trabajo en la administración de un consorcio y, al final del día, lo único que le alcanza al cuerpo es media hora bien hecha de pesas y una caminata con música.

Por eso, cuando una compañera del trabajo me habló de un gimnasio nuevo a quince cuadras de casa, no lo dudé. Me anoté la misma tarde. Tenía aire acondicionado, equipos modernos y, lo más importante, una clientela mezclada: señoras que iban a hacer espalda, hombres que pasaban a la salida del banco, alguna chica como yo. Era el tipo de lugar donde una podía respirar.

La primera semana fue tranquila. Conocí a la recepcionista, armé una rutina propia y me acostumbré a los horarios. Lo único raro era una foto enmarcada en el pasillo de la entrada: un tipo enorme, con uniforme, abrazado a un trofeo. Abajo decía «Damián, campeón provincial 2016». La recepcionista me explicó que era el dueño y que casi nunca aparecía. Que vivía a unas cuadras pero que andaba siempre con otros negocios. Le decían el Vasco.

Lo conocí el sábado.

Yo estaba acostada en la prensa, levantando veinte kilos para el calentamiento, pensando en si subir el peso o cerrar la rutina ahí, cuando sentí una sombra sobre mi cara. Abrí los ojos. Era él.

—La estás haciendo torcida —dijo, sin saludar—. Te falta apoyar bien la espalda baja contra el respaldo.

Le sostuve la mirada un segundo más de lo educado. Era alto, con los hombros anchos. No tenía barba. Le calculé cuarenta y cinco años, quizá un poco más. No era el tipo de cuerpo que se construye con suplementos: era un cuerpo viejo, trabajado, con detalles que solo da el tiempo. Una cicatriz larga sobre el pectoral. Las venas marcadas en los antebrazos. Una calma que no tienen los pibes.

—Mostrame —le dije, sin moverme de la prensa.

Se puso a un costado, con una mano en mi rodilla y la otra en mi hombro, y me corrigió la postura. Hablaba bajo, casi al oído, como si estuviera explicándome algo prohibido. La pregunta llegó cinco minutos después.

—¿Tenés novio?

Solté una risa.

—No es lo mío. Los novios son celosos. Yo prefiero divertirme.

—Me parece la mejor decisión.

Cuando bajé del aparato, exageré un poco el movimiento. Me dejé ver la calza, la cintura, la espalda. Lo escuché decir, casi para sí mismo, «yo también me quiero divertir». Tuve la curiosidad mala de mirarle la entrepierna y vi que se la acomodaba.

—Eso me encantaría —le dije, y le sostuve la mirada.

—Bueno —contestó, sonriendo. Y se fue con un grupo de pibes a darles una rutina.

Era claro que se había acercado con un solo objetivo, y a mí me alcanzaba con eso.

Me pasé el domingo entero pensando en el lunes. En cómo iba a entrar al gimnasio y qué me iba a poner. Saqué del cajón una calza negra que me dejaba la cola al aire, una remera corta, un corpiño deportivo y, por debajo, una tanga de algodón. Sabía que se iba a notar a través de la calza. Era exactamente lo que quería que pasara.

A las nueve de la mañana del lunes había tres pibes y el Vasco. Nada más. Me saqué la campera deportiva en la entrada, lentamente, y me acomodé el pelo en una cola alta. Vi por el espejo que él levantó la mirada del mostrador.

Empecé en la caminadora veinte minutos. Después subí a la bicicleta. Para ese momento, él ya estaba parado al lado mío, charlando.

—¿Te ayudo con las pesas?

—No tocan las pesas hoy.

—Te ayudo igual.

Acepté.

***

Lo que pasó después no fue tan rápido como suena, pero tampoco fue lento. Cada vez que yo me agachaba a levantar el peso, él se ponía detrás. Al principio dejaba dos dedos de distancia. Después uno. Después nada. Sentí su bulto contra el cuerpo, duro, contenido por el short. No me moví. Exageré la siguiente bajada y le rocé directamente con la cola. Lo escuché tomar aire por la nariz.

—¿Vos sabés lo que estás haciendo? —me preguntó, con la voz un poco más ronca, las manos ya en mi cintura.

—Más o menos.

—Más o menos no me sirve.

—Sí lo sé.

Apoyó la nariz en mi nuca y me respiró el cuello. Me agarró las caderas con una calma que me erizó la piel. No supe en qué momento los pibes se fueron. Cuando volví a mirar, no había nadie en la sala.

—¿Das entrenamiento privado? —le pregunté, todavía agachada, todavía con su erección apoyada contra mí.

—Lo doy muy duro.

—Lo quiero probar.

Me llevó al depósito que también funcionaba como su oficina. Era un cuarto chico, con un sillón largo contra la pared, un escritorio de madera maciza y una silla gamer fuera de lugar. La luz era amarilla, opaca. Olía a cemento limpio y a perfume de hombre.

Cerró la puerta con llave. No esperó nada. Me empujó suavemente contra el escritorio, me besó como si lo hubiera estado postergando una semana entera y me levantó hasta sentarme arriba de los papeles. Me pasó la lengua por el cuello, me bajó los breteles del corpiño, me sacó la remera con un movimiento limpio. Después se sacó él la suya. El torso era impresionante. No de gimnasio: de trabajo, de años.

—Tengo un lugar mejor para esto —me dijo, mientras me apretaba un pecho—. Vení.

—¿Acá no?

—Acá no. Está por entrar el otro instructor. Y te quiero más tiempo del que tengo.

***

Me prestó una campera para que no se notara que iba en corpiño deportivo. Salimos por la puerta de atrás. Tenía una moto vieja pero impecable. Vivía a diez cuadras, en una casa de planta baja con un porche cubierto de glicinas. Apenas entramos, la ropa empezó a desaparecer en el camino del living. No nos dijimos nada. Yo me arrodillé sin que me lo pidiera, le bajé el short y abrí la boca.

Era más grande de lo que esperaba. Más grueso, sobre todo. Lo miré un segundo, sin tocarlo, calculando. Él me agarró el pelo y me empujó la cabeza con una sola mano, sin violencia pero sin pedir permiso. Sentí la arcada y se rio. Después me dejó volver a tomar aire. Yo me lo metí entera, con saliva, con paciencia, con todo lo que había aprendido en los últimos años. Lo escuché jadear por primera vez, una respiración pesada, de hombre cansado.

—Sos una bestia —me dijo, con admiración.

Levanté la mirada y se la sostuve. Quería que viera quién estaba al otro lado.

Me llevó al sillón en una posición rara: el torso arriba, las piernas colgando hacia el piso, la cabeza casi tocando la alfombra. Se montó sobre mí con las rodillas a los costados de mi cara y siguió. Yo le agarraba los pectorales con las manos, le sacaba la lengua para que la rozara con la punta. Sentía un cosquilleo desesperado entre las piernas.

—¿Querés? —me preguntó, agarrándome el cuello con una mano firme pero sin apretar.

Asentí.

Me apretó un poco más, hasta que se me cerró la voz.

—Te pregunté algo.

—Sí —dije, con todo el aire que pude.

Me dejó.

Se bajó del sillón, me tiró del tobillo para reacomodarme, me abrió las piernas. Se quedó un segundo mirándome así, abierta, con la respiración pesada. Después entró de una. No de a poco. Se metió hasta el fondo en la primera embestida y a mí me salió un grito sin nada de placer, un grito ronco, de pura sorpresa. Él se sonrió. Yo le clavé las uñas en el antebrazo.

—Aguantá —me dijo—. Aguantame.

Y aguanté.

A los dos minutos, el dolor se había ido. A los cinco, era yo la que empujaba. Había aprendido en algún momento de mi vida que el cuerpo se acostumbra a casi cualquier cosa si una elige acostumbrarlo. Me estaba acostumbrando. El sonido de su pelvis contra mi piel llenaba el living. El sillón crujía. Por la ventana entraba un pedazo de sol que me daba justo en el ojo izquierdo y yo no me molestaba en moverme.

—De rodillas —me ordenó, después de un rato.

Me acomodé a lo ancho del sillón, agarrándome del respaldo. Detrás de él había un espejo grande apoyado en la pared, sin colgar todavía. Me vi. Despeinada, los pechos rebotando, la boca entreabierta. Me vi también a él, atrás, enorme contra mi cuerpo, mirando lo mismo que miraba yo. Ese fue el momento en que me di cuenta de que ya no me importaba volver al gimnasio para entrenar.

—Métela —le dije, moviendo la cintura.

—Pedímela bien.

—Por favor.

Me la metió de golpe. Me agarró las muñecas y me las cruzó en la espalda baja. Yo era una marioneta colgando de sus manos, el cuerpo pidiendo más, la cabeza vacía. Se movía con un ritmo que no improvisaba. Lo había hecho muchas veces. Con muchas. No me importó. En ese minuto, era a mí.

Me terminé corriendo dos veces seguidas, una más fuerte que la otra. La segunda me dejó las piernas tan flojas que él tuvo que sostenerme contra el respaldo para que no me cayera. Cuando él terminó, lo hizo gritando. Un grito grave, casi enojado. Sentí el calor adentro y después el goteo cuando se retiró.

Me quedé de rodillas, con la cabeza apoyada en el sillón, respirando como si hubiera corrido cinco kilómetros. Él se sentó al lado, desnudo, y se pasó la mano por la cara.

—Vas a venir cada vez que yo te diga —dijo, todavía agitado.

—Vamos a ver.

—Vas a venir.

Lo miré. Tenía cuarenta y siete años, según averigüé después. Una hija de mi edad viviendo en La Plata. Un divorcio reciente y un negocio que le iba bien. Yo tenía veinticuatro, una rutina aburrida y un patio con gallinas. Pero esa tarde, en su living, los dos teníamos lo mismo: muchas ganas de no irnos.

—Vení —le dije—. Otra vez.

Vino. No quiso esperar. Esa segunda vez fue distinta: más lenta, casi dulce al principio, brutal al final. Cuando terminamos, ya era de noche. Me llevó en moto hasta tres cuadras de mi casa, las que pedí yo para que ningún vecino me viera bajar.

Antes de irse, me agarró el mentón.

—Mañana, a las nueve.

—Mañana, a las nueve —repetí.

Y al día siguiente fui. Y al otro también. Y al otro. Esta historia tiene una segunda parte, porque mi maduro, como ya entendí, no es de los que sueltan rápido.

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Comentarios (7)

EdgarBaires

excelente!!! me enganche desde el primer parrafo

SilviaSalta88

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

PatricioMza

La tension desde el sabado hasta el lunes... eso es lo que hace que un relato sea bueno. Muy bien escrito, saludos.

NocturnoCba

jajaja lo de la tanga me mato, tremendo detalle

leticia_mb

Sigue escribiendo que sos muy buena!!! espero el proximo relato

MarceloViedma

Me recordo a una situacion parecida que tuve en un club hace años. Esas miradas que lo dicen todo sin decir nada... Muy real el relato.

toni_lectura

Merece continuacion esto, recien empieza lo bueno me parece

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