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Relatos Ardientes

El handyman del barrio que me hizo sentir mujer

Marzo se acercaba y con él el inicio de clases de los chicos. Nuestro departamento del centro nos quedaba chico, ruidoso, sin un metro de jardín donde corrieran. Mariano y yo decidimos mudarnos al barrio cerrado por la cercanía al colegio nuevo, pero también porque yo —al menos yo— me aferraba a la idea de que una casa grande, un poco de silencio y aire fresco podían reanimar lo que se estaba apagando entre nosotros.

Llevábamos doce años juntos y los últimos tres habían sido un descenso lento. Cenas frías, charlas que terminaban en logística, noches en las que uno de los dos llegaba tarde y el otro ya dormía. A veces había intimidad, sí, pero era breve, mecánica, un trámite. Yo había dejado de reclamar. Tenía mi consultora, mis horarios complicados, y en el fondo asumía parte de la culpa. Pero igual esperaba que él pusiera algo de su lado. Que me eligiera.

El día de la mudanza el barrio se veía perfecto. La entrada amplia, el guardia con la planilla, las casas alineadas detrás de cipreses. Apenas bajamos del auto apareció él en su carrito eléctrico: Esteban, o Tebi, como me dijo después que le decían los del barrio. Un hombre de unos cincuenta y tantos, alto, canoso, con ojos verdes detrás de unos lentes finos. Delgado pero firme, con esas manos grandes de quien trabaja con herramientas. Se ofreció a guiarnos hasta la casa dieciocho. Fue un gesto que no esperaba.

La casa era exactamente como la había soñado: techos altos, ladrillo a la vista por fuera, todo moderno por dentro, mucha luz, ese olor a obra recién terminada. Empecé a bajar cajas con entusiasmo. A los diez minutos sonó el celular de Mariano. Dos frases me alcanzaron desde el living vacío y me hicieron hervir la sangre.

—Sí, dale, no estoy ocupado…

—Tranquilo, mi mujer se encarga.

Acabábamos de llegar. Los chicos correteaban entre las cajas, el camión de mudanza esperaba con la rampa baja, y él ya buscaba la salida. Me acerqué tratando de no levantar la voz.

—Mariano. Acabamos de llegar. Otra vez te vas.

Apenas me miró. Murmuró algo de que yo «podía sola», que «tenía a toda esa gente». Hizo un gesto vago hacia los peones y hacia Esteban, como si fuéramos parte del mismo equipo de servicio. Me pasó por al lado, se subió al auto y arrancó. Me quedé con las manos en la cara, conteniendo las lágrimas. Los chicos seguían corriendo. Yo solo quería que la tierra me tragara.

Esteban se acercó con cautela. Sin decir nada, levantó dos cajas grandes y las llevó adentro.

—No hace falta que me ayude —le dije con la voz cortada.

—Ningún problema, señora. Soy todo ayudas —respondió con una sonrisa cálida.

Me miró con esos ojos verdes tranquilos y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía de verdad. No como «la esposa que se encarga de todo», sino como una mujer al borde del llanto. Acepté su ayuda. Mientras acomodábamos cajas en la cocina, noté que sus ojos se desviaban hacia mi escote, hacia mis jeans blancos ajustados. No me molestó. Hacía tanto que nadie me miraba con ese deseo callado que me invadió una mezcla rara de pudor y satisfacción. Cuando terminó, lo invité a tomar un café algún día, con su esposa si tenía. Se rio y se fue.

***

Al otro día, con la casa todavía hecha un caos, descubrí que el lavarropas nuevo no estaba conectado. Mariano, por supuesto, no aparecía. Tenía el número de Esteban en el grupo del barrio. No sé bien por qué lo llamé a él y no a un técnico. Lo hice.

Cuando llegó, yo estaba con delantal, calzas azules y musculosa blanca. Lo vi entrar por el ventanal y, aunque traté de disimular, me gustó cómo se le iluminaron los ojos. Se detuvieron un segundo de más en mis pechos, en las caderas. Mientras él trabajaba agachado detrás del lavarropas, yo me movía a su alrededor sin hacer demasiado, con la excusa de mirarlo.

En un momento me pidió ayuda para empujar el aparato. Le advertí que tuviera cuidado con la tela del delantal. Me lo quité sin pensar. Mis pechos dieron un saltito breve bajo la musculosa fina y sentí su mirada clavada en mí. No me cubrí. Lo dejé mirar. Esa sensación de ser deseada después de meses de indiferencia fue como tomar aire fresco después de mucho rato bajo el agua.

Después tomamos un café en la mesada. Le conté un poco lo de Mariano, no sé bien por qué me abrí tanto con un desconocido, pero su forma de escuchar, sin opinar, sin juzgar, me hizo querer hablar más. Cuando me dijo «no entiendo cómo un hombre puede dejar sola a una mujer como vos», me sonrojé. Estiró la mano sobre la mesa y yo, casi sin pensar, puse la mía encima. La corriente que me corrió desde los dedos hasta el estómago me asustó. La retiré rápido. Pero el calor se quedó ahí, latiendo.

***

El tercer día amaneció fresco. Se me ocurrió probar el hogar a leña del living. Lo prendí mal, se cebó el tiraje y terminé llenando la casa de humo. Otra vez llamé a Esteban. Esta vez, mientras esperaba que llegara, me cambié dos veces frente al espejo. Terminé con una pollera blanca corta y un top negro ajustado. Me delineé los ojos. Me puse perfume. No quería preguntarme por qué.

Lo recibí con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Mientras él se agachaba junto a la chimenea y revisaba el tiraje, yo no podía dejar de mirarlo. Era mayor que yo, sí, pero tenía algo: una calma, una seguridad, una manera de moverse que Mariano había perdido conmigo hacía años.

—La mampara estaba mal cerrada. Por eso te volcó el humo —me dijo.

—Soy un desastre.

—Sos práctica. Llamaste.

Me reí. Me agaché para alcanzarle un trozo de leña y, al levantarme rápido, sentí cómo la pollera se subía hasta dejarme la tanga blanca a la vista. No me apuré en bajarla. Sentí su mirada como una mano tibia que me recorría el muslo. Cuando volvimos al living para soplar las primeras llamas, terminamos los dos llenos de cenizas, riéndonos como dos chicos que rompieron un jarrón. Caímos hacia atrás sobre la alfombra, uno al lado del otro. La pollera se me quedó arriba de la cintura. No hice nada por bajarla. Solo lo miré.

El aire cambió. Se volvió más denso, más cargado. Esteban se acercó despacio. Su mano grande encontró mi muslo y lo apretó, sin urgencia, midiéndome. Cerré los ojos. Lo dejé pasar.

El primer beso fue suave, casi tímido, como si los dos supiéramos que estábamos cruzando una línea de la que después no se vuelve. El segundo fue otra cosa. Nos besamos con hambre, con toda la frustración acumulada, con la ansiedad de meses contenida en la lengua. Sus manos subieron por mi cintura y me sacaron el top negro de un solo movimiento. Mis pechos quedaron al aire, sensibles, pesados. Sentí el frío del living durante un segundo y enseguida su boca caliente sobre el pezón derecho.

—Ay… Esteban… —se me escapó, arqueando la espalda sin querer.

Chupó con fuerza, rodeó el pezón con la lengua, lo soltó solo para morderlo apenas, mientras los dedos de la otra mano me tiraban suavemente del otro. Cada lamida me iba bajando una descarga directa al clítoris. Hacía tanto que nadie me devoraba así, con ganas de verdad, que el cuerpo me respondía solo. Le hundí los dedos en el pelo canoso.

—Así… seguí… más fuerte… —jadeé en voz baja.

Sus manos bajaron por el vientre, levantaron del todo la pollera y corrieron a un lado la tanga blanca, ya empapada. Sus dedos gruesos rozaron los labios hinchados, los recorrieron despacio, encontraron el clítoris y se quedaron ahí, presionando en círculos lentos.

—Estás hecha un fuego, Cami —murmuró contra mi pecho, con la voz ronca.

—Para vos… —le contesté, abriendo más las piernas.

Entraron dos dedos sin esfuerzo, curvándose hacia arriba, buscando ese punto que me dejaba sin aire. La boca seguía en mis pezones, el pulgar giraba sobre el clítoris en el ritmo exacto. El placer subió rápido, demasiado rápido.

—Esteban… no pares… me vengo…

El orgasmo me reventó por dentro. Mis paredes se cerraron alrededor de sus dedos, el cuerpo se me sacudió de la cintura para arriba, se me escapó un gemido largo que llenó la casa vacía. Me corrí con una intensidad que no recordaba. Él sonrió, sin apuro, y siguió moviendo los dedos despacio hasta que el último temblor me dejó floja sobre la alfombra.

Apenas pude recuperar el aire cuando lo sentí acomodarse entre mis piernas. Su sexo, grueso y duro, se apoyó contra mi entrada empapada.

—Cogeme… —le pedí en voz baja, mirándolo a los ojos.

Entró despacio al principio, abriéndome de a poco, dándome tiempo. Cuando se enterró del todo, le clavé las uñas en los hombros.

—Me llenás… —solté, con los ojos cerrados.

Empezó a moverse, primero lento y profundo, después más rápido. El sonido húmedo de los cuerpos chocando se mezclaba con el crepitar tímido del fuego que recién prendía. Mis pechos rebotaban con cada embestida, y yo me sostenía de su espalda, prendida como si fuera la última cosa firme del mundo.

—Más fuerte, Esteban… más fuerte…

Obedeció. Se hundió hasta el fondo, una y otra vez, con un ritmo que le encontraba el ángulo perfecto al clítoris. Sentí venir el segundo orgasmo, distinto al primero, más grave, naciendo desde más abajo.

—Ya viene… ya viene… ¡ahí!

Me corrí gritando su nombre, las piernas tensas, los talones clavados en su espalda baja. Lo apreté por dentro como si quisiera retenerlo.

—Cami… me estoy yendo… —gruñó él, acelerando.

—Adentro… venite adentro… quiero sentirte…

Con un gemido ronco, Esteban se enterró hasta el fondo y se vino dentro mío. Sentí cada latido, el calor llenándome despacio. Ese pulso lento me prolongó el placer. Nos besamos con desesperación, como si ese beso pudiera ordenar lo que acabábamos de romper.

Nos quedamos un rato así, él todavía adentro, los cuerpos pegados, mojados de sudor. El olor a leña recién prendida, a sexo, a su perfume. Me sentía llena, usada en el mejor sentido de la palabra, deseada como hacía años que no me sentía.

***

Después me tomó de la mano y me llevó al baño de planta baja. Abrió la ducha y nos metimos los dos bajo el agua tibia. Pasó la espuma por mis pechos con una calma que me erizó la piel, masajeándolos, pellizcando suavemente los pezones todavía sensibles. Yo hice lo mismo con él, enjabonándolo despacio, sintiendo cómo volvía a ponerse duro entre mis manos.

—Sos increíble, Cami —me susurró contra el cuello.

—Vos me hacés sentir mujer otra vez —le contesté, apoyando la frente en su pecho.

Nos secamos despacio, con caricias largas que ya no urgían. Volvimos a la cocina envueltos en toallas. Mientras armaba dos cafés nos miramos en silencio. Sabíamos que había que decirlo.

—Esto no puede volver a pasar —dije, aunque la voz me sonó poco convencida.

Esteban sonrió con picardía y respondió:

—Los dos sabemos que es mentira.

***

Ahora, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a sentirle las manos firmes, la boca hambrienta sobre los pezones, esa manera lenta y profunda de abrirme paso adentro mío. Vuelvo a oler la leña, el sudor, el sexo. Por primera vez en mucho tiempo me siento viva, deseada, completa. Y sé que, tarde o temprano, voy a volver a marcar su número con cualquier excusa: una canilla que pierde, una persiana trabada, un foco quemado. Cualquier cosa con tal de verlo entrar otra vez por mi puerta.

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Comentarios (7)

SandraLect

Me enganchó desde el primer párrafo y no pude parar. Muy bien narrado, gracias por compartir

Peke_MB

tremendo!!!

CuriosaRosario

La forma en que construye la tension antes de que pase algo es increible. Se nota que hay talento acá

gaston

El handyman de mi barrio no tiene ni la mitad de ese carisma jajaja. Que suerte la protagonista

viajera_sinretorno

Me recuerda un poco a algo que me paso hace tiempo con alguien de confianza... ese tipo de miradas que dicen todo sin decir nada

Rosy78

Por favor que haya segunda parte!! quedé con ganas de mas

MarcosD

Muy bueno. Se siente real, sin ser burdo. De los mejores que leí ultimamente

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