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Relatos Ardientes

Caí en la trampa del chofer y no me arrepiento

Después de mi divorcio, no fue el dolor lo que me sorprendió, sino las ganas. Cuarenta y dos años recién cumplidos, dos hijos ya en la universidad, una casa demasiado silenciosa y un cuerpo que llevaba demasiado tiempo callado, con el coño olvidado, seco de tanto no ser tocado. Mi mejor amiga Carolina me había convencido de bajarme una de esas aplicaciones para conocer gente, y al principio fue solo curiosidad. Después se volvió costumbre. Y al final, dependencia. Me pasaba las noches con la mano metida entre las piernas, mojándome los dedos con mensajes de desconocidos, corriéndome sola en una cama de matrimonio que hacía tres años nadie compartía conmigo.

A Andrés lo conocí ahí. Treinta y ocho años, chofer de una línea de transportes urbanos que cubre la ruta entre el norte y el sur de la ciudad. Manos grandes, mirada tranquila, una sonrisa que prometía más de lo que decía. Habíamos quedado en vernos un viernes por la tarde, después de su última vuelta. Llevaba dos semanas escribiéndome cosas que me ponían la piel caliente solo de leerlas: cómo iba a lamerme entera, cómo iba a hacerme pedirle la verga, cómo me iba a llenar el coño de leche hasta que se me escurriera por los muslos.

—Hoy te recojo a las cinco —me había dicho la noche anterior—. Tengo ganas de cumplirte todo lo que te prometí. Cada palabra, señora. Cada una.

Pero el viernes amaneció con nubes y a las once de la mañana ya no aguantaba más. Me había despertado con el pijama pegado al sexo, empapada, con las bragas hechas un trapo mojado de tanto soñar con una polla que todavía no había visto. Mis hijos estaban fuera, mi exmarido vivía en otra ciudad y mi calendario marcaba un día entero sin compromisos. Decidí que no iba a esperar hasta las cinco. Iba a ir yo a buscarlo.

Me arreglé con cuidado. Una falda de mezclilla por encima de la rodilla, una blusa blanca de tirantes anchos, el pelo recién lavado cayéndome sobre los hombros. Debajo, un conjunto de encaje negro que no había estrenado todavía. Me miré en el espejo y por primera vez en años me reconocí: una mujer adulta, segura, que sabía lo que quería. Que quería una verga dura entre las piernas y no pensaba volver a casa sin haberla tenido. Llamé a un taxi y le di la dirección de la terminal donde Andrés guardaba su unidad.

—¿Está segura, señora? —me preguntó el conductor cuando le repetí el destino—. Esa zona es complicada.

—Estoy segura —contesté, sin apartar la mirada del retrovisor.

El trayecto duró cuarenta minutos. Las calles se iban haciendo más anchas y más vacías, los edificios más bajos, los terrenos baldíos más frecuentes. Al final, el taxi me dejó frente a un portón de malla con un letrero descolorido: «Transportes del Centro». Le pagué, le pedí su número por si necesitaba volver y entré caminando despacio.

La terminal era un patio enorme de tierra apisonada con una decena de autobuses estacionados en filas desordenadas. Olía a diésel, a polvo, a sudor masculino. Tres hombres conversaban junto a una caseta de chapa. Cuando me vieron, las conversaciones se detuvieron. Todos se quedaron mirándome, y yo seguí caminando con la barbilla en alto, fingiendo una seguridad que apenas tenía. Sentí las miradas bajarme por el escote, por la falda, por las piernas, y en lugar de asustarme me humedecí un poco más.

—Buenas tardes —dije al llegar a la caseta—. Busco a Andrés Treviño. ¿Saben si está por aquí?

El más joven de los tres me miró de arriba abajo con una sonrisa burlona y se rascó la nuca.

—Andrés salió hace media hora, doña. No vuelve hasta las tres.

Sentí la decepción como un golpe seco en el estómago. Había venido para nada. Iba a darme la vuelta cuando uno de los hombres mayores se separó del grupo y se acercó. Tendría unos cincuenta años, alto, con el pelo entrecano y una barba corta muy bien recortada. Llevaba la camisa azul del uniforme abierta hasta el segundo botón y unos jeans desgastados que le quedaban como si se los hubieran hecho a medida. Se le adivinaba un bulto grueso a la izquierda de la bragueta, y yo, sin querer, se lo miré una fracción de segundo demasiado larga.

—Soy Mauricio —dijo, tendiéndome la mano—. Compañero de Andrés. ¿Quiere esperarlo en mi unidad? Hace mucho calor para estar aquí parada.

Lo miré dudando. Tenía algo, una calma que era a la vez tranquilizadora y peligrosa. Una mirada que sabía leer cosas que yo todavía no sabía decir.

—Solo si no es molestia —respondí.

Me condujo hasta un autobús urbano estacionado al fondo del patio, lejos del resto. Subió primero, me ofreció la mano y me ayudó a subir los dos escalones. Adentro hacía fresco. Las cortinas grises estaban echadas y el motor estaba apagado. Olía a desinfectante y a un perfume de hombre que me resultó vagamente familiar, como si lo hubiera respirado en algún sueño que ya no recordaba.

—Siéntese, por favor —dijo, señalando los primeros asientos—. ¿Quiere agua?

—Gracias.

Sacó una botella fría de una hielera bajo el panel de mandos y me la entregó. Después se sentó frente a mí, en el asiento de enfrente, y me miró sin disimulo. Yo bebí un trago largo y le sostuve la mirada. No supe en qué momento la conversación había dejado de ser una cortesía.

—Andrés me habló de usted —dijo al fin—. No mucho. Pero lo suficiente.

Sentí que la sangre me subía a las mejillas.

—¿Qué le dijo?

—Que era una señora muy guapa. Y que tenía suerte de haberla conocido. Que llevaba dos semanas soñando con metérsela.

Sonreí sin querer, mordiéndome el labio. La palabra «señora» me había picado un poco al principio, pero saliendo de su boca, con esa voz grave y pausada, sonaba diferente. Sonaba a respeto y a deseo al mismo tiempo. Me terminé el agua, dejé la botella en el suelo y me acomodé el pelo detrás de la oreja.

—¿Y usted qué piensa?

Mauricio se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Sus ojos no se movieron de los míos.

—Yo pienso que Andrés se quedó corto. Y pienso que usted vino aquí a que le follaran el coño, no a esperar sentada.

El aire dentro del autobús se hizo más denso. Yo notaba cómo me latía el pulso en el cuello, en las muñecas, entre las piernas, donde ya sentía la humedad calarme la tela del encaje. Hacía años que no me sentía así, vista de esa manera, deseada con esa precisión. Mauricio no sonreía. No coqueteaba. Solo decía lo que pensaba, y eso me desarmaba mucho más que cualquier piropo de los que me habían dicho a la entrada.

—Tengo una propuesta —siguió, después de una pausa—. Si me deja, le voy a dar lo que vino a buscar. La voy a coger como no la ha cogido nadie en años. Y nadie tiene por qué enterarse.

Se me secó la boca.

—¿Y por qué tendría que aceptar?

—Porque lleva veinte minutos pensando en irse y lleva veinte minutos sin moverse del asiento. Y porque huelo desde aquí que ya está mojada, señora.

Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Andrés era una promesa. Mauricio era el presente. Y yo, después de tanto tiempo callada, no tenía paciencia para más promesas.

—¿Y Andrés? —pregunté en un susurro, más para mí que para él.

—Andrés es mi amigo. No le voy a decir nada. Y usted tampoco. Esto va a ser nuestro.

Asentí despacio. Él se levantó, fue hasta la parte trasera del autobús y bajó una persiana de tela gruesa que separaba los últimos asientos del resto. Cuando volvió, me tendió la mano. Yo la tomé. Y caminé detrás de él hasta el fondo, sintiendo cómo cada paso me alejaba de la mujer que había sido durante veinte años de matrimonio y cómo el encaje se me hundía cada vez más en el coño.

Detrás de la persiana había un asiento corrido, más ancho que los demás, con un cojín grueso encima. Mauricio se sentó y me hizo un gesto para que me acercara. Yo me quedé de pie frente a él, todavía con el pulso desbocado.

—Quítese la blusa —dijo. No era una orden. Era una invitación.

La obedecí. Me saqué la blusa por la cabeza despacio, dejando que él me mirara cada centímetro de piel. Cuando vio el sostén de encaje, soltó un suspiro corto, como si le hubieran golpeado en el pecho.

—Carajo —dijo—. Me imaginaba que era una mujer así, pero no tan así. La falda también. Bájese la falda.

Me solté el cierre y dejé que la mezclilla resbalara hasta el suelo. Quedé de pie frente a él en encaje negro, con los pezones marcándose contra las copas y las bragas ya oscurecidas por delante por la humedad. Mauricio se pasó la lengua por el labio de arriba, despacio, y me hizo una seña con dos dedos para que me acercara. Yo di los dos pasos que me separaban de él y me quedé entre sus rodillas abiertas.

Me besó el ombligo primero. Después subió por el estómago, despacio, con una paciencia que yo no recordaba haber recibido nunca. Cuando llegó a mis pechos, deslizó las copas del sostén hacia abajo en lugar de quitármelo y los chupó como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me atrapaba un pezón entre los dientes, tiraba de él con cuidado, lo soltaba, lo dejaba enrojecer, y después le pasaba la lengua ancha, plana, empapándolo de saliva antes de mamármelo hondo, hundiéndose la mitad de la teta en la boca. Yo eché la cabeza hacia atrás y dejé escapar un gemido que ni siquiera reconocí como mío.

—Calladita —murmuró contra la carne—. Aunque no haya nadie cerca, calladita. Que la quiero oír solo a mí.

Las manos le subieron por debajo de nada, porque yo ya estaba en bragas. Me metió una mano por delante del encaje y pasó dos dedos por toda la raja del coño, de atrás hacia adelante, lento, recogiendo la humedad como quien mide algo.

—Estás empapada, señora —dijo, y se llevó los dedos a la boca sin dejar de mirarme—. Empapada.

Me arrancó las bragas hacia abajo con un solo tirón, me las quitó por los tobillos y las tiró a un lado. Después me hizo abrir las piernas, me sujetó por las caderas y me acercó a su boca. Yo tuve que agarrarme del respaldo delantero para no perder el equilibrio, porque cuando su lengua se hundió entre mis labios y me subió hasta el clítoris con un lametón lento y hondo, se me doblaron las rodillas.

—Ay, dios —susurré, tapándome la boca yo misma.

Mauricio me comía el coño como si llevara toda la vida esperando ese momento. Me chupaba el clítoris con los labios, lo soltaba, me metía la lengua entera adentro, la sacaba, me lamía desde el ojete hasta arriba con un movimiento largo y firme que me arrancaba temblores. Me metió un dedo, después dos, y los curvó buscando ese punto por dentro que mi exmarido nunca había encontrado. Cuando lo encontró, apretó, y yo me corrí de pie, con los dedos enterrados en su pelo entrecano y un gemido ahogado en la garganta.

—Bien —murmuró, con la barba brillando de mi humedad—. Así me gusta. Que se corra la señora antes siquiera de probar la polla.

Todavía temblando, me hizo girar y me sentó a horcajadas sobre él, con las piernas abiertas a los lados de sus muslos. Me miró desde abajo con una sonrisa nueva, ya menos contenida.

—Mírame —dijo—. Quiero verte la cara mientras te hago lo que vine a hacerte.

Le abrí la camisa botón a botón. Tenía el pecho ancho, salpicado de canas, una cicatriz pequeña sobre la clavícula. Le besé esa cicatriz primero. Después la boca. Su lengua era lenta, exploratoria, y sabía a mí, a mi coño, y eso me encendió más todavía. Yo bajé una mano y le desabroché el pantalón. Le bajé los calzoncillos lo justo y se la saqué. Era gruesa, curvada hacia arriba, con las venas marcadas y la punta ya húmeda de líquido.

—Ay, mi madre —dije sin querer.

Mauricio se rió por lo bajo.

—Chúpamela un poco antes, señora. Que quiero verla con la boca llena.

Me deslicé al piso del autobús, entre sus piernas abiertas, y me la metí en la boca. La lamí primero desde la base hasta la punta, con la lengua plana, como él había hecho conmigo. Después le abrí los labios y empecé a bajar la cabeza, tragándomela poco a poco. Me llegaba al fondo de la garganta y me obligaba a respirar por la nariz. Mauricio me agarró el pelo, no con fuerza, solo lo justo para marcarme el ritmo, y yo empecé a subir y bajar, mamándosela con ganas, chupándole hasta las pelotas y volviendo arriba con la boca hecha un estropicio de saliva.

—Así, señora, así —jadeaba—. Qué bien la chupa. Con esa boca tan decente.

Cuando sintió que le faltaba poco, tiró de mi pelo hacia arriba y me hizo subir otra vez a su regazo. Me sujetó la cintura con las dos manos, y yo le tomé la polla y la guié despacio hacia mi coño, abriéndome con la otra mano. Sentirla entrar fue una bocanada de aire después de años de respirar a medias. Me abrió despacio, centímetro a centímetro, hasta que la sentí tocar el fondo y solté un jadeo largo, roto.

—Toda, señora, entera —murmuró él, mordiéndome el hombro—. Cabe entera.

Empecé a moverme sobre él, suavemente al principio, sosteniéndome de sus hombros. Mauricio me sujetaba la cintura con las dos manos y me marcaba el ritmo, pero sin imponerlo. Era una conversación entre los dos cuerpos. Yo subía, él bajaba. Yo aceleraba, él me retenía un instante para hacerlo durar más. Después me dio una nalgada seca en el culo, ni fuerte ni suave, la que necesitaba para acordarme de quién estaba a cargo.

—Así —murmuraba—. Así, señora, así. Móntame esa polla como llevas años queriendo.

La palabra señora dejó de molestarme. Empezó a encenderme. Cada vez que la decía sentía una corriente bajarme por la espalda hasta el coño. Quizá porque por primera vez en mucho tiempo alguien me trataba como una mujer adulta, con respeto y con hambre al mismo tiempo. Como una mujer que merecía ser deseada por lo que era, no a pesar de ello. Como una señora a la que se le folla en serio.

—Dilo otra vez —le pedí, jadeando contra su boca.

—Señora —repitió, empujando de abajo hacia arriba, clavándomela hasta el fondo—. Mi señora, mi puta señora, cómo me aprieta.

El segundo orgasmo me llegó casi sin avisar. Me apreté contra él y dejé de moverme, mordiéndome el labio para no gritar. Sentí el coño cerrársele alrededor a espasmos, un latido tras otro, y me temblaron las piernas contra sus muslos. Mauricio me sostuvo, me besó la frente, me esperó. Cuando terminé de temblar, me hizo levantarme, me acomodó de espaldas sobre el cojín y se colocó sobre mí, con la polla brillando de mí, todavía dura, todavía roja en la punta.

—Todavía no he acabado contigo —dijo.

Volvió a entrar y esta vez fue distinto. Más profundo, más decidido. Me levantó una pierna y la apoyó sobre su hombro, doblándome casi por la mitad, y desde ese ángulo empezó a cogerme con embestidas largas, secas, que sonaban contra mis muslos con un chapoteo que llenaba el fondo del autobús. Yo lo miré fijamente, sin parpadear, con los pechos al aire brincando a cada golpe y la falda enrollada en la cintura como un cinturón. Él me devolvió la mirada y empezó a moverse con un ritmo nuevo, más serio, más suyo.

—No cierres los ojos —dijo—. Quiero verte.

No los cerré. Lo miré mientras me cogía. Le vi la mandíbula tensa, la vena del cuello inflada, el sudor bajándole por la sien. Le vi los abdominales contraerse cada vez que me la clavaba hasta las pelotas. Le vi bajar la mano y apretarme el clítoris con el pulgar mientras seguía embistiéndome, y ahí fue cuando sentí venir el tercero.

—Me voy a correr otra vez —susurré, con la voz quebrada.

—Córrete, señora. Córrete en la polla. Empápamela.

Lo miré cuando me sentí venir, esta vez con un temblor que me empezó en los muslos y me subió hasta el cuello, hasta el pelo, un orgasmo largo que me arqueó la espalda contra el cojín y me hizo enterrarle las uñas en los hombros. Sentí el coño contraérsele a él dentro, y él soltó un gruñido corto, gutural, apretando los dientes.

—Mierda, señora, así no aguanto.

—Adentro —le pedí sin pensar, sin pensarlo dos veces—. Córrete adentro.

Se le contrajo la cara entera. Empujó tres, cuatro, cinco veces más, cada vez más hondo, cada vez más lento, y a la sexta se quedó muy quieto, hasta el fondo, con la polla temblándome dentro. Sentí los chorros calientes uno detrás de otro, uno, dos, tres, cuatro, llenándome, y cada uno de ellos lo acompañaba con un gruñido contenido contra mi cuello. Yo lo abracé con las piernas y lo apreté contra mí, sintiendo cómo me vaciaba adentro hasta la última gota.

Y todavía lo miré después, mientras seguía sobre mí, respirando contra mi cuello, sin prisa por separarse, con la polla todavía dentro, todavía dura, ablandándose despacio dentro de mi coño lleno.

Cuando por fin se dejó caer en el asiento de al lado, la sentí salir con un gemido húmedo y noté cómo su semen empezaba a escurrírseme entre los muslos. Los dos tardamos un rato largo en hablar. Él fue el primero.

—¿Cómo se llama?

Solté una carcajada corta, casi sin voz.

—¿Ahora me preguntas eso? ¿Después de dejármelo todo adentro?

—Antes me parecía que sobraba.

Le dije mi nombre. Él me dio el suyo completo, su número y una promesa de no buscarme si yo no quería. Me ayudó a vestirme con la misma calma con la que me había desvestido. Recogió mis bragas del suelo y en lugar de dármelas se las guardó en el bolsillo del pantalón, mirándome a los ojos.

—Recuerdo —dijo.

Me subió el cierre de la falda, me acomodó los tirantes de la blusa, me peinó con los dedos. Me devolvió la botella de agua, tibia ya, y me dio un último beso, este sin urgencia, solo para cerrar, un beso lento que sabía otra vez a mí.

Cuando bajé del autobús, Andrés acababa de llegar. Lo vi de lejos, estacionando su unidad, sin haberme visto todavía. Por un momento dudé, con el coño todavía latiéndome y la leche de otro escurriéndoseme por dentro del muslo. Después saqué el celular y le mandé un mensaje breve: «Surgió algo, lo dejamos para otro día». Guardé el teléfono y caminé hacia la salida sin mirar atrás.

Mauricio me observaba desde la puerta de su autobús, apoyado en el marco, con la camisa todavía abierta y la marca de mis uñas roja sobre el pecho. Levantó dos dedos en una despedida silenciosa. Yo le sonreí, apreté las piernas al caminar para retener un poco más lo que me había dejado dentro, y crucé el portón sin apurarme.

Llamé al taxi. Mientras esperaba, me senté en una banca de cemento al sol y sentí cómo me corría el semen entre las piernas, despacio, empapándome las bragas nuevas que él me había hecho ponerme antes de dejarme ir, recordándome todo lo que acababa de pasar. Cuarenta y dos años, dos hijos en la universidad, una casa demasiado silenciosa esperándome a la vuelta.

Y un coño que, por fin, después de tanto tiempo, había vuelto a hablar.

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Valora este relato

Comentarios(8)

CarlaM33

Dios mio que relato!!! me quede pegada leyendo hasta el final

lectorx77

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bueno

NormaOK64

Me gusto muchisimo como esta contado, se siente real y sin exageraciones. Sigue escribiendo asi!

Mili_BA

jajaja esto me recordo a algo que me paso en un viaje... esas cosas que pasan cuando uno menos las busca

Javier_C

increible!!! sube mas relatos por favor

SolMdq

Que bien escrito, el ritmo engancha desde la primera linea. Muy recomendado

Cukitabella

Me pregunto si te volviste a cruzar con el despues... necesito saber como sigue!

fan_relatos22

Tremendo, uno de los mejores que lei en esta categoria. Gracias por compartir :)

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