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Relatos Ardientes

Cada miércoles ella volvía al parking oscuro

Carmen tenía cuarenta y nueve años y los miércoles por la noche eran suyos. Desde que los hijos habían ido marchando —el mayor a otra ciudad, la mediana a la universidad, la pequeña a la residencia— aquella franja de tiempo entre las nueve y la medianoche se había convertido en algo parecido a la libertad. Marcos se quedaba viendo el fútbol o algún documental con una copa de vino, y ella se subía al coche con la excusa de la compra semanal.

No le gustaba llamarlo excusa. Pero tampoco podía negarlo del todo.

Cuerpo de mujer que había parido tres veces y seguía siendo sólido: caderas anchas, pecho abundante que caía un poco bajo el suéter de cuello alto, muslos gruesos enfundados en mallas oscuras. El pelo castaño con hebras plateadas lo llevaba recogido en un moño descuidado que siempre se le deshacía para cuando llegaba a casa. No era de las que se maquillaban para ir al supermercado, pero esa noche se había pintado los labios de un rojo vivo casi sin darse cuenta. Esas cosas pasaban cuando la mente iba por un lado y la mano iba por otro.

Aparcó en el sótano del hipermercado, planta menos dos, en el fondo del todo. Lejos de las cámaras principales. Siempre en el mismo rincón, entre una columna de hormigón y la pared.

Es que hay más espacio para abrir el maletero, se repetía.

Sacó el carrito y caminó hacia la entrada sin mirar atrás.

***

El joven salió del coche de al lado cuando ella ya tenía el carrito en la mano. Veinte años, quizás veintiuno. Chaqueta oscura con capucha bajada, vaqueros deslavados, zapatillas blancas limpias. Alto, con los hombros anchos que todavía no cuadraban del todo con el resto del cuerpo joven. Ojos color avellana que la miraron medio segundo de más.

—Oye, perdona —dijo con voz grave—. ¿Te he dado con la puerta?

—No, tranquilo —respondió Carmen, sonriendo por inercia. Sintió un cosquilleo extraño en el estómago.

Él se quedó un momento quieto, mirándola.

—Vengo a por una cosa y me voy. Mi madre siempre me llama a última hora.

—La mía hacía lo mismo —respondió Carmen antes de pensarlo bien.

Él soltó una carcajada corta, genuina.

—¿Lo hacía?

—Murió hace unos años.

Una pausa breve. Él no hizo el gesto incómodo de la gente que no sabe qué decir. Simplemente la miró, con esa calma particular de quien tiene todo el tiempo del mundo.

—¿Siempre compras tan tarde?

—Cuando la casa está vacía es más fácil concentrarse.

—¿La casa vacía? —repitió él, como si la frase tuviera más capas de las que tenía.

Carmen empujó el carrito hacia la entrada sin responder. Pero no pudo evitar que las mejillas le ardieran un poco.

***

Lo vio tres veces más antes de llegar a la caja. En la sección de lácteos, cuando buscaba el yogur sin azúcar y él pasó rozando su brazo con el hombro sin excusarse. En el pasillo de vinos, donde se paró a su lado a mirar una botella que nunca llegó a coger. En el fondo de la zona de conservas, donde coincidieron de frente y él se apartó lo justo, dejando entre los dos una distancia que a duras penas era social.

Carmen sentía el calor subirle por la nuca. Las mallas apretaban. No llevaba ropa interior esa noche —se las había quitado antes de salir de casa, diciéndose que las costuras le molestaban con el calor del coche—, y entre sus piernas había algo espeso y húmedo que no podía seguir ignorando. El vello oscuro y espeso atrapaba el calor. Cada vez que él pasaba cerca, se hacía más difícil respirar con normalidad.

Pagó deprisa. Empujó el carrito hacia el ascensor. No se volvió a mirarlo.

Pero sabía que venía detrás.

***

El aparcamiento estaba desierto a esa hora. Tres coches repartidos entre dos plantas. Los fluorescentes del techo parpadeaban con ese ritmo lento que hace que el tiempo parezca otro. Olía a cemento húmedo y a aceite de motor frío.

Él llegó cuando ella ya tenía el maletero abierto. No llevaba nada en las manos y no hizo ningún esfuerzo por aparentar que la coincidencia era casual.

—Deja, te ayudo —dijo, acercándose.

Cogió las bolsas y las metió despacio, rozándole la cadera al pasar. Carmen no se movió. Él cerró el maletero y se quedó de pie frente a ella, demasiado cerca para que fuera inocente.

—Llevas meses aparcando aquí abajo —dijo en voz baja.

Carmen lo miró fijamente.

—¿Cómo sabes eso?

—Trabajo en el almacén. Turno de tarde. —Señaló con la barbilla hacia el interior del edificio—. Te he visto muchas veces.

—Y nunca me habías dicho nada.

—Nunca habías aparcado tan al fondo.

Carmen tragó saliva. El corazón le latía más rápido de lo que quería admitir.

—¿Qué quieres? —preguntó en voz baja.

Él no respondió enseguida. Apoyó una mano en el maletero, junto a su cadera, sin tocarla todavía.

—He visto cómo aprietas las piernas cuando pasas por delante de la zona de carga y hay ruido. —Lo dijo despacio, como quien enuncia un hecho—. Y nunca llevas a nadie en el coche cuando llegas ni cuando te vas.

—Estoy casada.

—Lo sé.

Silencio.

—¿Y? —preguntó ella.

Él sonrió. Dientes blancos, un poco torcidos el lateral.

—Y que llevas pintados los labios para ir al súper a las diez de la noche.

***

La besó contra el maletero. Ella respondió sin pensarlo, con una urgencia que le sorprendió a ella misma. Sus manos en el pecho de él, anchas y cálidas. Las manos de él en sus caderas, apretando sin miedo. Sabía besar ese chico. Sabía medir la presión.

—Aquí no —susurró Carmen, mirando de reojo hacia las cámaras del techo.

—Detrás de la columna —dijo él.

La guio hacia ese rincón donde el ángulo de la pared y el pilar de hormigón dejaban un hueco a oscuras. Nadie los vería desde la rampa, y las cámaras apuntaban hacia las plazas, no hacia los pilares.

Él le subió el suéter y metió las manos bajo las mallas. Encontró el calor húmedo que ella llevaba acumulando desde los pasillos de lácteos. Gimió entre dientes.

—Llevas así toda la compra.

—No —mintió Carmen.

Él pasó dos dedos por el centro, despacio, sintiendo la humedad pegajosa, el clítoris hinchado que cedió en cuanto lo rozó. Introdujo los dedos con un movimiento suave y los curvó hacia arriba. Carmen mordió su propio labio con fuerza para no hacer ruido. Sin ropa interior de por medio, la sensación llegaba directa: sin filtros, sin tela, sin mediaciones.

—Tu marido no llega hasta aquí, ¿verdad? —preguntó él, voz ronca al oído.

—No hables de él —dijo ella.

—¿Por qué? ¿Porque tengo razón?

No contestó. Las caderas se movieron solas, siguiendo el ritmo de esa mano. Él usó el pulgar en el clítoris mientras los dedos seguían dentro, moviéndose con una precisión tranquila que a Carmen le resultó casi insoportable.

—Así —susurró sin querer.

Él retiró los dedos. Se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándola mientras lo hacía.

—Sabor a mujer casada con ganas —dijo.

—Eres un imbécil.

—Puede. Date la vuelta.

***

La giró con suavidad pero sin dudar. La inclinó sobre el capó del turismo oscuro aparcado junto al suyo y le bajó las mallas hasta los muslos. El aire frío del sótano contra la piel caliente de sus nalgas. La brecha entre la temperatura del cemento y el calor de su cuerpo era tan grande que le cortó la respiración.

—Espera —dijo Carmen.

—¿Paro?

—No es eso. Es que nunca... —bajó la voz—. Nunca por ahí.

Él se quedó quieto un momento. Luego sacó del bolsillo interior de la chaqueta un tubo pequeño de lubricante. Carmen lo miró.

—¿Lo llevas siempre encima?

—Solo cuando aparcas en el fondo —respondió él.

Una pausa. Luego los dos se echaron a reír al mismo tiempo, con esa risa absurda que tiene la tensión sexual cuando encuentra una grieta inesperada. Carmen se tapó la boca con la mano. Él volvió a ponerse serio primero.

—Dime que paro y paro —dijo.

—No pares —respondió ella.

Aplicó el lubricante con la mano y empujó la cabeza de la polla contra el ano apretado, despacio, sin forzar. Dolor primero, un ardor que subió por la columna vertebral y que Carmen canalizó en respiración lenta y profunda. Él avanzó milímetro a milímetro, deteniéndose cuando ella tensaba, avanzando cuando ella cedía. La otra mano rodeó su vientre y llegó al clítoris desde delante, frotando en círculos lentos para compensar el ardor.

—Joder —susurró Carmen.

—¿Paro?

—No. Más.

Avanzó hasta el fondo y se quedó quieto un instante. Carmen sentía el pulso de esa polla dura dentro, el peso de él pegado a sus nalgas. El dolor se había transformado en algo que no tenía nombre exacto pero que pedía movimiento.

—Muévete —pidió ella.

Él obedeció.

***

Las embestidas eran largas y profundas, con un ritmo que Carmen absorbía empujando hacia atrás. Las palmas de las manos apoyadas en el capó frío. El metal vibrando levemente con cada golpe. El olor a lubricante y a su propio sexo mezclados en el aire quieto del sótano. Los fluorescentes parpadeando sobre sus espaldas.

Cuando llegó el orgasmo fue como un derrumbe. Rompió primero en el clítoris —donde los dedos de él seguían trabajando sin pausa— y se extendió hacia dentro en una contracción que la sacudió entera. Sintió el líquido caliente bajando por el interior de sus muslos antes de oírlo golpear el suelo de cemento. Un sonido pequeño, imposible de negar.

—Dios —murmuró él detrás de ella, sorprendido.

Carmen habría querido decir algo pero solo pudo jadear. Él siguió moviéndose, más rápido ahora, agarrando las caderas anchas con las dos manos. Carmen apoyó la mejilla en el capó y dejó que la sacudiera. Cuando él llegó lo hizo dentro, con un gruñido apretado que resonó entre las paredes de hormigón. Ella sintió el calor líquido en el interior, rebosando por los bordes, goteando despacio por el muslo.

Silencio. Solo la respiración de los dos y el zumbido lejano del sistema de ventilación del parking.

***

Él le subió las mallas. Le bajó el suéter. La giró con cuidado y la miró a la cara.

—¿Estás bien?

—Mejor que en mucho tiempo —respondió Carmen, y era verdad.

Él asintió, sin fanfarronería.

—El miércoles que viene. Misma hora. Si aparcas en el fondo, es un sí.

—No sé si....

—Ya lo sabes.

Carmen no respondió. Eso también era una respuesta.

Él añadió, casi de paso, mientras cogía la chaqueta del suelo:

—¿Tienes alguna amiga que también haga la compra tarde?

Carmen frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Tengo llave de la zona de empleados. Un cuarto sin cámaras, amplio. —Una pausa—. Puede ser interesante si sois más de dos.

—Eso es mucho pedir.

—Tú dirás si conoces a alguien a quien le pueda interesar.

Se fue hacia la rampa. Carmen lo vio alejarse hasta que desapareció en la curva y el sonido de sus pasos se apagó.

***

Condujo a casa con las manos firmes en el volante aunque los muslos le temblaban. El habitáculo del coche olía. Se cambió de ropa en el cuarto de baño de abajo antes de entrar al salón.

Marcos levantó la vista del televisor.

—¿Mucho lío en el súper?

—Un poco de cola en las cajas —dijo Carmen, dejando las bolsas en la encimera.

Cenaron juntos. Él le habló de algo que había visto en las noticias. Ella respondió en los momentos justos, con la mente dividida entre la cocina y el sótano de hormigón. Cuando él se durmió en el sillón con el mando en la mano, Carmen se fue a la ducha y se quedó bajo el agua caliente con los ojos cerrados, reviviendo cada segundo: los dedos, el ardor, el derrumbe, el calor líquido dentro.

Se corrió una segunda vez, sola, mordiéndose el labio para no hacer ruido.

***

El siguiente miércoles aparcó en el fondo del todo, entre la columna y la pared.

Y de camino a la entrada le mandó un mensaje a su amiga Silvia: «¿Tú también haces la compra tarde alguna vez?»

Esperó la respuesta mientras empujaba el carrito. Y cuando llegó —«a veces, ¿por?»—, Carmen sonrió con los labios pintados de rojo y escribió: «Te cuento cuando te vea. Creo que tengo algo que te puede interesar.»

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Comentarios (4)

LectorNocturno22

Increible. Uno de los mejores que leo en mucho tiempo, gracias.

CarolaRdz

Por favor que haya segunda parte, me dejo con ganas de saber como termina todo esto!!

MateoR_91

Tremendo relato. Esa sensacion de saberse algo que no querés admitir... lo retrataste perfecto. Seguí así.

SilPar_78

jajaja el titulo ya me engancho antes de empezar a leer

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