La desconocida que me sedujo en los probadores
Fue cuando me pidió que le desabrochara el vestido. Solo eso. Después cerré la puerta con pestillo y todo cambió.
Fue cuando me pidió que le desabrochara el vestido. Solo eso. Después cerré la puerta con pestillo y todo cambió.
Era la noche más lejos que había llegado sola y sin una prenda. Perros, hombres, motos y el parque principal: todo lo vi desde la piel desnuda.
Nunca pagué por sexo, o eso creía. Esa noche en el solar abandonado aprendí que el deseo no pregunta antes de actuar.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
La vi aparecer al fondo de la calle y ya supe que esa noche no sería como las otras. Ella no había venido a charlar.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Cuando su bikini se corrió en la orilla y los hombres de la playa empezaron a mirar, ella no lo ajustó. Se limitó a caminar más despacio.
Me miré al espejo con su lencería puesta, los tacones y los labios pintados, y supe que no podía quedarme en casa. Eran las dos de la mañana.
Cuando mi madre se abrió de piernas en la hamaca, supe que esa tarde en la playa nudista no íbamos a volver solos a la villa.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Llegué con las botellas en la mano y la encontré tumbada en la cama, con las piernas abiertas y los ojos cerrados, esperando que terminara lo que habíamos empezado en el metro.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
La recibí en el aeropuerto y supe enseguida que algo le había sucedido. Esa misma noche tracé un plan que nadie con un mínimo de decencia se permitiría.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Subí al segundo piso del bus pensando dormir las siete horas seguidas. A los treinta minutos, un rostro apareció entre los asientos y me preguntó adónde iba.
El verano apretaba, la piscina se iba quedando vacía. Sus miradas se cruzaron una vez más de la cuenta, y las dos supieron que esa noche no se iban a casa solas.