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Relatos Ardientes

Lo que me permití la última noche en Cancún

El teléfono vibró cuando el sueño empezaba a ganarme. Era Rodrigo.

—Hola, bella. ¿Sigues despierta?

—Sí. ¿Qué pasó?

—Nada en especial. Pensé que si no tenías planes, podías bajar al lobby. El bar sigue abierto y la noche está tranquila. Platicamos un rato.

—Rodrigo, estoy agotada. Fue un día largo.

—¿Y si subo yo? Me dicen que doy buenos masajes.

—No, gracias. Acordate que tenés esposa.

—Solo dije masajes. ¿Qué pensaste vos?

—Jajaja. Nada. Pero no estoy para visitas.

—Dale… igual quería contarte algo. Me voy a separar. Mi mujer me llamó ayer y me dijo que era lo mejor para los dos.

—Lo lamento mucho. ¿Estás bien?

—Sí, claro. Triste, pero bien. Por eso quería hablar con alguien esta noche.

—Espero que lo puedas superar. Buenas noches, Rodrigo.

—Que descanses, preciosa.

Colgué y me quedé mirando el techo en la oscuridad.

Lo sabía perfectamente: ya tenía otras intenciones. Lo notaba en ese tono bajo, en la forma en que alargaba las palabras, en esa oferta de masajes que no tenía nada de inocente. Y lo peor era que yo también lo había pensado: sus manos grandes sobre mi espalda, bajando despacio, su aliento cerca de mi nuca mientras me quitaba la ropa.

Por ahora no. Eso me repetía.

Me di vuelta en la cama, apreté las piernas buscando alivio y cerré los ojos. Mañana sería otro día.

***

No me voy a detener en cada detalle de esos días en Cancún, pero los disfruté de verdad: masajes en el spa que me dejaban la piel temblando de relax, clases de yoga frente al mar, tardes interminables junto a la piscina con el agua turquesa entre los dedos. Todo era perfecto. Salvo ese vacío que no desaparecía.

Rodrigo siguió mandando mensajes. Cada vez más directos: un «buenos días, preciosa» que me aceleraba el pulso sin que yo lo pidiera, una foto del atardecer desde el bar del hotel con un «te extraño por aquí». Algo en mí seguía rechazando la idea, seguía diciéndome que no, que había cambiado, que mi marido quizás también podía cambiar.

Pero las noches me traicionaban.

Los gemidos que llegaban desde las habitaciones de Daniela, Patricia y Mónica —intensos, desinhibidos, envidiables— me dejaban con la piel erizada y la mano entre las piernas sin haberlo decidido. Y mi marido, del otro lado del teléfono: promesas de llamadas que terminaban con «estoy muerto, mañana te llamo». Yo esperándolo con la lencería puesta, los pezones duros contra el encaje, la humedad creciendo. Y nada. Solo silencio y frustración acumulada.

Ya faltaban dos días para volver a casa. Aprovechamos para recorrer la zona: parques, tiendas, desayunos en terrazas con el sol pegando fuerte y jugos de frutas que te chorreaban por la mano. Reíamos sin parar, nos sacábamos fotos en cada rincón, vivíamos como si no existiera un mañana.

Cuando volvimos al hotel, vimos el cartel: esa noche había una fiesta de cierre de temporada en el salón principal. La última gran noche en Cancún. No lo dudamos.

***

Salimos las cuatro directo a buscar ropa para la ocasión.

Daniela eligió un vestido negro cortísimo que le marcaba cada curva. Patricia se fue por un mono rojo con transparencias que dejaban ver su piel bronceada. Mónica eligió un top plateado brillante y una falda alta que hacía que sus piernas parecieran no tener fin.

Yo me enamoré de una falda blanca fluida con detalles dorados que se ceñía a las caderas y se abría apenas con el movimiento. La combiné con un top a juego: corto, escotado, con tiras finas que cruzaban la espalda y dejaban al descubierto el abdomen. Al probármelo frente al espejo del probador, sentí la tela rozando mis pezones, la falda subiéndose apenas al girar, insinuando lo que había debajo.

Me miré y pensé: esta noche no quiero pasar desapercibida. Ni quiero.

De vuelta en la suite, nos arreglamos con calma: maquillaje intenso, perfume que deja huella, tacones que te hacen caminar como si el mundo fuera tuyo. Era nuestra despedida de Cancún, y algo en mí sabía que también era otra cosa.

***

El salón estaba lleno cuando llegamos: luces bajas, música latina que te entraba por el pecho, cuerpos moviéndose sin parar. Nos lanzamos a la pista de inmediato. Esa noche me permití tomar algo —no demasiado, lo justo para que el calor subiera por la piel y las inhibiciones se aflojaran un poco—. Bailamos felices, riendo, sudando, con la falda blanca ondeando alrededor de mis muslos y el top dorado pegado al pecho por el calor.

Después de un rato sentí una mano firme en mi cadera.

Me giré apenas y era Rodrigo. Su aliento cálido cerca de mi oreja:

—Hola, preciosa.

Le di un beso suave en la mejilla y seguí bailando, ahora apoyada contra él. Mi cuerpo rozaba el suyo y ahí estaba: duro, grueso, presionando a través de la tela. Ese contacto me encendió de golpe, un latigazo directo entre las piernas. En ese momento no pensé en nada más: ni en mi marido, ni en mis hijos, ni en las promesas que me había hecho a mí misma. Solo quería sentir.

El perreo se intensificó. Se movía bien para su edad: caderas seguras, manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo poco a poco hasta rozar los bordes de mis pechos. Cada roce me calentaba más. Los pezones duros contra el top, la humedad creciendo entre mis muslos.

No aguanté más y lo tomé de la mano.

—Vení.

Lo llevé hacia el fondo del salón, a un pasillo oscuro donde la música llegaba amortiguada y las sombras nos cubrían. Lo besé con hambre, sin anestesia, mientras seguía moviéndome contra él.

—No puedo creerlo —murmuró, apretándome el culo con las dos manos—. Con todos los hombres jóvenes que hay aquí esta noche.

—Shh. Disfrutá —le susurré, mordiéndole el labio inferior.

—Vamos a mi departamento. Está a pocas cuadras.

—De acuerdo.

***

Caminamos rápido por las calles iluminadas de la zona hotelera. Antes de llegar, me empujó suave contra la pared de un local cerrado y me besó otra vez, largo, con las manos apretando mi cintura. Yo le abrí la camisa dos botones y le mordí el cuello apenas.

Su departamento era un piso moderno con entrada privada. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared del pasillo. Sus manos grandes recorrieron mi cintura, subieron hasta mis pechos y los apretaron por encima del top dorado.

Yo tomé el control.

Lo aparté un poco, lo miré fijo y empecé a moverme despacio frente a él, como si todavía estuviéramos en la pista. Mis caderas ondulaban solas, la falda subiéndose con cada giro hasta dejar ver la ropa interior.

—Mirá —le dije en voz baja, mientras me quitaba el top con lentitud y dejaba que mis pechos cayeran libres.

Rodrigo se quedó quieto, respirando pesado, los ojos clavados en mí.

Me acerqué. Le desabroché la camisa botón por botón, besando su pecho, su cuello, mordiéndolo apenas. Luego bajé: solté el pantalón, lo bajé junto con la ropa interior, y su polla apareció dura, gruesa. Me arrodillé despacio sin dejar de mirarlo y empecé a chupársela con calma: primero la punta, saboreando, luego metiéndomela entera hasta donde llegaba. Él gimió con una mano en mi pelo, sin tirar, solo acompañando el movimiento.

—No pares… por favor.

Lo hice un rato más, hasta sentirlo al borde. Entonces me paré, dejé caer la falda al piso y quedé solo en tanga y tacones. Lo llevé de la mano hasta el sofá del living, lo empujé para que se sentara y me subí a horcajadas encima. Sin dejarlo entrar todavía. Solo rozando mi ropa interior húmeda contra él, adelante y atrás, despacio, torturándolo.

—Ahora vos —dije con voz ronca.

Entendió perfecto. Me recostó en el sofá, me quitó la tanga con cuidado, separó mis piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua fue directa al clítoris: círculos lentos primero, luego más rápidos, con una precisión que me sorprendió. Dos dedos entraron sin esfuerzo porque estaba empapada, curvándose justo donde se vuelve imposible controlar nada.

—Ahí… no pares —gemí, agarrándole el pelo con las dos manos.

Me hizo correr dos veces: la primera rápido y potente, la segunda más lenta y profunda, hasta que temblé entera y grité sin que me importara nada más.

Cuando me recuperé, lo miré con los ojos entrecerrados.

—Ahora te toca sentirme.

Lo empujé al piso, sobre la alfombra, y me subí encima. Tomé su polla con la mano, la acomodé en mi entrada y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba por completo. Los dos gemimos al mismo tiempo.

Empecé a moverme: primero círculos lentos con la cadera, luego arriba y abajo con fuerza. Mis pechos rebotaban con cada embestida, él los agarraba, me pellizcaba los pezones, me miraba como si no pudiera creer lo que estaba viviendo.

—Tan apretada, tan caliente —jadeaba.

—Y vos tan duro adentro —respondí, acelerando el ritmo.

***

Cambiamos de posición varias veces porque ninguno quería que terminara pronto. Me puso en cuatro sobre el sofá y entró desde atrás, profundo, agarrándome las caderas con firmeza. Yo empujaba hacia atrás pidiéndole más.

—Más fuerte. Sí, así.

Después me cargó hasta la cama, me recostó boca arriba y me folló despacio: besándome todo el tiempo, chupándome los pechos mientras entraba y salía. Le clavé las uñas en la espalda, le mordí el hombro, le susurré al oído cuánto lo estaba disfrutando.

En un momento me subí otra vez encima, de espaldas: quería que viera cómo me movía mientras lo cabalgaba. Él me agarraba con las dos manos, separaba las nalgas, metía un dedo húmedo en mi ano mientras yo subía y bajaba sin piedad.

—Clara… no aguanto más.

—Yo tampoco. Venite conmigo.

Aceleré, apretándolo fuerte con mis paredes, y los dos explotamos casi al mismo tiempo. Él con calor adentro, yo corriéndome tan fuerte que vi todo blanco por un segundo, temblando encima de él.

***

Nos quedamos así un rato largo. Yo encima, él todavía adentro, acariciándome la espalda con una calma que no esperaba. Después repetimos: una segunda ronda más lenta en la cama, él lamiéndome otra vez hasta hacerme gritar, yo chupándosela hasta que se vino y lo tragué entero sin dejar de mirarlo.

Duró horas. Nos duchamos juntos entre caricias, volvimos a la cama y seguimos hasta que el cuerpo no dio más. Me dormí con su respiración tranquila en mi nuca y la certeza de que había sido la noche más completa que había tenido en años.

Y yo siempre tuve el control. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.

***

Al otro día desayunamos en su cocina con el sol entrando a pleno y café recién hecho. Hablamos poco: miradas cómplices, sonrisas que decían todo. Me sentía satisfecha, poderosa, con el cuerpo todavía vibrando.

Cuando me llevó de vuelta al hotel, intentó besarme al detenerse frente a la entrada. Lo aparté suave pero firme, con una sonrisa traviesa.

—No te confundas, Rodrigo. Solo fuiste una presa más.

Le guiñé el ojo, saqué la tanga que llevaba en el bolso y se la puse en la mano como recuerdo. Él rio bajito, sorprendido. Yo bajé del auto sin mirar atrás, sabiendo que me seguía con los ojos hasta que desaparecí en el lobby.

Arriba, en la suite, eliminé y bloqueé su número. Me duché largo, dejando que el agua se llevara el perfume de su piel. Mis amigas ya estaban despiertas; les conté lo justo, entre risas y gritos de aprobación, y pasamos el resto del día disfrutando las últimas horas en Cancún.

Al día siguiente partimos.

***

De vuelta en casa, mis hijos corrieron a mis brazos y mi marido me abrazó fuerte, con esa mirada que por un momento me hizo pensar que todavía había algo. Intentamos mejorar: más conversaciones, más noches tratando de reconectar, más promesas. Pero después de unos años era evidente lo cansados que estábamos los dos.

Una noche, antes de que todo se convirtiera en reproches, hablamos de verdad. Calmados. Él me confesó que me había sido infiel un par de veces. Yo también le conté lo mío. Y en lugar de explotar, nos reímos: como dos adultos que por fin se veían con honestidad, que reconocían que los dos habían buscado afuera lo que no encontraban adentro.

Esa conversación terminó en la cama: intensa, sin culpas, como una despedida hermosa de todo lo que alguna vez habíamos sido. Después firmamos los acuerdos en paz. Cada uno siguió su camino. Lo único que nos unió desde entonces fueron nuestros hijos, y eso nunca lo pusimos en riesgo.

Años después, mi vida giraba alrededor de ellos y de mí. Tuve mis momentos: encuentros breves, noches de placer sin mayor historia. Nada que valga la pena contar aquí.

Pero esa última noche en Cancún sí valió. Esa la recuerdo entera.

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Comentarios (5)

ClaraBA

que relato tan increible!!! me dejo sin palabras

RominaViajes

Por favor que haya una segunda parte, no puede terminar asi!

Gochita2022

Me encanto como lo narraste, se siente real y autentico. Te animas a continuar la historia?

LauraM85

Jaja yo tuve algo parecido en un viaje hace unos años y nunca se lo conte a nadie... este relato me hizo acordar de esa noche. Muy bueno, seguí escribiendo!

Santi_Rosario

buenisimo!!!

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