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Relatos Ardientes

Lo que celebré con mi madre esa tarde en el motel

La mañana de la reunión, Valeria se miró en el espejo del baño durante más tiempo del necesario. No se estaba preparando para una entrevista cualquiera. Llevaba dos años entrenando para ese momento: siguiendo cada consejo de su madre, trabajando el cuerpo, aprendiendo la técnica, hasta que sus movimientos dejaron de ser ensayados y se volvieron algo propio.

Mónica apareció en el umbral, ya arreglada. Cuarenta y dos años, el pelo oscuro recogido, un vestido negro que le sentaba demasiado bien para una reunión de trabajo. Alta, con un cuerpo que desafiaba cualquier expectativa sobre la edad, construido a base de disciplina y de años en un oficio que pocas personas entienden bien.

—¿Lista? —preguntó.

—Lista —dijo Valeria, aunque las manos le temblaban levemente.

Mucha gente no entiende lo que implica trabajar en la industria para adultos. Creen que es sencillo, que basta con dejarse filmar. No saben nada de los meses de preparación física, de las dietas, de las horas de técnica, de la disciplina constante que exige ese trabajo. Mónica lo sabía mejor que nadie. Llevaba más de quince años en la industria y había construido un nombre que el sector respetaba. Lo había hecho criando sola a dos hijos, sin dejar de trabajar ni un año, sin perder nada de lo que la hacía tan cotizada.

Rodrigo estaba en la sala, sentado en el sofá con cara de pocos amigos.

—¿A qué viene esa sonrisa? —le preguntó a su hermana.

—Hoy voy a firmar con el estudio de mamá —dijo Valeria—. ¿No te alegras?

—Claro —respondió él, con un sarcasmo que no se molestó en disimular—. Qué gran orgullo para la familia.

—Rodrigo —dijo Mónica, sin levantar la voz—. No empieces.

—Siempre es lo mismo —respondió él, y se levantó para irse a su habitación.

Valeria le sacó la lengua a su espalda. Mónica la tomó del brazo antes de que la situación fuera a más.

—Déjalo —dijo—. Él llegará a entenderlo, o no lo hará. Ya no depende de nosotras.

***

El trayecto hasta el estudio lo hicieron con la radio de fondo, sin hablar mucho. Valeria miraba por la ventana y pensaba en lo que su vida había sido hasta ese momento y en lo que estaba a punto de convertirse. Mónica conducía con esa calma que tenía para todo: esa seguridad sin aspavientos que a veces irritaba y otras tranquilizaba.

En la sala de espera había otra mujer sentada. Alta, de piel oscura, con el pelo rizado y una mirada que evaluaba todo lo que cruzaba esa puerta. Valeria la reconoció de inmediato: Samara, la gran rival de su madre, la única actriz del sector que la igualaba en nombre y en trayectoria.

—Mónica —dijo Samara, sin levantarse, con una sonrisa que no era amistosa.

—Samara —respondió Mónica, con idéntica frialdad.

—¿Es esta tu hija? —preguntó la otra mujer, examinando a Valeria con esa misma mirada crítica—. Interesante. Supongo que con tan buena maestra no le quedará más remedio que ser del montón.

—O habrá aprendido observando con atención durante años —dijo Mónica, sin inmutarse—. Le he mostrado tu trabajo, Samara. Le sirve para saber exactamente lo que no debe hacer.

Samara se puso de pie lentamente, como si el movimiento formara parte de una coreografía.

—Mira quién habla. La que aburrió al sector entero hace tres temporadas.

—Porque ya te habían visto demasiado —respondió Mónica, dando un paso hacia ella.

Las dos mujeres estaban a centímetros la una de la otra cuando la secretaria asomó la cabeza por la puerta.

—Señorita Mónica, el director ya puede recibirla.

Mónica giró sobre sus talones sin darle más importancia al asunto.

—Continuamos esto en otro momento —dijo, sin mirar atrás.

***

El director se llamaba Durán. Era un hombre de pocas palabras con ojos pequeños que lo tasaban todo en cuestión de segundos. Recibió a Valeria con un apretón de manos y fue al grano sin rodeos.

—He visto el material que me enviaste. Tres vídeos. Suficientes para saber lo que necesito saber.

Valeria asintió con las manos entrelazadas sobre el regazo.

—Tienes algo que no se enseña —continuó—. El cuerpo se trabaja, la técnica se aprende, pero esa presencia delante de la cámara no tiene manual. —Hizo una pausa—. Tú la tienes.

—Gracias —dijo Valeria.

—No me agradezcas todavía. —Abrió una carpeta y empujó un contrato hacia ella—. Léelo con calma. Si estás de acuerdo, firmamos hoy.

Valeria leyó cada cláusula con la concentración que su madre le había enseñado: sin apresurarse, sin dejar pasar nada por alto. Cuando terminó, tomó el bolígrafo y firmó.

—Bienvenida —dijo Durán, estrechándole la mano—. Siendo la hija de Mónica, estoy seguro de que esto será una buena inversión para los dos.

***

En el pasillo, Valeria esperó a que las puertas del ascensor se cerraran para soltar el aire que había estado conteniendo durante toda la reunión.

—Lo sabía —dijo Mónica, con esa sonrisa tranquila que pocas veces mostraba—. Desde el principio.

—Estaba muerta de miedo.

—Lo sé. Y aun así fuiste. Eso es exactamente lo que importa.

Salieron a la calle. El sol de la tarde caía oblicuo. Valeria quería gritar o llamar a alguien, pero se limitó a respirar hondo y dejar que la sensación se asentara poco a poco.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo Mónica mientras ponía el coche en marcha.

—¿Qué tipo de sorpresa?

—El tipo que no se anticipa.

Condujeron durante veinte minutos por calles que Valeria no reconoció enseguida. Fue cuando vio el letrero del motel que algo se movió en su memoria.

—Espera. El motel La Llama. ¿No es aquí donde...?

—Donde tu padre y yo pasamos nuestra primera noche juntos —confirmó Mónica, apagando el motor—. Y donde, nueve meses después, todo cambió.

Valeria miró el letrero un momento, luego miró a su madre.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

Mónica la miró de una forma que Valeria conocía pero que nunca había sabido nombrar del todo. No era exactamente la mirada de una madre. O no era solo eso.

—Llevo tiempo notando cómo me miras —dijo Mónica, con calma—. Y sé que tú has notado cómo te miro yo. Hoy me parece un buen día para dejar de fingir que eso no existe.

El silencio en el coche fue denso. Valeria sintió el calor subirle por el cuello y, más abajo, un tirón húmedo entre los muslos que ya no podía disimular.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Nunca he estado más segura de nada.

***

La habitación número 9 olía a madera y a aire frío. Una cama grande, una lámpara con luz cálida, una ventana con las persianas a medio bajar. Sencilla y suficiente para lo que ninguna de las dos había terminado de admitir en voz alta hasta ese día.

Se miraron desde lados opuestos de la cama sin que ninguna dijera nada. Fue Valeria quien cruzó la distancia primero. Se acercó a su madre y la besó: con más emoción que técnica, con los labios ligeramente temblorosos. Mónica la recibió sin prisa, con las manos en su cara, devolviendo el beso con una suavidad que fue cambiando de registro poco a poco, haciéndose más intensa, más directa. La lengua de Mónica se abrió paso entre los labios de su hija y Valeria la recibió con un gemido corto, dejando que su propia lengua se enredara con la de su madre como si llevara años ensayando ese momento sin saberlo.

—Estás temblando —dijo Mónica contra su boca.

—Lo sé.

—No tienes que hacer nada que no quieras.

—Quiero todo —dijo Valeria—. Todo lo que quieras hacerme.

—Cuidado con lo que pides, hija.

—Pido todo.

Se desnudaron sin apresurarse. Mónica se bajó el vestido negro por los hombros y lo dejó caer al suelo. No llevaba sujetador. Los pechos, plenos y firmes, con los pezones ya duros, quedaron a la altura de los ojos de Valeria, que había terminado sentada en el borde de la cama. La braga de encaje siguió el mismo camino que el vestido, y Valeria vio por primera vez el coño depilado de su madre, con los labios ligeramente separados y ya brillando de humedad.

—Ahora tú —dijo Mónica.

Valeria se puso de pie y dejó que su madre la desnudara ella misma. Mónica le sacó la blusa con una lentitud calculada, le desabrochó el sujetador con dos dedos, y cuando le bajó el pantalón se agachó con él, quedando de rodillas frente a su hija. Le besó el vientre, mordisqueó la piel encima del ombligo, y con los dientes agarró el elástico de la braga y la fue bajando sin usar las manos.

—Mírate —dijo Mónica, todavía de rodillas, mirándole el coño desde muy cerca—. Ya estás empapada, mi amor.

Valeria miró el cuerpo de su madre con una mezcla de admiración y deseo que llevaba años guardando sin encontrarle el nombre correcto. Ese cuerpo que había conocido de otra forma durante toda su vida, en las mañanas de los domingos y en los veranos, de pronto era algo completamente distinto.

—Siempre te he envidiado —dijo Valeria, pasando los dedos por la cadera de Mónica—. Creo que no era envidia.

—¿Qué era? —preguntó Mónica, en voz baja.

—Esto —dijo Valeria, y la besó otra vez.

Mónica la tumbó en la cama y tomó la iniciativa con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que hace. Le recorrió el cuello con la boca, bajó por la clavícula, se detuvo en el pecho. Se metió un pezón entero en la boca y lo chupó despacio, con los ojos cerrados, mientras con los dedos torturaba el otro, apretándolo, tirando de él, haciéndolo rodar entre el pulgar y el índice. Valeria arqueó la espalda y hundió las manos en el pelo de su madre.

—Joder, mamá —susurró.

—Así, hija. Dilo así.

Mónica pasó al otro pezón y le hizo lo mismo. Lo lamió en círculos, lo mordió con cuidado, lo chupó con fuerza hasta que Valeria sintió el tirón hasta el clítoris. Una mano de Mónica bajó por el vientre de su hija y encontró el coño abierto, resbaladizo, listo. Dos dedos se abrieron paso sin resistencia, buscaron el punto exacto en la pared frontal y presionaron con una precisión que solo dan los años.

—Aquí —dijo Mónica, sin sacar los dedos, moviéndolos apenas—. Aprende a encontrártelo tú también. Nadie va a saber tu cuerpo mejor que tú.

Valeria abrió las piernas más y empujó las caderas contra la mano de su madre. Los dedos de Mónica trabajaban con un ritmo constante, apretando y soltando, mientras el pulgar le rozaba el clítoris en pasadas cortas y regulares.

—Mami —murmuró, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.

Mónica levantó la cabeza y la miró.

—Así —dijo simplemente—. Exactamente así.

***

Mónica bajó despacio, con la boca cálida sobre la piel de su hija, hasta llegar a sus caderas. Le abrió los muslos con las dos manos, sin ceremonia, y se quedó unos segundos mirando el coño mojado de Valeria como quien admira un trabajo bien hecho.

—Tienes un coño precioso —dijo—. Ya lo sabía, pero verlo así es otra cosa.

Valeria abrió los muslos aún más y aguantó el aliento cuando la lengua de su madre la tocó por primera vez. No fue un roce tentativo. Fue directo, preciso, con el conocimiento de quien domina bien su oficio y no necesita rodeos para llegar adonde quiere. Mónica le lamió el coño de arriba abajo, con la lengua plana y ancha, recogiendo cada gota, y terminó cada pasada con un giro sobre el clítoris que hizo que Valeria soltara el aire de golpe.

—No es justo —logró decir Valeria, con la voz entrecortada—. Que seas tan buena en todo.

Mónica rio sin apartar la boca, y esa risa vibró de una forma que hizo que Valeria se aferrara con fuerza a las sábanas. Después dejó de reírse y se puso a trabajar en serio. Le chupó el clítoris entero, encerrándolo entre los labios y succionándolo con un ritmo lento, luego con la punta de la lengua le dio golpecitos rápidos y precisos que le arrancaron gemidos que Valeria no supo de dónde le salían. Dos dedos volvieron a entrarle, esta vez más profundos, y se curvaron para presionar desde dentro mientras la boca seguía trabajando fuera.

—Me voy a correr —jadeó Valeria—. Mami, me voy a correr en tu boca.

—Córrete —dijo Mónica, sin levantar la cabeza—. Córrete en mi boca todo lo que quieras.

Y Valeria se corrió, con las caderas alzándose de la cama, apretando la cabeza de su madre contra el coño y soltando un gemido largo que no le importó que se oyera hasta el pasillo. Mónica no paró. Siguió lamiendo mientras el orgasmo bajaba, hasta que Valeria le tuvo que apartar la cabeza porque no lo aguantaba más.

Cuando no pudo soportar recibir sin devolver, la hizo girarse. Se colocaron en espejo, cada una con la cabeza entre las piernas de la otra, y encontraron un ritmo que se fue acelerando solo, sin coordinarlo ni hablarlo. Valeria hundió la cara en el coño de su madre y por primera vez en su vida sintió el sabor de otra mujer, y encima el de su madre, y el pensamiento la hizo apretar los muslos alrededor de la cara de Mónica y comer con un hambre que no sabía que tenía. Aprendió rápido. Siempre había aprendido rápido. Copió los movimientos que Mónica había hecho con ella: la lengua plana primero, después la punta sobre el clítoris, después dos dedos entrando y curvándose hacia arriba. Su madre gimió contra su coño y ese gemido vibrado la hizo temblar de la cabeza a los pies.

—Así, hija —murmuró Mónica entre lamidas—. Aprendes rápido, joder, qué rápido aprendes.

Valeria le respondió chupándole el clítoris con más fuerza, y sintió a su madre apretarse contra su cara, empujándose ella misma en la boca de su hija. Mónica siguió trabajando el coño de Valeria a la vez, con la boca y con los dedos, y cuando notó que su hija empezaba a temblar otra vez, aceleró.

Se separaron cuando ambas llegaron al límite, casi al mismo tiempo, con los músculos tensos y la respiración convertida en algo irregular y breve. Se corrieron la una en la boca de la otra, con los muslos apretando cabezas, con las manos aferradas a caderas ajenas, y cuando terminaron se quedaron unos segundos así, boca abajo sobre el coño de la otra, sin fuerzas para moverse.

***

Después de recuperarse un poco, Mónica se levantó, buscó en su bolso y sacó un arnés con un consolador bien proporcionado, grueso en la base, con una curva marcada en la punta. Lo puso sobre la cama sin decir nada, a modo de pregunta.

—¿Habías usado uno de estos? —preguntó.

—Con otra persona, una vez. Hace tiempo.

—¿Quieres que...?

—Sí —dijo Valeria, antes de que terminara la pregunta—. Sí. Fóllame con eso.

Mónica sonrió despacio. Se puso el arnés con movimientos precisos, ajustó las correas en las caderas y en los muslos, y cuando la polla postiza quedó firme en su sitio se la agarró con una mano y se la acarició de arriba abajo, con el mismo gesto que haría un hombre. El efecto fue tan real que Valeria tragó saliva sin darse cuenta.

—Ven aquí —dijo Mónica—. De rodillas primero.

Valeria se bajó de la cama y se puso de rodillas frente a su madre. Miró la polla de goma a la altura de su cara, luego levantó los ojos hacia Mónica esperando la orden.

—Chúpala —dijo Mónica—. Como se la chuparías a un hombre. Necesito verte hacerlo.

Valeria abrió la boca y se metió la punta. Fue bajando poco a poco, sintiendo el silicón caliente por el roce, dejando que se le hundiera en la garganta hasta donde pudo aguantarlo. Sacó la lengua, le lamió la base, chupó los lados, escupió sobre la punta y se la volvió a meter entera. Mónica la miró trabajar con una atención profesional que no ocultaba el placer de verla.

—Perfecto —dijo Mónica—. Ni una toma tuya va a salir mal. Ni una.

Le agarró el pelo con las dos manos y empezó a moverle la cabeza ella, marcándole el ritmo, follándole la boca con embestidas cortas y profundas. Valeria dejó que su madre la usara así, con los ojos llorosos y la boca abierta, hasta que la escupida y la saliva le corrían por el mentón y le caían sobre los pechos.

—Sube —ordenó Mónica finalmente—. A la cama. Boca arriba. Abre bien esas piernas.

Valeria observó a su madre hacer todo eso: esa economía de gestos que Mónica aplicaba a todo, incluso a los momentos más inesperados. Había algo en esa calma que desarmaba más que cualquier otra cosa.

Se tumbó boca arriba. Mónica se colocó sobre ella, se pasó la polla mojada por los labios del coño una, dos, tres veces, sin entrar todavía, hasta que Valeria empujó las caderas con impaciencia. Cuando entró, lo hizo de una sola embestida, lenta pero completa, hundiéndose hasta la base. Valeria arqueó la espalda y soltó un sonido que no era exactamente un gemido sino algo más hondo, más real, más parecido a una confesión.

—¿Bien? —preguntó Mónica.

—Bien —confirmó Valeria, con la voz tensa—. No pares. Fóllame fuerte.

Mónica se movió despacio al principio: encontrando el ángulo, observando cada reacción de su hija sin que una sola se le escapara. Le sacó la polla casi entera y se la volvió a meter con un empujón firme que hizo temblar la cama. Otra vez. Otra. Encontró el punto en el que Valeria gemía más fuerte y se quedó ahí, dándole con un ritmo constante, cada embestida entrando hasta el fondo, la base del arnés golpeando el clítoris de su hija con cada empujón.

—Así, mami, así —jadeaba Valeria—. Más fuerte. Rómpeme.

Mónica aceleró. Le tomó el pelo con una mano y lo jaló suavemente hacia atrás, dejando al descubierto el cuello. Le mordió la garganta, le lamió por debajo de la oreja, le susurró cosas al oído que la hicieron correrse por segunda vez, con la polla de su madre dentro, apretándola tan fuerte que Mónica tuvo que parar un momento para no perder el ritmo.

—De rodillas —dijo Mónica, sacándola sin previo aviso—. Quiero verte por detrás.

Valeria se puso a cuatro patas con las piernas todavía temblando. Su madre se colocó detrás, le abrió las nalgas con las dos manos, y le volvió a meter la polla de una sola embestida. Empezó a follársela así, agarrada de las caderas, con embestidas duras y sostenidas que hacían que las nalgas de Valeria golpearan contra la pelvis de Mónica con un chasquido húmedo cada vez.

—Mírame por el espejo —ordenó Mónica.

Valeria levantó la cabeza y encontró los ojos de su madre en el espejo del armario. Esa fue la parte más difícil: no por lo que estaba ocurriendo, sino por lo que vio en la cara de su madre. Una mezcla de orgullo, ternura y deseo que no supo cómo sostener con la mirada sin que algo se le moviera por dentro, en un lugar más profundo que el físico. Mónica la miró fijo mientras seguía embistiéndola, sin cambiar el ritmo, sin apartar los ojos ni una vez, y le pasó una mano por debajo hasta encontrarle el clítoris. Tres dedos frotando en círculos mientras la polla le entraba y salía.

—Córrete otra vez para mí —dijo Mónica—. Otra. Que se te caigan las piernas.

Valeria se corrió por tercera vez, con la cara contra el colchón y el culo en alto, gimiendo palabras sin sentido contra las sábanas. Se aferró a los brazos de su madre y dejó que todo siguiera su curso.

Cuando terminaron, Valeria se dejó caer boca abajo, incapaz siquiera de girarse. Mónica se quitó el arnés, lo dejó a un lado, y se tumbó junto a ella. Le pasó una mano por la espalda, siguiendo la curva hasta las nalgas.

—Mañana no voy a poder andar bien —dijo Valeria.

—Eso significa que hicimos algo bien —respondió Mónica.

***

Permanecieron un rato así, sin apresurarse por nada. La lámpara seguía encendida. Afuera, el ruido de la calle continuaba ajeno a todo lo que había pasado dentro de esa habitación.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Mónica.

Valeria pensó en la pregunta antes de responder.

—Como si el día hubiera sido demasiado para caber en un solo día —dijo.

Mónica rio. Una risa real y sin postura, de las pocas que salían así, sin calcular nada.

—Bienvenida —dijo—. A todo.

Valeria apoyó la cabeza en el hombro de su madre y se quedó mirando el techo.

—¿Crees que algún día llegaré a ser tan buena como tú?

Mónica tardó en responder.

—No —dijo finalmente.

Valeria la miró.

—Serás mejor. Empezaste con años de ventaja sobre mí, y tienes algo que yo tardé mucho tiempo en encontrar. —Hizo una pausa—. Además, yo te enseñé.

Valeria sonrió y volvió a apoyar la cabeza en su hombro.

Afuera, el sol terminaba de caer. Dentro, la habitación 9 del motel La Llama guardaba ahora otro secreto, uno que ninguna de las dos tenía intención de compartir con nadie.

Valeria pensó que era un buen lugar para que algo nuevo comenzara.

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Comentarios(9)

Vanina_SF

Increible!!! me dejo sin palabras, que bien contado

lectora22

Por favor segui, quede con ganas de mas. Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar de leer

NocturnaBA

Muy bien el ambiente del motel, le da una carga emotiva especial. No es facil lograrlo

Denacho72

Uff tremendo!!! Mas relatos asi

MartinaR

No me lo esperaba, me sorprendio gratamente. Esta muy bien llevada la historia desde el principio hasta el final

SofiaV_99

Me quede pensando un buen rato despues de terminar de leerlo. De esos relatos que no se olvidan facil

JuanMa_BA

Hay mas relatos de estos personajes? me da la sensacion que tienen historia previa. Muy bueno!

ElenaViajera

Genial, me encanto!!!

Mauri_Cba

Segui escribiendo, tenes mucho talento. Espero el proximo relato

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