La domé esa noche con mi vestido de látex negro
El vestido brillaba bajo la lámpara y ella no podía apartar los ojos. Antes de la cena ya estaba desnuda en mi habitación pidiéndome que le enseñara mi mundo.
El vestido brillaba bajo la lámpara y ella no podía apartar los ojos. Antes de la cena ya estaba desnuda en mi habitación pidiéndome que le enseñara mi mundo.
Entré al hotel para escapar del calor, pero fue su voz la que me desnudó primero y me hizo desear arrodillarme.
Pensé que sería un café discreto, pero cuando la vi bajar del taxi con esa sonrisa supe que quería mucho más que hablar.
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
Bajé al vestíbulo con mi camiseta puesta y subí con un hombre que venía a follarme delante de mi marido.
Bastó volver a olerlo para saber que esa noche no iba a salir de esa habitación caminando igual que entré.
Mi mujer solo iba a dejarse mirar, pero cuando vio cómo él se tocaba en la butaca, me pidió al oído que no lo dejáramos fuera.
Ella dejó la tarta intacta, me rozó bajo la mesa y sonrió como si ya hubiera elegido el final de la noche.
Lo vi en la playa, brindamos de noche y, cuando cerré la puerta del hotel, supe que iba a terminar de rodillas chupándosela sin freno.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
Acepté una cerveza con un compañero y acabé temblando en una cama de hotel, empapada, pidiéndole que no dejara de chuparme las tetas.
Después del almuerzo, me miró por encima del café y supe que esa tarde no iba a salir a correr, sino a follar con una desconocida.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Creí que solo iba a espiarlos dormir, pero aquella mujer mandaba tanto sobre él que terminé pegado a la pantalla toda la noche.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Cuando Diego bajó la mirada y asintió por segunda vez, supe que la cena de negocios había terminado y que la verdadera transacción empezaba ahora.
Todavía recuerdo cómo me miró antes de bajarse de la cama y decirme en voz baja que todo su cuerpo, esa noche, era para mí.
Nos cruzamos la mirada durante el concierto y no volví a ver otra cosa esa noche. Cuando me susurró al oído en los baños, ya sabía que iba a acabar en mi habitación de hotel.
Creí que solo iba a una fiesta del hospital, pero acabé arrodillada ante un hombre maduro y después mi esposo quiso verlo todo.
Me bastó una sonrisa frente al mar para saber que esa noche no iba a dormir en calma.