La madre de mi novia tenía sus propios planes
La semana anterior había pasado una noche increíble con Valeria, pero en algún rincón de mi cabeza seguía pensando en su madre. Carmen. La había visto dos veces, brevemente, y cada vez que la recordaba se me revolvía algo en el pecho que no tenía mucho que ver con la ternura.
Cuando Valeria me propuso ir a comer a casa de sus padres, mi primera reacción fue de pánico. Mi segunda reacción fue de algo completamente diferente.
—¿Le llevo algo a tu madre? —pregunté, intentando sonar casual.
—Le encanta el vino tinto —dijo Valeria—. Si quieres llevar una botella, seguro que le hace ilusión.
El sábado llegué puntual con una botella bajo el brazo y los nervios más revueltos de lo que habría admitido. Valeria me abrió la puerta con esa sonrisa suya que lo desarmaba todo, pero mi cabeza ya estaba en otro lugar.
—Están en la piscina —dijo, dándome un beso rápido en los labios—. Ven, te los presento.
Su padre, Rodrigo, me extendió la mano con la informalidad de alguien que no desconfía de nadie. Hablaba fuerte y reía fácil. Carmen, en cambio, se levantó de la silla lentamente. Llevaba una falda oscura y una blusa con un escote discreto que lo mostraba todo sin proponérselo. Los pezones se le marcaban bajo la tela fina, dos puntas endurecidas que apuntaban a mí como si supieran algo.
—Qué novio más guapo tienes, hija —dijo, dándome dos besos.
Su perfume me llegó antes que sus palabras. Nos miramos un segundo más de lo necesario. Los dos sabiendo lo que el otro sabía. Yo ya tenía la polla medio dura contra la bragueta y ella lo notó, bajó los ojos apenas un instante y se relamió el labio inferior con la punta de la lengua.
***
La primera parte de la tarde fue una obra de teatro. Rodrigo hablaba de fútbol, Valeria contaba anécdotas del trabajo, y Carmen y yo nos comportábamos como dos perfectos desconocidos. Era agotador mantener esa actuación con ella sentada al otro lado de la mesa, las piernas cruzadas, fingiendo que yo era simplemente el novio de su hija. Cada vez que descruzaba las piernas me daba un vistazo mínimo de muslo, y una vez —lo juro— me pareció adivinar la sombra del coño desnudo bajo la falda. Se me hizo la boca agua.
Cuando Valeria le propuso a su padre que pusieran música y me pidió que ayudara a su madre a llevar cosas a la cocina, sentí que el estómago me daba un vuelco.
En la cocina, con la puerta entornada y el sonido de la música llegando amortiguado desde afuera, Carmen se quedó frente a la encimera dándome la espalda. No me miró de inmediato. Oí el ruido del hielo en la cubitera, el tintineo de un vaso.
—Estás muy guapa —le dije, porque era la verdad.
—Tú también. —Hizo una pausa larga—. No deberías estar aquí.
—Soy el novio de tu hija.
—Exactamente.
Me acerqué. Ella no retrocedió. Cuando puse la mano en su cadera, cerró los ojos un momento, y ese momento fue suficiente para mí. La besé despacio, sin prisa, y ella respondió con una urgencia que me dijo todo lo que necesitaba saber. Su lengua me buscó la mía y se enredaron con hambre, mientras yo le subía la falda por detrás y descubría que efectivamente no llevaba nada debajo. Le agarré el culo con las dos manos, se lo apreté fuerte, y ella soltó un jadeo ahogado contra mi boca.
—Cabrona —le susurré al oído—. Has venido sin bragas a comer con tu marido y con tu hija.
—Me las quité en el baño hace media hora —contestó ella, mordiéndome el lóbulo—. Cuando te vi entrar por la puerta.
La subí a la encimera, le abrí las piernas y empecé a bajar la cabeza. Su coño estaba ya brillando, con los labios hinchados y un hilo transparente escurriéndole por el interior del muslo.
—Para —susurró—. Nos van a pillar.
Pero su mano ya me estaba empujando hacia ella, agarrándome del pelo, apretándome la cara contra su sexo.
Le pasé la lengua entera de abajo arriba, despacio, saboreándola. Sabía a sal y a algo más denso, más salvaje. Le abrí los labios con dos dedos y me clavé en el clítoris con la punta de la lengua, haciendo círculos apretados. Ella se dobló hacia adelante, se aferró a mis hombros y apretó los dientes para no gritar. Le metí un dedo, luego dos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que hacía que las mujeres perdieran la cabeza. Lo encontré. Su coño se apretó alrededor de mis dedos como un puño mojado.
—Joder, joder, joder —masticaba entre dientes—, no pares, cómemelo entero.
Le cubrí la boca con la palma, por si acaso, y aceleré la lengua sobre el clítoris mientras mis dedos entraban y salían con un ruido húmedo que me ponía todavía más duro. Sus caderas empezaron a temblar contra mi cara, sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza atrapándome ahí, y sentí cómo se corría, con un espasmo largo que le sacudió el vientre entero, mientras mordía mi palma para no gemir.
Cuando me levanté, tenía la barbilla mojada de ella y ella tenía los ojos brillantes y la respiración alterada. Le brillaba el sexo todavía, palpitando, con un reguero espeso que le manchaba las nalgas contra la encimera.
—Ahora no podemos —dijo, recomponiéndose con una calma que me pareció casi cruel—. Luego. Te lo prometo. Quiero esa polla dentro entera, con calma.
Me bajó del bulto y me palpó sin pudor, pesándome en la palma. Se llevó el dedo mojado a la boca y lo chupó, mirándome fijo. Después me subió los pantalones con dedos tranquilos y salió de la cocina como si nada hubiera pasado.
***
La comida fue extraña en el mejor sentido posible. Los cuatro alrededor de la mesa, Rodrigo sirviendo vino sin parar, Valeria riéndose de algo que yo apenas escuché. Me senté entre las dos mujeres. Fue idea de Valeria.
A los pocos minutos, mientras Rodrigo le preguntaba algo a su hija sobre un viaje, sentí la mano de Carmen en mi muslo. Me quedé completamente quieto. Ella fue subiendo despacio, sin apartar la vista del plato, sin cambiar la expresión, hasta llegar adonde quería llegar. Cuando notó que ya estaba durísimo apretó los dedos alrededor del bulto y sonrió apenas.
Me desabroché el pantalón en silencio, con movimientos mínimos. Ella deslizó los dedos hacia dentro, encontró la polla y la sacó por el hueco del calzoncillo. La rodeó con toda la mano y empezó a masturbarme, muy lento, con el pulgar untándome la punta que ya soltaba pringue.
Era surrealista. Rodrigo hablaba. Valeria respondía. Carmen me masturbaba debajo de la mesa con una serenidad que me resultaba imposible imitar. Bajaba la mano hasta la raíz, subía otra vez hasta el glande, apretaba, giraba la muñeca. Cada dos por tres me apretaba los huevos con la otra mano, con delicadeza, como quien mide el peso de una fruta. Tuve que morderme el interior de la mejilla para mantener la cara neutral, para seguir asintiendo cada vez que alguien me dirigía la palabra.
Cuando estaba a punto de perder el control, cuando ya sentía la corrida subiendo por dentro, ella paró.
—¿Te pasa algo? —preguntó Carmen en voz alta, mirándome con ojos de perfecta inocencia—. He visto que cerrabas los ojos.
—Un calambre en la pierna —conseguí decir—. Ya se fue.
Sacó la mano limpiamente. Se la llevó a los labios con total disimulo y lamió el pulgar donde le había quedado mi líquido. Yo tenía los puños apretados bajo la mesa y la polla latiéndome fuera del calzoncillo, chorreando sobre mi propia pierna.
Fue entonces cuando Valeria puso la suya sobre mi pierna. La guié sin pensarlo dos veces. Ella tardó un segundo en entender qué estaba tocando, pero no se asustó. Me miró de reojo con una sonrisa que yo conocía bien y cerró el puño alrededor de mi verga con una firmeza que era pura promesa.
—Se me cayó el tenedor —anunció, y se agachó.
Lo que hizo bajo esa mesa en los siguientes cuarenta segundos fue memorable. Sentí la boca caliente, húmeda, cerrarse alrededor del glande, la lengua rodearlo entero, y luego bajar tragándome hasta la garganta. Me apreté al borde de la silla, clavé las uñas en la madera. Ella subió y bajó tres veces, chupando con fuerza, y en la última me sacó la polla de la boca con un pop húmedo, me la sacudió con el puño y me lamió los huevos rápido antes de subirla otra vez y darle un beso en la punta como despedida. Cuando salió, se limpió los labios con la servilleta y siguió comiendo como si tal cosa, sin alterar el ritmo de la conversación ni un segundo.
—¿Todo bien ahí abajo? —le preguntó Carmen.
—Perfectamente, mamá. Se había liado con el mantel.
Yo me guardé la polla como pude, todavía dura como una piedra, empapada de saliva.
***
Rodrigo se marchó después de los postres. Quedamos los tres recogiendo la mesa. En un momento en que Valeria fue al baño, Carmen se acercó a mí y dijo en voz muy baja:
—¿Qué te ha parecido lo de mi hija?
—Bien.
—Espera a comparar. Cuando la tengas atada te enseño cómo se folla de verdad. —Se alejó antes de que pudiera responder, con el culo balanceándose bajo la falda oscura.
***
Valeria tenía ganas de jugar. Me lo dijo cuando entramos a su cuarto: quería que le tapara los ojos y la atara a la cama. Lo había pensado durante la comida, dijo, y necesitaba sacárselo de la cabeza.
Lo que no sabía era que Carmen estaba justo detrás de ella, en el pasillo, cuando lo dijo.
—Voy a salir un momento a comprar unas cosas —anunció Carmen con total normalidad—. Os dejo tranquilos.
La puerta principal se cerró. Valeria ya me arrastraba hacia la habitación de sus padres, que tenía cama más grande y más firme.
La desnudé con calma. Tenía un cuerpo precioso: compacto, firme, con la energía de alguien que no necesita esforzarse para estar bien. Tetas pequeñas y respingonas, pezones rosados que se le pusieron duros en cuanto le rocé el pecho con la lengua. Le bajé las bragas por los tobillos y le pasé la nariz por el coño depilado, respirándola. Ya estaba mojada. La até a la cabecera con la bufanda que ella misma había sacado del cajón y le puse el antifaz sobre los ojos.
—Haz lo que quieras —dijo—. Todo. Fóllame como te dé la gana.
Empecé por el cuello, mordiéndoselo despacio, luego los pechos, chupándole cada pezón hasta dejarlos rojos y erguidos. Después fui bajando, dejándole el estómago mojado a lametones, hundiendo la lengua en el ombligo, mordisqueándole las caderas. Ella empezó a retorcerse casi de inmediato, tirando de las cuerdas sin querer soltarse, mordiéndose el labio con fuerza para no gritar.
Le abrí las piernas del todo. Su coño estaba brillante, con los labios ya hinchados. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, muy lento, y ella arqueó la espalda.
—Cómemelo —gimió—. Cómemelo entero.
Estaba concentrado en ella, chupándole el clítoris y metiendo la lengua dentro alternativamente, cuando sentí el tacto de una mano en mi espalda.
Me giré. Carmen estaba en el marco de la puerta. Completamente desnuda, con un dedo sobre los labios. El cuerpo de Carmen era la versión madura y opulenta del de su hija: tetas grandes con los pezones oscuros, caderas anchas, coño depilado y ya brillando entre los muslos gruesos. Se pellizcaba un pezón con la mano libre mientras me miraba. Luego bajó los ojos hacia su hija, atada y vendada en la cama, y en su expresión había algo que no era solo deseo. Era fascinación.
Me hizo un gesto para que siguiera.
Así que seguí. Me puse entre las piernas de Valeria y continué donde lo había dejado, con la lengua y los dedos, mientras Carmen se arrodillaba junto a la cama y observaba desde tan cerca que podía sentir su respiración cálida. Al cabo de un momento, sin decir nada, inclinó la cabeza y se unió. Sus labios se cerraron sobre el clítoris de su propia hija y empezó a chuparlo mientras yo la penetraba con dos dedos.
Valeria arqueó la espalda de golpe.
—Dios —susurró—. No pares. Así, exactamente así. Joder, cómo lo haces.
No tenía ni idea de que había dos bocas. Que la lengua que la lamía era la de su madre.
Mientras las dos lenguas trabajaban en ella —yo lamiéndole la entrada, Carmen concentrada en el clítoris—, Carmen tomó mi mano libre y la colocó entre sus propias piernas. Estaba completamente empapada, chorreando por dentro de los muslos. Le metí tres dedos de golpe y ella tuvo que morderse el interior de la boca para no gemir. La follé con la mano al mismo ritmo que le lamía el coño a Valeria, mis dedos entrando y saliendo con un ruido pegajoso que me estaba volviendo loco.
***
Valeria se corrió con una intensidad que nos sacudió a los dos. Sus caderas se levantaron de la cama, sus piernas se cerraron alrededor de lo que tenía delante, atrapando a las dos cabezas contra su sexo, y soltó un gemido largo y profundo que no pudo controlar de ninguna manera. Le sentí el coño palpitar contra la lengua, escupiendo un flujo caliente que Carmen y yo nos repartimos sin querer.
Cuando se relajó, Carmen se incorporó. Me besó con urgencia, limpiándome la boca con la suya, chupándome los labios y la barbilla para llevarse todo el sabor de su hija, y me llevó hacia el sillón del rincón, donde se apoyó de espaldas al respaldo con las piernas abiertas y los ojos fijos en mí. Se abrió el coño con dos dedos, enseñándome el rosa brillante por dentro.
—Métemela —dijo sin sonido, solo con los labios—. Toda.
Entré en ella de pie, con las manos en sus caderas. La cabeza de la polla se abrió paso entre sus labios y se hundió hasta el fondo de una sola embestida. Ella apretó los ojos y abrió la boca en un gemido mudo. Estaba caliente por dentro, ajustada, con las paredes latiendo alrededor de mi verga.
Empecé a moverme lento. Sacaba casi entera y volvía a hundirla, viéndola desaparecer dentro de la madre de mi novia. Cada embestida le sacaba un jadeo apagado que ella se tragaba mordiéndome el hombro. Le agarré una teta con la mano libre, se la apreté, le pellizqué el pezón, y ella me clavó las uñas en la espalda.
—Más fuerte —me susurró al oído—. Rómpeme. Fóllame como si tu novia no estuviera ahí atada.
La levanté un poco por las caderas y empecé a embestir en serio, con las piernas apretadas, chocando contra ella con un ruido húmedo de piel contra piel. Sus tetas rebotaban contra mi pecho. Apoyó la cara en mi hombro para amortiguar los sonidos. Notaba cómo se tensaba con cada empuje, cómo cerraba los dedos sobre mi espalda, cómo su coño me apretaba cada vez más.
Detrás de nosotros, Valeria seguía atada.
—¿Puedes quitarme el antifaz ya? —pidió en voz baja.
Carmen me miró. Negó con la cabeza muy despacio, mientras seguía empalada en mi polla, sin dejar de contonear las caderas contra mí.
—Ahora no —dije—. Todavía no.
Me moví dentro de Carmen con más fuerza, castigándola contra el respaldo del sillón. Ella mordió mi hombro para no hacer ruido, hasta hacerme sangre. Le pasé una mano entre los dos cuerpos y le busqué el clítoris con el pulgar, dándole círculos rápidos mientras se la seguía metiendo hasta el fondo. Tardó poco en correrse. La sentí temblar entera, apretando las piernas alrededor de mi cintura con una fuerza que no esperaba, y su coño se contrajo alrededor de mi verga en oleadas seguidas, escupiendo un chorro caliente que me bajó por los huevos y dejó una mancha oscura en el tapizado del sillón.
Tuve que sacarla a la fuerza y apretarme la base para no correrme también.
***
Cuando Valeria volvió a pedir que la desataran, Carmen ya estaba recogiendo su ropa del suelo en silencio. Me dio un último beso en la boca, se agachó y me lamió la polla desde los huevos hasta la punta, limpiándome sus propios flujos con una sonrisa. Salió de la habitación sin que nadie la viera.
Me acerqué a la cama. Aflojé las cuerdas, le quité el antifaz. Valeria parpadeó varias veces, adaptándose a la luz.
—Ahora te toca a ti —dijo, con la voz ronca, mirándome la polla que seguía dura, brillante y palpitando—. Quiero verte. Quiero que te corras encima de mí.
Me coloqué junto a su cara, de rodillas sobre la almohada, y empecé a tocarme. Ella esperó con la boca entreabierta, con esa paciencia suya que siempre me descolocaba un poco, sacando la lengua a ratos para lamerme la punta cada vez que la acercaba lo suficiente.
—¿Quieres que te ponga la cara perdida? —pregunté, apretando el puño y machacándomela rápido, apuntándole directo a la boca abierta.
—Todo —dijo—. No escatimes. En la lengua, en las tetas, en el pelo. Donde caiga.
No escatimé. Me la seguí meneando encima de ella durante unos segundos más, viendo cómo sacaba la lengua y cerraba los ojos, y solté una corrida espesa que le cayó primero dentro de la boca, luego en la mejilla, en la barbilla, en el cuello, en las tetas. Fueron cuatro o cinco chorros gruesos —tenía toda la calentura acumulada de la tarde entera— y ella los recibió todos sin apartarse, tragando lo que le quedaba en la lengua. Cuando terminé, pasó la lengua por los labios despacio, se recogió con dos dedos un hilo blanco que le colgaba del mentón y se lo metió también en la boca. Me miró con una expresión de satisfacción absoluta.
—Desátame ya —dijo—. Como llegue mi madre y nos encuentre aquí nos mata.
Sonreí sin querer.
—Tu madre tardará —dije.
La desaté. Nos fuimos al baño juntos, empujándonos y riéndonos en voz baja, como si fuera una tarde cualquiera. Como si no hubiera pasado nada que no debería haber pasado.
Salimos dejando la habitación más o menos en orden. En el suelo del sillón quedaba una mancha que yo sabía de dónde venía. Y que no era de Valeria.