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Relatos Ardientes

Me invitaron a cenar y terminé entre los dos

Tengo treinta y ocho años, llevo casada desde los veintitrés y mi vida sexual, aunque activa, había caído en la comodidad de lo previsible. Mi marido es un buen amante —atento, generoso—, pero nuestras noches seguían siempre el mismo guión. Me cuido mucho: voy al gimnasio cuatro veces a la semana, tengo el pelo oscuro y liso hasta los hombros, pechos grandes y una figura que todavía hace que la gente se gire en la calle. No me quejo. Pero había algo que faltaba, algo que no hubiera sabido nombrar si alguien me lo hubiera preguntado.

Rodrigo y Valentina llegaron a la empresa hace poco más de un año. Venían de otra ciudad, sin conocidos aquí, y al principio los interpreté como lo que parecían: una pareja buscando integrarse. Rodrigo tenía cincuenta y dos años —alto, moreno, con esa seguridad tranquila de quien ya no necesita demostrar nada—, y Valentina era todo lo contrario a mí: rubia, pequeña, con una energía nerviosa que llenaba el espacio a su alrededor. Los dos empezaron a buscar pretextos para estar cerca. Un café por las mañanas, una charla en el pasillo, una invitación a comer que rechacé dos veces sin saber muy bien por qué.

La tercera vez acepté.

Mi marido se había ido ese fin de semana de pesca con unos amigos del colegio. No tenía ningún motivo real para negarme, y la verdad es que tampoco quería. Había algo en la forma en que Rodrigo me miraba cuando me hacía una pregunta —una fracción de segundo de más, un silencio que duraba justo lo suficiente— que me intrigaba más de lo que debería.

Llegué a su casa a las siete de la tarde con una botella de vino tinto. Valentina abrió la puerta antes de que pudiera llamar. Llevaba un vestido negro, cortísimo, que se le subía con cualquier movimiento. Se puso de puntillas para saludarme —yo le saco casi diez centímetros, más el tacón— y sus labios rozaron la comisura de mi boca. Un segundo. Apenas un roce. Pero sentí algo que no esperaba sentir.

Qué extraño, pensé mientras entraba.

Rodrigo estaba en el salón, sentado en un sillón grande, sin camiseta. Se levantó al verme y me rodeó la cintura con un brazo antes de decir nada. Me besó en la frente, despacio. Sentí el calor de su pecho y un aroma a jabón y algo más difícil de precisar, pero que hizo que me costara apartar la vista cuando me soltó.

Valentina trajo una tabla de queso y jamón y abrió el vino que había llevado. Brindamos. La conversación fue ligera: el trabajo, el vecindario, una película que los dos habían visto y yo no. En algún momento Valentina se levantó y fue a sentarse en el brazo del sillón de Rodrigo. El vestido se le subió. No llevaba ropa interior. Lo vi con total claridad. Rodrigo también vio que yo lo había visto, y una sonrisa muy leve le cruzó la cara. Entonces puso la palma de la mano sobre el muslo de ella y subió el pulgar, despacio, hasta donde la tela ya no llegaba. Valentina se mordió el labio inferior y me miró directamente a los ojos.

Seguimos hablando. El precio de los pisos, el verano que se acercaba, una obra de teatro que alguien había recomendado. La conversación era completamente normal y completamente falsa. Debajo corría una corriente que nadie nombraba pero que todos sentíamos.

De pronto Valentina se levantó, dio dos pasos hacia mí y me besó en la boca. Sin aviso, sin introducción, sin pregunta. Su beso fue cálido, directo, con intención. Gemí contra sus labios sin querer y ella se separó apenas lo suficiente para mirarme.

—Lo sabía —dijo, con una sonrisa que no era de sorpresa sino de confirmación.

Y volvió a besarme.

Rodrigo no se movió del sillón. Solo nos miraba.

Valentina me puso una mano en el pecho y con la otra me acarició la nuca. Sentía su lengua y mi propia respiración acelerándose. La ropa interior ya estaba húmeda. Cuando se separó para tomar aire me señaló el pasillo con la cabeza, sin decir nada más.

***

La habitación estaba iluminada solo por una lámpara pequeña en la mesita de noche. Valentina me bajó la ropa interior por las piernas con una calma que me puso nerviosa y me empujó con suavidad hacia la cama. Abrió mis piernas y se arrodilló entre ellas. Lo que hizo después fue algo que mi marido nunca me había hecho: preciso, paciente, con una atención al detalle que me dejó sin palabras. Sentía cada movimiento de su lengua y no podía hacer nada más que aferrarme a las sábanas. En pocos minutos me corrí con un gemido que no supe controlar.

Cuando levanté la cabeza, Rodrigo estaba en el marco de la puerta, mirando. No había hecho ningún ruido al entrar. Llevaba solo el pantalón del pijama y tenía los brazos cruzados sobre el pecho, completamente tranquilo, como alguien que observa algo que ya conoce y que le sigue gustando igual.

Valentina se incorporó y lo miró. Él se acercó. Me tomó de la cintura con una mano y me giró sobre la cama, despacio pero sin titubeos. Me quitó el vestido de un movimiento. Sujetó mis muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y me apretó el pecho con la otra, fuerte, con una decisión que me arrancó un sonido involuntario. No pedí permiso. No lo dio.

—Esta noche vas a hacer lo que yo diga —me susurró al oído.

No protesté. No quería protestar.

Valentina se quitó el vestido y quedó completamente desnuda. Se recostó a mi lado y empezó a pasar los dedos por mi vientre, mis caderas, mi espalda. Rodrigo me dio vuelta, me puso boca abajo, me sujetó las muñecas detrás y metió los dedos en mi vagina con una firmeza que hizo que me tensara y me aflojara al mismo tiempo. Nunca nadie me había tocado así, con esa combinación de control y precisión que no dejaba espacio para pensar.

Después ordenó a Valentina que se tendiera bajo mí.

Nos colocó de forma que nuestras caderas quedaran enfrentadas, piel contra piel. La fricción fue inmediata: húmeda, cálida, completamente nueva. Valentina me besaba y yo sentía el peso y el calor de su cuerpo contra el mío cuando Rodrigo me penetró por detrás, anal.

El dolor fue agudo e inmediato. Grité y pedí que parara.

No paró.

En treinta segundos el dolor empezó a transformarse. No desapareció, pero debajo de él apareció otra cosa: una sensación densa, total, que venía de varios sitios a la vez. Su cuerpo, el de Valentina moviéndose contra mí, la presión, el calor, la incapacidad de controlar absolutamente nada de lo que estaba pasando. Cerré los ojos y me concentré solo en lo que sentía.

Rodrigo acabó con un sonido grave, casi contenido, y se retiró. Me soltó las manos. Valentina siguió moviéndose contra mí, más lento, más profundo, hasta que las dos nos corrimos juntas con los cuerpos entrelazados y la respiración mezclada.

Me recosté sobre la cama y miré el techo. ¿Esto acaba de pasar?

***

Rodrigo se puso de pie, me tendió la mano y me llevó al baño sin decir nada. Abrió la ducha. El agua estaba caliente y él me enjabonó la espalda con la misma autoridad con que había dirigido todo lo demás. Valentina se unió un par de minutos después. Los tres en ese espacio pequeño, el vapor del agua, casi sin palabras.

Rodrigo nos bañó a las dos, despacio, sin urgencia. Después nos envolvió en toallas, una a cada una, como si fuera la cosa más natural del mundo. Salió de la ducha y fue al dormitorio. Lo seguimos.

Valentina me ayudó a encontrar mi ropa, que había quedado en distintos rincones de la habitación. Me miró mientras me vestía con una expresión tranquila, sin rastro de incomodidad ni de expectativa. Solo la calma de alguien que ha conseguido exactamente lo que quería.

Rodrigo apareció en el marco de la puerta, en albornoz.

—La semana que viene —dijo. No era una pregunta.

Luego, después de una pausa breve:

—Ve pensando cómo presentarle la idea a tu marido.

No respondí. Me puse los zapatos, recogí el bolso y bajé las escaleras hasta la puerta de la calle.

***

Caminé hasta el coche despacio. La noche era fresca y yo tenía el cuerpo todavía caliente. Me senté en el asiento del conductor y no arranqué durante varios minutos. Desde allí podía ver la ventana del primer piso encendida.

Pensé en mi marido pescando en algún río, completamente ajeno a todo. Pensé en Rodrigo y Valentina arriba, solos ahora, haciéndose lo que hacen cuando no hay nadie más. Pensé en lo que había sentido en esa habitación: el control de él, la precisión de ella, la sensación de no tener ninguna decisión que tomar.

Ve pensando cómo presentarle la idea a tu marido.

No sabía si quería hacerlo. No sabía si sería capaz. Lo único que sabía, mientras arrancaba el coche y encendía las luces, era que la semana siguiente iba a volver. Con él o sin él.

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Comentarios (4)

Chepe92

jaja no me lo esperaba para nada! tremendo final, muy bueno.

LectoraNocturna

De las mejores confesiones que lei por aca. Se nota que paso de verdad, tiene ese detalle que solo da la experiencia real.

MiguelBA23

Muy bien contado, me quede con ganas de saber mas. ¿Hubo un segundo encuentro con ellos?

PatoDeLuca

excelente!!! ojalá hayas disfrutado tanto como yo leyendolo jaja

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