El ritual del espejo que nos transformó
Renata quería ocupar más espacio; Damián, dejar de decidir. El ritual les concedió justo eso, y a la mañana siguiente sus cuerpos empezaron a obedecer otro deseo.
Renata quería ocupar más espacio; Damián, dejar de decidir. El ritual les concedió justo eso, y a la mañana siguiente sus cuerpos empezaron a obedecer otro deseo.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Abrí las cortinas medio dormida y no me di cuenta de que él estaba al otro lado del cristal, mirándome. Y algo en esa mirada me hizo querer dejarlo seguir.
Cuando el caso me obligó a vestirme de mujer por primera vez, no imaginé que la mujer del espejo, Lía, terminaría arrastrándome a una noche que lo cambió todo.
Cuando me abrió la puerta con aquella bata colorada, supe que el verano no había terminado: todavía nos quedaba una cuenta pendiente entre las sábanas.
Llamo a su puerta vestida de encaje y dejo de ser yo. Soy Carla, y mi vecino sabe exactamente qué hacer con todo lo que le ofrezco.
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Subí el anuncio sin esperar mucho, pero a la mañana siguiente había un mensaje distinto a todos los demás: directo, sin rodeos, con la voz de un hombre que sabía lo que quería.
Una semana después de aquella primera noche, mis pies me llevaron solos de vuelta al cabaret. Verónica me esperaba con una caja de terciopelo y una sentencia.
Abrí la puerta con los auriculares puestos, sin sospechar nada. Cuando me asomé al salón, él no estaba solo, y tuve la sangre fría de quedarme mirando.
Nadie sospecha de la mujer respetable que finjo ser de día. Solo tú sabes lo que susurro cuando volvemos a quedar a solas, copa en mano.
Nadie me enseñó a nombrar lo que sentía cada vez que cerraba la puerta del baño con su ropa entre las manos y dejaba salir a la que llevaba dentro.
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Solo quería conectar las cámaras al teléfono. En su lugar encontré, grabado y fechado, lo que mi madre hacía cada vez que mi padre salía a trabajar.
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
De día era el ayudante perfecto del atelier; de noche se probaba el encaje frente al espejo. Una sola foto bastó para que alguien descubriera quién era en realidad.
Me depilé entera, me puse la peluca rubia y crucé la provincia con la mochila llena de ilusiones. Lo que no llevaba era el corazón blindado, y ese fue mi error.
Solo quería sentirme nena un rato bajo la ropa de chico. No imaginé que él se daría cuenta, ni que esa noche terminaría arrodillada frente a él.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
No fui a buscar placer. Fui a recordar un deseo enterrado: la piel suave, las curvas, sentirme deseado. Y ella, con un susurro en francés, me dio permiso.