Confesión: me masturbaba con sus juguetes
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Ella dejó la tarta intacta, me rozó bajo la mesa y sonrió como si ya hubiera elegido el final de la noche.
Lo vi en la playa, brindamos de noche y, cuando cerré la puerta del hotel, supe que iba a terminar de rodillas chupándosela sin freno.
Subíamos por el vaso de agua cuando escuchamos los gemidos en la habitación. La puerta entreabierta lo cambió todo aquella tarde de sábado en casa de Renata.
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Cuando vi las esposas sobre la cama, supe que esa noche no iba a dormir: iba a descubrir cuánto me excitaba perder el control.
Cuando Diego bajó la mirada y asintió por segunda vez, supe que la cena de negocios había terminado y que la verdadera transacción empezaba ahora.
Cerré la cortina para probarme un vestido y acabé empapada, de espaldas al espejo, viendo cómo su erección ya no cabía en el pantalón.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Acepté su cena por necesidad, pero cuando aparcó en la oscuridad supe que no quería tocarme: quería verme perder la vergüenza.
Decía que quería llegar intacta al amor, pero cuando cerré el coche y la besé, abrió las piernas como si llevara días esperando ese momento.
Cruzó las piernas sabiendo que la miraba y su falda subió apenas lo justo. Cuando el aula quedó vacía, sonrió y me pidió que la ayudara a recoger la basura.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
Apenas cerramos la puerta, dejó caer el bolso, me miró con hambre y entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
Empezó con unas medias escondidas bajo el pantalón y terminó de rodillas, obedeciendo mientras me vestían para usarme.
Tenía veintitrés años cuando me fui a pasar las vacaciones con la tía Renata, y una noche entendí por qué me miraba distinto desde la cena del domingo.
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.
Cada vez que pasaba frente a su tienda, él me desnudaba con los ojos; yo tardé poco en dejar de fingir que no me excitaba.
Cuando aceptó que yo la probara antes de su primera cita, supe que ya no había vuelta atrás.