La promesa que hice en la tienda esa tarde
Me llamo Valeria. Tengo treinta y ocho años, trabajo en una inmobiliaria del centro y llevo casi dos años follando con mi sobrino Rodrigo. Él tiene veintitrés y es tan distinto a mí en todo que la gente que nos ve juntos en la calle jamás imaginaría lo que pasa cuando cerramos la puerta de un hotel y él me tiene en cuatro con la polla enterrada hasta el fondo.
Empezó en el cumpleaños de mi cuñada, una reunión familiar sin ningún interés particular. Rodrigo había vuelto unos meses antes de estudiar en el extranjero y era otra persona. Hablaba con una seguridad que no tenía a los diecinueve, reía diferente, se movía como alguien que ya sabe qué quiere. Esa noche nos quedamos en la terraza mientras los demás jugaban a las cartas. Hablamos de todo y de nada hasta las dos de la mañana. Cuando me fui, me dio un beso en la mejilla que duró medio segundo más de lo necesario. Los dos lo notamos. Ninguno dijo nada.
La segunda vez que coincidimos fue en mi departamento. Le había pedido ayuda con un armario que no podía mover sola, que es el pretexto más viejo del mundo y ambos lo sabíamos. Terminamos en la cama antes de que el armario cambiara de sitio. No hubo conversación larga ni momento de duda. Nos miramos y eso fue suficiente.
Recuerdo bien esa primera vez. Apenas cerré la puerta del dormitorio, Rodrigo me acorraló contra la pared y me metió la lengua en la boca con un hambre que no le conocía. Le solté el cinturón sin dejar de besarlo y le bajé el pantalón hasta las rodillas. Cuando le agarré la polla por encima del calzoncillo, ya la tenía dura como una piedra. La saqué y me quedé mirándola: gruesa, larga, con la punta hinchada y una gota transparente asomando. Me arrodillé sin pensarlo, me la metí entera en la boca y empecé a mamársela mientras él me agarraba del pelo. Le chupé los cojones, le lamí toda la verga desde la base hasta el glande, se la llené de saliva. Él gemía por lo bajo, murmurando "joder tía, qué bien lo haces". Después me levantó, me tumbó boca arriba en la cama, me arrancó la ropa interior y me abrió las piernas de par en par. Me lamió el coño con una habilidad que me sorprendió, chupándome el clítoris y metiéndome dos dedos a la vez hasta que me corrí con la espalda arqueada. Entonces me montó y me metió la polla de una sola embestida. Follamos así, salvaje, hasta que se corrió dentro de mí gruñendo contra mi cuello. Desde entonces nos vemos cuando podemos, siempre en mi apartamento o en algún hotel de otro barrio, donde no conocemos a nadie y nadie nos conoce a nosotros.
Lo que tenemos no tiene nombre. No somos novios, no somos amantes en el sentido romántico. Somos dos personas que se entienden muy bien en privado y que en público se comportan con la corrección exigida por el parentesco. Esa doble vida tiene su propio peso, pero también su propia energía. Hay algo en saber que nadie del entorno sospecharía que convierte cada encuentro en algo más intenso de lo que sería de otra manera.
Rodrigo es buen amante para su edad. Curioso, atento, dispuesto a aprender. Yo soy la que lleva más experiencia y eso me da cierto control sobre lo que hacemos. Me gusta enseñarle las cosas despacio, guiarlo, ver su cara cuando descubre algo que no esperaba. Le he enseñado a comerme el coño hasta hacerme temblar, a follarme lento cuando lo que quiero es que me haga acabar de a poco, a agarrarme del pelo cuando me la meto en la boca y usarme como se le antoje. Él absorbe todo con una concentración que me resulta adictiva. No hay prisa en él, y eso es raro en alguien joven.
Llevaba meses queriendo follarme por el culo. La primera vez que lo propuso fue sin rodeos, en medio de una noche que había ido especialmente bien. Le dije que no con la misma calma con la que él lo pidió. No es que me negara por principio. Es que no lo había hecho nunca y la idea de que fuera él el primero, sin experiencia previa de ninguno de los dos en ese terreno, no me convencía del todo. Él aceptó la negativa sin drama y pasamos a otra cosa.
Pero siguió intentándolo. No de manera insistente ni torpe, sino estratégica. Cada vez que estábamos juntos, en algún momento de la noche, empezaba a tocarme el culo con mucha suavidad, a pasarme el pulgar por el ojete mientras me follaba por delante, a lamerme entera desde el coño hasta arriba cuando me tenía en cuatro. A veces casi lo lograba. El problema era que en el momento en que yo me tensaba, él lo notaba y cambiaba de dirección sin que yo tuviera que decir nada. Eso era lo que más me gustaba de él: no forzaba nada.
***
La tarde del trato empezó como cualquier otra. Habíamos comido en un restaurante cerca del centro comercial y yo cargaba las bolsas de una tienda de ropa en la que me había gastado bastante más de lo previsto. Rodrigo quería entrar a una tienda de electrónica para comprar unos auriculares. Entramos juntos.
Mientras él preguntaba al vendedor, yo me quedé mirando los teléfonos expuestos en la vitrina. El último modelo. Lo había visto en publicidades durante meses, lo había buscado en internet varias veces, había calculado cuánto tiempo necesitaría para ahorrarlo. El precio seguía siendo demasiado alto para justificarlo sin culpa.
Rodrigo apareció a mi lado con los auriculares ya pagados. Sacó el teléfono del bolsillo para revisar un mensaje y noté que era el modelo anterior, con la pantalla levemente rallada en una esquina. Le pregunté qué pensaba hacer con él cuando se comprara uno nuevo. Me dijo que lo tenía apalabrado con un compañero de la facultad, que ya tenían el precio acordado y solo esperaba cerrar la compra.
Salimos de la tienda. Esperamos el ascensor.
Fue ahí donde lo dije, sin haberlo planeado demasiado.
—Si me das ese teléfono, dejo que me folles el culo.
Rodrigo me miró. Primero con sorpresa genuina, luego con esa sonrisa ladeada que se le forma cuando algo lo divierte de verdad.
—¿En serio? —preguntó.
—Completamente en serio —dije yo—. Con condiciones. Me das tiempo para prepararme, vamos despacio, y si en algún momento digo que pares, sacas la polla sin discusión.
Se quedó callado unos segundos. El ascensor llegó. Entramos.
—Trato hecho —dijo, antes de que se cerraran las puertas.
***
Fuimos directamente al hotel que usábamos habitualmente cuando estábamos por esa zona. Una habitación discreta, limpia, con una cama grande y cortinas que bloqueaban bien la luz de la calle. Rodrigo fue al baño a buscar aceite mientras yo me desvestía despacio, sentada al borde de la cama, pensando si había tomado la decisión correcta.
Sí, me respondí a mí misma. O al menos eso creo.
Cuando salió del baño con el frasco en la mano, ya estaba desnudo y con la polla medio dura balanceándose entre los muslos. Se me acercó, me tomó la cara con las dos manos y me besó despacio, metiéndome la lengua sin prisa. Sentí cómo se le iba poniendo dura contra mi vientre.
—Túmbate —me dijo.
Me tumbó boca arriba y empezó por donde siempre: con mucha calma, recorriéndome el cuerpo con la boca desde el cuello hacia abajo, sin apresurarse, sin saltar ningún paso. Me chupó los pezones uno por uno, mordisqueándolos con cuidado, tirando de ellos con los dientes hasta que se me pusieron duros como piedritas. Bajó por el estómago dejando un rastro de saliva, me besó las caderas, me abrió las piernas con las manos y hundió la cara entre mis muslos. Me lamió el coño con la lengua plana, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo despacio. Metió dos dedos, después tres, moviéndolos con esa forma curvada que había aprendido de tanto verme correrme. Yo ya estaba empapada, sentía el líquido bajarme por el culo, y cuando lo sentí subir con la lengua y pasármela justo por el ojete, di un respingo. No lo detuve. Me lamió ahí varios minutos, dando vueltas alrededor con la punta de la lengua, mientras seguía metiéndome los dedos en el coño. Me estaba preparando y yo lo sabía.
—Quiero que esto funcione —me dijo al oído, cuando subió a besarme el cuello—. Así que vamos muy despacio.
—Ya lo sé —respondí.
—Ponte en cuatro.
Obedecí. Me puse boca abajo, apoyada en los codos, con el culo levantado hacia él. Escuché el chasquido del frasco al abrirse. Sentí el aceite tibio caerme entre las nalgas, resbalando lento hasta el ojete y más abajo hasta el coño. Él lo repartió con los dedos, masajeándome toda la zona, sin apuro.
Se tomó su tiempo con la preparación. Primero con un dedo, empujando muy despacio, hasta que entró entero. Yo respiraba con intención, concentrándome en no contraer nada, en dejar que el cuerpo cediera solo. Había leído sobre esto. La teoría y la práctica son cosas distintas, pero Rodrigo fue sorprendentemente cuidadoso. Movió el dedo en círculos pequeños, entrando y saliendo, agregando más aceite. Cuando añadió el segundo dedo, lo hizo tan despacio que yo no lo anticipé hasta que ya había pasado.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —dije—. No pares.
Estuvo así varios minutos, dejando que me acostumbrara, moviendo los dos dedos con una lentitud que exigía una paciencia que yo no le había visto antes. Con la otra mano me acariciaba el clítoris en círculos, y esa combinación empezó a hacerme perder la cabeza. Sentí cómo la tensión inicial cedía poco a poco, reemplazada por algo diferente, más difícil de nombrar. Cuando metió el tercer dedo yo ya estaba jadeando, con las caderas moviéndose sobre su mano sin que yo lo decidiera.
—Fóllame ya —le pedí—. Estoy lista.
Escuché cómo se aceitaba la polla detrás de mí. Sentí el glande caliente apoyarse contra mi ojete, mojado y resbaladizo. Me agarró de una cadera con la mano libre.
—Respira hondo —dijo.
Empujó. Muy despacio. La punta forzó la entrada y por un segundo pensé que no iba a caber, que era demasiado. Me aferré a la sábana con ambas manos, apreté los dientes, sentí una presión brutal que me hizo contener la respiración. Rodrigo se quedó ahí, con la cabeza de la polla adentro y el resto afuera, esperándome.
—Suelta el aire —me dijo.
Solté. El cuerpo cedió de golpe y él avanzó otro centímetro. Otro. Otro. Casi podía contar cada milímetro que entraba. Me pedía que respirara hondo. Yo obedecía. Cuando lo tuve entero adentro, quedó completamente quieto, con las caderas pegadas a mi culo y las manos aferrándome la cintura.
—¿Cómo estás? —preguntó. La voz le salió ronca.
—Dame un segundo —dije.
Respiré. Una vez, dos veces. El cuerpo se acomodó alrededor de él con una lentitud que tenía su propio ritmo. Sentía la polla enorme llenándome de una manera que no conocía, pulsando dentro. Podía notar cada vena.
—Sigue —dije entonces.
Empezó a moverse. Salía despacio, casi hasta dejarme vacía, y volvía a entrar con la misma cadencia calculada. Cada embestida completa me arrancaba un jadeo que no lograba tragarme. Rodrigo respiraba pesado detrás de mí, controlándose, murmurando cosas que apenas oía.
—Joder, qué apretado está —lo escuché decir—. Me estás matando, tía.
Y yo empecé a sentir algo que no me esperaba: una presión profunda, diferente a cualquier otra cosa que hubiera sentido, que se extendía en oleadas hacia adentro. Tuve que morderme el labio para no hacer demasiado ruido. Metí una mano entre mis piernas y me empecé a tocar el clítoris mientras él me follaba. La combinación fue devastadora.
—No pares —le dije—. Sigue así, sigue así.
Siguió sin cambiar el ritmo, sin apresurarse, aunque yo sentía cómo se le tensaban las manos en mis caderas. Le clavé más los dedos en el coño y me froté más rápido. Yo fui soltando el control de a poco, sin darme cuenta, hasta que ya no pensaba en nada concreto. Solo sentía. Los dedos de Rodrigo hundiéndose en mi carne, su respiración jadeante contra mi espalda, la polla entrando y saliendo de mi culo con una regularidad hipnótica, mi mano moviéndose sobre el clítoris cada vez más rápido.
—Me voy a correr —jadeé—. Me voy a correr, no pares, no pares.
—Córrete —me dijo—. Córrete con mi polla en el culo.
Cuando terminé, fue de una manera que no esperaba. Brusca, inesperada, con el cuerpo convulsionando de una forma que no podía controlar. El orgasmo me subió desde los pies y me sacudió entera. Me tapé la boca con el antebrazo para no gritar. El coño y el culo se me contrajeron a la vez alrededor de sus dedos y su polla, apretándolo con fuerza. Lo oí gruñir detrás de mí.
—Joder, joder, me corro —dijo entre dientes.
Empujó tres, cuatro veces más, cada vez más profundo, y se corrió dentro. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro mientras él apretaba los dientes y me clavaba los dedos en las caderas hasta hacerme daño. Se quedó ahí, hundido hasta el fondo, hasta que la polla dejó de latirle.
Nos quedamos quietos varios minutos. Salió despacio, con cuidado, y sentí un hilo caliente de semen escurrirse entre mis nalgas y bajarme por la cara interna del muslo. Él apoyó la frente en mi espalda y yo sentí su respiración todavía agitada contra mi piel.
Ninguno de los dos habló por un rato.
—¿Cómo estás? —preguntó finalmente.
—Rara —admití—. Pero bien.
Se rio despacio. Yo también, casi sin querer.
***
Al salir del hotel pasamos por una tienda de tecnología donde Rodrigo hizo la transferencia de sus archivos al teléfono nuevo que acababa de comprar en línea. Me entregó el antiguo en el estacionamiento, todavía con la funda que él le había puesto el año anterior. Lo tomé con las dos manos.
—¿Valió lo que prometiste? —preguntó.
Lo giré entre los dedos. Pensé en la respuesta honesta.
—Pregúntame otra vez en una semana —dije.
Sonrió y no dijo nada más. Me gustó eso de él también.
Han pasado casi tres meses desde esa tarde. El teléfono sigue siendo mío. Rodrigo también, aunque eso no es algo que ninguno de los dos pronuncie en voz alta. Seguimos viéndonos con la misma discreción de siempre, en los mismos hoteles anónimos de siempre, y me folla el culo cada vez que nos encontramos, sin necesidad de negociar ni pedirlo. Lo que empezó como un trato se ha convertido en algo que ya no necesita condiciones previas: ahora me pone en cuatro apenas entramos a la habitación, me abre las nalgas con las manos y me la mete despacio hasta el fondo, sabiendo que voy a acabar gimiendo contra la almohada.
Mis hermanos creen que me compré el teléfono con el aguinaldo de fin de año. Mis amigos piensan que salgo con alguien que conocí por una aplicación y que prefiero mantener en privado. Ninguno de los dos grupos se equivoca del todo, solo que ninguno tiene el cuadro completo.
Rodrigo me manda mensajes desde ese número cada dos o tres días. Mensajes cortos, sin contexto para alguien que los encontrase por accidente. Pero yo sé exactamente lo que significan, y eso es suficiente para los dos.