La promesa que hice en la tienda esa tarde
Me llamo Valeria. Tengo treinta y ocho años, trabajo en una inmobiliaria del centro y llevo casi dos años acostándome con mi sobrino Rodrigo. Él tiene veintitrés y es tan distinto a mí en todo que la gente que nos ve juntos en la calle jamás imaginaría lo que pasa cuando cerramos la puerta de un hotel.
Empezó en el cumpleaños de mi cuñada, una reunión familiar sin ningún interés particular. Rodrigo había vuelto unos meses antes de estudiar en el extranjero y era otra persona. Hablaba con una seguridad que no tenía a los diecinueve, reía diferente, se movía como alguien que ya sabe qué quiere. Esa noche nos quedamos en la terraza mientras los demás jugaban a las cartas. Hablamos de todo y de nada hasta las dos de la mañana. Cuando me fui, me dio un beso en la mejilla que duró medio segundo más de lo necesario. Los dos lo notamos. Ninguno dijo nada.
La segunda vez que coincidimos fue en mi departamento. Le había pedido ayuda con un armario que no podía mover sola, que es el pretexto más viejo del mundo y ambos lo sabíamos. Terminamos en la cama antes de que el armario cambiara de sitio. No hubo conversación larga ni momento de duda. Nos miramos y eso fue suficiente. Desde entonces nos vemos cuando podemos, siempre en mi apartamento o en algún hotel de otro barrio, donde no conocemos a nadie y nadie nos conoce a nosotros.
Lo que tenemos no tiene nombre. No somos novios, no somos amantes en el sentido romántico. Somos dos personas que se entienden muy bien en privado y que en público se comportan con la corrección exigida por el parentesco. Esa doble vida tiene su propio peso, pero también su propia energía. Hay algo en saber que nadie del entorno sospecharía que convierte cada encuentro en algo más intenso de lo que sería de otra manera.
Rodrigo es buen amante para su edad. Curioso, atento, dispuesto a aprender. Yo soy la que lleva más experiencia y eso me da cierto control sobre lo que hacemos. Me gusta enseñarle las cosas despacio, guiarlo, ver su cara cuando descubre algo que no esperaba. Él absorbe todo con una concentración que me resulta adictiva. No hay prisa en él, y eso es raro en alguien joven.
Llevaba meses queriendo hacerlo por detrás. La primera vez que lo propuso fue sin rodeos, en medio de una noche que había ido especialmente bien. Le dije que no con la misma calma con la que él lo pidió. No es que me negara por principio. Es que no lo había hecho nunca y la idea de que fuera él el primero, sin experiencia previa de ninguno de los dos en ese terreno, no me convencía del todo. Él aceptó la negativa sin drama y pasamos a otra cosa.
Pero siguió intentándolo. No de manera insistente ni torpe, sino estratégica. Cada vez que estábamos juntos, en algún momento de la noche, empezaba a tocarme por ahí con mucha suavidad, probando terreno, buscando que yo cediera sola. A veces casi lo lograba. El problema era que en el momento en que yo me tensaba, él lo notaba y cambiaba de dirección sin que yo tuviera que decir nada. Eso era lo que más me gustaba de él: no forzaba nada.
***
La tarde del trato empezó como cualquier otra. Habíamos comido en un restaurante cerca del centro comercial y yo cargaba las bolsas de una tienda de ropa en la que me había gastado bastante más de lo previsto. Rodrigo quería entrar a una tienda de electrónica para comprar unos auriculares. Entramos juntos.
Mientras él preguntaba al vendedor, yo me quedé mirando los teléfonos expuestos en la vitrina. El último modelo. Lo había visto en publicidades durante meses, lo había buscado en internet varias veces, había calculado cuánto tiempo necesitaría para ahorrarlo. El precio seguía siendo demasiado alto para justificarlo sin culpa.
Rodrigo apareció a mi lado con los auriculares ya pagados. Sacó el teléfono del bolsillo para revisar un mensaje y noté que era el modelo anterior, con la pantalla levemente rallada en una esquina. Le pregunté qué pensaba hacer con él cuando se comprara uno nuevo. Me dijo que lo tenía apalabrado con un compañero de la facultad, que ya tenían el precio acordado y solo esperaba cerrar la compra.
Salimos de la tienda. Esperamos el ascensor.
Fue ahí donde lo dije, sin haberlo planeado demasiado.
—Si me das ese teléfono, te dejo hacer lo que llevas meses pidiendo.
Rodrigo me miró. Primero con sorpresa genuina, luego con esa sonrisa ladeada que se le forma cuando algo lo divierte de verdad.
—¿En serio? —preguntó.
—Completamente en serio —dije yo—. Con condiciones. Me das tiempo para prepararme, vamos despacio, y si en algún momento digo que pare, paramos sin discusión.
Se quedó callado unos segundos. El ascensor llegó. Entramos.
—Trato hecho —dijo, antes de que se cerraran las puertas.
***
Fuimos directamente al hotel que usábamos habitualmente cuando estábamos por esa zona. Una habitación discreta, limpia, con una cama grande y cortinas que bloqueaban bien la luz de la calle. Rodrigo fue al baño a buscar aceite mientras yo me desvistió despacio, sentada al borde de la cama, pensando si había tomado la decisión correcta.
Sí, me respondí a mí misma. O al menos eso creo.
Él empezó por donde siempre: con mucha calma, recorriendo mi cuerpo con la boca desde el cuello hacia abajo, sin apresurarse, sin saltar ningún paso. Sabe exactamente dónde tocar para que yo deje de pensar. Pasó un buen rato antes de que yo estuviera completamente relajada, con la respiración más lenta y el cuerpo respondiendo sin que yo tuviera que ordenarle nada.
—Quiero que esto funcione —me dijo al oído—. Así que vamos muy despacio.
—Ya lo sé —respondí.
Se tomó su tiempo con la preparación. Primero con los dedos, aplicando el aceite con paciencia, sin prisa, hablándome en voz baja. Yo respiraba con intención, concentrándome en no contraer nada, en dejar que el cuerpo cediera solo. Había leído sobre esto. La teoría y la práctica son cosas distintas, pero Rodrigo fue sorprendentemente cuidadoso. Cuando añadió el segundo dedo, lo hizo tan despacio que yo no lo anticipé hasta que ya había pasado.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —dije—. No pares.
Estuvo así varios minutos, dejando que me acostumbrara, moviéndose con una lentitud que exigía una paciencia que yo no le había visto antes. Sentí cómo la tensión inicial cedía poco a poco, reemplazada por algo diferente, más difícil de nombrar. No era exactamente placer todavía, pero tampoco era incomodidad. Era una sensación nueva que el cuerpo procesaba con cautela.
Cuando por fin me penetró, lo hizo con la misma lentitud calculada. Casi podía contar los centímetros. Me pedía que respirara hondo. Yo obedecía. Hubo un momento de presión intensa, una resistencia que me hizo aferrarme a la sábana con ambas manos, y luego el cuerpo cedió de golpe y él quedó adentro, completamente quieto, esperando.
—¿Cómo estás? —preguntó. La voz le salió ronca.
—Dame un segundo —dije.
Respiré. Una vez, dos veces. El cuerpo se acomodó alrededor de él con una lentitud que tenía su propio ritmo.
—Sigue —dije entonces.
Lo que vino después me sorprendió de una manera que no había anticipado. Rodrigo empezó a moverse con una cadencia muy lenta, controlando cada movimiento, y yo empecé a sentir algo que no me esperaba: una presión profunda, diferente a cualquier otra cosa que hubiera sentido, que se extendía en oleadas hacia adentro. Tuve que morderme el labio para no hacer demasiado ruido.
—No pares —le dije.
Siguió así, sin cambiar el ritmo, sin apresurarse. Yo fui soltando el control de a poco, sin darme cuenta, hasta que ya no pensaba en nada concreto. Solo sentía. Los dedos de Rodrigo en mis caderas, su respiración en mi espalda, esa sensación nueva que me ocupaba entera.
Cuando terminé, fue de una manera que no esperaba. Brusca, inesperada, con el cuerpo convulsionando de una forma que no podía controlar. Me tapé la boca con el antebrazo. Rodrigo me sostuvo con firmeza hasta que los espasmos cedieron. Terminó él poco después, apretando los dientes, con los dedos clavados en mis caderas.
Nos quedamos quietos varios minutos. Él apoyó la frente en mi espalda y yo sentí su respiración todavía agitada contra mi piel.
Ninguno de los dos habló por un rato.
—¿Cómo estás? —preguntó finalmente.
—Rara —admití—. Pero bien.
Se rio despacio. Yo también, casi sin querer.
***
Al salir del hotel pasamos por una tienda de tecnología donde Rodrigo hizo la transferencia de sus archivos al teléfono nuevo que acababa de comprar en línea. Me entregó el antiguo en el estacionamiento, todavía con la funda que él le había puesto el año anterior. Lo tomé con las dos manos.
—¿Valió lo que prometiste? —preguntó.
Lo giré entre los dedos. Pensé en la respuesta honesta.
—Pregúntame otra vez en una semana —dije.
Sonrió y no dijo nada más. Me gustó eso de él también.
Han pasado casi tres meses desde esa tarde. El teléfono sigue siendo mío. Rodrigo también, aunque eso no es algo que ninguno de los dos pronuncie en voz alta. Seguimos viéndonos con la misma discreción de siempre, en los mismos hoteles anónimos de siempre, y lo que empezó como un trato se ha convertido en algo que ya no necesita negociación ni condiciones previas.
Mis hermanos creen que me compré el teléfono con el aguinaldo de fin de año. Mis amigos piensan que salgo con alguien que conocí por una aplicación y que prefiero mantener en privado. Ninguno de los dos grupos se equivoca del todo, solo que ninguno tiene el cuadro completo.
Rodrigo me manda mensajes desde ese número cada dos o tres días. Mensajes cortos, sin contexto para alguien que los encontrase por accidente. Pero yo sé exactamente lo que significan, y eso es suficiente para los dos.