Lo que le ofrecí al conductor antes de llegar a casa
Claudia tenía 39 años y llevaba toda la tarde con el cuerpo en tensión. Una llamada de trabajo con un cliente de voz grave y pausa calculada había bastado para ponerla en ese estado. Nada concreto, nada que pudiera explicarle a nadie, solo esa presión sorda que se instala en algún punto entre el vientre y la nuca y no cede por mucho que una intente ignorarla.
A las ocho menos cuarto se metió al baño del piso once. El de mujeres, al fondo del pasillo, donde ya no había nadie a esa hora. Abrió el grifo del lavabo para tapar el sonido, bajó el volumen del móvil al mínimo y puso un vídeo corto. Terminó en cinco minutos, apoyada en la pared del cubículo, mordiéndose el borde del pulgar para no hacer ruido. Las piernas le temblaron un poco. No fue suficiente.
Salió del edificio con la camisa recién abrochada y la falda de tubo que le ceñía las caderas. Llovizna fina, de la que cala sin que una se dé cuenta. Pidió el coche desde la aplicación mientras esperaba bajo el toldo de la entrada, con el bolso apretado contra el pecho y el aire frío colándose entre la falda y las medias.
«Mauricio ha aceptado el viaje. Llegará en 9 minutos.»
Esperó. La brisa le movía el pelo y le enfriaba los muslos, pero el calor que sentía por dentro no cedía. Se preguntó si era posible llegar a casa en ese estado sin que el conductor notara algo. Sabía, por experiencia propia y ajena, que los hombres siempre notan algo.
El coche era un sedán oscuro, interior impecable, sin esos ambientadores de árbol de plástico que Claudia no soportaba. Mauricio tendría unos 53 o 54 años. Pelo canoso cortado con cuidado, barba de tres días bien perfilada, chaqueta oscura sobre camisa sin corbata. Olía a algo amaderado y discreto, no excesivo. Cuando se bajó para abrirle la puerta —un gesto innecesario pero que dijo mucho de él— Claudia lo miró un segundo más de lo estrictamente educado.
—Buenas noches —dijo él—. Sube, que ya empieza la lluvia de verdad.
Claudia subió. El coche arrancó en silencio.
Llevaban seis o siete minutos en ruta cuando él habló, sin apartar los ojos de la carretera.
—Con ese frío y esa falda… ¿no se congela?
—Es parte del trabajo —respondió ella—. Una se acostumbra.
—Difícil acostumbrarse a nada cuando una tiene el aspecto que usted tiene.
Claudia sonrió hacia la ventanilla. Era el tipo de halago que a los veinte años la habría puesto nerviosa. A los 39 simplemente le confirmaba lo que ya sabía: el hombre era consciente de ella. Y eso era exactamente lo que necesitaba.
La lluvia arreció. Los cristales empezaron a empañarse por los bordes.
Claudia cruzó las piernas despacio, dejando que la falda subiera un par de centímetros. Con un dedo comenzó a trazar círculos lentos sobre el muslo, sin apresurarse, como si estuviera pensando en otra cosa. Los movimientos eran pequeños pero deliberados.
Mauricio desvió la mirada hacia el retrovisor. Solo un instante. Pero fue suficiente para que los dos supieran dónde estaban.
Las manos en el volante se tensaron levemente.
—¿Hace mucho que conduce de noche? —preguntó Claudia, sin dejar de moverse.
—Cuatro años, desde que cerré la empresa. Ahora solo trabajo las noches que quiero.
—¿Y esta noche quería?
Él soltó una exhalación corta que no era exactamente una risa.
—Depende de cómo acabe.
Claudia desabrochó el primer botón de la camisa. Luego el segundo. El tercero lo dejó a medias. Se abanicó con la mano izquierda mientras la derecha seguía en el muslo.
—Es que hace demasiado calor —dijo—. Con la lluvia se pone peor, ¿no cree?
—Sí —respondió él, con la voz un poco más baja—. Se pone mucho peor.
***
En el siguiente semáforo, Claudia abrió el bolso y revolvió dentro durante unos segundos. Luego frunció el ceño con toda la expresividad que sabía reunir cuando quería.
—Dios mío. Creo que me dejé la cartera en el trabajo.
Mauricio la miró por el retrovisor sin decir nada.
—En serio, no sé cómo soy tan despistada. No tengo forma de pagar el viaje.
—No se preocupe —dijo él—. Seguro encontramos otra manera.
Hubo un silencio. Corto, pero cargado de todo lo que los dos ya habían dejado sin decir.
—¿Qué tiene en mente? —preguntó Claudia.
Él no respondió de inmediato. Giró por una calle secundaria más oscura, con los árboles tapando las farolas. Se detuvo junto a un solar sin iluminar y puso el freno de mano. Apagó las luces del interior.
—Tóquese para mí.
Claudia sintió el corazón golpear fuerte. No de miedo. De otra cosa completamente distinta.
—¿Así que así va esto? —preguntó.
—Usted empezó.
Tenía razón. Claudia sostuvo su mirada en el retrovisor un momento, luego subió la falda hasta la cintura. Las bragas estaban oscurecidas de humedad. Las corrió hacia un lado con dos dedos y comenzó a acariciarse despacio, con los dedos bien conocedores de lo que hacían. Los ojos entrecerrados, sin apartar la vista de él.
Mauricio giró el cuerpo en el asiento para verla mejor. Las manos seguían sobre los muslos, pero los nudillos estaban blancos. La observaba con una atención que era casi más intensa que cualquier otra cosa.
Claudia cerró los ojos y aceleró el movimiento. El sonido húmedo llenó el coche. Un gemido se le escapó, suave, casi involuntario. Luego otro. El olor del cuero caliente se mezclaba con el de ella y con el perfume de él.
—Para —dijo Mauricio.
Claudia paró. Abrió los ojos.
Él tenía la bragueta a medio abrir. Lo que asomaba era suficiente para hacer que Claudia recalibrara todas sus expectativas de la noche. Grande. Grueso. Las venas marcadas sobre la piel tirante. Claudia tragó saliva sin disimularlo.
—Ven aquí —dijo él.
Ella se inclinó hacia el asiento del conductor sin más preámbulos. Empezó por la punta, la lengua tanteando el contorno, bajó por el tronco hasta los testículos y volvió a subir. Intentó abarcar todo con la boca y no pudo, pero encontró el ritmo sin dificultad. Lo escuchó respirar de manera diferente, más profunda, contenida, como si estuviera haciendo un esfuerzo deliberado por no dejar escapar ningún sonido.
Una mano de él se posó en su nuca. Sin presionar. Solo ahí, firme y quieta, diciéndole que siguiera.
Claudia trabajó durante varios minutos, sin prisa, hasta que él la apartó del pelo con un tirón limpio.
—Atrás.
***
Salieron los dos al asiento trasero. Era más espacioso de lo que parecía. Mauricio le desabrochó la camisa con calma, sin la torpeza de quien lleva demasiado tiempo sin hacer esto. Le quitó el sujetador y lo dejó caer al suelo del coche. Le tomó los pechos con ambas manos, midiéndolos, y bajó la boca a uno de los pezones. Claudia sintió el calor húmedo de su lengua y exhaló despacio.
—Quítate el resto —dijo él contra su piel.
Ella se quitó la falda y las bragas. Las tiró al asiento delantero sin mirar dónde caían.
—El condón está en la guantera —dijo Mauricio.
—No —dijo ella.
Él levantó la cabeza.
—¿No?
—Sin condón. Así lo quiero.
Lo miró a los ojos. Él asintió una sola vez, despacio.
Claudia se colocó encima. Lo guio con la mano hasta la entrada y fue bajando sola, dejando que la abriera centímetro a centímetro. Cuando lo tuvo del todo adentro tuvo que apretar los labios para no gemir demasiado fuerte. Él era grande de una manera que no resultaba cómoda de inmediato, que exigía un momento de adaptación, y ese momento era su parte favorita.
Empezó a moverse. Despacio primero, buscando el ángulo. Luego con más ritmo. Mauricio le sujetó las caderas con las dos manos pero no marcó el ritmo: la dejó llevar a ella, limitándose a observarla con esa atención suya que era casi más intensa que el movimiento.
—Ahí —murmuró Claudia—. Ahí, no pares.
Él subió una mano a su nuca y la atrajo hacia él para besarla. No fue un beso tímido ni apresurado. Fue uno de esos besos que saben exactamente lo que hacen, con la lengua justa y la presión exacta en el momento exacto. Claudia sintió que el suelo desaparecía bajo ella.
Los cristales del coche estaban completamente opacos. La lluvia repiqueteaba en el techo como un ruido de fondo que lo volvía todo más privado, más propio.
—Me estás volviendo loca —dijo ella entre jadeos.
—Todavía no —respondió él.
La recolocó sin previo aviso. La puso boca abajo en el asiento, con las rodillas apoyadas y el torso inclinado hacia adelante, las manos buscando el respaldo del asiento delantero. Le separó las caderas con firmeza y pasó un buen rato con la boca en ella: la lengua moviéndose entre los dos sitios, los dedos explorando con una paciencia que Claudia no esperaba de alguien con ese cuerpo y esa mirada. Tuvo que morderse el dorso de la mano para no hacer demasiado ruido.
—Eres increíble —dijo él, levantando la cabeza un momento—. Cualquier hombre que te haya dejado escapar es un completo idiota.
Claudia se rió sin poder evitarlo. Luego dejó de reírse porque él volvió a lo suyo con más determinación que antes.
Cuando la penetró de nuevo, desde atrás, fue más profundo que la primera vez. Claudia clavó los dedos en el asiento de cuero. Cada embestida era precisa, sin desperdicio, sin la urgencia ansiosa de quien no sabe lo que hace. Mauricio sabía exactamente lo que hacía.
Luego lo sacó y lo llevó al otro sitio, despacio, dándole tiempo. Era una sensación que llenaba de una manera completamente distinta, más intensa, más al límite. Claudia arqueó la espalda y apretó el antebrazo contra la boca. Las nalgadas que le dio sonaron secas en el interior del coche y dejaron una calidez que se extendió por toda la nalga.
—¿Adentro o afuera? —preguntó él, con la voz tensa y controlada.
—Adentro —respondió ella sin dudar.
Volvió a entrar en ella por delante. La embistió con una intensidad que Claudia no esperaba después de todo lo anterior, como si hubiera estado guardando algo. Llegaron casi al mismo tiempo. Las contracciones de Claudia siguieron durante casi un minuto después de que él terminara. Él no se movió hasta que ella se quedó completamente quieta.
Se vistieron en silencio. Claudia encontró las bragas en el asiento delantero. El sujetador estaba debajo del asiento del conductor, ligeramente aplastado. Se lo puso como pudo y abrochó la camisa. Comprobó en el reflejo de la ventanilla que no quedaban rastros evidentes.
El resto del trayecto duró media hora larga. La lluvia había amainado. Claudia llegó a casa con las piernas flojas y la mente sorprendentemente tranquila, esa clase de tranquilidad que solo viene después de haber dado al cuerpo exactamente lo que pedía.
***
Bajo la ducha, el agua caliente sobre la espalda y el cuello, se dejó llevar una vez más. La imagen de él mirándola por el retrovisor, las manos apretándose en el volante. Terminó con los dedos y el chorro de agua, apoyada en los azulejos fríos, con los ojos cerrados.
Cuando salió, el móvil parpadeaba sobre la encimera del baño.
Un mensaje de Mauricio.
«Espero que se repita.»
Y justo debajo, un vídeo.
Lo abrió. Era ella, desde el ángulo del asiento delantero, moviéndose encima de él. No se le veía la cara, pero se reconocía en la postura, en la manera de inclinar la cabeza, en el ritmo que era inconfundiblemente suyo.
Claudia sonrió.
Le respondió con un vídeo corto, grabado ahí mismo en el cuarto de baño, con el espejo todavía empañado detrás de ella.
Apagó la luz y se fue a la cama sin ropa interior. Durmió mejor que en semanas.
A la mañana siguiente, mientras tomaba el café de pie frente a la ventana, recibió otro mensaje. Solo una pregunta.
«¿El viernes?»
Claudia dejó la taza en la encimera. Escribió la respuesta sin pensarlo demasiado.
«El jueves mejor.»