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Relatos Ardientes

Lo que el encierro despertó entre mi hijo y yo

Elena se miró en el espejo del baño durante más tiempo del que habría admitido en voz alta. Cuarenta y tres años, un metro sesenta y cinco, el cabello oscuro todavía húmedo cayéndole sobre los hombros. No era la mujer que había sido a los veinte, pero tampoco era la que imaginaba cuando pensaba en «madre de un hijo adulto». El gimnasio tres veces por semana durante los últimos cinco años había hecho su parte. Los pechos seguían siendo grandes, la cintura seguía teniendo forma, y el espejo no mentía aunque a veces quisiera que lo hiciera.

Pasó la mano por su vientre mojado, distraída. Afuera el silencio de la calle era absoluto. Llevaban diecisiete días encerrados y la ciudad entera parecía haber desaparecido. Solo quedaban ese piso de setenta metros, los ruidos de la nevera por la noche, y Marcos durmiendo al otro lado del pasillo.

Se envolvió en una bata blanca y fue a despertarlo.

Su hijo tenía veintidós años. Lo observó desde el umbral antes de entrar: tumbado boca arriba, con los brazos extendidos a los lados del cuerpo, la sábana enrollada en los pies. Llevaba solo el calzoncillo. En algún momento entre la adolescencia y esa mañana se había convertido en un hombre de hombros anchos, abdomen marcado, piel clara sobre músculo. Elena lo supo de golpe, como quien tarda en ver algo que lleva tiempo delante.

Cierra los ojos. Llámalo. Vuelve a la cocina.

Entró en la habitación.

Se sentó en el borde de la cama con más calma de la que sentía. Posó una mano sobre el vientre de Marcos y lo sacudió con suavidad.

—Buenos días —dijo cuando él abrió los ojos.

—Buenos días, mamá. —Marcos parpadeó, todavía a medio despertar, con esa voz ronca que tenía por las mañanas desde los dieciséis años.

La mano de Elena siguió sobre su vientre. Ni ella ni él se movieron. El cuarto olía a sueño y a la colonia que él usaba, y la bata de ella se había abierto ligeramente en el cruce. Marcos bajó la mirada un segundo y la volvió a subir. Y en ese segundo todo cambió.

Fue él quien extendió el brazo primero. Fue él quien pasó los dedos por el borde de la bata hasta encontrar la piel del muslo de ella. Elena no respiró. Luego respiró demasiado fuerte. Luego cerró los ojos y dejó que su mano bajara por el abdomen de su hijo hasta el elástico del calzoncillo.

—Marcos —dijo. No era una pregunta ni una advertencia. Era solo su nombre en su boca mientras el mundo que habían conocido hasta ese momento terminaba en silencio.

Él la besó. Ella dejó que la besara. Las bocas se encontraron con una torpeza inicial que duró dos segundos y luego desapareció, porque el cuerpo sabe lo que quiere antes de que la cabeza lo entienda. La lengua de él era cálida y directa, sin el rodeo de alguien que tantea. La bata de Elena cayó sobre la cama.

Marcos se incorporó y la miró. La miró de verdad, sin la cortesía de apartar los ojos que los dos habían practicado sin darse cuenta durante el último año. Elena sintió el calor de esa mirada en la garganta, en el pecho, más abajo.

—Mamá —dijo él en voz baja, con una mezcla de asombro y hambre que ella no supo descifrar del todo.

—Ya lo sé —respondió ella.

Marcos bajó la cabeza hasta su pecho. Tomó uno de sus pezones en la boca con una concentración que a Elena le cortó el aliento. No era torpe ni apresurado. Era metódico, atento al modo en que ella respondía: cómo se tensaba cuando él aumentaba la presión, cómo soltaba el aire cuando aliviaba. Aprende rápido, pensó ella, y luego dejó de pensar.

La entrepierna de Elena llevaba mojada desde que había cruzado el umbral de esa habitación, aunque no lo hubiera admitido ni ante el espejo. Cuando la mano de Marcos llegó ahí encontró exactamente lo que esperaba y los dos lo supieron al mismo tiempo.

—¿Esto es lo que quieres? —preguntó él con los labios todavía cerca del pezón de ella.

—Sí —dijo Elena sin vacilar.

Marcos la recostó sobre la almohada. Le separó las piernas con una lentitud deliberada que a ella le hizo tensar todo el cuerpo por anticipación. Cuando su boca llegó a la parte interna del muslo, Elena cerró los ojos y dejó que la oscuridad detrás de sus párpados fuera todo el mundo que existía. Él la exploró sin prisa, aprendiéndola, hasta que ella dejó de ser capaz de no hacer ruido.

El orgasmo llegó sin que ella lo anunciara. Se curvó hacia adentro, las manos enterradas en el edredón, los talones apretados contra el colchón. Marcos la sostuvo con las palmas abiertas sobre sus caderas hasta que los últimos temblores pasaron.

Luego Elena lo miró desde abajo y entendió que esto no había terminado. Que apenas había empezado.

***

Los días del encierro se volvieron largos de una manera distinta a partir de entonces. El piso que antes se sentía pequeño ahora tenía rincones. La ducha de la mañana, el sofá después de comer, la cocina a medianoche cuando ninguno de los dos podía dormir.

No hablaban de ello con palabras directas. Había una especie de código tácito que los dos entendían: una mirada sostenida, una mano que rozaba de más, la distancia que se acortaba sin razón aparente. Y el otro respondía, siempre.

Una tarde de lluvia, Elena entró al salón con una taza de café y encontró a Marcos tumbado en el sofá viendo una serie con el volumen bajo. Llevaba el pantalón del pijama y una camiseta vieja. Elena se sentó a su lado y dejó la taza sobre la mesita.

Él no apartó los ojos de la pantalla, pero pasó el brazo por encima de los hombros de ella con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo. Solo que sus dedos no se posaron en el hombro, sino en el cuello. Y no fue una caricia de hijo.

Elena giró la cabeza y él ya la estaba mirando.

Se besaron lentamente, sin apresurarse, con el televisor murmurando de fondo. Las manos de Marcos se movieron bajo la camisa de ella. La piel de Elena estaba caliente al tacto. Él encontró el cierre del sujetador y lo soltó con una facilidad que a ella le hizo arquear una ceja antes de que el pensamiento se disolviera en otra cosa.

—Quítatelo —dijo él en voz baja.

Elena se quitó la camisa. Marcos la miró como la había mirado aquella primera mañana: con atención total, sin prisa. Luego inclinó la cabeza y tomó el tiempo que quiso con ella.

Cuando ella quiso devolverle el turno, lo empujó suavemente hasta dejarlo recostado y se colocó entre sus rodillas en el suelo. Lo miró antes de bajar los pantalones. Era la primera vez que lo veía del todo a la luz del día, sin la urgencia de aquella mañana, y sintió algo que no era solo deseo. Era también una especie de orgullo extraño y perturbador que prefirió no analizar.

Lo tomó con la mano primero. Lo estudió con la boca después. Marcos respiró entrecortado y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá con los ojos cerrados. Elena tomó su tiempo, aprendiendo ella también, y el placer que sintió no fue solo el de dar sino también el de tener ese poder, esa intimidad absoluta con el cuerpo de su propio hijo.

—Para —dijo él al rato, con la voz tensa—. Quiero estar dentro de ti.

Elena se levantó. Se bajó los pantalones del chándal y los dejó en el suelo. Marcos la atrajo hacia el sofá y ella se colocó encima de él, de cara, con las rodillas a ambos lados de sus muslos. Lo guio con una mano. Cuando lo sintió entrar dejó escapar un sonido que llevaba días contenido.

Empezó a moverse despacio. Él le sujetaba las caderas sin forzar el ritmo, dejándola llevar el tempo. La lluvia seguía golpeando los cristales. El televisor seguía murmurando. Ninguno de los dos prestaba atención a nada de eso.

Esto no puede ser real, pensó Elena. Esto no debería existir.

Y sin embargo existía, con una claridad y una intensidad que hacía que todo lo demás pareciera borroso. Aceleró el ritmo. Marcos empujó hacia arriba para encontrarse con ella. Los dos encontraron un compás sin acordarlo y el placer se fue acumulando en capas hasta que Elena tuvo que apoyar la frente en el hombro de él para no hacer ruido.

No lo consiguió.

El orgasmo la sacudió desde el centro hacia afuera. Marcos la sostuvo con fuerza, los brazos rodeándola por la espalda, y se dejó ir también, con el nombre de ella en la boca mezclado con algo que no era una palabra.

Después se quedaron quietos un rato. La respiración de ambos volviendo a la normalidad. El peso de ella sobre él. Sus manos todavía en la espalda de ella.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos.

—Sí —dijo Elena—. Estoy bien.

Y era verdad, y eso era lo que más la inquietaba.

***

La cuarentena duró semanas más. Afuera el mundo seguía detenido, y adentro el suyo se había reorganizado alrededor de algo que no tenía nombre aceptable. Durante el día eran madre e hijo: cocinaban juntos, veían películas, leían. Por las noches, o por las mañanas, o a cualquier hora en que la tensión entre los dos llegaba a cierto umbral, cruzaban esa otra frontera sin ceremonia y sin disculpas.

Una noche Elena no pudo dormir. Se levantó a beber agua y se quedó de pie en la cocina con el vaso en la mano, mirando la oscuridad del patio interior. Escuchó los pasos de Marcos en el pasillo antes de que él apareciera en el umbral.

—Tampoco puedes —dijo ella. No era una pregunta.

—No. —Marcos se acercó y le quitó el vaso de la mano. Lo dejó en la encimera. Luego la miró—. ¿Te arrepientes?

Elena tardó un momento. No porque no supiera la respuesta, sino porque quería darle la respuesta correcta.

—Debería arrepentirme —dijo—. Sería lo sensato.

—Eso no es lo que te pregunté.

Ella sacudió la cabeza despacio.

—No —dijo—. No me arrepiento.

Marcos asintió. Luego la besó en la frente, en la mejilla, en la boca. Elena levantó las manos y las apoyó sobre su pecho y sintió el latido debajo de la palma, regular y firme.

Lo llevó de la mano a su habitación esa noche. A la cama que había sido solo suya durante años. Y eso también fue diferente, más lento, con una especie de ternura que ninguno de los dos habría sabido explicar.

Cuando acabaron se quedaron tumbados mirando el techo, sin hablar. La mano de Marcos encontró la de Elena y la sostuvo. Afuera las calles seguían vacías y en silencio.

—¿Qué pasa cuando todo esto termine? —preguntó él al cabo de un rato.

Elena cerró los ojos. Era la pregunta que los dos llevaban tiempo sin hacerse en voz alta.

—No lo sé —respondió con honestidad—. Supongo que lo descubrimos cuando llegue el momento.

Marcos apretó su mano.

—De acuerdo —dijo.

Y por esa noche, eso fue suficiente.

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Comentarios (7)

NocheLectora

Que relato tan bien escrito... me atrapo desde la primera linea y no pude parar. Esperando la continuacion!

Valeria_Salta

increible como lograste transmitir esa tension sin decir demasiado. se siente real.

PabloMdp

Excelente!!!

CuriosaRosario

Me quede con ganas de saber que paso despues. Hay segunda parte?

Tomas72

La forma en que describis el momento frente al espejo es impresionante. Pocas veces algo me llegó tan adentro en este tipo de relatos.

FrankoV

buenisimo, de lo mejor que lei en mucho tiempo. sigue asi!

MarinaVia

Me recordo a una situacion que vivi durante el encierro, esa sensacion de que todo se resignifica cuando estás tanto tiempo encerrada con alguien. Muy bien logrado.

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