La tarde que compartí a mi abuela con mi mejor amigo
Llevaba semanas pensando en cómo manejar la situación. Mi abuela Rosa se había transformado en una persona completamente distinta desde que habíamos cruzado esa línea, unos meses atrás, y lo que antes era un secreto ocasional se había convertido en una necesidad constante para ella. Me llamaba dos o tres veces por semana, me mandaba mensajes a deshoras diciéndome que tenía el coño mojado pensando en mi polla, y cada vez que nos quedábamos solos en casa era imposible salir sin que acabáramos follando en el cuarto.
Yo tenía veintidós años y no me quejaba. Pero también tenía mis propios límites físicos.
Fue mi amigo Patricio quien me sugirió la solución sin saberlo. Me dijo que Diego había vuelto de su viaje al norte antes de lo esperado, que estaba aburrido y con ganas de hacer algo. Diego y yo nos conocíamos desde el instituto. Era de confianza. Y más importante, tenía discreción.
Lo llamé una tarde y sin entrar en demasiados detalles le pregunté si le interesaba acompañarme a casa de mi abuela. Le dije que era una situación fuera de lo común, que tenía que confiar en mí. Hubo un silencio breve al otro lado del teléfono. Luego me dijo que sí.
***
Mi abuela Rosa tenía sesenta y cuatro años pero nadie lo habría adivinado por la manera en que se movía. Cuando le conté que iba a traer a un amigo esa tarde, que quería que los tres compartiéramos un rato juntos, se quedó callada un momento. Le brillaron los ojos.
—Nunca me han follado dos hombres al mismo tiempo —dijo, y su voz no sonaba asustada. Sonaba curiosa, hambrienta.
—Ya lo sé, abuela. Pero tú puedes con todo. Vas a tener dos pollas para ti sola.
Ella soltó una carcajada suave y fue a cambiarse. Cuando Diego llegó al timbre y yo le abrí la puerta, mi abuela ya estaba en el salón con un vestido rojo de tirantes que le quedaba perfectamente. Diego la vio y se quedó un segundo sin palabras. Luego me miró a mí con una expresión que mezclaba el asombro y la aprobación.
—Diego, te presento a mi abuela Rosa —le dije.
Ella se levantó del sofá, le extendió la mano con una sonrisa, y Diego se la estrechó sin apartar los ojos de ella.
—Encantado —dijo él, con la voz ligeramente ronca.
—El placer es mío —respondió ella, y en esas cuatro palabras estaba todo lo que necesitábamos saber.
***
Nos sentamos los tres en el salón. Yo serví dos vasos de vino y le puse agua a mi abuela, que dijo que no le hacía falta el vino para nada. La conversación fue breve. Rosa era una mujer directa cuando quería serlo, y esa tarde quería serlo.
Fue Diego quien rompió el hielo de verdad. Se acercó a ella en el sofá, le apartó un mechón del pelo de la cara con dos dedos, y la besó despacio, metiéndole la lengua en cuanto ella abrió la boca. Mi abuela respondió sin dudar, chupándole la lengua como si fuera algo más. Yo los observé un momento desde el sillón, con el vaso en la mano, viendo cómo la mano de Diego bajaba por el cuello de Rosa hasta el escote del vestido, antes de levantarme y acercarme yo también.
Nos pusimos uno a cada lado de ella. Diego le besaba el cuello mientras yo le recorría el hombro con la boca, mordiéndole la piel suave. Ella tenía una mano apoyada en mi entrepierna y la otra en el paquete de Diego, y sus dedos se apretaban en cada bulto con cada cosa que le hacíamos, notando cómo se nos ponía dura debajo de la ropa.
—Dios mío —murmuró en un momento dado—. Me vais a volver loca los dos. Ya la tenéis los dos dura, cabrones.
Le bajamos los tirantes del vestido. Mi abuela no llevaba sujetador. Sus tetas quedaron al aire, todavía firmes para su edad, con los pezones ya duros y erizados, y los dos nos inclinamos sobre ellos al mismo tiempo, sin ponernos de acuerdo. Le chupé un pezón mientras Diego se ocupaba del otro, y ella echó la cabeza hacia atrás y comenzó a gemir, suave al principio, luego con más convicción, arqueándose contra nuestras bocas.
—Así, chupádmelas bien —jadeó—. Mordédmelas.
Yo le levanté el vestido mientras Diego seguía mamándole las tetas. Por debajo no llevaba bragas. Le metí dos dedos entre los muslos y confirmé que estaba empapada, chorreando por dentro y por fuera. Ella se arqueó hacia mi mano y me montó los dedos, moviendo la cadera con descaro.
—Marcos —dijo, usando mi nombre de una manera que solo usaba en esos momentos—. Cómemelo. Métele la lengua bien adentro.
Me arrodillé ante ella, le abrí las piernas de par en par y me puse a trabajar con la boca directamente sobre su coño mientras Diego seguía con las tetas. Ella tenía el clítoris hinchado y grueso, y en cuanto lo atrapé entre los labios y empecé a chuparlo, comencé a alternar con lametones largos que subían desde la entrada hasta arriba. Le metí la lengua dentro, la enterré todo lo que pude, y sentí cómo sus muslos se cerraban contra mis orejas. Los gemidos de Rosa se intensificaron hasta convertirse en gritos cortos, y tuvo que agarrarse al respaldo del sofá con una mano para no perder el equilibrio mientras con la otra me apretaba la cabeza contra su entrepierna.
—Sí, sí, así, no pares, cómemelo entero —soltaba entre jadeos—. Chicos, chicos, chicos…
Cuando le metí dos dedos dentro mientras seguía chupándole el clítoris, se corrió de golpe, con un espasmo que le sacudió las piernas enteras. Se me quedó agarrada del pelo un rato largo, temblando, hasta que consiguió recuperar el aliento.
—Chicos —dijo cuando ya no pudo más—. Necesito algo más que eso. Necesito verga. Sacádmelas.
***
Diego se sentó en el sofá. Mi abuela se arrodilló ante él, le desabrochó el cinturón con calma y sacó su polla con las dos manos. Estaba dura, gruesa, con la punta ya brillante. La miró con apreciación genuina, la sopesó, hizo un pequeño gesto de aprobación. Luego me miró a mí, que me había quitado la ropa también y me la tenía en la mano, y comparó con la misma expresión de quien evalúa dos opciones igualmente satisfactorias.
—Menudas pollas tenéis los dos —murmuró, casi para sí misma—. Poneos de pie los dos.
Obedecimos. Rosa se puso de rodillas entre nosotros, con las dos vergas a la altura de la cara. Nos tomó a cada uno con una mano, los acercó y sacó la lengua para pasarla por los dos glandes al mismo tiempo, lentamente, disfrutando de cada movimiento, saboreando el pre-semen que ya nos estaba saliendo. Diego me miró con los ojos abiertos. Yo le devolví la mirada. Ninguno de los dos dijo nada, pero los dos pensábamos lo mismo: mi abuela mamaba como nadie.
Luego ella metió la polla de Diego en su boca hasta el fondo y comenzó a moverse con ritmo, tragándosela entera y sacándola con un chasquido, sujetando la mía contra su cuello y frotándomela despacio con la mano. Cuando cambió al revés, apretándome a mí entre sus tetas apretadas con las manos y chupando a Diego, este soltó un sonido grave que no pudo contener.
—Joder —dijo entre dientes—. Joder, qué bien lo hace tu abuela.
Mi abuela se rio con la boca ocupada, y Diego notó las vibraciones alrededor de la punta y tuvo que echar la cabeza hacia atrás. Ella nos alternaba: cuatro chupadas hondas a uno, cuatro al otro, sin dejar de masajear con la mano al que no tenía en la boca. Me metió los huevos en la boca y me los lamió despacio antes de volver a tragarse la polla entera hasta la garganta. Era un sonido que me encantaba, el gorgoteo húmedo mezclado con sus propios gemidos ahogados.
***
Cuando Rosa decidió que ya había tenido suficiente de ese juego, se puso a cuatro patas sobre el sofá, con el culo respingón y el coño abierto y brillante mirando hacia arriba. Diego se colocó detrás de ella, se agarró la polla y se la pasó por los labios del coño un par de veces antes de entrar despacio. Ella exhaló con fuerza, un jadeo largo y roto, y se sujetó al cojín con ambas manos. Yo me puse de rodillas ante su cara y ella me recibió en la boca sin que tuviera que pedir nada, tragándome hasta que la nariz le tocó mis huevos.
Los movimientos de Diego eran firmes y constantes. Cada empujón la sacudía entera y le hacía tragar más de mi polla. Mi abuela los absorbía bien, moviéndose hacia atrás para recibirlos, empalándose contra la polla de Diego con un chapoteo húmedo que llenaba el salón, sin dejar de usar la boca conmigo. Era una coordinación que parecía imposible pero que ella ejecutaba con una naturalidad que me dejaba sin palabras cada vez.
—Tu abuela es increíble —me dijo Diego en un momento dado, con la voz tensa, con las manos aferradas a las caderas de Rosa—. Cómo aprieta el coño, joder.
—Ya te lo dije.
Ella nos oyó y se rio de nuevo, con ese sonido que siempre le salía a pesar de tener la boca ocupada. Diego le dio una palmada en el culo y ella gimió alrededor de mi polla, apretando los labios más fuerte.
Al rato cambió ella sola de posición. Hizo que Diego se sentara en el sofá y se montó encima de él a horcajadas, de cara a mí, que estaba de pie. Bajó despacio hasta ensartarse la polla entera dentro y luego tomó mi verga con la mano y me atrajo hacia su boca mientras se movía encima de Diego con una cadencia lenta y profunda, subiendo hasta la punta y bajando hasta la base. La manera en que controlaba los ritmos de los dos al mismo tiempo era algo que me costaba creer aunque lo estuviera viendo: chupaba con la boca al mismo ritmo que se ensartaba con el coño.
Diego tenía los ojos cerrados y las manos aferradas a las tetas de mi abuela, retorciéndole los pezones. Yo tenía los míos fijos en Rosa, en la curva de su espalda, en la concentración de su cara, en la manera en que se le hinchaban las mejillas cada vez que se tragaba mi polla entera.
—Os adoro —dijo en un momento en que soltó mi polla para respirar, con un hilo de saliva colgándole del labio—. Los dos. Sois dos hijos de puta con dos pollas divinas.
***
Poco después pidió que cambiáramos. Quería que yo me sentara y ella se pusiera encima de mí. Diego se colocó a su lado, de pie, y ella lo tomó con la mano mientras se montaba sobre mí y se guiaba mi polla hacia dentro de su coño. Sentí cómo se abría alrededor de mí, cálida y apretada, empapada de sus propios jugos y de los que ya le había dejado Diego. Desde esa posición podía controlarlo todo: la profundidad conmigo, la velocidad con Diego, los cambios de ritmo.
Pasó un rato así, cabalgándome, jadeando, cambiando de mano a boca y de boca a mano con Diego sin perder el hilo. A ratos me apretaba el coño con fuerza deliberada, como ordeñándome, y me miraba a los ojos para verme sufrir. Luego se detuvo un momento y nos miró a los dos.
—Quiero sentiros los dos dentro —dijo, sin rodeos—. Uno en el coño y otro en el culo. Ya.
Diego me miró. Yo asentí.
Rosa se inclinó hacia delante sobre mi pecho, sin sacarme la polla de dentro, y se quedó quieta, ofreciéndole a Diego el culo bien abierto. Diego se escupió en la mano, se lubricó bien y le pasó los dedos por el ojete a mi abuela un par de veces antes de colocarse detrás de ella con cuidado. El momento en que empezó a entrar, mi abuela soltó un sonido largo y profundo que llenó toda la habitación, un gemido gutural que le salía del fondo del pecho. Sus dedos se clavaron en mis hombros y sentí cómo su coño se contraía violentamente alrededor de mi polla al recibir la de Diego por detrás.
—Despacio —murmuró—. Así. Metémela entera. Exactamente así.
Diego empujó milímetro a milímetro hasta que se enterró del todo. Los tres nos quedamos quietos un segundo, sintiéndonos, y luego los dos nos movimos al mismo tiempo, coordinando sin hablarlo, uno entrando cuando el otro salía, manteniéndola siempre llena por ambos lados. Rosa tenía la cara hundida en mi cuello. Su respiración era rápida y caliente contra mi piel, y cada empujón de Diego contra su culo la hacía morderme el hombro. A través de la fina pared que nos separaba dentro de ella, notaba la polla de Diego moviéndose contra la mía, y era una sensación que jamás había experimentado. Diego me miraba por encima de su hombro con una expresión seria, concentrada, jadeando.
—¿Bien? —le pregunté a ella.
—Perfectamente —respondió, y la palabra le salió rota a la mitad—. Folládmela los dos. Follad a vuestra puta.
***
Pedimos un cambio de postura. Pusimos a Rosa tumbada boca arriba en el sofá con las piernas alzadas y abiertas de par en par. Diego se arrodilló entre ellas y la penetró en el coño desde ese ángulo mientras yo me acercaba a su cara y le presentaba la polla. Ella me aceptó con la boca como si lo llevara haciendo toda la vida, tragándomela entera hasta la garganta con cada empujón que le daba Diego. Desde esa posición podía verse su cara, sus ojos entreabiertos, la manera en que su cuerpo entero se sacudía contra el sofá con cada embestida, las tetas rebotándole hacia arriba y hacia abajo. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, le pellizqué los pezones, y ella gimió alrededor de mi polla.
Diego aceleró el ritmo, follándola cada vez más fuerte, y mi abuela chupaba con más desesperación, ahogándose un poco, dejando que se le escurriera la saliva por la barbilla. Diego fue el primero en correrse. Lo hizo avisando, con la voz quebrada, y se retiró justo a tiempo para terminar sobre el vientre y la cadera de mi abuela, pegándole un buen chorro caliente que le llegó hasta el pecho. Yo me corrí unos instantes después, dentro de su boca, y ella no se apartó, sino que se quedó bebiéndomelo entero, tragando cada chorro con los ojos fijos en los míos.
Cuando terminamos los tres estábamos quietos. El salón olía a sexo, a semen y a vino que nadie había terminado. Rosa tenía los ojos cerrados, el semen de Diego brillándole en la piel, y una sonrisa pequeña en la cara.
***
Pensé que había acabado. No conocía bien a mi abuela.
Abrió los ojos al cabo de un momento, se recogió un poco del semen del vientre con dos dedos y se lo chupó con calma. Luego se arrodilló ante nosotros, y empezó a masajearnos a los dos con las manos, pasándonos el pulgar por debajo del glande justo donde sabía que nos volvía locos.
—Es una lástima desperdiciar la tarde —dijo—. Todavía es pronto. Y todavía tenéis semen dentro para mí.
Diego me miró. Yo me encogí de hombros. Mi abuela ya tenía la boca sobre mí, chupándome despacio para hacérmela crecer otra vez, y con la mano trabajaba a Diego con movimientos lentos y firmes, y era imposible discutir nada en esas circunstancias.
En pocos minutos los dos volvíamos a estar duros. Rosa se levantó, se dio la vuelta, y se apoyó en el brazo del sofá con el culo en pompa mirando hacia la ventana.
—Marcos —dijo—, quiero que me la metas por el culo. Y tú, Diego, ven aquí delante y dame de comer.
Me coloqué detrás de ella. Le escupí un buen lapo entre las nalgas, se lo esparcí con el glande y entré con cuidado, despacio, sintiendo cómo el ojete se me tragaba centímetro a centímetro y noté cómo se relajaba con cada uno. Cuando estuve dentro del todo, mi abuela soltó un gruñido de satisfacción. Diego se colocó frente a ella y Rosa lo recibió con la boca sin ceremonia, tragándoselo hasta la base.
Así estuvimos un rato largo. Yo la follaba por el culo con embestidas firmes, sujetándola de la cadera con las dos manos y viendo cómo su culo se sacudía con cada golpe. El único sonido era el de nuestra respiración, el chasquido de mis huevos contra sus nalgas y los gemidos ahogados de mi abuela contra la polla de Diego, que se intensificaron hasta que tuvo otro orgasmo con tanta fuerza que tuvo que soltar a Diego para poder gritar bien. Le metí la mano por delante y le froté el clítoris mientras seguía metiéndosela por detrás, y ella se corrió otra vez casi de inmediato, temblando y apretándome el culo tan fuerte que casi me hace acabar.
Cuando los dos volvimos a terminar, esta vez ella se arrodilló y nos pidió que nos corriéramos sobre su cara. Nos pusimos uno al lado del otro, mientras ella nos pajeaba con una mano a cada uno y sacaba la lengua entre los dos glandes. Diego soltó su corrida primero, dejando dos chorros gruesos sobre la mejilla y el labio de mi abuela. Yo me corrí un segundo después, apuntándole a la boca abierta y llenándole la lengua de semen. Rosa cerró los ojos y recibió todo sin moverse, con la cara empapada del semen de los dos, y luego, muy despacio, se lo tragó.
—Divino —dijo cuando acabó—. Los dos sois absolutamente divinos.
***
Diego se vistió en silencio, con esa sonrisa de quien acaba de vivir algo que no sabe muy bien cómo procesar. Mi abuela se había ido al baño. Yo recogí los vasos del salón y abrí un poco la ventana.
Cuando Rosa volvió, limpia y con el vestido bien puesto, se sentó en el sofá como si nada hubiera pasado. Le preguntó a Diego por su viaje al norte. Él respondió con monosílabos al principio y luego se soltó. Los dos hablaron diez minutos como si fueran viejos conocidos.
Antes de irse, Diego se despidió de mi abuela dándole dos besos en la mejilla. Ella le retuvo la mano un momento.
—Espero verte pronto —dijo.
Diego asintió. Me miró. Y en esa mirada estaba todo: el asombro, el agradecimiento, y la confirmación de que volvería la próxima vez que lo llamara sin hacerme esperar.
Cuando se fue, mi abuela y yo nos quedamos solos. Ella se acomodó en el sofá y cruzó las piernas.
—¿Cuántos amigos más tienes? —preguntó con una sonrisa tranquila.
Yo me reí. Ella también se rió. Y por un momento, en ese salón con la ventana entreabierta y el sol de la tarde entrando oblicuo, todo parecía perfectamente normal.
Lo que venga después ya lo resolveríamos.