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Relatos Ardientes

Lo que descubrí de la mamá de mi socio

Todo empezó tres meses antes de que yo pudiera entender lo que estaba ocurriendo de verdad.

Rodrigo y yo llevábamos dos años con el negocio de delivery. Pedidos, logística, los encargos nocturnos que siempre traían más problemas que ganancias. Éramos socios y amigos, aunque entre nosotros había esa distancia cómoda que existe entre personas que se necesitan pero no se cuentan todo.

Claudia era la madre de Rodrigo. Cuarenta y tres años, casada con Héctor desde hacía más de dos décadas. Héctor era chofer de reparto: un hombre tranquilo que se iba temprano, volvía tarde y confiaba en todo el mundo, especialmente en su mujer. Claudia tenía un cuerpo que era imposible no notar. Tetas grandes y pesadas que le rebotaban al caminar, caderas que llenaban cualquier pantalón con autoridad, cintura generosa y unas piernas firmes que se movían con ese ritmo particular de quien camina sabiendo que a cada paso la miran el culo. Rodrigo siempre hablaba de ella con respeto, pero a veces, cuando la nombraba, había algo más en su voz que yo prefería no analizar demasiado.

Cuando Don Víctor, el dueño de la rotisería del barrio, necesitó a alguien para la caja, Rodrigo propuso a su madre. Claudia aceptó. Empezó un lunes y en menos de una semana ya era indispensable. El local ganó clientela nueva desde que ella estaba en la caja, y todos sabíamos por qué: los tipos entraban a comprar un cuarto de pollo y se quedaban veinte minutos mirándole el escote mientras ella se agachaba a buscar el vuelto.

Me enteré de todo por casualidad, una noche de martes.

Habíamos cerrado tarde. Quedaban cuentas pendientes con la rotisería, así que fui solo a regularizarlas. La persiana metálica estaba baja pero la puerta trasera, la que daba al patio de servicio, estaba entreabierta. Escuché algo antes de ver nada: respiración entrecortada, el chasquido húmedo de carne contra carne, el golpe seco de una pelvis chocando una y otra vez contra un culo.

Me acerqué sin hacer ruido. Por la rendija de la puerta vi a Claudia inclinada sobre una de las mesas de acero inoxidable de la cocina, con el uniforme arremangado hasta la cintura, las bragas blancas colgándole de un tobillo y las tetas desbordando por encima del corpiño desabrochado, aplastadas contra el metal frío. Don Víctor, un hombre de cincuenta y tantos años, corpulento, con manos grandes y voz de tabaco, la sujetaba por las caderas desde atrás y le metía la verga hasta el fondo con embestidas largas y pesadas. La polla del viejo entraba y salía brillante, empapada, y cada envión hacía que el culo blanco de Claudia se sacudiera y que sus tetas se aplastaran más contra el acero.

Pero me quedé.

Claudia tenía la cabeza inclinada hacia adelante y las palmas apoyadas en la mesa. Víctor le hablaba en voz baja, sucia, palabras que ahora sí llegaba a distinguir: «así, puta, apretame la pija con ese coño», «te encanta que te coja acá atrás de la caja mientras tu marido cree que estás cerrando». Ella respondía con gemidos cortos y contenidos, mordiéndose el labio, aguantando los gritos porque la puerta estaba entreabierta. Le vi la cara de perfil: los ojos entrecerrados, la boca floja, un hilo de saliva bajándole por el mentón. Víctor se inclinó sobre su espalda, le agarró las dos tetas con las manos, se las apretó fuerte y le tiró de los pezones oscuros mientras seguía culeando desde atrás. Claudia se corrió así: un temblor breve que le recorrió toda la espalda, las piernas cediéndole, el coño apretándose alrededor del pedazo de verga del viejo, y el sonido que salió de su garganta fue un gemido bajo, casi un gruñido de perra. Vi cómo Víctor sacaba la polla en el último segundo, la sacudía apuntando al culo de ella, y descargaba chorros gruesos de leche blanca sobre las nalgas de Claudia, sobre la espalda baja, sobre la raya del culo. Ella se quedó quieta, jadeando, con la corrida del viejo escurriéndole por los muslos.

Tres minutos que se sintieron como veinte. Cuando por fin me alejé, caminé hasta el auto y me senté sin encender el motor. Había grabado algo con el teléfono. Treinta segundos, sin sonido. Suficiente.

Al día siguiente se lo conté a Rodrigo en el depósito. Estábamos solos, acomodando cajas, y fui directo al asunto.

—Tengo que decirte algo sobre tu mamá.

Rodrigo dejó de mover cajas. Me miró.

—Anoche fui a la rotisería. La puerta trasera estaba abierta. Tu mamá estaba con Don Víctor en la cocina.

Silencio. Rodrigo tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en un punto de la pared. Le mostré el video. Lo miró unos segundos sin decir nada. Después me lo devolvió.

—¿Cuánto tiempo llevan así?

—No sé. Por cómo se la cogía, no era la primera vez.

Rodrigo se sentó en una caja y se quedó callado. Cuando habló, lo hizo en voz baja.

—Si mi viejo se entera, explota todo. Llevan veinte años juntos. Para él, ella es lo más importante que tiene.

—Lo sé.

Fue él quien lo propuso primero, no yo. Me sorprendió, pero tampoco me sorprendió. Había algo en la manera en que Rodrigo hablaba de su madre esa mañana, algo que venía de más atrás que esa conversación y que esa noche.

—Esta noche viene a casa —dijo—. La esperamos.

Claudia llegó cerca de las once. Traía el olor del trabajo encima: ese perfume mezclado de aceite de cocina y limpiador que se le pegaba al uniforme después de las horas. Entró al living y nos encontró sentados en el sofá, en silencio.

—Hijo, ¿qué hacés despierto tan tarde? —le preguntó a Rodrigo.

—Sentate, mamá. Hay algo que tenés que ver.

Ella se sentó en el sillón de enfrente, con el bolso todavía en la mano. Le mostré el video desde el teléfono sin decir nada. Vi cómo el color le abandonaba la cara, cómo se le tensaba el cuello, cómo los dedos se apretaban alrededor del asa del bolso hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Dios mío —susurró.

—¿Cuánto tiempo llevan cogiendo usted y Don Víctor? —le pregunté.

Tardó en responder.

—Tres meses. Al principio fue... me presionó. Dijo que si no le daba el coño me echaba. Después me dejé llevar. —Levantó la vista y nos miró a los dos—. ¿Qué van a hacer con eso?

Rodrigo se levantó y se paró frente a ella.

—Papá no puede enterarse, mamá. Los dos sabemos lo que eso significaría. —Hizo una pausa—. Pero tampoco podemos quedarnos callados sin nada a cambio.

Claudia lo miró fijo durante un momento largo.

—¿Qué quieren?

Fui yo quien habló.

—Queremos cogerte. Los dos. Cuando se nos cante. El video desaparece si abrís las piernas sin joder. Si no, mañana mismo lo tiene tu marido.

Hubo un silencio que duró lo suficiente para que los tres sintiéramos el peso de lo que estaba pasando. Claudia respiró hondo, miró el piso, después nos miró a los dos. Sus ojos se detuvieron un momento en Rodrigo de una manera que no supe cómo nombrar con precisión. No era solo miedo. Era otra cosa: algo turbio que le brillaba en el fondo de la pupila, algo que ya se había preguntado antes.

—Está bien —dijo al final—. Pero nadie le dice nada a Héctor. Nadie.

—Nadie —confirmé.

Rodrigo la llevó al dormitorio del fondo. Claudia se paró en el medio del cuarto con los brazos cruzados sobre el pecho, nerviosa. Nosotros nos quedamos en la puerta un momento, observándola.

—Soltá los brazos, mamá —dijo Rodrigo. Una voz que no le había escuchado antes. Firme, sin vacilación—. Y desvestite.

Ella los soltó. Le temblaban un poco los dedos cuando empezó a desabrocharse los botones de la blusa del uniforme. Se sacó el uniforme sola, despacio, sin que nadie se lo pidiera dos veces. Primero la blusa, y las tetas cayeron pesadas dentro del corpiño de algodón blanco, con los pezones marcándose oscuros a través de la tela. Después el pantalón de trabajo, deslizándolo por las caderas anchas, mostrando unas bragas simples que le entraban un poco en la carne. Se llevó las manos a la espalda y se soltó el corpiño. Las tetas quedaron libres, enormes, con las areolas anchas y los pezones ya duros apuntando hacia adelante. Después se agachó y bajó las bragas hasta los tobillos, dándonos una vista completa del culo abriéndose, del coño peludo con los labios ya hinchados.

Cuando lo quitó todo, Claudia quedó parada en el cuarto con ese cuerpo que no pedía disculpas por nada: tetas grandes con pezones oscuros que ya estaban duros, caderas anchas, abdomen suave, piernas firmes, el pubis con una mata negra recortada y por debajo los labios rosados brillando de humedad. Se dio vuelta sin que se lo pidieran y nos mostró lo que había detrás. Dos nalgas redondas y blancas que se movieron levemente cuando giró de nuevo y vio nuestras caras.

Me acerqué primero. Le puse una mano en la cintura y la otra en el cuello y la besé sin pedir permiso, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca. Tardó un segundo en corresponder, pero cuando lo hizo fue con una intensidad que me sorprendió: me chupó la lengua como si fuera una polla en miniatura, con la boca cálida y las manos empezaron a moverse solas hacia mi bragueta. Me la abrió con dedos rápidos, metió la mano y me sacó la verga ya dura. Se puso a masturbarme ahí mismo, parada, mirándome a los ojos, apretándome fuerte con el puño y bajándome el prepucio con movimientos lentos.

—Está grande, papi —me dijo en voz baja, casi al oído.

Rodrigo se quedó observando desde el costado de la cama. Vi que le costaba dar el paso. Tenía la vista fija en nosotros dos, en la mano de su madre trabajándome la pija, algo luchando en su cara que no era solo incomodidad. Se le marcaba el bulto en el pantalón.

—Venite —le dije.

Se acercó despacio. Se paró detrás de su madre y le puso las manos en los hombros. Claudia se tensó un segundo cuando sintió el contacto de él, diferente al mío. Rodrigo le apoyó la boca en el cuello, en ese espacio entre la oreja y el hombro, y bajó las manos por su espalda hasta el culo. Le agarró las dos nalgas y se las abrió. Ella exhaló un sonido bajo que no era de sorpresa sino de reconocimiento, y arqueó las caderas hacia atrás, pegando el culo contra la pelvis de su hijo.

—Hijo... —murmuró, con la voz rota.

Rodrigo le pasó una mano por delante y le agarró una teta entera. Se la apretó, se la amasó, le pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar. Con la otra mano le buscó el coño por detrás, entre los muslos, y le metió dos dedos de una. Claudia abrió la boca en un gemido largo y me clavó la mirada mientras el hijo la masturbaba desde atrás y ella seguía con mi verga en el puño.

La guiamos hasta la cama. Claudia se tendió boca arriba y nosotros nos ocupamos de ella. Pasé la boca por sus tetas: las chupé enteras, le mordí los pezones, le pasé la lengua por el surco entre las dos. Ella arqueó la espalda, agarrándome del pelo con una firmeza que me dejó claro que sabía exactamente lo que quería. No era una mujer pasiva. Conducía con las caderas, guiaba con las manos, pedía con la voz cuando algo no iba como ella quería. Bajé más, le lamí el ombligo, le besé el pubis y le abrí las piernas de par en par. El coño de Claudia estaba empapado, hinchado, con el clítoris asomando duro entre los labios mayores. Le clavé la lengua ahí, en la ranura, y empecé a chuparle el clítoris despacio, dando vueltas alrededor con la punta.

—Ay, la puta madre —jadeó, cerrando los muslos alrededor de mi cabeza.

Rodrigo se había desvestido mientras yo le comía el coño a su madre. Se acercó a la cama con la pija dura en la mano, gruesa, palpitando, y se paró al lado de la cabeza de Claudia. Ella giró la cara y se encontró con la verga del hijo a centímetros de la boca. Se quedó mirándola un segundo, como si necesitara reconocerla. Después sacó la lengua y le lamió la punta.

—Así —le dijo Rodrigo, con una voz gruesa que no era la suya—. Chupála, ma.

Claudia abrió la boca y se metió la pija de su hijo entera. Rodrigo echó la cabeza hacia atrás y le agarró el pelo con las dos manos, empezando a mover las caderas, cogiéndole la boca despacio, hundiéndose hasta el fondo. Los ojos de Claudia se llenaban de lágrimas cada vez que la verga le tocaba la garganta, pero no soltaba, chupaba con fuerza, se la sacaba de la boca para lamerle los huevos y volvía a tragársela. Yo seguía abajo, con la lengua metida en el coño y dos dedos dentro, sintiendo cómo las paredes se le apretaban rítmicamente al ritmo de las embestidas del hijo en la boca.

Me subí encima de ella y le puse la punta de la pija en la entrada del coño. La miré. Ella asintió sin dejar de chupar a Rodrigo. La penetré de una, hasta el fondo, y el gemido que soltó le vibró en la boca alrededor de la verga del hijo. La cogí duro, con envíones profundos que le hacían rebotar las tetas contra el pecho. Rodrigo se inclinó y le apretó las tetas mientras seguía metiéndosela en la boca, y las mejillas de Claudia se hundían cada vez que él se enterraba.

Los tres encontramos un ritmo que funcionó, que fue escalando de intensidad hasta que Claudia se corrió con un temblor largo. El coño se le cerró alrededor de mi pija apretando como un puño, y aferró las sábanas con las manos mientras el orgasmo le sacudía todo el cuerpo. Rodrigo tuvo que sacarle la verga de la boca porque el grito que soltó lo hubiera despertado a medio barrio.

—No paren —dijo, con la cara empapada, la saliva mezclada con las lágrimas, jadeando—. No paren todavía. Cójanme más.

Cambiamos de posición. La pusimos de costado. Claudia quedó entre los dos, mirando a Rodrigo de frente mientras yo estaba detrás. Rodrigo le levantó la pierna de arriba y le metió la pija en el coño de un solo golpe. Ella dejó escapar un quejido cuando sintió a su hijo entrar en el mismo lugar donde yo había estado hacía un minuto. Rodrigo empezó a culeársela despacio, mirándole la cara, buscándole los ojos, cogiendo a su madre como quien recorre por fin un lugar que siempre soñó.

—Mamá... —le dijo, en un hilo de voz.

—Dale, hijo —le respondió ella, agarrándole la cara con las dos manos—. Cogeme. Está bien. Cogé a tu mami.

Yo estaba detrás, mi pija chorreando de los jugos del coño, la punta rozándole la raya del culo. Sentía el calor de su piel contra mis caderas, la vibración de las embestidas de Rodrigo pasándole por todo el cuerpo. Me pidió algo en voz muy baja, casi en un susurro entre gemidos.

—Más arriba —dijo—. En el culo. Quiero a los dos a la vez.

Entendí lo que quería decir. Le pregunté si estaba segura.

—Don Víctor también me cogía el culo —respondió, con la voz tranquila de quien ya pasó por ese lugar—. Me costó acostumbrarme al principio. Pero me acostumbré. Y ahora me encanta. Ensaliválo bien y metémelo.

Me escupí en la mano, me embadurné la pija, y le pasé los dedos ensalivados por el ojete. Se lo abrí despacio con el pulgar, después con dos dedos, sintiéndola aflojar. Le apoyé la punta en el culo y empujé. Fui con cuidado, muy despacio, sintiendo cómo el anillo cedía y la cabeza de la pija entraba, apretadísima, caliente. Claudia apretó los dedos contra las sábanas al principio y contuvo la respiración, después fue soltando el aire poco a poco, aflojándose, encontrando el ritmo que le funcionaba. Empujé más, y más, hasta que la tuve enterrada entera.

—Ahí está —jadeó ella—. Ahora los dos. Muévanse.

Rodrigo seguía delante, en el coño. Yo detrás, en el culo. Empezamos a movernos alternados, uno entrando cuando el otro salía, sintiendo cada uno la pija del otro a través de la fina pared de carne que nos separaba adentro de la madre. Claudia dejó de hablar. Solo gemía, grititos ahogados contra el hombro de Rodrigo, la boca abierta, los ojos en blanco. Las manos de Claudia lo encontraban a él cuando necesitaban algo en qué sostenerse, se clavaban en sus hombros, le arañaban la espalda.

—Me van a hacer cagar —balbuceó—, me van a partir al medio, no paren, no paren...

Se corrió otra vez, y esta vez fue distinto. Fue un temblor largo, prolongado, que le duró casi un minuto entero, con el coño y el culo apretándonos a los dos a la vez. Rodrigo aguantó unos segundos más y después se enterró hasta el fondo y le vació la leche adentro del coño. Yo lo sentí venir, ese chorro cálido pulsando del otro lado de la pared, y me alcanzó a mí también. Le agarré las caderas con fuerza, la penetré hasta el fondo del culo y descargué ahí, con espasmos que me sacudieron toda la columna.

Los tres terminamos conectados de una manera que nadie hubiera podido predecir cuando esa mañana empezó. Salimos despacio, uno detrás del otro. Los jugos y la corrida escurrían entre los muslos de Claudia, mezclándose sobre las sábanas.

Cuando por fin terminamos, nadie habló por un rato largo. Claudia se quedó tendida boca arriba, mirando el techo, con las piernas todavía abiertas y las tetas subiendo y bajando al ritmo de la respiración. Rodrigo se sentó en el borde de la cama con la vista perdida en el suelo. Yo fui al baño y cuando volví los dos seguían en la misma posición, como si estuvieran procesando algo demasiado grande para nombrarlo de inmediato.

***

Eso fue la primera noche. Hubo más.

Claudia volvió los martes y los jueves. A veces estábamos los dos, a veces era solo yo, a veces era solo Rodrigo. El acuerdo inicial fue cambiando de forma gradualmente, como cambian todas las cosas cuando la gente deja de fingir lo que es.

Lo que al principio era una negociación se fue convirtiendo en otra cosa. Claudia empezó a llegar antes de lo pactado. Mandaba mensajes que no eran de logística: fotos de las tetas apretadas contra el uniforme, del culo en el espejo del baño de la rotisería, del coño abierto con dos dedos adentro tomadas a escondidas mientras Héctor dormía la siesta. Una tarde, mientras Rodrigo no estaba, me dijo algo que se me quedó grabado.

—No vengo porque tenga que venir —me dijo, sentada desnuda en el borde de la cama con el pelo revuelto y mi corrida secándosele en el mentón—. Vengo porque me gusta que me la metan bien metida. Que quede claro.

No le respondí nada. Le agarré la nuca y le empujé la cara de vuelta contra mi pija, que ya estaba dura otra vez. Era suficiente con haberlo dicho.

Con Rodrigo la dinámica fue más complicada. Hubo una noche en que se quedaron solos después de que yo me fui temprano. Al día siguiente llegó al depósito callado de una manera diferente, como si hubiese cruzado una línea que no sabía que existía hasta que ya la había cruzado. No pregunté. Él tampoco explicó. Pero algo había cambiado entre los dos, algo que estaba más allá del acuerdo original y que ninguno de los dos sabía bien cómo manejar.

Una tarde me contó, mientras acomodábamos cajas, que Claudia le había dicho que cuando era chico siempre se quedaba dormido abrazado a ella en las noches de tormenta. Que esa noche, cuando yo me había ido, ella le había pedido que se lo hiciera lento, mirándola, sin apuro, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Que se había corrido dos veces adentro de ella y que ella no lo había dejado salirse ninguna de las dos. Lo dijo sin contexto, sin explicación. Lo dijo y siguió trabajando como si nada.

Claudia dejó de coger con Don Víctor. Seguía trabajando en la rotisería, pero el dueño había dejado de ser parte de esa historia. Me contó una tarde, casi sin darle importancia, que Víctor había intentado retomar lo de antes —la había arrinconado en el depósito, le había querido meter la mano por debajo del uniforme— y que ella lo había parado en seco.

—Ya no me interesa —dijo—. Los viejos tienen la pija floja y se cansan enseguida. Ustedes dos me la dejan hecha una sopa hasta el jueves siguiente.

Tenía una sonrisa en la comisura de los labios cuando lo dijo.

El video quedó en un rincón del teléfono. Nadie volvió a mencionarlo. Existía, en algún archivo que yo probablemente no podría encontrar si lo buscara, pero ya no era la razón por la que ella venía. Eso lo sabíamos los tres, aunque ninguno lo pusiera en palabras.

Hay cosas difíciles de explicar desde afuera. Cómo una situación que empieza con presión puede terminar siendo algo que nadie quiere que se acabe. Cómo una mujer de cuarenta y tres años puede ser la que lleva el control de una habitación con las piernas abiertas aunque parezca que es al revés. Cómo un hijo puede coger a su madre de una manera que no tiene nombre en ningún idioma y aun así seguir cogiéndola. Cómo ella puede recibirlo sin apartar los ojos, pidiéndole más, llamándolo hijo en el momento exacto en que él le vacía la leche adentro.

No sé cuánto tiempo va a durar. Esas cosas nunca se saben.

Lo que sé es que los martes y los jueves, cuando escucho la llave en la cerradura y entra Claudia con ese olor mezclado de trabajo y coño mojado que ya reconozco de lejos, el resto de la semana deja de importar por completo.

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Comentarios(11)

Marcelino_bo

Que nivel!!! me enganche desde la primera linea y no pude soltar. Sigue escribiendo

gatita1028

tremendo, me dejo sin palabras

pampero_73

De lo mejor que lei en esta categoria ultimamente. Esperando la continuacion con ansias

Lorena_Baires

Como captura esos detalles... la llegada, el uniforme, los ojos cansados. Se siente increiblemente real. Muy bien logrado

TucMán88

jaja no me lo esperaba asi, tremendo giro

CuriosaLectora

Me encantó la forma en que lo narraste, sin ser burdo en ningun momento. Eso es lo que diferencia un relato bueno. Bravo

RaulD77

Se hizo cortisimo, quiero mas!! segunda parte por favor

SoledadBaires

5 estrellas sin pensarlo dos veces

nocturno_lector

La tensión del comienzo está muy bien lograda. Me quede pensando un rato despues de terminar de leerlo

Gonza_B

Muy real, parece que lo escribió alguien que vivio algo parecido. Felicitaciones

MarceloR88

buenisimo!!! seguí así

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