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Relatos Ardientes

Lo que mi madre me enseñó ese verano

Me llamo Andrés. Tengo diecinueve años y vivo en una urbanización privada a las afueras de Valencia, en una casa con cuatro baños, un jardín que cuida un servicio externo y cámaras de seguridad en cada esquina. El tipo de casa donde los vecinos se saludan en el portal y no preguntan nada más.

Mi padre, Rodrigo, es consultor de infraestructuras. Viaja tanto que a veces creo que los aeropuertos son su verdadero hogar. Llega en Navidad con regalos caros que nunca aciertan y se va antes de Reyes. Para él, nosotros somos una partida más en el presupuesto mensual: la casa, el colegio, el gimnasio de Elena.

Elena, mi madre, tiene cuarenta y dos años y parece tener treinta y cinco. Tres mañanas a la semana en el gimnasio, dos tardes con la nutricionista, y una disciplina con su imagen que siempre me pareció casi marcial. Es de esas mujeres que entran a un restaurante y la gente gira la cabeza sin saber muy bien por qué. Mis compañeros de carrera lo decían sin pudor cuando venían a casa. Yo fingía que no me importaba.

***

Todo empezó una tarde de julio.

Había traído a casa a una chica del máster, Sofía, una de esas personas demasiado inteligentes para ser pacientes. Lo que ocurrió en mi habitación fue breve y, sobre todo, vergonzoso: le bajé las bragas con manos torpes, se la metí sin apenas mojarla y me corrí a los dos minutos, entre jadeos que sonaban más a disculpa que a placer. Sofía se limpió el semen del muslo con un pañuelo, se fue con la excusa de una llamada pendiente y no volvió a contestar mis mensajes.

Elena lo vio desde la terraza del piso de arriba. No me lo dijo ese día. Me lo guardó para la cena.

Esa noche cenamos solos, como casi siempre. Ella había abierto una botella de vino que reservaba para visitas importantes. Me sirvió una copa sin preguntarme.

—No sabes lo que haces —me dijo, después de un silencio largo, sin levantar la vista de su vaso—. Con las mujeres. No tienes ni idea.

Yo no respondí. Seguí mirando el plato.

—Tu padre nunca supo tampoco. Es algo que va en el apellido, supongo. —Hizo girar la copa entre los dedos—. Me pregunto si esa chica de hoy salió de aquí preguntándose qué había hecho mal, o si supo desde el principio que eras tú el problema. Te corriste enseguida, ¿verdad? Lo vi en su cara cuando bajó la escalera.

La humillación fue física. Me subió desde el estómago hasta la cara.

Me levanté para irme. Ella me detuvo con la mano en la muñeca, un agarre firme y seco.

—Siéntate.

No era una petición. Era el mismo tono que usaba cuando yo era pequeño y hacía algo que no debía. Me senté.

—No te estoy atacando. Te estoy diagnosticando. Hay una diferencia. —Dejó la copa sobre la mesa—. Si vas a moverte por el mundo con ese apellido, necesitas aprender a follar a una mujer. Y eso no te lo van a enseñar en la universidad.

***

Lo que ocurrió después no fue espontáneo ni caótico. Elena no era una mujer de impulsos. Era metódica, calculada y deliberada en todo lo que hacía.

Me condujo a su habitación, ese cuarto que siempre olía a cedro y a algo cálido que nunca identifiqué del todo. Cerró la puerta con el pestillo, un sonido metálico y seco que retumbó en mi pecho. La cama era grande, de sábanas blancas, impecable como todo lo suyo.

Se sentó en el borde. Cruzó las piernas. Me miró con la expresión que usaba para evaluar contratos o menús de restaurante.

—Quítate la ropa —dijo—. Despacio.

Mis manos no cooperaban. El cinturón me costó el doble de lo normal. La camisa cayó al suelo, después el pantalón, y cuando me bajé los calzoncillos la polla ya se me estaba poniendo dura solo con su mirada encima. Quedé de pie frente a ella, desnudo, sintiéndome pequeño aunque la superaba en altura.

Elena no se movió de inmediato. Me observó en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada, como una profesora revisando un examen entregado tarde. Los ojos le bajaron desde mi cara hasta mi verga, sin prisa, sin comentario, como si estuviera midiendo una herramienta.

—El físico está. Eso ya es algo. La tienes buena, más de lo que esperaba. —Se puso de pie y se acercó—. El problema es que no sabes usarla. Eres demasiado impaciente. Tratas a las mujeres como si el coño fuera una meta que hay que cruzar en el menor tiempo posible.

Levantó la mano y trazó una línea desde mi clavícula hasta el centro del pecho, y de ahí siguió bajando hasta rodearme la polla con la palma abierta. Me la sostuvo un segundo, sin apretar, midiéndome el peso. Solté el aire de golpe.

—Esta noche no va a pasar nada a menos que yo lo decida. Esa es la primera lección: el control es tuyo cuando lo has ganado, no porque lo reclames a gritos.

Empezó a masturbarme muy despacio, con dos dedos y el pulgar, subiendo y bajando la piel del prepucio con una calma casi cruel. Cada vez que sentía que se me endurecía del todo, aflojaba. Cada vez que se me iba a bajar, aceleraba lo justo para tenerme al borde otra vez.

—¿Ves? —dijo sin mirarme la cara, con la vista fija en su propia mano—. Esto es lo que tú no le hiciste a esa chica. Esto es esperar.

Yo tenía las rodillas flojas y una gota transparente colgándome de la punta. Ella la recogió con el pulgar y me la extendió por el glande con un gesto lento, casi meditativo.

—Ni se te ocurra correrte todavía. Si te corres antes de que yo te lo diga, la lección se acaba y bajas a tu habitación. ¿Entendido?

—Sí —dije, con la voz rota.

—Sí, ¿qué?

—Sí, Elena.

***

Esa primera sesión fue una corrección constante.

Me hizo arrodillarme en la alfombra. Ella se levantó la falda y se bajó las bragas de encaje sin ninguna ceremonia, las dejó caer al suelo y se sentó otra vez en el borde de la cama, con las piernas abiertas. Tenía el coño depilado casi por entero, con una franja fina de vello oscuro, y los labios ya brillantes.

—Con la lengua. Empieza por los muslos. Y no me toques el clítoris hasta que yo lo diga.

Le besé la cara interna de los muslos, la piel tibia y perfumada, subiendo hacia el pubis. Cuando intenté ir directo al centro me tiró del pelo hacia atrás con fuerza.

—Te he dicho que no. Alrededor. Rózame los labios con la boca cerrada. Que sepa que la lengua está ahí antes de sentirla.

Obedecí. Le pasé la boca abierta por encima de la vulva, respirando sobre ella, mordiéndole muy suave los labios exteriores. Elena empezó a mover las caderas hacia mi cara, y ahí fue cuando aflojó la mano en mi pelo.

—Ahora la lengua. Plana. Larga. Desde abajo hasta arriba. Otra vez. Otra vez.

Se la lamí de la manera que me iba dictando, subiendo por la raja mojada hasta el capuchón del clítoris y volviendo a bajar. Le metí la lengua dentro, todo lo que pude, y noté cómo se estremecía. El sabor era limpio, salado, y me llenaba la boca cada vez que respiraba.

—Dos dedos. Despacio. Curvados hacia arriba. Búscamelo por dentro, no lo aporrees.

Le metí el índice y el corazón, empujando hasta el nudillo, y encontré esa zona rugosa que ella misma me hizo presionar con un ritmo lento. Ahora sí me dejó chuparle el clítoris, y lo hice con la punta de la lengua, círculos apretados, mientras los dedos entraban y salían de su coño empapado. El sonido era obsceno, chapoteante, y ella tenía la cabeza echada hacia atrás pero no cerraba los ojos: me miraba desde arriba, controlándome.

—Más fuerte con los dedos. No pares con la lengua. Aunque me corra encima, no pares.

Se corrió a los pocos minutos. Sin gritar. Se le abrió el pecho en una respiración profunda, se le tensaron los muslos alrededor de mi cabeza y sentí una oleada tibia derramarse por mi barbilla. Aun así seguí, como me había ordenado, hasta que ella misma me apartó tirándome del pelo hacia atrás.

—Ahora sí —dijo, respirando por la nariz, sin descomponerse—. Sube. Tumbate boca arriba.

Subí a la cama. Me acomodó en el centro y se puso a horcajadas encima. Se sacó la blusa por la cabeza sin desabrocharla y se llevó las manos a la espalda para quitarse el sujetador. Le cayeron dos tetas firmes, medianas, con los pezones rosados y punzantes. Me las acercó a la boca.

—Chupa. Uno y otro. Y usa los dientes de vez en cuando, muy suave. Igual que con el clítoris. No los machaques.

Le mamé un pezón mientras le pellizcaba el otro con dos dedos, y ella dejó escapar un jadeo bajo, gutural, que fue la primera reacción sincera que le arranqué en toda la noche. Me agarró la polla con la mano derecha, se la colocó en la entrada del coño, y se dejó caer despacio, empalándose centímetro a centímetro, sin dejar de mirarme a la cara.

Me entró un ramalazo de placer tan brutal que se me escapó un gemido agudo. Elena me tapó la boca con la palma.

—Calla. Y mírame. Mírame o me levanto.

Cuando intenté embestirla desde abajo, me detuvo con dos dedos sobre los labios.

—No. Espera. Deja que yo vaya hacia ti.

Cuando mis manos se adelantaron a agarrarle el culo, las apartó con calma y las colocó sobre sus caderas.

—Más despacio. No vayas a donde crees que tienes que ir. Quédate donde estás hasta que yo te diga.

Empezó a montarme muy despacio, subiendo hasta dejar solo la punta dentro y bajando de nuevo hasta que me sentía el fondo. Su coño estaba tan mojado que cada movimiento sonaba a chapoteo. Yo tenía los dientes apretados intentando no correrme. Ella se dio cuenta.

—Si te corres ahora, no te vuelvo a dejar entrar en esta cama en un mes. Aprende a aguantar. Piensa en otra cosa. Cuéntame algo aburrido si hace falta.

Me enseñó a leer su cuerpo como si fuera un idioma que yo podía aprender pero que todavía no conocía. La presión exacta de las manos en sus caderas, el ritmo, cuándo acelerar y cuándo detenerme por completo. Me obligó a mirarla a los ojos en todo momento, sin excepción, incluso cuando ella misma se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo encima de mi verga.

—Mírame —decía cuando yo cerraba los párpados—. No te escondas. Estás aquí, conmigo, con la polla metida hasta dentro. Quiero que veas quién decide.

Se corrió una segunda vez, apretándome por dentro con unas contracciones que me obligaron a morderme el labio hasta hacerme sangre para no seguirla. Solo entonces se levantó, me sacó la verga del coño y se me sentó al lado.

—Ahora. De rodillas frente a mí. Y córrete en mi mano.

Me arrodillé en la cama. Ella me agarró la polla mojada y me la pajeó rápido, mirando cómo me temblaban los muslos. Duré tres o cuatro tirones. Me corrí a chorros sobre su palma abierta, en unas descargas largas que me vaciaron hasta las rodillas. Elena observó mi semen acumulándose en su mano con la misma expresión con que había juzgado la copa de vino durante la cena.

—Mejor de lo que pensaba. Pero sigues teniendo prisa. Mañana lo trabajamos.

Esa primera noche duró horas. Al terminar, yo estaba agotado, con los músculos doloridos y la cabeza completamente vacía. Elena, en cambio, se levantó, se puso su bata de seda y me trajo un vaso de agua con la naturalidad de quien acaba de terminar una reunión de trabajo.

—Mejor —me dijo, dejando el vaso sobre la mesita de noche. Me rozó la frente con los labios—. Pero falta mucho. Mañana continuamos.

***

Y así empezó el verano.

Rodrigo llamaba los domingos desde algún aeropuerto. Conversaciones de diez minutos, actualizaciones de agenda, nada que importara de verdad. Elena le respondía con la misma educación distante que usaba con el resto del mundo, a veces con mi semen todavía secándose en el interior de los muslos.

Por las mañanas, desayunábamos juntos en la cocina. Café, fruta, el periódico en la pantalla del tablet. Ella me preguntaba sobre el máster, yo le hablaba de lecturas o proyectos pendientes. Una familia normal, vista desde fuera.

Por las tardes, en la hora en que la casa estaba más quieta, subíamos a su habitación.

Las sesiones fueron cambiando semana a semana. Las primeras eran de instrucción pura: técnica, postura, ritmo, control de la respiración. Me hizo aprender a comer coño hasta desencajar la mandíbula, a follarla de pie contra la cómoda mirándonos en el espejo, a metérsela por detrás con ella boca abajo y las manos atadas a la espalda con el cinturón de su bata. Elena corregía sin crueldad pero sin suavidad tampoco, con la misma precisión que usaría para revisar un informe lleno de errores.

—La prisa es el peor defecto que puede tener un amante —me explicó una tarde, mientras me observaba desde el borde de la cama con las piernas abiertas y dos dedos suyos entrando y saliendo de su propio coño para enseñarme el ritmo—. Las mujeres no buscan a alguien que llegue rápido. Buscan a alguien que sepa quedarse dentro y aguantar mientras ellas se corren.

Con el tiempo, las correcciones fueron reduciéndose. Empecé a anticipar lo que ella quería antes de que lo dijera. Aprendí a distinguir sus reacciones auténticas de las que eran solo cortesía. Aprendí cuándo debía tomar la iniciativa, agarrarla del pelo y volverla contra el cabecero, y cuándo era mejor esperar, inmóvil con la polla dura al aire, hasta que ella lo decidiera.

Un mediodía me llamó al baño mientras se duchaba. Entré. Estaba de rodillas en el plato, desnuda y mojada, y no me dio ni tiempo a hablar: me bajó el pantalón y se metió toda la verga en la boca de una sola vez, hasta la garganta. Me sostuvo la mirada mientras se me atragantaba, con los ojos llorosos y los labios pintados corriéndosele por las mejillas.

—Fóllame la boca —dijo entre arcadas, apartándose un segundo—. Con las dos manos en la nuca. Que sepas cómo se hace desde el otro lado también.

Le agarré la cabeza y empujé las caderas contra su cara, entrando y saliendo, oyendo el ruido húmedo de su boca alrededor de mi glande. Cuando me iba a correr, me sacó la polla y me la puso entre las tetas, apretándolas contra mí, y me terminé encima de su cuello y su barbilla en una descarga larga. Se limpió con dos dedos, se los chupó sin apartar la vista de mí, y cerró el grifo.

—Vístete. Ya llegan a limpiar la casa.

***

Lo que no esperaba fue la dependencia.

Sofía dejó de llamarme después de dos semanas. Había otras chicas en el máster con las que podría haber salido. No lo hice. Comparar lo que ocurría en esa habitación con cualquier otra cosa me parecía absurdo, casi insultante. Ninguna niña de veinte años iba a saber correrse tres veces seguidas encima de mí sin dejar de darme órdenes en voz baja.

Esperaba las tardes. Esperaba ese momento del desayuno en que Elena me miraba de cierta manera y yo entendía que esa tarde se cerraría el pestillo de la puerta.

Pero lo que más esperaba, y tardé tiempo en reconocerlo, era su aprobación.

Cuando me decía «así», con ese tono neutro que en ella equivalía a un elogio, sentía algo que ninguna otra cosa me había dado antes. Cuando me corregía, me pasaba horas revisando mentalmente qué había hecho mal, qué detalle se me había escapado, en qué embestida había perdido el ritmo.

Dejé de salir con mis amigos. Les decía que tenía trabajo del máster.

No era del todo mentira. Estaba aprendiendo mucho ese verano.

***

En agosto, algo empezó a cambiar.

Ya no era solo el alumno. Había aprendido sus ritmos con tal precisión que a veces era yo quien la tumbaba boca arriba, le abría las piernas y le comía el coño hasta que se corría dos veces antes de meterle nada. Elena lo permitía, aunque nunca con la sensación de estar cediendo, sino de estar concediendo algo que había decidido de antemano.

Pero empecé a notar otras cosas.

Cuando yo mencionaba en la cena haber almorzado con una compañera del trabajo, Elena cambiaba de tema con una rapidez que no era habitual en ella. Una tarde llegué media hora tarde porque me había quedado hablando con una vecina en el portal. Esa noche, en su habitación, fue diferente: me montó encima sin apenas preliminares, cogiéndomela con las dos manos y clavándosela hasta el fondo mientras me susurraba al oído «esta polla es mía, ¿me oyes?, mía», más intensa, más presente, como si quisiera borrar algo que todavía no había ocurrido. Terminó pidiéndome que me corriera dentro, algo que jamás me había permitido antes. Sentí cómo se contraía alrededor de mi verga mientras yo me vaciaba en su coño, y ella me mordió el hombro para no gritar.

Tardé unos días en ponerle nombre. Era inseguridad.

Elena, que siempre había parecido impenetrable, tenía grietas.

***

La prueba definitiva llegó una tarde de finales de agosto.

Habíamos cenado juntos en la terraza. Yo tenía una copa en la mano y solté, sin haberlo planeado del todo, que estaba pensando en alquilar un apartamento en el centro. Que era hora de tener mi propio espacio. Que varios compañeros del máster compartían piso cerca de la facultad y que le había dado vueltas a la idea durante semanas.

Elena dejó su copa sobre la mesa sin hacer ruido. No dijo nada durante varios segundos.

—Como quieras —respondió, finalmente.

Esa noche, cuando subimos a su habitación, fue distinta a todas las anteriores.

No había correcciones. No había instrucciones. Se desnudó ella misma, sin órdenes de por medio, y se tumbó de espaldas con las piernas abiertas antes de que yo terminara de quitarme la camisa. Se entregó con una urgencia que no parecía calculada, como si el verano entero hubiera sido ensayo y aquello fuera el verdadero estreno.

Le comí el coño hasta que me tiró del pelo pidiéndome más. Se lo di todo: la lengua, los dedos, el filo de los dientes en el clítoris. Cuando la penetré, la penetré despacio, mirándola, como ella misma me había enseñado a hacerlo. Me abrazó con las piernas por la cintura y las cruzó por detrás, empujándome hacia dentro cada vez que embestía.

—Más adentro, Andrés. Todo. No te reserves nada. —Me llamó por mi nombre varias veces, algo que casi nunca hacía durante las sesiones—. Fóllame como si fuera la última vez.

La puse a cuatro patas. Le agarré las caderas y se la metí desde atrás, con embestidas largas y hondas, viendo cómo se le hundía la cara en la almohada y cómo me apretaba con el coño cada vez que salía casi entero. Ella misma se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo al mismo ritmo que yo la follaba. Se corrió gimiendo bajo, mordiendo la sábana, y todavía tuve que sostenerla con un brazo alrededor de la cintura para que no se cayera de bruces.

La tumbé otra vez boca arriba. Se aferró a mis hombros con los dedos clavados. Yo entraba y salía cada vez más rápido, sintiendo cómo su coño mojado me apretaba, cómo se me acumulaba en la base de la columna. Me corrí dentro, en oleadas largas, con la frente apoyada en la suya, y ella no me soltó mucho después de que todo terminara. Se quedó abrazada, con mi verga aún dentro suavizándose, y el semen resbalándole muy despacio por el interior del muslo.

—No te vayas —me dijo en voz baja, en la oscuridad.

No era una orden. Era otra cosa completamente distinta.

***

Eso fue hace tres semanas. Sigo aquí.

He pensado mucho en lo que construyó ese verano. Elena me enseñó a ser un amante paciente, capaz de leer a una mujer sin que tenga que explicarse, capaz de aguantar dentro de un coño hasta que ella se corra tantas veces como quiera. Me dio algo que no habría encontrado en ningún otro sitio. Pero también creó algo que no había previsto del todo: creó a alguien que la conoce mejor que nadie en el mundo.

Sé cuándo está nerviosa aunque parezca serena. Sé cuándo miente y cuándo dice la verdad. Sé qué la asusta. Sé también dónde tocarla para que se le doblen las rodillas en tres segundos, y ella sabe que yo lo sé.

Y ella lo sabe.

Vivimos en un equilibrio extraño, sostenido sobre algo que no tiene nombre correcto en ningún idioma. Rodrigo sigue viajando, ajeno a todo. Cuando vuelve, cenamos los tres y hablamos de noticias y de las obras en la autovía y del tiempo que va a hacer el fin de semana.

Elena y yo nos miramos a veces durante esas cenas. Solo un segundo. Solo lo necesario para que ella recuerde a qué sabe mi semen y yo recuerde cómo se le tensan los muslos cuando se corre.

No sé qué ocurrirá cuando termine el máster. No sé cuánto tiempo puede sostenerse algo así. Pero sé que ninguno de los dos está buscando la salida, al menos no todavía.

El verano empezó con una lección. Ahora ya no sé muy bien quién enseña a quién.

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Comentarios(8)

lino40

Increible. Uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo, sin exagerar.

Rodrigo_nc

Por favor escribi la segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues de ese verano.

viajero73

Me trajo recuerdos raros de mi adolescencia jaja. Bien narrado, se siente real sin pasarse de la raya.

tomas_norte

Muy bueno. El final te lo esperas pero igual te pega. Sigan publicando asi.

Marcos_del_sur

Que tension tan bien lograda. No necesita ser explicito para que te llegue, y este llegó. Chapeau.

lectura_nocturna7

tremendo!!! sigan subiendo cosas de este nivel

SantiagoR_77

Me gusto mucho el tono. Sin caer en lo grotesco pero igual intenso. Bien.

LectorBA_77

Lo lei dos veces, la primera por curiosidad y la segunda porque me engancho de verdad. Muy buen trabajo con las emociones.

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