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Relatos Ardientes

Lo que le enseñé al hijo virgen de mi amiga

Esto pasó hace unos doce años, pero lo recuerdo con una claridad que todavía me sorprende. En ese entonces yo tenía cuarenta y cinco años y estaba, como se dice, en mi momento: pelo castaño con ayuda del tinte, unas curvas bien puestas que con los años solo se habían vuelto más contundentes, y la seguridad que da haber vivido lo suficiente para no pedir disculpas por nada. No era delgada, pero eso hacía tiempo que había dejado de importarme. Tenía lo que importa: un cuerpo que llamaba la atención, unas tetas grandes y pesadas que me habían dado dos hijos y seguían firmes, un culo redondo que llenaba cualquier pantalón, y la confianza de saber que a los hombres se les paraba la polla con solo verme pasar.

Mi vida estaba ordenada. Casada, con mis hijos ya grandes haciendo su propia vida. Tenía hasta un amante ocasional para aliviar el aburrimiento de los martes, un tipo casado y aburrido que me follaba siempre de la misma manera, con la misma polla cansada y las mismas dos posturas. Ya me había cansado de él también. Necesitaba algo distinto. Algo que todavía tuviera todo por descubrir, una verga joven y dura que no supiera todavía todo lo que un coño como el mío podía hacerle.

Marcos era el hijo de mi amiga Silvia. Tenía veinte años, casi un metro ochenta, pelo oscuro y esos ojos que evitaban el contacto con cualquier mujer que no fuera su madre. Era de esos chicos que aparecen en las reuniones a saludar con educación impecable y desaparecen enseguida. Silvia siempre lo decía con orgullo y un poco de resignación: «es muy casero, muy tranquilo.» Yo lo escuchaba y pensaba otras cosas. Pensaba en cómo sería tenerlo desnudo, con esa polla virgen o casi virgen entre mis manos, enseñándole lo que ninguna chica de su edad iba a saber enseñarle.

Lo que me perdió fueron sus brazos. Un domingo en casa de Silvia, Marcos apareció con una camiseta sin mangas para cargar unas cajas al patio. Tenía los antebrazos marcados de venas, los hombros anchos y una espalda que no correspondía para nada con su actitud de chico invisible. Lo vi levantar dos cajas pesadas sin el menor esfuerzo y en ese momento sentí que se me humedecía la ropa interior sin ningún pudor. Me pregunté cómo sería tenerlo en otro contexto, sin su madre cerca, sin pretextos de por medio, con esa espalda flexionada encima de mí y esa polla joven metida hasta el fondo.

El plan llegó solo. Esperé a que Silvia entrara a la cocina y me acerqué a él con la mejor de mis sonrisas.

—Oye, Marcos, necesito un favor. Tengo unos muebles que hay que mover y no puedo sola. ¿Podrías pasarte mañana por casa a ayudarme?

Él me miró con esa expresión de muchacho bien educado que no sabe decir que no.

—Claro, señora. Sin problema.

Antes de irme, me aseguré de hacerlo delante de Silvia.

—Oye, le pedí a Marcos que mañana me ayude con unos muebles. ¿Lo dejas venir?

Silvia ni pestañeó.

—Claro, que se levante y haga algo útil por una vez.

Marcos miró al piso. Yo lo miré a él, y cuando levantó la vista por un segundo, le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que algo pasara entre los dos. Él volvió a mirar al piso enseguida.

***

Al día siguiente tenía todo preparado. Me puse un vestido de algodón ligero, sin mangas, ajustado en la cintura, que me marcaba bien el pecho. Sin sostén, porque el calor lo ameritaba, eso me dije. La verdad era que quería que los pezones se me marcaran bajo la tela y que Marcos los viera al abrir la puerta. Debajo, unas bragas mínimas, apenas un hilo, que se me clavaba entre las nalgas y me recordaba con cada paso lo que iba a hacer esa tarde. Me solté el pelo, me puse el perfume que sé que funciona y moví un par de cajas al centro de la sala para que la excusa tuviera algo de sentido.

Cuando sonó el timbre, abrí la puerta despacio. Ahí estaba él, con su camiseta oscura, sus jeans anchos y esa cara de muchacho que no sabe bien adónde mirar cuando tiene una mujer delante. Me recorrió de arriba abajo en un segundo rápido e involuntario y luego clavó la vista en algún punto por encima de mi cabeza. Alcanzó a ver, estoy segura, cómo se me marcaban los pezones erectos bajo el algodón fino, porque tragó saliva antes de hablar.

—Buenos días. ¿Las cajas están adentro?

—Pasa —le dije, y le di la espalda a propósito para caminar hacia la sala, contoneando el culo apenas lo necesario para que no perdiera la vista de él.

Sus pasos tardaron un segundo en seguirme.

Lo puse a mover las cajas de un cuarto al otro, luego a correr un armario del pasillo al dormitorio de repuesto. Lo hacía sin quejarse, con esa fuerza callada que me tenía encendida desde el domingo anterior. Yo fingía supervisar, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados —cruzados justo debajo del pecho, para levantármelo—, dejando que el trabajo y el calor fueran poniendo el ambiente. Cada vez que él levantaba algo pesado y los músculos de su espalda se marcaban bajo la tela, yo respiraba hondo y sentía cómo se me apretaba el coño solo. Ya estaba mojada. Había estado mojada toda la mañana.

Cuando terminó, fui a buscar agua sin decirle nada. Volví con dos vasos, me senté a su lado en el sofá y dejé una distancia que no era distancia suficiente. El vestido se me subió un poco al sentarme y no lo bajé.

—Con lo guapo que estás —solté de la nada—, seguro que las chicas de tu edad no te dejan en paz.

Marcos casi se atragantó con el agua.

—No, señora. Yo no salgo mucho.

—¿No? —Le sostuve la mirada—. ¿Por qué?

—No sé. Supongo que no me llevo bien con la gente de mi edad.

Perfecto, pensé.

Me incliné levemente hacia adelante para dejar el vaso en la mesita de centro. El vestido hizo lo que yo quería que hiciera: el escote se abrió y las tetas se me asomaron casi enteras, con los pezones duros a un centímetro de escaparse. Noté que él siguió ese movimiento un segundo largo, con la boca entreabierta, antes de mirar para otro lado con las orejas rojas. Y también noté, sin ninguna sutileza, el bulto que empezaba a marcársele en los jeans.

—¿Tienes novia? —le pregunté, volviendo a sentarme y sin molestarme en bajarme el vestido.

—No.

—¿Nunca?

Tardó un momento antes de responder.

—Hubo una chica el año pasado. Pero no fue nada serio.

—¿Qué tan serio? —insistí, bajando apenas la voz—. ¿Te la follaste?

Marcos se puso rojo hasta las orejas. Buscó distancia en el sofá sin encontrarla.

—No, señora —admitió, con la honestidad de quien no sabe mentir—. Solo... nos tocamos un poco. Nada más.

—¿Nada más? ¿Ni siquiera te la chupó?

Negó con la cabeza, sin levantar la vista del piso.

Dejé que el silencio trabajara unos segundos. Luego puse mi mano sobre la suya, despacio, y de ahí la dejé subir hasta su muslo, muy cerca del bulto que ya no podía esconder.

—Marcos... ¿alguna vez te han enseñado a besar de verdad? ¿A tocar a una mujer como se debe? ¿A follártela hasta que grite?

El silencio que siguió lo dijo todo. Él no lo negó ni lo confirmó. Solo me miró con esos ojos grandes, sin saber todavía si lo que estaba pasando era lo que parecía. Bajo mi mano, sentí cómo la polla se le endureció del todo bajo la tela.

Me acerqué despacio. Le puse una mano en la mejilla, sintiendo el calor que le subía por la cara, y lo besé. Empecé suave, saboreando sus labios jóvenes, enseñándole el ritmo con paciencia. Cuando metí la lengua, él dio un pequeño respingo, sorprendido, pero no se alejó. Al contrario: sus manos, que habían estado quietas sobre sus rodillas durante toda la tarde, subieron a mi cintura y apretaron con una fuerza que me hizo gemir dentro de su boca.

Aprendía muy rápido.

Le agarré una mano y me la puse directamente sobre la teta, por encima del vestido. Él se quedó paralizado un segundo, con la palma abierta sobre mi pecho, sintiendo el pezón durísimo que se le clavaba en la mano.

—Apriétala —le susurré contra la boca—. No se va a romper.

Apretó. Al principio con miedo, después con ganas. Le bajé el tirante del vestido y dejé que una teta se me saliera entera. Marcos se quedó mirándomela como si fuera la primera que veía en su vida, y probablemente lo era en carne y hueso, así, a diez centímetros de su cara. Le agarré la nuca y se la acerqué al pezón.

—Chúpalo.

Abrió la boca y se prendió como un ternero. Tenía la lengua torpe y los dientes se le escapaban al principio, pero le fui enseñando: círculos con la lengua, chupar suave, morder apenas. Yo tenía la mano metida entre sus piernas, apretándole la polla por encima del jean, notando cómo se le retorcía debajo de la tela cada vez que le enseñaba algo nuevo con la voz.

***

Lo llevé al dormitorio de la mano. Él caminaba detrás de mí con una mezcla de desconcierto y deseo que me resultó adorable, con el bulto tan marcado en los jeans que caminaba raro. Cuando cerré la puerta, se quedó parado en el centro del cuarto sin saber qué hacer con su propio cuerpo.

—Siéntate en la cama —le dije.

Obedeció. Me puse delante de él, le tomé la cara entre las manos y lo besé de nuevo, esta vez con más calma, dejando que el calor se fuera acumulando. Sus manos encontraron mi cintura y luego el borde del vestido.

—Quítame esto —le susurré.

Lo intentó con torpeza, buscando un cierre que no existía, hasta que le guié las manos a los tirantes. El vestido cayó al piso y Marcos se quedó inmóvil frente a mí. Quedé solo con el hilo mínimo entre las piernas, que ya tenía la entrepierna empapada, brillante. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una atención tan completa que casi me dio risa: las tetas grandes y pesadas colgando frente a su cara, la barriga blanda de mujer madura, las caderas anchas, el triángulo oscuro que se transparentaba a través de la tela mojada.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Nada —dijo con la voz baja, ronca—. Es que usted es muy hermosa.

Le quité la camiseta de un tirón. Lo que apareció confirmó todo lo que había imaginado desde el domingo: hombros anchos, pecho firme, ese abdomen que se marcaba sin gimnasio porque era simplemente joven y no sabía otra cosa. Pasé las palmas por su estómago y sentí cómo tensaba los músculos ante mi contacto. Bajé las manos hasta el cinturón, se lo desabroché sin apuro y le abrí el botón del jean.

—Levanta el culo.

Lo levantó y le bajé el pantalón y el calzoncillo de una sola vez. La polla le saltó afuera con tal violencia que me dio un golpe en la muñeca. Y qué polla, dios mío. Larga, gruesa, tan dura que la cabeza le tiraba hacia el ombligo, roja de tanta sangre acumulada, con una gota gruesa de líquido preseminal ya asomando por la punta. Una polla que no había hecho nada todavía y estaba desesperada por hacerlo todo.

Me arrodillé frente a él sin pensarlo. Marcos abrió los ojos como platos.

—Señora, no hace falta que...

—Cállate.

Le agarré la verga con la mano derecha, apretando la base con firmeza, y le pasé la lengua por toda la cara inferior, de abajo arriba, lentamente. Se estremeció entero. Cuando llegué a la punta le lamí la gota de preseminal con la punta de la lengua y luego me lo metí en la boca despacio, dejando que sintiera cada centímetro entrar. Le llegué hasta el fondo de la garganta y ahí me quedé un segundo largo, dejándolo saborear una sensación que ninguna chica de veinte años le habría dado nunca.

Marcos soltó un gemido que era casi un grito ahogado. Apretó las manos en las sábanas.

Empecé a mamar en serio, con el ritmo bien puesto, subiendo y bajando la cabeza, apretando la base con la mano, girando la lengua en la punta cada vez que salía. Cuando lo tenía todo mojado, me la saqué de la boca y le lamí los huevos, uno primero, luego el otro, chupándoselos con cuidado mientras la mano seguía trabajándole el tronco. Marcos jadeaba con la boca abierta, los ojos cerrados, con las venas del cuello tensas.

—Señora, por favor, pare, que me voy a...

Lo saqué de mi boca justo a tiempo. Le apreté fuerte la base con dos dedos, cortándole el impulso.

—Todavía no —le dije—. Respira.

Se dejó caer hacia atrás en la cama, con el pecho subiéndole y bajándole, con la polla temblándole en el aire, brillante de mi saliva.

Me subí a la cama y me acosté a su lado.

—Ahora te toca a ti —le dije—. Bájame las bragas.

Lo hizo con las manos temblando, tirando del hilo hacia abajo por mis muslos, por mis rodillas, por los tobillos. Cuando quedé completamente desnuda abrió los ojos con una expresión que valía todo el trabajo de la tarde. Le agarré la mano y se la puse directamente en el coño.

—Siente cómo estoy.

Le guié los dedos por los labios empapados, dejándole sentir la humedad que él mismo había provocado.

—Mete uno —le ordené.

Metió el dedo del medio, con una torpeza que me hizo suspirar. Le enseñé a moverlo, a curvarlo hacia adentro, a buscar el punto que se hincha cuando una mujer está bien caliente. Le enseñé a subir con el pulgar hasta el clítoris mientras el dedo entraba y salía. Marcos aprendía con la atención de un chico bueno en un examen: mirándome la cara todo el tiempo para leer si iba bien.

—Baja la boca —le dije.

—¿La boca? —preguntó.

—Ahí abajo. Cómemelo.

Bajó entre mis piernas con una mezcla de miedo y curiosidad. Le agarré la cabeza y se la guié.

—Saca la lengua. Suave al principio. Ahí. Justo ahí.

Lo hizo. Con una torpeza total al principio, chupando demasiado fuerte, mordiendo apenas con los dientes sin querer, hasta que le fui corrigiendo con la voz y la mano. Le enseñé a lamer el clítoris en círculos, a chupármelo suave entre los labios, a meter la lengua adentro y volver a subir. Al cabo de unos minutos el chico me la estaba comiendo bastante bien para ser la primera vez, y yo tenía las caderas moviéndoseme solas contra su cara.

—Así, así, sigue —le dije, agarrándolo del pelo—. No pares ahora.

No paró. Me corrí en su boca a los pocos minutos, con las piernas apretándole la cabeza y los pezones tan duros que me dolían. Marcos aguantó ahí abajo mientras yo me sacudía, con la lengua todavía trabajando, hasta que le tuve que apartar la cara porque no soportaba más.

—Sube —le dije, jadeando.

Subió. Tenía la cara mojada de arriba abajo, brillante, y una sonrisa nueva que no le había visto en la vida. Le lamí mi propio jugo de la boca antes de besarlo.

Me subí encima de él, con mis caderas sobre las suyas. Seguimos besándonos mientras mis manos recorrían su torso y las suyas, cada vez con menos timidez, me agarraban las tetas, los muslos, el culo. Le enseñé a apretarme las nalgas con fuerza, a separármelas, a meter un dedo por detrás si quería. Cuando bajé la boca a su cuello y le mordí apenas la piel, soltó un sonido que no esperaba oírle.

Su polla, atrapada entre nuestros cuerpos, estaba tan hinchada que casi le dolía. La sentía latir contra mi barriga.

—Para —le dije—. Respira otra vez.

—Es que...

—Ya sé. Solo respira.

Le di un momento. Luego me bajé de la cama, abrí el cajón de la mesita y saqué un condón. Se lo tendí sin ceremonia.

—¿Sabes ponértelo?

Me miró con una honestidad que me desarmó.

—Vi cómo se hacía.

—Entonces hazlo.

Lo hizo. Con las manos temblando, pero lo hizo. Y cuando me acosté a su lado y vi su expresión pasar del miedo a algo que todavía no tenía nombre, supe que lo que iba a pasar esa tarde le iba a marcar la vida.

Me puse encima de él con calma, con el control que dan los años. Le agarré la polla con la mano, la puse contra la entrada de mi coño empapado y fui bajando despacio. La cabeza se hundió primero, apretada, y luego el resto entró de a poco, centímetro por centímetro, hasta que lo sentí todo dentro, hasta el fondo, con los huevos apretándose contra mi culo. Soltó un sonido que era mitad alivio y mitad asombro. Yo también gemí: hacía años que no sentía una verga tan dura y tan gruesa dentro de mí.

Me quedé quieta un momento, dejándolo procesar. Le puse las manos en los hombros y le hablé cerca de la boca.

—Ahora solo siente. No hagas nada. Yo te muevo.

Empecé a moverme con lentitud, subiendo y bajando las caderas, sacando casi toda la polla afuera y volviéndomela a meter hasta el fondo. Él apretó el borde del colchón con los dedos, cerró los ojos y respiró por la boca. Sus caderas intentaron seguirme el ritmo, torpemente al principio, pero le puse la mano en la barriga para calmarlo.

—Quieto. Yo marco.

Yo marcaba el tempo, yo decidía cuándo acelerar y cuándo no. Fui subiendo el ritmo poco a poco, con las tetas rebotándole en la cara, las manos apoyadas en su pecho joven, sintiendo esa polla dura como una piedra abriéndome por dentro. Le agarré las manos y me las puse en las tetas.

—Apriétalas. Fuerte.

Las apretó. Yo empecé a moverme más rápido, montándolo con ganas, con el culo golpeando contra sus muslos con cada bajada. Sentir ese cuerpo joven debajo del mío, esa energía contenida que no sabía todavía cómo salir, me tenía fuera de mí. Le hablaba mientras me lo follaba:

—¿Te gusta, Marcos? ¿Te gusta cómo se siente mi coño? Dime que te gusta.

—Me... me gusta —logró decir con la voz quebrada.

—Más fuerte. Dilo bien.

—Me encanta, señora. Me encanta cómo me lo hace.

No duró mucho más. A los pocos minutos su respiración se volvió errática y apretó los dientes. Le empezaron a temblar los muslos.

—Ya... ya no puedo —logró decir.

—Está bien —respondí, sin dejar de moverme, apretando el coño alrededor de su polla—. Córrete adentro. Córrete ahora.

Y lo dejé terminar. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo debajo de mí, cómo la verga le latió dentro y descargó, mientras él soltaba un gemido largo con la cabeza clavada en la almohada.

Se quedó inmóvil debajo de mí con los ojos cerrados y el pecho subiéndole y bajándole con fuerza. Me quedé encima suyo un rato, con él todavía dentro, sintiéndolo palpitar mientras se le iba bajando. Después me senté a su lado, tranquila, mientras él volvía de donde había ido. Tardó un rato en abrir los ojos, y cuando lo hizo, habló antes de que yo pudiera decir nada.

—Perdón. Fue muy rápido.

—Para ser la primera vez que te follas a alguien de verdad —le contesté—, estuvo bien.

Lo vi debatirse entre el orgullo y la vergüenza.

—¿De verdad?

—De verdad.

***

No tardó mucho en recuperarse. Ese cuerpo de veinte años tenía sus propias reglas, y yo lo sabía mejor que él. Le agarré la polla con la mano, todavía blanda y pegajosa por dentro del condón usado, y se lo saqué. La tiré a la basura. Empecé a masturbársela despacio, con la mano bien apretada, y en pocos minutos la tenía otra vez dura como al principio.

Cuando noté que empezaba a moverse con intención, lo detuve con una mano en el pecho.

—Esta vez —le dije— vas a aguantar más. Si sientes que ya no puedes, piensas en otra cosa hasta que pase. Y no te vas a correr hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?

Asintió con una seriedad que me divirtió.

Le puse un condón nuevo yo misma, desenrollándoselo despacio con las dos manos, para que aprendiera cómo se hacía bien. Después me di la vuelta, me puse en cuatro sobre la cama y le miré por encima del hombro.

—Ven aquí atrás. Vas a follarme así.

Se puso de rodillas detrás de mí, un poco perdido. Le agarré la polla por encima del hombro y me la puse yo misma en la entrada.

—Empuja despacio. Hasta el fondo.

Empujó. La polla entró de una, hasta la base, y los dos gemimos al mismo tiempo. Le agarré las manos y se las puse en mis caderas.

—Ahora sí, agárrame fuerte y muévete. Pero despacio. Si sientes que te vas, para.

Empezó a follarme por detrás con embestidas largas y torpes al principio, que fui corrigiéndole con la voz.

—Más profundo. Así. Ahora más rápido. No, más despacio otra vez.

Fui más exigente en esta segunda vuelta. Le enseñé a sostener el ritmo sin perder la cabeza, a concentrarse en el movimiento y no en el resultado. Cada vez que veía por los sonidos que hacía que estaba al límite, le mandaba parar. Se quedaba quieto adentro de mí, respirando por la boca, esperando la orden de seguir. Cuando bajaba, le hacía retomar el ritmo desde cero.

Cambiamos de postura varias veces. Le hice ponerse boca arriba y me monté encima al revés, dándole la espalda, para que me viera el culo entero moviéndose sobre su polla mientras me la clavaba. Luego lo puse encima mío, entre mis piernas abiertas, con los tobillos apoyados en sus hombros, y le enseñé a embestir profundo doblando las caderas. Le enseñé a chuparme las tetas mientras me follaba, a besarme el cuello, a mirarme a los ojos cuando estaba dentro. Le enseñé a mantener la polla adentro hasta el fondo y quedarse quieto ahí, dejando que fuera yo la que se moviera contra él, para que el coño le hiciera todo el trabajo.

Fue una lección larga. Y placentera para los dos, porque yo también me lo cobré. Me corrí dos veces más antes de dejarlo terminar: una con él debajo, con dos dedos suyos en el clítoris mientras me lo montaba, y otra de espaldas contra el colchón, con él encima empujando fuerte, con la mano tapándome la boca porque estaba gritando demasiado.

Cuando por fin le di permiso, fue con una intensidad diferente a la primera vez.

—Ahora sí —le jadeé al oído, con las piernas cerradas alrededor de su culo—. Córrete adentro. Todo.

Se corrió con la boca abierta contra mi cuello, con el cuerpo tenso, empujando hasta el fondo con dos o tres embestidas finales y quedándose ahí clavado, latiendo dentro de mí. Él lo notó también.

—Eso sí que fue otra cosa —murmuró, todavía jadeando, cuando por fin salió y se dejó caer a mi lado.

—Eso es lo que pasa cuando se aprende —le dije.

Lo miré desde el otro lado de la cama. Tenía el pelo pegado a la frente, los labios hinchados y esa mirada de quien acaba de entender que el mundo es mucho más grande de lo que creía. Me dio una ternura enorme. Y también, lo confieso, ganas de verlo volver.

Cuando empezó a vestirse, lo detuve.

—Toma mi número —le dije—. Por si necesitas más lecciones.

Lo guardó en el teléfono con una concentración que me hizo sonreír. En la puerta, antes de salir, se detuvo y me miró.

—¿Cuándo puedo volver?

—Cuando quieras —respondí—. Pero ya sin excusas de muebles. Ya no hacen falta.

Sonrió. No era la sonrisa del chico tímido que aparecía a saludar en las reuniones de su madre y desaparecía enseguida. Era otra cosa. Era el comienzo de algo que duró mucho más tiempo de lo que ninguno de los dos esperaba.

Marcos volvió muchas veces. Con cada visita llegaba un poco más lejos y se iba un poco más hombre de lo que había llegado. Le enseñé todo lo que sabía sobre el placer, con la paciencia de quien tiene tiempo y la satisfacción de ver crecer a alguien desde cero. Le enseñé a comer coño hasta que ninguna otra mujer pudiera quejarse nunca, a follar en todas las posturas que a mí se me ocurrieron, a durar todo lo que hiciera falta y a correrse cuando yo se lo pidiera. Esas tardes fueron las mejores que tuve en mucho tiempo. Y esa primera tarde, con sus nervios y su torpeza y esa polla joven que no sabía todavía lo que valía, fue la que ninguno de los dos olvidó nunca.

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Valora este relato

Comentarios(8)

NachoPampa

Jajaja tremendo el arranque, me enganchaste desde la primera línea. Genial!

Marta_91

Excelente!! Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte

SolDeVerano88

buenisimo, de los mejores que lei en este sitio

LuciaMar85

Me encanto como esta escrito, se siente muy real. Las maduras siempre saben lo que hacen jeje. Seguí así!

DiegoRos

El inicio me mató, ya sabía que iba a ser bueno. Mas relatos así por favor!

ClaraNevaM

Me quedé esperando el final... hay continuación? No me dejes con la intriga!!

Nocturna44

Ay que delicia de historia, me hizo acordar cosas jeje. Esperando el próximo relato!

PedroSalta

increible. gracias por compartir

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