Lo que le enseñé al hijo virgen de mi amiga
Esto pasó hace unos doce años, pero lo recuerdo con una claridad que todavía me sorprende. En ese entonces yo tenía cuarenta y cinco años y estaba, como se dice, en mi momento: pelo castaño con ayuda del tinte, unas curvas bien puestas que con los años solo se habían vuelto más contundentes, y la seguridad que da haber vivido lo suficiente para no pedir disculpas por nada. No era delgada, pero eso hacía tiempo que había dejado de importarme. Tenía lo que importa: un cuerpo que llamaba la atención y la confianza de saberlo.
Mi vida estaba ordenada. Casada, con mis hijos ya grandes haciendo su propia vida. Tenía hasta un amante ocasional para aliviar el aburrimiento de los martes, aunque ya me había cansado de él también. Necesitaba algo distinto. Algo que todavía tuviera todo por descubrir.
Marcos era el hijo de mi amiga Silvia. Tenía veinte años, casi un metro ochenta, pelo oscuro y esos ojos que evitaban el contacto con cualquier mujer que no fuera su madre. Era de esos chicos que aparecen en las reuniones a saludar con educación impecable y desaparecen enseguida. Silvia siempre lo decía con orgullo y un poco de resignación: «es muy casero, muy tranquilo.» Yo lo escuchaba y pensaba otras cosas.
Lo que me perdió fueron sus brazos. Un domingo en casa de Silvia, Marcos apareció con una camiseta sin mangas para cargar unas cajas al patio. Tenía los antebrazos marcados de venas, los hombros anchos y una espalda que no correspondía para nada con su actitud de chico invisible. Lo vi levantar dos cajas pesadas sin el menor esfuerzo y en ese momento me pregunté, sin ningún pudor, cómo sería tenerlo en otro contexto. Sin su madre cerca. Sin pretextos de por medio.
El plan llegó solo. Esperé a que Silvia entrara a la cocina y me acerqué a él con la mejor de mis sonrisas.
—Oye, Marcos, necesito un favor. Tengo unos muebles que hay que mover y no puedo sola. ¿Podrías pasarte mañana por casa a ayudarme?
Él me miró con esa expresión de muchacho bien educado que no sabe decir que no.
—Claro, señora. Sin problema.
Antes de irme, me aseguré de hacerlo delante de Silvia.
—Oye, le pedí a Marcos que mañana me ayude con unos muebles. ¿Lo dejas venir?
Silvia ni pestañeó.
—Claro, que se levante y haga algo útil por una vez.
Marcos miró al piso. Yo lo miré a él, y cuando levantó la vista por un segundo, le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que algo pasara entre los dos. Él volvió a mirar al piso enseguida.
***
Al día siguiente tenía todo preparado. Me puse un vestido de algodón ligero, sin mangas, ajustado en la cintura, que me marcaba bien el pecho. Sin sostén, porque el calor lo ameritaba, eso me dije. Me solté el pelo, me puse el perfume que sé que funciona y moví un par de cajas al centro de la sala para que la excusa tuviera algo de sentido.
Cuando sonó el timbre, abrí la puerta despacio. Ahí estaba él, con su camiseta oscura, sus jeans anchos y esa cara de muchacho que no sabe bien adónde mirar cuando tiene una mujer delante. Me recorrió de arriba abajo en un segundo rápido e involuntario y luego clavó la vista en algún punto por encima de mi cabeza.
—Buenos días. ¿Las cajas están adentro?
—Pasa —le dije, y le di la espalda a propósito para caminar hacia la sala.
Sus pasos tardaron un segundo en seguirme.
Lo puse a mover las cajas de un cuarto al otro, luego a correr un armario del pasillo al dormitorio de repuesto. Lo hacía sin quejarse, con esa fuerza callada que me tenía encendida desde el domingo anterior. Yo fingía supervisar, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados, dejando que el trabajo y el calor fueran poniendo el ambiente. Cada vez que él levantaba algo pesado y los músculos de su espalda se marcaban bajo la tela, yo respiraba hondo y esperaba.
Cuando terminó, fui a buscar agua sin decirle nada. Volví con dos vasos, me senté a su lado en el sofá y dejé una distancia que no era distancia suficiente.
—Con lo guapo que estás —solté de la nada—, seguro que las chicas de tu edad no te dejan en paz.
Marcos casi se atragantó con el agua.
—No, señora. Yo no salgo mucho.
—¿No? —Le sostuve la mirada—. ¿Por qué?
—No sé. Supongo que no me llevo bien con la gente de mi edad.
Perfecto, pensé.
Me incliné levemente hacia adelante para dejar el vaso en la mesita de centro. El vestido hizo lo que yo quería que hiciera. Noté que él seguía ese movimiento un segundo antes de mirar para otro lado.
—¿Tienes novia? —le pregunté, volviendo a sentarme.
—No.
—¿Nunca?
Tardó un momento antes de responder.
—Hubo una chica el año pasado. Pero no fue nada serio.
—¿Qué tan serio? —insistí, bajando apenas la voz.
Marcos se puso rojo hasta las orejas. Buscó distancia en el sofá sin encontrarla.
—No pasó mucho, señora —admitió, con la honestidad de quien no sabe mentir.
Dejé que el silencio trabajara unos segundos. Luego puse mi mano sobre la suya, despacio, sin prisa.
—Marcos... ¿alguna vez te han enseñado a besar de verdad?
El silencio que siguió lo dijo todo. Él no lo negó ni lo confirmó. Solo me miró con esos ojos grandes, sin saber todavía si lo que estaba pasando era lo que parecía.
Me acerqué despacio. Le puse una mano en la mejilla, sintiendo el calor que le subía por la cara, y lo besé. Empecé suave, saboreando sus labios jóvenes, enseñándole el ritmo con paciencia. Cuando metí la lengua, él dio un pequeño respingo, sorprendido, pero no se alejó. Al contrario: sus manos, que habían estado quietas sobre sus rodillas durante toda la tarde, subieron a mi cintura y apretaron.
Aprendía muy rápido.
***
Lo llevé al dormitorio de la mano. Él caminaba detrás de mí con una mezcla de desconcierto y deseo que me resultó adorable. Cuando cerré la puerta, se quedó parado en el centro del cuarto sin saber qué hacer con su propio cuerpo.
—Siéntate en la cama —le dije.
Obedeció. Me puse delante de él, le tomé la cara entre las manos y lo besé de nuevo, esta vez con más calma, dejando que el calor se fuera acumulando. Sus manos encontraron mi cintura y luego el borde del vestido.
—Quítame esto —le susurré.
Lo intentó con torpeza, buscando un cierre que no existía, hasta que le guié las manos a los tirantes. El vestido cayó al piso y Marcos se quedó inmóvil frente a mí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una atención tan completa que casi me dio risa.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Nada —dijo con la voz baja—. Es que usted es muy hermosa.
Le quité la camiseta de un tirón. Lo que apareció confirmó todo lo que había imaginado desde el domingo: hombros anchos, pecho firme, ese abdomen que se marcaba sin gimnasio porque era simplemente joven y no sabía otra cosa. Pasé las palmas por su estómago y sentí cómo tensaba los músculos ante mi contacto.
—Túmbate —le dije.
Se recostó y yo me subí encima de él, con mis caderas sobre las suyas. Seguimos besándonos mientras mis manos recorrían su torso y las suyas aprendían a moverse por mis curvas, cada vez con menos timidez. Cuando bajé la boca a su cuello y le mordí apenas la piel, soltó un sonido que no esperaba oírle.
Lo guié con paciencia. Le enseñé dónde poner las manos, cómo presionar sin agarrar, cómo bajar la boca al pecho de una mujer y quedarse el tiempo suficiente. Marcos aprendía como aprenden los que de verdad quieren entender: con toda la atención puesta, sin fingir que ya sabían.
Cuando le desabroché el pantalón y vi lo que había debajo, entendí de golpe que la chica del año anterior no había llegado a nada con él. Estaba al límite sin que yo hubiera hecho casi nada todavía.
—Para —le dije—. Respira.
—Es que... —empezó.
—Ya sé. Solo respira.
Le di un momento. Luego me bajé de la cama, abrí el cajón de la mesita y saqué un condón. Se lo tendí sin ceremonia.
—¿Sabes ponértelo?
Me miró con una honestidad que me desarmó.
—Vi cómo se hacía.
—Entonces hazlo.
Lo hizo. Con las manos temblando, pero lo hizo. Y cuando me acosté a su lado y vi su expresión pasar del miedo a algo que todavía no tenía nombre, supe que lo que iba a pasar esa tarde le iba a marcar la vida.
Me puse encima de él con calma, con el control que dan los años. Fui bajando despacio hasta sentirlo entrar por completo. Soltó un sonido que era mitad alivio y mitad asombro. Me quedé quieta un momento, dejando que su cuerpo procesara esa sensación nueva.
—Ahora solo siente —le dije.
Empecé a moverme con lentitud. Él apretó el borde del colchón con los dedos, cerró los ojos y respiró por la boca. Sus caderas intentaron seguirme el ritmo, torpemente al principio, pero tomé el control: yo marcaba el tempo, yo decidía cuándo acelerar y cuándo no. Sentir ese cuerpo joven debajo del mío, esa energía contenida que no sabía todavía cómo salir, me tenía fuera de mí.
No duró mucho. A los pocos minutos su respiración se volvió errática y apretó los dientes.
—Ya... ya no puedo —logró decir.
—Está bien —respondí.
Y lo dejé terminar.
Se quedó inmóvil debajo de mí con los ojos cerrados y el pecho subiéndole y bajándole con fuerza. Me senté a su lado, tranquila, mientras él volvía de donde había ido. Tardó un rato en abrir los ojos, y cuando lo hizo, habló antes de que yo pudiera decir nada.
—Perdón. Fue muy rápido.
—Para ser la primera vez —le contesté—, estuvo bien.
Lo vi debatirse entre el orgullo y la vergüenza.
—¿De verdad?
—De verdad.
***
No tardó mucho en recuperarse. Ese cuerpo de veinte años tenía sus propias reglas, y yo lo sabía mejor que él. Cuando noté que empezaba a moverse con intención, lo detuve con una mano en el pecho.
—Esta vez —le dije— vas a aguantar más. Si sientes que ya no puedes, piensas en otra cosa hasta que pase. ¿Entendido?
Asintió con una seriedad que me divirtió.
Fui más exigente en esta segunda vuelta. Le enseñé a sostenerme encima sin perder la cabeza, a concentrarse en el ritmo y no en el resultado. Cada vez que veía que estaba al límite, cambiaba el ángulo o reducía el ritmo hasta que se calmaba, y luego volvía a empujar. Fue una lección larga. Y placentera para los dos, porque yo también me lo cobré.
Cuando por fin lo dejé terminar, con permiso explícito, fue con una intensidad diferente a la primera vez. Él lo notó también.
—Eso sí que fue otra cosa —murmuró, todavía jadeando.
—Eso es lo que pasa cuando se aprende —le dije.
Lo miré desde el otro lado de la cama. Tenía el pelo pegado a la frente, los labios hinchados y esa mirada de quien acaba de entender que el mundo es mucho más grande de lo que creía. Me dio una ternura enorme. Y también, lo confieso, ganas de verlo volver.
Cuando empezó a vestirse, lo detuve.
—Toma mi número —le dije—. Por si necesitas más lecciones.
Lo guardó en el teléfono con una concentración que me hizo sonreír. En la puerta, antes de salir, se detuvo y me miró.
—¿Cuándo puedo volver?
—Cuando quieras —respondí—. Pero ya sin excusas de muebles. Ya no hacen falta.
Sonrió. No era la sonrisa del chico tímido que aparecía a saludar en las reuniones de su madre y desaparecía enseguida. Era otra cosa. Era el comienzo de algo que duró mucho más tiempo de lo que ninguno de los dos esperaba.
Marcos volvió muchas veces. Con cada visita llegaba un poco más lejos y se iba un poco más hombre de lo que había llegado. Le enseñé todo lo que sabía sobre el placer, con la paciencia de quien tiene tiempo y la satisfacción de ver crecer a alguien desde cero. Esas tardes fueron las mejores que tuve en mucho tiempo. Y esa primera tarde, con sus nervios y su torpeza y ese cuerpo que no sabía todavía lo que valía, fue la que ninguno de los dos olvidó nunca.