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Relatos Ardientes

Me miraba el pecho y yo lo dejé hacer a propósito

Hay compañeras de trabajo que pasan por el centro como fantasmas: entran, atienden a sus pacientes y se marchan sin dejar huella. Yo no soy así. Soy Marta, y llevo más años en este centro de rehabilitación que la mayoría de los aparatos de fisioterapia. Soy lo que en el equipo llamamos «la veterana»: la que recuerda cómo se hacía todo antes del sistema informático, la que sabe dónde está el repuesto del electroestimulador cuando nadie lo encuentra, la que escucha. Laura, la jefa de turno, dice que soy la madre del grupo. No le llevo la contraria.

Me presento brevemente porque creo que ayuda a entender lo que voy a contar. Tengo más de cincuenta años, morena, con el pelo rizado que no obedece ni al secador ni a ningún producto de la farmacia. De estatura media, con bastante cadera y un pecho del que me he quejado toda la vida cuando tengo que comprar ropa pero que, reconozco, todavía me lleva alguna que otra mirada. Dos embarazos y cincuenta y tantos años no han hecho demasiado daño.

A nivel personal, tengo dos hijos ya crecidos. Fui viuda dos veces, lo cual suena a cosa de telenovela pero es simplemente lo que pasó. Después de mi segundo marido, decidí que no quería volver a construir eso con nadie más, y el sexo con otra persona se fue convirtiendo en algo difícil de imaginar. Me las arreglé sola durante años, con bastante éxito, hasta que llegó Rodrigo a la lista de nuevos pacientes.

Era principios de septiembre. Me habían asignado la coordinación de los ingresos de esa semana, lo que significa que eres la primera en tratar con los pacientes nuevos: presentaciones, evaluación inicial, asignación de protocolo. Rodrigo llegó un lunes por la mañana. Cuarenta y tantos años, moreno con algunas canas en las sienes, mandíbula cuadrada y una manera de entrar en una habitación que no pasaba desapercibida. No era guapo de forma convencional, pero había algo en cómo se movía, en cómo miraba, que hacía que uno se fijara.

Durante las primeras sesiones hablamos bastante, como hago siempre con los pacientes: a mí me sirve para conocerlos y anticiparme a sus reacciones durante el tratamiento. Rodrigo era de los que contaban cosas. Me habló de su panadería artesanal, que abrió hace ocho años cerca del puerto, de los panes que hacía y de lo que le costó aprender a fermentar bien la masa madre. Me dijo que tenía entre sus recetas un bizcocho que le había enseñado a hacer una expareja, de mi misma región. Eso me cayó bien. Le di el nombre de una panadería de mi pueblo que hacía algo parecido y me prometió que la buscaría si algún día pasaba por allí.

Lo que todas notamos desde la primera semana —y lo comentábamos con risas en el vestuario— era que Rodrigo miraba. No de forma descarada ni que cruzara ninguna línea, pero con una atención que no tenía nada de clínica. Recorría sin prisa, se detenía donde le interesaba, y luego volvía a la cara como si nada. A mí me miraba de una forma que reconocí enseguida porque es una de esas cosas que las mujeres aprendemos a identificar desde jóvenes. No siempre genera incomodidad. A veces genera otra cosa.

Un martes de mediados de septiembre, mientras le ajustaba los electrodos en el trapecio, me incliné más de lo necesario para alcanzar el panel de control que estaba al otro lado de la camilla. Llevaba la bata sin nada debajo —era mi tercer turno seguido con ese calor y el sujetador me había dejado marcas en los hombros— y cuando levanté la vista, Rodrigo tenía los ojos fijos en el escote abierto de mi uniforme. No fue una mirada fugaz. Fueron varios segundos en los que ninguno de los dos dijimos nada. Luego él desvió la vista hacia el techo y yo me enderecé sin añadir ningún comentario.

En el momento me irritó. Ese tipo de atención en el trabajo tiene algo de invasión y lo sé perfectamente. Pero esa tarde, ya en casa, pensé en ello con más calma. Pensé en cuánto tiempo llevaba sin que nadie me mirara así. Pensé que Rodrigo debía tener casi diez años menos que yo y que, sin embargo, se había quedado sin palabras ante mi pecho. No hay mucho más que analizar: me sentí deseada. Y eso, después de tanto tiempo, valía algo.

A partir de ahí cambié algo en la dinámica de las sesiones. Nada evidente, nada que pudiera señalarse con el dedo, solo pequeños ajustes. Un botón más abierto cuando le tocaba turno. Agacharme con calma cuando había algo que recoger del suelo, sabiendo perfectamente que la bata se tensaba en la cadera. Inclinaciones estudiadas sobre la camilla con la excusa de revisar los puntos de tensión muscular. Era un juego completamente mío, controlado, sin consecuencias reales. Lo mejor era ver cómo a Rodrigo se le tensaba la mandíbula cuando yo me acercaba, o cómo tardaba un segundo de más en responder cuando le hacía una pregunta.

El problema de ese juego era que el coste lo pagaba yo. Cada sesión con Rodrigo me dejaba con más tensión en el cuerpo y menos paciencia para el resto del turno. Lo notaba como un calor persistente que no tenía salida, porque en el trabajo no iba a cruzar esa línea y en casa, entre los horarios de los chicos y el cansancio acumulado, tampoco había encontrado el momento de ocuparme del asunto con la calma que merecía.

El jueves fue el peor día. El sistema de climatización del ala de rehabilitación se averió a media mañana, y para las dos de la tarde el centro estaba a una temperatura que no ayudaba a mantener la compostura. Mi sesión con Rodrigo duró veinte minutos más de lo previsto por un fallo en el equipo. Veinte minutos de más con él mirándome cada vez que me acercaba, con la bata pegada al cuerpo por el sudor y la calentura que arrastraba desde hacía semanas mezclándose con el calor físico hasta que ya no sabía dónde terminaba uno y dónde empezaba el otro.

Me tocaba media hora de descanso. La sala del personal estaba vacía. No tenía ningún hambre, solo necesitaba cerrar una puerta y ocuparme de ese ardor que llevaba demasiado tiempo posponiendo. Me metí en el baño del personal, eché el pestillo y me quedé un momento apoyada en la pared fría con los ojos cerrados.

Desabroché tres botones de la bata. El contraste del aire del baño sobre la piel fue inmediato. Me miré en el espejo: el pelo pegado a la frente, la cara encendida, los pezones marcados contra la tela del uniforme. Me encerré en el último cubículo, bajé el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas y me senté con las piernas abiertas.

Empecé despacio, como hago siempre cuando estoy tensa: recorriendo los labios con la yema del dedo, dejando que el cuerpo se fuera abriendo sin prisa. El clítoris ya estaba inflamado antes de que lo tocara. Cerré los ojos y me imaginé la mirada de Rodrigo, esa atención lenta y sin disculpa que me recorría cada vez que me acercaba a su camilla. Aceleré los círculos. Introduje un dedo y el calor interno era denso, húmedo, urgente. Eran dos dedos cuando escuché una voz desde la sala.

—¡Marta!

La voz de Sofía me cortó en seco. Me quedé inmóvil.

—¿Estás ahí? Hay un problema con el paciente de la cuatro.

Respiré hondo.

—Ahora voy —dije con la voz lo más normal que pude—. Dame un minuto.

Me arreglé a toda velocidad. Abroché los botones. Tiré de la cadena. Salí.

—Te noto rara —dijo Sofía mientras caminábamos por el pasillo.

—Es este calor —respondí—. Me tiene destrozada.

No era mentira del todo. Pero el calor que me tenía destrozada no estaba en el termómetro.

Lo malo de una interrupción así es que no calma nada. Lo empeora. Cada paso que di por ese corredor durante el resto del turno fue un suplicio. Tenía la entrepierna en un estado que no me permitía concentrarme en otra cosa. Atendí a cuatro pacientes más con la concentración justa para no cometer ningún error, firmé los partes de la tarde y salí del centro sin despedirme de nadie.

***

Mis hijos no estarían hasta la noche. El mayor tenía seminario hasta las ocho y el pequeño había quedado a cenar con unos amigos. Dejé el bolso en el suelo del recibidor sin ni siquiera acercarme a la cocina. Fui directa al dormitorio.

Me desvestí delante del espejo de cuerpo entero, algo que solo hago cuando estoy completamente sola. Me gusta observarme sin la autocrítica que aparece cuando hay alguien más en la habitación. El cuerpo de una mujer de más de cincuenta años tiene otra textura, otro peso, otra historia. Las caderas anchas, los pechos que todavía aguantan, la barriga que ya no es plana pero que conozco de memoria. Me tomé un momento para mirarlo todo. Luego me toqué los pechos con ambas manos, los apoyé en las palmas sintiendo su peso, y apreté despacio. Un gemido salió solo, sin avisar.

Me tumbé boca arriba sobre la colcha con las piernas bien abiertas. Esta vez sin interrupciones posibles. Una mano subió al pecho —pellizco suave primero, luego más firme— mientras la otra descendía sin prisa por el vientre. Cerré los ojos y dejé que la imaginación hiciera lo suyo.

Me imaginé a Rodrigo, pero no en el centro. Lo imaginé en un espacio sin reglas, sin uniformes, sin el protocolo que me había obligado a mantener la distancia durante semanas. Lo imaginé mirándome tal como lo hacía cuando creía que yo no me daba cuenta: con esa concentración total que tiene algo de hambre contenida y mucho de honestidad. Me imaginé dejándome mirar.

Introduje dos dedos y arqueé la espalda. El pulgar sobre el clítoris, los dedos curvados hacia ese punto interno que conozco mejor que nadie. Los gemidos se fueron soltando solos, cada vez más intensos. Giré la cabeza y hundí la cara en la almohada. Los movimientos se aceleraron. La tensión que llevaba semanas acumulándose empezó a subir de golpe, sin aviso, como una ola que se ha estado formando lejos y llega entera a la orilla.

La contracción fue larga y profunda. Los músculos internos se cerraron alrededor de mis dedos en oleadas, una detrás de otra, y las piernas cedieron. Me quedé desplomada sobre la colcha, con los dedos todavía dentro y el cuerpo entero pesando el doble de lo normal. La mente completamente en blanco. Afuera, el sol empezaba a bajar por detrás de los edificios.

Estuve así un buen rato, dejando que la respiración volviera poco a poco a la normalidad. Oí las llaves en la puerta de entrada: el mayor había llegado antes de lo previsto. Me tapé con la colcha, cerré los ojos y sonreí hacia el techo.

Rodrigo tenía cita el lunes siguiente.

Y yo ya estaba pensando en qué botón dejar abierto.

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Comentarios (7)

Carlos_BsAs

increible!!! uno de los mejores que lei por aca

MiriamCba

Por favor continua esto, me dejaste con ganas de saber que paso despues. Muy bueno!!

Ferchu_BA

jajaja me hizo acordar a algo que me paso en una sala de espera hace anos... tremendo como captaste esa tension

AnaLuzReads

Me encanto como lo escribiste, se siente real sin ser burdo. Segui asi!

cordobes_lector

la tension desde el principio es perfecta, no te soltas hasta el final

vale_2103

buenisimo!!

NocteMx

Me gusto mucho que el morbo este en lo que no se dice, nada explicito y sin embargo... Eso es escribir bien. Espero leer mas tuyo

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