El verano que mis profesoras me enseñaron de verdad
Esto pasó hace años, en Sevilla, cuando tenía dieciocho. Lo cuento ahora porque con el tiempo los recuerdos que más importan son los que uno lleva demasiado tiempo sin contar, y este es uno de ellos.
Aprobé las pruebas de acceso a la universidad en junio, después de dos años con profesoras particulares en dos asignaturas que se me resistían: matemáticas e inglés. En septiembre empezaría Química, que era lo que quería estudiar desde que tenía quince años y mi padre me dejó ver por primera vez el interior de un laboratorio.
Era hijo único, bastante introvertido, y hasta ese verano no había tenido ninguna experiencia con mujeres. No es que no me gustaran. Es que me paralizaba la idea de acercarme, de decir algo, de que se notara lo que sentía. En la escuela había chicas que me resultaban muy atractivas y a las que nunca me atreví a hablarles más de lo imprescindible.
Mis profesoras particulares eran otra cosa. Adultas, con años de ventaja, mujeres con las que la dinámica era diferente porque el rol estaba claro desde el principio. Con ellas me sentía menos amenazado por mi propia torpeza.
Laura llevaba casi dos años enseñándome matemáticas los martes y jueves por la tarde en mi casa. Tenía treinta y un años, era rubia, con los ojos verdes y una manera de hablar directa que hacía que los problemas más complicados parecieran manejables. Era guapa de una manera que yo notaba cada vez que se inclinaba sobre mis apuntes para señalar algo. Nunca hice nada. Nunca dije nada. Me limitaba a mirarla de reojo cuando podía.
Cuatro días después de que llegara mi carta de aceptación en la universidad, me enteré de que Laura se marchaba a Estados Unidos. Una universidad de Chicago le había ofrecido un puesto como investigadora. Se iba ese mismo sábado.
El viernes me llamó. Quería pasarse a despedirse antes del vuelo.
Llegó a las seis de la tarde con una maleta pequeña y un perfume diferente al de siempre. Yo le había preparado un regalo —un colgante de plata y una tarjeta escrita a mano— como manera de agradecerle todo el tiempo que me había dedicado. Se lo di en la puerta.
—No hacía falta —dijo, mirando el colgante.
—Para mí sí hacía falta —respondí.
Entramos al salón. Mis padres habían salido a comer con unos amigos y no volverían hasta la noche. Laura dejó la maleta junto a la puerta, se giró hacia mí y me miró de una manera que no supe leer de inmediato.
—Yo también te traigo algo —dijo—. Aunque no lo puse en una caja.
Me dijo que lo sabía. Que durante dos años había notado cómo la miraba cuando creía que ella no prestaba atención. Que no era ningún reproche, sino todo lo contrario. Y que ahora que se marchaba, quería despedirse de verdad.
Se quitó la chaqueta. Luego, despacio, el jersey que llevaba debajo. Apareció un sujetador blanco sobre una piel muy clara. Se me quedó mirando, esperando.
—Puedes tocar —dijo.
Extendí las manos sin pensar demasiado. Eran los primeros pechos que tocaba en mi vida. Estaba torpe, inseguro, sin saber qué ritmo llevar ni dónde poner las manos exactamente. Laura no se impacientó. Me guiaba con frases cortas, con pequeños ajustes de posición, con una paciencia que en ese momento agradecí enormemente. Me hizo deslizar las palmas por encima de la tela, luego por debajo del sujetador, hasta que los noté de verdad en mis manos: pesados, cálidos, con los pezones duros y reactivos bajo mis dedos. Yo los apreté con miedo de romper algo y ella soltó una risita baja, agarrándome las muñecas para marcarme la presión justa. Luego me hizo bajar una mano a su cintura, me acercó más y me dejó enterrarme entre sus pechos con la cara mientras me pedía, muy despacio, que no tuviera prisa, que la tocara como si tuviera todo el tiempo del mundo.
En algún momento bajó la vista y se quedó un instante en silencio.
—Vaya —murmuró.
Había una tensión muy evidente contra la tela de mis pantalones que yo, concentrado en ella, no había notado. Laura deshizo el cinturón con calma, luego el botón, luego la cremallera. No dejó de mirarme a los ojos mientras lo hacía. Metió la mano dentro del vaquero y me sostuvo a través de la ropa, sintiendo el tamaño, el calor, la dureza que me había puesto como una piedra. Después me bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los muslos sin apartar la mirada. Me acarició el prepucio con dos dedos, luego me rodeó la polla con la mano y empezó a moverla despacio, probándome, arrancándome un gemido ahogado que me dio una vergüenza deliciosa.
—Eres tímido sin ningún motivo —dijo.
Lo que siguió fue algo completamente nuevo para mí. Laura era directa y sabía lo que quería. Se agachó delante de mí, apartó mi camiseta lo justo para besarme el vientre y, sin perder tiempo, metió la boca entre mis piernas. La sentí de golpe, caliente y húmeda, tragándose la punta con una seguridad que me hizo temblar. No usó solo la lengua: también las manos, una sosteniéndome la base y la otra acariciándome los huevos, apretando y soltando con una precisión que me vaciaba la cabeza. Se movía arriba y abajo con ese ruido obsceno de saliva y respiración que en mi vida había escuchado tan cerca. Yo me quedé rígido, con las manos hundidas en su pelo rubio, incapaz de decidir si empujarla o retirarme. Ella me marcó el ritmo con una presión más firme en los muslos, me hizo abrir más las piernas y me llevó hasta el borde sin dejarme caer. Luego se incorporó un segundo, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió como si supiera exactamente el efecto que acababa de provocarme.
—Ahora ven —dijo, ya sin suavizar nada—. A la cama.
Me llevó al dormitorio.
La primera vez fue torpe por mi parte, sin duda, aunque ella no lo señaló. Laura se desnudó del todo delante de mí, despacio, sin pudor. Se bajó la falda, se quitó las bragas y me dejó verla de pie, abierta de piernas, con el coño ya brillante y enrojecido por la excitación. Me acerqué como pude, casi con miedo, y ella me agarró de la nuca para besarme por primera vez en la boca, un beso largo, húmedo, con lengua, como si quisiera empujarme por fin al sitio correcto. Después me hizo tumbarme y se colocó encima, guiándome la polla con la mano hasta ponerme justo donde quería. La sentí hundirse poco a poco, milímetro a milímetro, apretándome con una mezcla de calor y resistencia que me dejó sin aire. Laura se quedó quieta un instante, respirando hondo, y me dijo que la mirara, que no apartara la vista. Tenía los labios entreabiertos, una mano apoyada en mi pecho y la otra presionando la cama, mientras empezaba a moverse con un balanceo lento, calculado, que me hizo entender de inmediato que eso no era un acto mecánico sino algo vivo, carnal, brutalmente físico. Cada subida y bajada me arrastraba la piel, el músculo, los huevos, hasta que el golpe de sus caderas contra las mías sonó seco en la habitación. Entonces cambió el ángulo, echó el cuerpo hacia delante, me tomó la cara con una mano y empezó a besarme otra vez sin dejar de joderse sobre mí.
En algún momento cambió de postura y tomó el control completamente, poniéndose encima de mí y llevando el ritmo que a ella le gustaba. Me sorprendió la diferencia: de repente yo no tenía que pensar en nada, solo seguirla. Se subió a horcajadas, se apoyó en mis muslos y empezó a cabalgarme con una cadencia cada vez más rápida, apretando el coño contra la base de mi polla con cada embestida para obligarme a sentirla entera, húmeda, palpitante. Sus tetas rebotaban sobre su pecho, el sujetador ya en el suelo, y yo no sabía dónde meter las manos hasta que me las puso sobre las caderas para que la agarrara fuerte. Laura me dijo que no me quedara quieto, que la sintiera, que si quería le diera un poco más duro. Yo obedecí como pude, hundiéndome en ella una y otra vez mientras ella se movía con una seguridad oscura, completamente desinhibida. Me sorprendió oírla pedirlo más fuerte, más adentro, y luego, sin aviso, cambiar otra vez y ponerse de rodillas frente a mí para que yo la penetrara por detrás. Entonces el sonido fue otro: el de la carne chocando, el de su respiración cortada, el de su voz dándome instrucciones cortas, exactas. Me guiaba con el culo echado hacia atrás, abriéndose para mí, y yo entendí que el sexo no era algo que se adivina, sino algo que se aprende con el cuerpo y la boca de otra persona.
—Así —dijo en algún momento, y lo dijo como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
Aguanté mucho más tiempo del que esperaba. Más de lo que aguantaba solo. No entendí por qué en ese momento, pero lo acepté.
Cuando terminó, se sentó en el borde de la cama con el cabello suelto y la respiración todavía acelerada. Había espejos en los armarios de mi habitación y por un momento vi nuestros reflejos. Parecíamos dos personas diferentes a las que habían llegado una hora antes. Laura tenía los muslos abiertos, la piel sudada y el pecho subiendo y bajando, todavía con la huella roja de mis manos en la cintura. Yo estaba deshecho, con la polla sensible y la camiseta torcida, sin saber si mirar sus labios, su cuello o el resto de su cuerpo desnudo. Ella se limpió entre las piernas con un pañuelo de papel, se echó el pelo hacia atrás y me sonrió con una calma casi cruel, como si toda esa escena no hubiera sido más que una lección práctica.
—Empieza a salir con chicas —me dijo—. Tienes todo lo que necesitas.
Se vistió, cogió la maleta y me abrazó en la puerta. En toda la tarde no me había besado en la boca ni una sola vez. Lo noté entonces, aunque no supe bien qué significaba.
Desde ese día no la he vuelto a ver.
***
Dos días después fui a casa de Chiara.
Chiara era italiana, de Milán, aunque llevaba varios años viviendo en Sevilla. Daba clases de inglés a estudiantes de bachillerato y hablaba los tres idiomas —inglés, español, italiano— con la misma naturalidad, sin acento perceptible en ninguno. Tenía también treinta y un años, era morena, con los ojos oscuros y una boca grande que se curvaba ampliamente cuando algo le hacía gracia. Era atractiva de una manera diferente a Laura: más intensa, más directa en su manera de mirarte.
Lo que más me había llamado la atención de Chiara durante los meses de clases eran sus vestidos, siempre muy cortos. Había tenido que hacer un esfuerzo consciente más de una vez para no mirar demasiado cuando se sentaba frente a mí en la mesa.
Le llevé un perfume como regalo de despedida. Ella me dijo que tenía buenas y malas noticias: la mala era que dejaba de ser mi profesora, porque en dos días regresaba a Milán, donde le habían ofrecido un puesto en una empresa de formación. Mientras me lo explicaba, añadió que también se había estropeado el aire acondicionado y que por eso no abría las ventanas. El piso olía un poco a cerrado.
Hizo una pausa.
—La buena noticia no te la voy a decir —dijo—. Te la voy a mostrar.
Empezó con besos pequeños en la boca, exploratorios, como si me hiciera una pregunta con los labios. Me cogió las manos y las puso sobre su cintura. Cuando notó que me relajaba un poco, se apartó y me miró.
—Hoy te voy a enseñar algo que vas a usar el resto de tu vida —me dijo.
Me quitó la ropa con paciencia. Luego se bajó el cierre del vestido desde arriba, se desabrochó el sujetador y se quitó la ropa interior. Se sentó en una silla de madera con reposabrazos, levantó una pierna apoyándola en el asiento de enfrente y me miró. Tenía el coño completamente expuesto, los labios húmedos y separados, y se tocó despacio con dos dedos mientras yo la observaba sin moverme, fascinado por lo abierta que era con su deseo.
—Acércate —dijo—. Y escucha lo que te voy a explicar.
Me enseñó a explorarla con la lengua y con los dedos. Fue una clase en el sentido más literal: me indicaba qué hacer, me corregía si cambiaba demasiado rápido de ritmo, me decía cuándo estaba bien. Metí primero un dedo, luego dos, y la sentí cerrarse y abrirse alrededor de mí con una humedad que me dejó la mano empapada. Ella se agarró a los reposabrazos y me pidió que bajara la cabeza, que no le lamiera solo el centro sino también alrededor, que la chupara con paciencia. Yo obedecí, metiendo la lengua entre sus labios, presionando el clítoris con movimientos cortos mientras ella respiraba cada vez más fuerte. Tardé quizás diez minutos en hacerla llegar al orgasmo. Cuando lo hizo, soltó el aliento de golpe y apretó los pies contra el suelo mientras sus dedos se cerraban en los reposabrazos. Su cara cambió de verdad: los ojos medio cerrados, la boca abierta, el cuerpo entero estremeciéndose como si la hubieran atravesado con una corriente.
Después se puso de pie, colocó las manos en el respaldo de la silla y se quedó de espaldas a mí.
—Ahora fóllame —dijo, sin girarse.
Con Chiara todo fue más rápido, más intenso desde el principio. Me pedía cosas concretas: más despacio, más fuerte, así no, así sí. También me pidió azotes en un momento determinado, algo que no había hecho nunca y que ella parecía disfrutar con una intensidad que me sorprendió. Los gritos que soltaba eran fuertes, sin ninguna inhibición, y rebotaban en las paredes del piso. Yo le levanté la falda que ya no llevaba, le separé las piernas y la penetré por detrás mientras ella apoyaba las manos en la madera y empujaba el culo hacia mí, exigiendo más profundidad, más ritmo, más presión. Cuando le di un azote en una nalga, la carne sonó seca y ella respondió con un gemido roto que me hizo apretar los dientes. Me pidió otro, luego otro más, y cada golpe dejaba la piel más roja, más caliente, mientras ella se arqueaba con una sonrisa oscura, casi orgullosa de lo que estaba sintiendo.
En algún momento me pidió que me detuviera. Luego, sin que yo hiciera nada, fue ella quien empezó a moverse hacia atrás contra mí, controlando la profundidad y el ritmo. Me quedé quieto, sujetándola por la cadera, observando cómo tomaba exactamente lo que necesitaba. Era algo que yo no había visto venir y que me pareció increíblemente directo. Chiara se giró después, me empujó al borde de la silla y me montó de frente, bajándose sobre mí con una lentitud exasperante para luego acelerar de golpe. Me agarró la cara, me besó con lengua y al mismo tiempo se tocó con la mano, frotándose hasta ponerse aún más húmeda, más brillante. Sentí cómo se contraía alrededor de mí, primero una vez, luego otra, con un temblor en el abdomen que me hizo seguirla casi al límite de perder el control.
Cambiamos de postura varias veces. En una de ellas yo la sujeté de pie, levantándole una pierna lateralmente. En otra fue ella quien se puso encima y llevó el ritmo de frente, mirándome a los ojos, tocándose al mismo tiempo. Fue en esa postura cuando noté algo diferente: cuando llegó al orgasmo esa vez, el cuerpo se le tensó de una manera completamente distinta a las anteriores, con una humedad que no había aparecido antes. La vi arquear la espalda, apretar los muslos contra mis caderas y soltar un quejido largo, casi animal, mientras su coño me comprimía la polla con una fuerza deliciosa. Luego se quedó quieta un momento, respirando como si hubiera corrido una carrera.
Llevábamos ya más de una hora cuando Chiara me dijo que quería terminar de una manera concreta. Se puso de rodillas frente a mí. Me tomó la polla con la mano, la lamió de arriba abajo, chupó la punta con hambre y después siguió con la boca hasta que me llevó al borde. Cuando me corrí no pudo con todo y parte fue a su cara, a su cuello. Ella abrió la boca para recibir lo que quedaba, se pasó el pulgar por la mejilla y se limpió sin perder la sonrisa.
—Eres increíble —dijo limpiándose, y sonrió.
Cuando se vistió, sacó una tarjeta del bolso y me la extendió. Su nombre, su teléfono y un email.
—Cuando quieras escribirme —dijo—, ya sabes cómo encontrarme.
***
Al día siguiente volvió.
Llegó a las siete y media de la tarde, cuando sabía que mis padres no estaban. Llevaba una gabardina larga y cuando se la quitó en el pasillo estaba completamente desnuda debajo. No dijo nada durante un segundo, solo me miró.
—Llévame a tu habitación —dijo.
Ese segundo encuentro fue diferente: había menos incertidumbre de mi parte, menos torpeza. Chiara lo notó. Me besó en la boca esa vez, algo que no había hecho la tarde anterior. Hicimos cosas que no habíamos hecho: la postura del 69, que ella dirigió con instrucciones precisas; posturas nuevas que yo no habría imaginado solo. Se tumbó boca arriba en la cama, yo me puse entre sus piernas y ella me sujetó la cabeza mientras me dejaba su coño sobre la cara, marcando el ritmo con la cadera para obligarme a lamerla a fondo. Luego intercambiamos posiciones y me tomó la boca con la misma voracidad con la que yo la había tocado a ella. Estuvo algo más de cuarenta minutos, entre respiraciones cortadas, saliva, uñas clavándose en la piel y el sonido de la cama golpeando contra la pared.
Cuando se fue, me di cuenta de que en cuarenta y ocho horas había aprendido más sobre el cuerpo humano que en los dieciocho años anteriores juntos.
***
En los días siguientes lo hablé con dos amigos en los que confiaba, Marcos y Javier. Se alegraron mucho, sobre todo porque conocían a Laura de verla por el barrio y siempre habían dicho que tenía pinta de ser una persona muy abierta. Me explicaron algunas cosas que yo no entendía del todo.
Sobre por qué había aguantado tanto tiempo sin correrme: cuando uno se masturba solo, hay una presión y un ritmo que el cuerpo aprende a necesitar. Con otra persona todo eso desaparece. El cuerpo tarda en adaptarse a algo diferente, más suave, más imprevisible.
Sobre las caras que ponían las dos cuando llegaban al orgasmo —esas expresiones que a mí me parecían casi de dolor— me explicaron que hay mujeres que así es como lo expresan. Que el placer muy intenso a veces se parece al dolor en el rostro. Que no quiere decir que algo vaya mal.
No todas las respuestas me convencieron del todo, pero algunas encajaban con lo que había vivido. El resto lo fui entendiendo solo con el tiempo.
Esas semanas salí por primera vez de noche con mis amigos. Me sorprendió la diferencia. Las discotecas, las miradas, la manera en que la gente se buscaba en la oscuridad. Empecé a entender cosas que antes veía sin comprender.
Ese verano también fui a pasar unos días a Ayamonte, a casa de unos primos. Ocurrió algo más allí, con una vecina suya, aunque eso ya es otra historia.
Lo que me dejaron Laura y Chiara no fue solo el recuerdo de esas tardes. Fue también la certeza de que la timidez no es una condición permanente. Que es, sobre todo, una falta de experiencia.
Y que la experiencia, en algún momento, siempre llega.