La cantante que encendió todas mis fantasías
Era domingo por la noche y al día siguiente no tenía que trabajar. Llevaba varios años sin pareja estable, lo que significaba que mi vida sexual se resumía casi completamente en la masturbación. A mis treinta y ocho años, mi libido era tan activa como siempre, y no siempre esperaba al dormitorio para satisfacerla. Pero aquella noche no sentí ganas de perderme en Instagram ni de scrollear sin fin por los mismos contenidos de siempre.
Tenía una carpeta bien organizada en el disco duro: fotos y vídeos archivados por categoría. Algunas clasificadas por color de cabello, rubias, morenas, castañas, pelirrojas. Otras las había etiquetado como "MILFs" o "jovencitas". Tenía también carpetas dedicadas a alguna actriz favorita y otra, más pequeña, con fotos de compañeras de trabajo que jamás habrían imaginado que existía. Era una colección bastante completa, había que admitirlo.
Pero esa noche me dejé arrastrar por la nostalgia.
Pensé en Daniela Reyes. La cantante colombiana que había llenado de canciones mis años de instituto. Quizás no era la más guapa del panorama musical, ni la que mejor bailaba en términos técnicos, pero había algo en ella que me afectaba de un modo que no sabía explicar del todo bien. Solo Daniela conseguía que yo llegara al orgasmo únicamente escuchando su voz.
¿Por qué me excitaba tanto? Nunca lo entendí del todo.
Lo noté por primera vez con "Te dejo en Bogotá". El videoclip era bastante sencillo: imágenes de la ciudad, ella con un vestido verde que no mostraba nada especial, bailando entre extras que parecían incómodos. Pero llegabas al minuto uno con cuarenta y nueve segundos y Daniela soltaba un gemido, apenas esbozado, como si se le escapara sin querer antes de continuar con la melodía. No había nada explícito en esa canción, ni en ese vídeo. Y aun así, la primera vez que lo escuché con auriculares, a solas en mi habitación, sentí que el cuerpo me respondía antes de que yo pudiera procesarlo conscientemente.
Un compañero de trabajo, muy religioso, me dijo una vez que esa canción tenía algo oscuro, que le daba mala espina. En su momento lo tomé por exagerado. Pero el efecto que producía en mí hacía que, a veces, me preguntara si no tendría razón.
Después descubrí que "Te dejo en Bogotá" no era el único tema donde ella gemía. Ponías "Ya te lo dije" y el jadeo era más abierto, más urgente, como si no pudiera contenerse. No era insinuado: era explícito, repetido, construido adrede dentro del estribillo. Por las noches me ponía los auriculares en la cama, apagaba la luz, y me movía rítmicamente hasta que llegaba la parte donde Daniela cantaba "que me voy, que me fui, así es mejor, ah, ah", y yo imaginaba que me lo decía a mí mientras la sujetaba por las caderas desde atrás.
El videoclip de "Ya te lo dije" la mostraba bailando en una azotea al atardecer, con ropa que no era especialmente reveladora, pero con esa manera de moverse que parecía simultáneamente casual e irresistible. Daniela sabía exactamente lo que hacía. Siempre lo supo.
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No se puede hablar de esa etapa sin mencionar "Mi destino", el tema con el que muchos la descubrimos fuera de Colombia. Daniela estaba entonces en su mejor momento: pelo oscuro y rizado cayendo por los hombros, piel brillante, y unos movimientos de cadera que parecían naturales y calculados al mismo tiempo. En el vídeo hacía círculos lentos sobre su pecho mientras cantaba algo sobre ser exactamente como era, sin pedir perdón por ello. La cámara se detenía en su cintura durante unos segundos y luego cortaba a su cara, que tenía esa expresión de alguien que sabe perfectamente el efecto que produce. Todo el mundo se enamoró de ella con ese vídeo.
Era la etapa en que Daniela comenzó a hacerse conocida más allá de su país. Todavía tenía esa energía contenida, esa sensualidad que no necesitaba gritar para hacerse sentir. Con "La herida", su dueto con el cantante español Marco Ibáñez, se volvió más explícita pero conservaba cierta elegancia. Entre los dos había una tensión que funcionaba sin que ninguno tuviera que hacer nada demasiado obvio.
El punto de inflexión llegó con "La fiera".
Con ese videoclip, Daniela dejó de guardar las apariencias. Aparecía bailando dentro de una jaula metálica, con ropa de cuero que dejaba las caderas al descubierto. Se inclinaba hacia la cámara, miraba directamente al objetivo, y el mensaje era tan claro que no admitía interpretación. Perdí la cuenta de las veces que vi ese vídeo durante aquellos meses.
Era pornografía con presupuesto de producción, y funcionaba perfectamente como tal.
Luego vino "Salvaje", donde Daniela se transformó en algo que yo no acababa de reconocer. Las letras se volvieron más directas, más predecibles. "Oye, papi, hazme temblar, arráñame los hombros y no pares de mirar." Funcionaba como declaración de intenciones, supongo, pero la magia había desaparecido. En el vídeo bailaba sobre una tarima con liguero y medias, mirando a la cámara como retando al espectador. Yo lo veía con la sensación incómoda de que me estaban vendiendo algo que ya conocía de memoria.
Fue en esa época cuando empecé a sentir algo parecido al desencanto. Daniela seguía estando buena, objetivamente, pero faltaba el misterio. Las canciones nuevas no tenían ni un solo gemido que me hiciera perder el control. El año del mundial sacó "Campeona", una canción oficial con producción enorme, donde movía las caderas con la misma precisión de siempre pero sin ese algo indescriptible que la hacía especial.
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Fueron también los años en que Daniela apareció constantemente en revistas del corazón junto a un futbolista famoso, luego sola, luego haciendo declaraciones que no encajaban bien con la imagen que yo tenía de ella. Sacó un dueto con la cantante norteamericana Keisha Bell, "Sin control", que me hacía eyacular, aunque honestamente era más por Keisha que por Daniela.
Aquella noche de domingo decidí dejar a un lado todas esas complicaciones. Necesitaba desinhibirme un poco. Daniela Reyes tenía cuarenta y nueve años, once más que yo. Lo que en cierto modo la situaba claramente en territorio MILF. Imaginé lo que sería sujetarla por esas caderas que habían hipnotizado a medio mundo durante dos décadas. Medía poco más de un metro cincuenta, del tipo de mujer a quien puedes rodear con un solo brazo y sentir que cabe entera entre tus manos. Tenía lo mejor de dos mundos: la experiencia de una mujer adulta y esa energía que en ella parecía no desgastarse con los años.
Y además su material existía para siempre, que era la gran ventaja de fantasear con una cantante famosa.
Era distinto a echar de menos a una expareja.
Con una ex, la nostalgia duele porque implica la pérdida real de algo irrecuperable. Con Daniela Reyes, el material estaba siempre accesible, intacto, sin importar cuánto tiempo pasara. Generaciones futuras podrían escuchar "Ya te lo dije" por primera vez en 2090 y sentir exactamente lo mismo que yo sentí a los dieciséis. Imaginé a algún adolescente descubriéndola de casualidad, sin saber quién era, y quedando paralizado por ese jadeo que aparece en el estribillo justo cuando menos te lo esperas. La idea me pareció, por algún motivo, extrañamente conmovedora.
Así que busqué uno de sus vídeos más recientes, "Suelta", donde aparecía en la cubierta de un velero con un bañador blanco. Se movía despacio, mirando al horizonte, perfectamente consciente de la cámara pero fingiendo indiferencia. Había una secuencia en una terraza donde sacudía las caderas con esa precisión que solo se consigue después de años de práctica. El vídeo terminaba con ella entrando al agua desde una roca, de espaldas a la cámara, la espalda al sol.
No gemía ni una sola vez.
La solución se me ocurrió sola: quité el sonido del vídeo nuevo y puse de fondo "Te dejo en Bogotá" desde el ordenador. Así, mientras la voz de la Daniela joven llenaba la habitación, sus gemidos llegaban exactamente en el momento en que la Daniela de cuarenta y nueve años se inclinaba sobre la barandilla del velero y miraba el agua sin decir nada.
Era un experimento privado. Una especie de montaje donde unía dos versiones de la misma mujer: la de entonces y la de ahora, superpuestas en la misma pantalla.
Veinticinco años de carrera resumidos en un solo cuadro.
Cuando llegó el gemido del minuto uno con cuarenta y nueve segundos, Daniela en el vídeo nuevo se estaba pasando la mano por el pelo mojado. No era un movimiento diseñado para excitar, pero la combinación del audio y la imagen hizo que mi cuerpo respondiera antes de que yo pudiera procesarlo. Seguí viendo. Seguí escuchando.
Busqué la parte donde ella entraba al jacuzzi. El agua le llegaba hasta los hombros y miraba directamente a la cámara durante tres segundos antes de que el plano cambiara. Tres segundos era suficiente. Había en esa mirada algo que no tenían los vídeos de sus primeros años: la seguridad de quien ya no necesita demostrar nada, ni a sí misma ni a nadie más.
Cambié al vídeo de "La fiera" sin sonido, dejando que "Mi destino" siguiera sonando de fondo. Daniela dentro de la jaula, inclinándose hacia la cámara, mientras ella misma cantaba con la voz de veinte años atrás que su destino era así y que no lo cambiaría por nada del mundo.
El efecto fue inmediato y total.
Cuando terminé me quedé quieto durante un momento, mirando el techo. Tenía una servilleta de papel en la mesita de noche, de cuando había comido allí más temprano. Me la pasé por el pecho con esa mezcla de satisfacción y cansancio que viene después de algo que llevas tiempo aplazando sin saber exactamente por qué.
Apagué el ordenador.
Antes de dormirme, con la habitación en completo silencio y los ojos cerrados, se me cruzó un pensamiento casi involuntario:
La semana que viene tendría que probar lo mismo con Ximena Soler.