La costurera madura que llevaba diez años sola
Carmen tenía cincuenta y siete años y un techo que se quejaba cada vez que llovía. Su marido Francisco había muerto doce años atrás de un infarto que no le dio tiempo a despedirse, y desde entonces la casa de ladrillo visto al final de la calle Nogales era solo suya: suya la cama grande, suyo el silencio, suya la máquina de coser que traqueteaba como un corazón viejo cada vez que le daba al pedal.
Costurera de toda la vida. Las vecinas le traían pantalones a ruedo, vestidos a arreglar, camisas sin botones. El dinero no sobraba, pero alcanzaba. Lo que no alcanzaba era otra cosa. Los inviernos se le hacían largos, las noches más todavía, y a veces, cuando se quedaba mirando la pared del dormitorio antes de dormirse, pensaba que el deseo era como las flores de temporada: llegaba, florecía y se marchaba. Y que el suyo se había marchado con Francisco.
Hasta que llegó Rodrigo.
***
Lo mandó el señor Palacios, el del almacén de la esquina. Un muchacho de buen oficio, dijo. Que arreglaba techos, cañerías, lo que hiciera falta. Carmen abrió la puerta una mañana de noviembre y se encontró con un joven de veinte años, alto y de hombros anchos, con el pelo oscuro y corto y una sonrisa tranquila que no pedía nada.
—Buenos días, señora. Soy Rodrigo. Me dijeron que tiene problemas con el techo.
—Pase —dijo Carmen, haciéndose a un lado.
Lo llevó al dormitorio del fondo, donde las manchas de humedad habían dibujado mapas en el cielorraso. Rodrigo levantó la vista, asintió, hizo algunas preguntas breves. Era el tipo de persona que escuchaba antes de hablar. Carmen lo notó y le gustó.
Mientras él subía al techo con su escalera y su caja de herramientas, ella se quedó en la cocina preparando café. Por la ventana podía ver la silueta de Rodrigo moviéndose entre las chapas. El sol de noviembre pegaba fuerte y a los veinte minutos el muchacho se quitó la remera. Carmen no lo estaba mirando con intención. O eso se dijo.
Tenía el torso del que trabaja con el cuerpo desde joven: los hombros marcados, la espalda larga, una línea que bajaba por el centro del abdomen hasta desaparecer en el cinturón. Carmen sintió algo que no sentía desde hacía mucho tiempo: un calor en el vientre, impreciso pero real. Lo ignoró. O lo intentó.
Le preparó un vaso de limonada y se lo subió hasta el borde del techo.
—Para el calor —dijo, sin alzar demasiado la vista.
—Gracias, señora Carmen.
Bajó al mediodía con el trabajo a medio terminar y polvo en la cara. Ella lo invitó a quedarse a comer porque el señor Palacios le había dicho que era buen pibe y porque la casa le sonaba a demasiado silencio cuando estaba sola. Comieron milanesas con ensalada en la cocina pequeña. Rodrigo hablaba poco, pero cuando hablaba era directo. Le preguntó por la máquina de coser, por cuánto tiempo llevaba sola, por si le gustaba el barrio.
—¿Por qué me pregunta eso? —dijo Carmen.
—Porque parece que hace mucho que nadie le pregunta nada —respondió él, sin malicia.
Carmen no contestó. Miró el mantel de hule con sus flores bordadas y pensó que tenía razón.
***
Rodrigo volvió al día siguiente a terminar el trabajo. Y al siguiente, con la excusa de revisar una gotera en el pasillo. Para el cuarto día ya no había excusa, pero llamó igual. Llegó cerca de las cinco de la tarde, cuando la luz entraba horizontal por las persianas y la casa olía a tela planchada.
Carmen lo oyó golpear la puerta y sintió que el corazón le daba un pequeño salto. Abrió y lo dejó pasar sin preguntar nada. Él tampoco explicó. Se sentó en la silla de la cocina y ella le puso café delante.
—¿Vino a revisar algo más? —preguntó.
—No —dijo Rodrigo—. Vine a verla a usted.
Carmen lo miró durante un segundo largo. Tenía el doble de su edad. Había noches en que le dolían las rodillas y se quedaba dormida leyendo. Llevaba doce años sin que nadie la tocara. Y este muchacho de veinte años le estaba diciendo, con esa calma suya, que había venido a verla.
Se levantó. Fue hasta la ventana y volvió. Se sentó otra vez.
—Rodrigo…
—No tiene que decir nada, señora Carmen.
Él se acercó y le puso una mano en el hombro. Despacio, como se toca a alguien que hace mucho que no recibe ese peso. Carmen cerró los ojos. Sintió que la mano le bajaba por el brazo, que los dedos rozaban los suyos.
—Dígame que me vaya y me voy —dijo él.
Carmen no dijo nada.
Él la besó en la comisura de la boca, esperando. Ella giró la cabeza y lo besó de verdad. Fue un beso largo, torpe al principio, después más seguro. Él le puso las manos en la cara y ella le agarró la muñeca, no para detenerlo sino para no perder el equilibrio.
Fueron al dormitorio sin apurarse.
***
Rodrigo la desnudó despacio. Carmen tenía el cuerpo que tienen las mujeres que han vivido: las caderas anchas, el vientre suave, los pechos pesados y la piel que el tiempo había marcado a su manera. No intentó cubrirse. Hacía mucho que no le importaba lo que el espejo decía; le importaba lo que sentía. Y lo que sentía en ese momento era que alguien la miraba como si no hubiera nada más que ver en la habitación.
Él le besó el cuello, la clavícula, el pecho. Le pasó la lengua por los pezones y Carmen apretó la sábana con los dedos. Llevaba demasiados años sin que nadie le prestara atención a esa parte de ella.
—No pares —dijo en voz baja.
Rodrigo bajó más. Le besó el vientre, las caderas, el interior del muslo. Carmen soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta. Cuando su boca llegó adonde ella quería que llegara, abrió las piernas y cerró los ojos y pensó que podría quedarse así para siempre. Él se tomó su tiempo, sin apuro, aprendiendo cada reacción de su cuerpo. Carmen se arqueó dos veces antes de pedirle que subiera.
Cuando Rodrigo entró en ella, soltó un sonido que llevaba años guardado en algún lugar del cuerpo. Profundo, casi de alivio. Él se movió despacio al principio, mirándola, buscando lo que la hacía cerrar los ojos y lo que la hacía abrirlos. Ella le dijo lo que quería, sin vergüenza. Llevaba demasiados años callada.
—Más fuerte —dijo—. Así. No pares.
Él obedeció. Carmen hundió las manos en su espalda y lo jaló más adentro. Se corrió con una intensidad que la sorprendió a ella misma, temblando de los hombros hasta los tobillos.
Se quedaron en la cama hasta que el sol desapareció y la habitación quedó en penumbra. Rodrigo le acariciaba el brazo sin decir nada.
—¿Cuánto hace? —preguntó él al final.
—Doce años —dijo ella.
Rodrigo no dijo lo que otra persona habría dicho. Solo apretó un poco el brazo.
***
Desde esa tarde, Rodrigo vino dos o tres veces por semana. A veces llegaba temprano, cuando ella todavía estaba cosiendo, y le ponía las manos en los hombros desde atrás y le besaba el cuello hasta que ella apagaba la máquina. A veces llegaba de noche y se quedaban en la cama hablando tanto como haciendo todo lo demás.
Carmen fue aprendiendo cosas de sí misma que no sabía. Que le gustaba que la tomaran por detrás cuando aún estaba medio vestida, la pollera arremangada en la cintura y el frío del aire en contraste con el calor del cuerpo de él. Que el placer podía venir de sitios que Francisco nunca había explorado, no por falta de amor sino por falta de curiosidad.
Una noche, más atrevida, le pidió a Rodrigo que la tomara de una manera que no había probado con nadie. Él fue despacio, preguntando con cada movimiento, sin apurar. El dolor fue breve y lo que vino después duró mucho más. Carmen, apretando la almohada para no despertar a los vecinos, pensó que llevaba cincuenta y siete años y recién estaba aprendiendo ciertas cosas sobre su propio cuerpo.
Después se rió sola.
—¿Qué? —preguntó Rodrigo.
—Que llegué tarde a algunas cosas —dijo ella—, pero llegué.
Rodrigo la besó en la sien sin decir nada.
***
Una tarde, mientras se vestían, Carmen dijo algo que llevaba semanas pensando:
—¿Tenés amigos de tu edad a los que les gusten las señoras mayores?
Rodrigo se detuvo con la remera a medio poner y la miró.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Porque lo estoy pensando —dijo ella, con una calma que la sorprendió a ella misma—. No te pido que lo hagas. Te pregunto si existe.
Rodrigo terminó de ponerse la remera. Miró la pared un momento.
—Tengo un amigo. Sergio. Es directo, no es de muchas palabras. Pero es buena persona.
—Entonces háblale —dijo Carmen—. Si viene, viene. Si no, no pasa nada.
***
Sergio llegó un sábado a las seis de la tarde, con Rodrigo. Era más bajo pero más fornido, de cara abierta y manos grandes. La miró a los ojos cuando Carmen le abrió la puerta y dijo «buenas tardes» con una educación que ella no esperaba de alguien que venía a lo que venía.
—Rodrigo me habló bien de usted —dijo Sergio.
—Espero que sea verdad —respondió Carmen, y les sirvió café a los dos.
No hubo incomodidad larga. Carmen se había preparado mentalmente para la rareza del momento, pero la rareza duró menos de lo que pensaba. Fueron al dormitorio sin prisa. Ella se sentó en el borde de la cama y los miró a los dos: Rodrigo que ya la conocía, Sergio que todavía no.
—No sé muy bien cómo empieza esto —dijo, honesta.
—Como quiera usted —dijo Sergio.
Carmen sonrió. Empezó ella.
Se arrodilló frente a los dos y los besó por turnos, sin apuro, aprendiendo las diferencias. Sergio olía distinto a Rodrigo, era más impaciente, sus manos más directas. No era mejor ni peor. Era diferente, y esa diferencia tenía su propio atractivo. Lo tomó con la boca y sintió cómo él le ponía una mano en el pelo, sosteniéndola sin apretar.
Los llevó a ambos a la cama. Rodrigo la conocía y sabía cuándo esperar y cuándo avanzar; Sergio aprendió rápido. Hubo momentos en que los tres encontraron un ritmo y la habitación entera parecía latir con él. Hubo un momento en que alguien se rió porque un codo chocó con el hombro del otro y los tres terminaron riéndose al mismo tiempo. Carmen tuvo orgasmos que la dejaron sin palabras y momentos en que pidió que esperaran.
La tomaron por turnos y también juntos, cada uno encontrando su propio ángulo, su propio ritmo. Sergio era brusco donde Rodrigo era paciente; Rodrigo la miraba a los ojos donde Sergio miraba hacia otro lado. Carmen les daba lo que pedían y tomaba lo que quería, sin pedir permiso, sin disculparse.
En un momento de quietud, con los dos a su lado y la luz de la calle entrando por la persiana, Carmen miró el cielorraso del dormitorio —ese cielorraso que ya no tenía goteras gracias a Rodrigo— y pensó que la vida era un animal raro y a veces generoso.
Cuando Sergio se fue, pasada la medianoche, Carmen y Rodrigo quedaron solos. Ella estaba cansada de una manera que se sentía buena.
—¿Estuvo bien? —preguntó Rodrigo.
—Más que bien —dijo ella—. Pero me alegra que se haya ido.
Rodrigo sonrió y no dijo nada. La abrazó por detrás y le pasó un brazo por encima.
***
Sergio volvió algunas veces más en los meses siguientes. Pero la mayoría de las noches eran solo ellos dos, Carmen y Rodrigo, en la casa de ladrillo visto donde antes solo había silencio.
Una noche de marzo, con la lluvia golpeando las chapas nuevas —que no filtraban, cosa que a Carmen le daba una satisfacción práctica que no podía explicar del todo—, Rodrigo le dijo algo:
—¿Le molesta que la gente del barrio hable?
—¿Hablan? —preguntó Carmen.
—La señora del almacén me preguntó si estaba arreglando algo en su casa.
—¿Qué le dijiste?
—Que sí.
Carmen se rió. Fue una risa real, de las que salen del estómago.
—Entonces no mentiste.
Rodrigo también se rió. Después se pusieron serios un momento, de esa seriedad que no incomoda.
—No me molesta —dijo Carmen al final—. Pasé demasiados años preocupándome por lo que decía la gente. Lo que pasa entre estas paredes es mío.
Rodrigo le apretó la mano. Afuera seguía lloviendo. Las chapas no filtraban. La máquina de coser estaba apagada en la habitación de al lado. Carmen pensó que hacía mucho que no se sentía tan completamente presente en su propia vida.
Apagó la luz y se acercó a él.
—Quedate esta noche —dijo.
—Siempre me quedo —respondió Rodrigo.
Y era verdad.