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Relatos Ardientes

Mi primo me preguntó si quería ser su primera

La Nochevieja en casa de los abuelos seguía siempre el mismo guion: demasiada comida, el tío que repetía el mismo chiste desde hace años y las primas pequeñas corriendo entre las sillas hasta que alguien las mandaba a dormir. Yo llevaba veintidós años soportando esa tradición con una mezcla de afecto y resignación. Pero esa noche, cuando el tío Ernesto entró por la puerta con su nueva esposa del brazo y detrás de ellos apareció él, supe que este fin de año iba a ser distinto.

Se llamaba Mateo. Hijastro de la nueva esposa, nos explicó el tío con esa torpeza que tienen los adultos cuando intentan redibujar un árbol genealógico sobre la marcha. Veintitrés años, quizás veinticuatro. Tenía esa clase de cara que no se olvida fácilmente: mandíbula marcada, ojos claros bajo unas cejas gruesas, la nariz levemente torcida como si se la hubieran roto alguna vez y no le hubiera importado demasiado. Olía a cítrico con fondo amaderado, un perfume que se quedaba flotando en el aire unos segundos después de que pasaba.

Nos presentaron con la incomodidad habitual de estas situaciones.

—Mateo —dijo, y al estrecharme la mano, su pulgar rozó el interior de mi muñeca. No fue accidental.

—Valeria —respondí, notando que lo miraba demasiado directamente.

Sonrió. Una sonrisa tranquila, sin prisa, que decía claramente que tenía toda la noche por delante.

Así que ahí estaba: un primo político recién aparecido, guapo como una condena, y yo con un vestido granate que me había comprado pensando que esta fiesta sería un aburrimiento. La vida tiene sentido del humor.

***

La cena transcurrió con el ritmo predecible de estas reuniones. Conversaciones cruzadas, niños corriendo entre las sillas, la abuela repitiendo la misma anécdota de cuando vivían en el norte. Yo bebía agua con gas y trataba de no mirar demasiado hacia el otro extremo de la mesa, donde Mateo escuchaba pacientemente al tío Ernesto hablar de alguna inversión que nadie entendía bien.

Pero lo noté.

Daniela, mi prima, lo estaba mirando de un modo que conocía perfectamente. Era un año menor que yo y tenía la costumbre de querer todo lo que también yo quería. Llevaba un vestido negro muy ceñido y había elegido el asiento más cercano a Mateo con una estrategia que era transparente para cualquiera que la conociera bien.

No decía nada. Solo miraba. Y de vez en cuando sonreía hacia la nada, con esa expresión de quien ya tiene un plan.

Lo que no esperaba era lo que vino después.

Estaba a punto de servirme más ensalada cuando lo vi. Daniela había sacado un pie del zapato. Sin mirar, con una calma que me pareció absolutamente desvergonzada, lo deslizó por debajo de la mesa. Yo lo seguí con la vista, inclinándome apenas, fingiendo que había dejado caer la servilleta.

El pie de Daniela estaba sobre la entrepierna de Mateo. Y no estaba quieto.

Lo movía despacio, con una presión calculada, de arriba abajo. Subía hasta la hebilla del cinturón, bajaba hasta donde comenzaban los muslos, y volvía a empezar. Los dedos buscaban el centro exacto con una precisión que solo podía explicarse si llevaba un buen rato pensando en hacerlo. Mateo seguía hablando con mi tío. Su cara era un muro. Pero yo veía cómo sus nudillos se ponían blancos alrededor del tenedor, cómo la mandíbula se apretaba cada vez que ella presionaba un poco más.

Me quedé inmóvil.

No podía apartar la mirada. Me ardían las mejillas. Por debajo de la mesa, sin pensarlo, apretaba los muslos contra la silla. El calor que sentía era incómodo e intenso, y no tenía nada que ver con la calefacción.

Daniela aumentó el ritmo. Ahora hacía pequeños círculos con la punta del pie, justo en el centro, y cada vez que presionaba, Mateo exhalaba por la nariz de una manera que nadie hubiera notado si no estuviera mirando exactamente eso. Una pequeña mancha oscura comenzó a crecer en la tela clara de su pantalón. Era pequeña. Pero estaba ahí.

Daniela la vio también. Lo miró. Sonrió. Y no paró.

Cuando Mateo se levantó de golpe, murmuró algo sobre el baño y desapareció sin mirar a nadie. Daniela se sirvió agua con la tranquilidad de alguien que acaba de ganar una partida de ajedrez.

Yo me quedé mirando mi plato sin ver nada.

***

Las horas pasaron con esa lentitud particular de los finales de año. Las agujas del reloj marcaron las once, luego las doce menos cuarto. Los brindis fueron aproximándose con su carga de expectativa artificial. Yo seguía bebiendo, hablando con los de costumbre, riendo en los momentos adecuados.

Pero tenía los ojos puestos en Daniela.

Y en un momento dado, sin que nadie lo advirtiera, ella y Mateo desaparecieron. Primero él. Luego ella, con cinco minutos de diferencia. Ninguna tía lo notó. Mi abuela lloraba porque alguien había puesto en el altavoz la canción de siempre. El tío Ernesto repartía copas de champán.

Las campanadas llegaron con su ruido y su emoción breve. Abrazos, besos en mejillas, el ritual de las doce uvas que nadie consigue terminar a tiempo. Yo fui de abrazo en abrazo sin pensar en nada, pero en cuanto pude zafarme me escabullí por el pasillo.

Busqué en la habitación del fondo. Vacía. En el baño del segundo piso. Vacío. En la cocina. Nadie.

Me detuve en el pasillo, pensando. Y entonces recordé la azotea. La casa de mis abuelos tenía una azotea enorme, con los tendederos y unas sillas de plástico que nadie usaba desde hacía años. Allí íbamos a fumar de adolescentes cuando los mayores no miraban.

Subí las escaleras sin hacer ruido, empujando la puerta metálica con cuidado.

Los vi enseguida.

Estaban entre las sábanas colgadas en los tendederos, como si la ropa blanca los hubiera envuelto del mundo. Daniela de espaldas contra él, los dos de pie, los dos con parte de la ropa todavía puesta. Ella gemía en voz muy baja, mordiéndose el puño para no hacer ruido, y él la sujetaba de la cadera con las dos manos, marcando un ritmo lento y profundo que hacía que los tendederos se balancearan levemente.

Me quedé paralizada en el umbral.

No me fui. No podía. Los miraba como si estuviera viendo algo que no debía existir, pero que era, sin ninguna duda, lo más honesto que había pasado en toda esa noche de abrazos fingidos y champán tibio. Apreté los muslos. Sentí el calor entre las piernas volverse urgente, físico, imposible de ignorar.

Y entonces una mano me cubrió la boca por detrás.

No grité. Algo en el contacto me dijo que no hacía falta. Me volví despacio.

Era Rodrigo. El hermano de Daniela. Tenía veinte años y una cara que siempre me había parecido demasiado joven, pero esa noche, con los ojos oscuros fijos en mí y la respiración agitada, parecía otra persona. Señaló hacia el otro lado de la azotea con un gesto de cabeza, lejos de donde estaban Daniela y Mateo.

Lo seguí sin decir nada.

***

Nos colocamos detrás de la caseta del depósito de agua, donde la oscuridad era casi completa. Desde ahí llegaban los sonidos del otro lado, ya más bajos, ya casi amortiguados por la distancia. Rodrigo me miraba. Yo lo miraba. Ninguno de los dos decía nada.

—¿Puedo? —dijo en voz muy baja, con la voz raspada.

No le pregunté qué quería hacer. Era obvio. Y la respuesta también lo era.

—Sí —dije.

Lo que siguió ocurrió con esa naturalidad que tienen las cosas cuando el deseo lleva horas acumulándose sin salida. Rodrigo me tomó de la mano y la guio hacia él. La calidez que encontré me cortó la respiración. Mis dedos lo recorrieron despacio, aprendiendo. Era firme, nervioso, latiendo con urgencia contenida.

—Es tu primera vez —dije. No era una pregunta.

Él asintió, con los ojos fijos en los míos. Las orejas coloradas en la oscuridad.

Algo en esa admisión me desarmó completamente.

—Entonces lo hacemos bien —le dije, y lo besé.

Me besó despacio al principio, como si tuviera miedo de romper algo. Luego con más fuerza, las manos enredadas en mi cabello, aprendiendo la presión correcta sobre la marcha. Me recosté contra la pared fría de cemento y lo dejé explorar, guiándolo cuando lo necesitaba, dejándolo descubrir el resto por su cuenta.

Mis manos lo recorrían, enseñándole dónde ir, qué velocidad encontrar. Él seguía con una atención que me pareció preciosa: concentrado, presente, sin ninguna de las prisas que suelen tener los hombres que pretenden saber más de lo que saben. Cuando le susurré lo que quería que hiciera, lo hizo. Sin dudar.

—Primo —le dije al oído, sintiendo cómo se tensaba al escucharme—. ¿Me quieres estrenar de verdad?

Se le entrecortó la respiración.

—Por favor —respondió, con la voz rota.

Cuando entró, los dos contuvimos el aliento al mismo tiempo.

Despacio. Con cuidado. Observándome la cara en la oscuridad para asegurarse de que estaba bien. Yo asentí sin decir nada y lo atraje más adentro, marcando yo el ritmo al principio, dejándolo que lo tomara cuando estuvo listo.

El ritmo que encontró era torpe al principio, honesto después. Nada calculado, nada performativo. Solo el peso de su cuerpo aprendiendo el mío, sus manos descubriendo dónde apoyarse, su respiración cada vez más entrecortada en mi cuello. Lo guiaba con pequeños movimientos de cadera, con las palmas abiertas en su espalda, y él iba siguiendo con una concentración que me resultó tierna y devastadora a la vez.

Desde el otro lado de la azotea llegaban todavía los últimos sonidos de Daniela y Mateo, ya muy bajos, casi apagados del todo. Pronto solo quedó el nuestro: su respiración, la mía, el roce de la ropa contra la pared de cemento.

—Valeria —dijo, con la voz deshecha.

—Aquí estoy —respondí.

Lo sentí temblar. Lo sentí rendirse sin reservas, sin ninguna de las defensas que los hombres suelen mantener incluso en los momentos en que no deberían. Era su primera vez, y lo era de verdad, y algo en esa entrega completa me llevó al borde también. Terminé con él todavía dentro, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con la espalda arqueada contra esa pared fría mientras abajo la familia brindaba por el año que empezaba.

***

Nos arreglamos la ropa en la oscuridad. Bajamos las escaleras separados, con unos minutos de diferencia para que nadie lo notara. En el pasillo, antes de que el ruido de la fiesta nos devolviera al mundo, Rodrigo me tomó de la muñeca.

—¿Estuvo bien? —preguntó.

Me reí en voz baja.

—Pregunta estúpida.

Se puso rojo hasta las orejas. Le asomó esa sonrisa nueva que no le había visto antes, la de alguien que acaba de cruzar una frontera y todavía no sabe del todo lo que eso significa.

Volví al salón donde las tías todavía bailaban y el tío Ernesto intentaba enseñar a mi abuela a hacer un brindis sin derramar el champán. Busqué a Rodrigo con la mirada desde el otro extremo de la habitación. Él también me buscaba.

Daniela llegó diez minutos después, sola, con el pelo levemente revuelto y una expresión de satisfacción que no le cabía en la cara. Mateo apareció un rato más tarde y fue directo a buscar algo de beber, sin mirar a nadie.

Nadie notó nada. O si lo notaron, lo guardaron en esa categoría de cosas que la familia prefiere no mencionar.

Yo me senté en el sofá con una copa de champán que no llegué a terminar, pensando en la oscuridad de esa azotea, en el peso de un cuerpo que aprendía sobre el mío, en lo que significa ser la primera para alguien en el momento exacto en que el año cambia.

Conduje a casa despacio, con todas las ventanas bajadas aunque hacía frío. Necesitaba el aire. Necesitaba el silencio. Necesitaba recordar, sin que nada lo interrumpiera, cada detalle de lo que había pasado.

Y supe que esa no sería la última vez.

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Comentarios (7)

LunaSur19

que bueno!! me tuvo enganchada hasta el final, no podia parar de leer

Pablillo33

Por favor seguila!! justo cuando se ponia interesante corto jajaja, necesito saber que paso despues

recien_llegado

Me recordo a algo parecido que viví con una prima en casa de mis abuelos... esas situaciones inesperadas que te quedan grabadas. Muy bien contado.

NocturnoLector

La tension que se arma en la azotea esta perfecta. Se siente el momento.

Claudia_Mdz

Increible como describis ese instante de duda, parece tan real. Sigue escribiendo por favor!

ManuelSR

jajaja me imagino la cara que puso cuando escucho la pregunta, tremendo momento

VeronicaLP

La ambientacion con la oscuridad y la azotea esta muy bien lograda. Se nota que sabes escribir, espero mas relatos tuyos

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