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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el novio de mi hija nunca debió pasar

Nunca me sentí orgulloso de lo que pasó. Tampoco me arrepiento del todo. Así son las contradicciones del deseo: no piden permiso, no avisan, simplemente aparecen y te dejan sin saber quién eres cuando pensabas tenerlo muy claro.

Me llamo Marcos. Tengo cuarenta y seis años, aunque me echan diez menos. El deporte ha sido mi religión desde los veinte: pesas por la mañana, bicicleta los fines de semana, sin alcohol entre semana. Moreno, con barba corta, un cuerpo que todavía levanta miradas en la playa. Mi mujer Silvia dice que soy demasiado consciente de eso. Tiene razón, pero ella también me mira así.

Soy, o era, un hombre muy tradicional. No en política, sino en todo lo demás. En la forma de entender la familia, las relaciones, los roles. Tengo dos hijos: Rodrigo, de quince años, y Lucía, de dieciocho. Con Rodrigo todo era fácil. Con Lucía empezaron los conflictos en cuanto cumplió los dieciséis.

No soportaba la idea de que algún chico se le acercara. Lo sé. Es irracional. Pero los padres somos así, o al menos yo lo era. Cada amigo que traía a casa era un sospechoso hasta que demostrara lo contrario. Ninguno lo había demostrado hasta ese momento.

Karim llegó un martes de octubre. Vino a buscarla para ir al cine y mi hija me lo presentó en el pasillo como quien presenta una bomba sabiendo que va a estallar. Rasgos norteafricanos, piel morena, ojos de un verde que no cuadraba con el resto de su cara. Pelo muy negro, corto. El cuello de la camiseta se tensaba sobre unos hombros desproporcionadamente anchos para su edad.

—Buenas tardes, señor Marcos —dijo, tendiéndome la mano.

—Buenas —respondí, sin dársela con ganas.

No le di oportunidad de demostrar nada. Ya había decidido que no me caía bien antes de que abriera la boca.

Los meses siguientes fueron una guerra fría de miradas y monosílabos. Karim era educado hasta el exceso, lo que me irritaba más que si hubiera sido maleducado. Siempre «señor Marcos», siempre preguntando si necesitaba ayuda con algo, siempre con esa sonrisa tranquila que yo interpretaba como arrogancia.

En mayo llegó el cumpleaños de Silvia. Cincuenta años. Decidimos celebrarlo en la casa de campo que tenemos en la sierra, a dos horas de la ciudad. Hay piscina, espacio, y los vecinos están suficientemente lejos como para no molestar. Vinieron parte de la familia de ella, parte de la mía. Karim también vino, claro.

Esa mañana, cuando ya todos estaban en el jardín o en la piscina, Lucía se me acercó.

—Papá, Karim se olvidó el bañador. ¿Tienes alguno para dejarle?

—Miraré.

Subí a la habitación principal, abrí el cajón de la cómoda y empecé a buscar. Solo tenía slips, porque siempre he nadado así. Cogí uno negro con una franja blanca y me senté en el borde de la cama. Unos segundos después sonaron dos golpes en la puerta.

—¿Se puede, señor Marcos?

—Pasa.

Karim entró con el pantalón de chándal puesto y los brazos cruzados sobre el pecho. Le tendí el bañador sin levantarme. No esperaba que se cambiara ahí mismo. Lo hizo sin pensarlo, con la naturalidad de alguien que no tiene ningún problema con su cuerpo. Se bajó el pantalón y los calzoncillos en un solo movimiento y se quedó desnudo delante de mí el tiempo suficiente para que yo viera todo.

Era exactamente como me había imaginado que sería, en los momentos que yo no me permitía imaginar esas cosas.

—¿Está bien, señor Marcos?

—Sí, sí. ¿Te viene bien?

—Perfecto. —Se giró para mostrármelo—. Gracias.

El resto del día lo pasé bebiendo más cerveza de la cuenta y mirando de reojo cómo Karim salía del agua con mi bañador pegado al cuerpo y las gotas de sol cayéndole por la espalda.

***

A la hora de acostarse surgió el problema. Mi cuñado había bebido demasiado y no podía conducir, así que él y su familia se quedaron a dormir. Silvia se fue con Lucía. Rodrigo compartía cuarto con su primo. Eso dejaba una cama libre y a Karim sin sitio.

—Puede dormir contigo —dijo Silvia, con esa lógica suya que no admite debate a las once de la noche.

—No me hace mucha gracia.

—Marcos, es una persona. No un animal.

No hubo debate. Llegamos a la habitación los dos, yo delante, él detrás, en silencio. Me quité los vaqueros y me puse el pantalón del pijama. Karim se quitó la camiseta y se metió en la cama solo con los calzoncillos. Me pareció lo más normal del mundo y al mismo tiempo lo contrario.

—Apago la luz.

—Por mí, bien.

Estuvimos callados varios minutos. La casa estaba en silencio. Afuera, grillos.

—Señor Marcos, ¿puedo preguntarle algo?

—Depende.

—¿Por qué no le caigo bien?

Tardé en responder. Era una pregunta directa y justa, y yo no tenía una respuesta honesta que no me dejara en mal lugar.

—No es contigo, Karim. Sería igual con cualquiera que estuviera con Lucía. Lo entenderás cuando seas padre.

—Pero yo no le he hecho nada malo a usted ni a ella.

—Lo sé.

—Entonces ¿podemos hablar normal? Tutéeme, si quiere.

Algo en su voz me desconcertó. No era súplica. Era simplemente la pregunta de alguien que no entiende por qué la hostilidad cuando no la ha ganado. Me quedé sin argumentos.

—Sí. Puedes tutearme tú también.

Se quedó callado un momento. Luego se acercó y me dio un abrazo torpe, espontáneo, el tipo de gesto que no se calcula. Su calor llegó primero, antes de que yo pudiera decidir cómo reaccionar.

—Gracias —dijo, y volvió a su lado de la cama.

Apagué la luz. Intenté dormir. No pude.

A medianoche me desperté con calor. Karim se había movido mientras dormía y tenía su brazo sobre mi costado, su cuerpo pegado a mi espalda. Sentí su respiración en el cuello. Y sentí otra cosa contra mis glúteos: estaba muy despierto por debajo de la cintura.

Debería apartarme.

No lo hice. Me quedé inmóvil, diciéndome que no quería despertarle, que era lo más sensato. Pero entonces moví ligeramente las caderas, sin pensarlo, y sentí que él respondía en sueños con un suspiro.

Me estaba poniendo duro.

Karim se despertó unos minutos después. Se separó de golpe.

—Joder, perdona —murmuró—. Durmiendo uno no controla.

—No pasa nada.

—Lo que sentías por detrás no era normal. Lo siento en serio.

—Tranquilo. A cualquier tío se le pone dura durmiendo.

—Con la edad dicen que eso cambia.

—No tanto. Yo también lo estoy ahora mismo.

Silencio. El tipo de silencio que pesa.

—¿Ahora mismo? —preguntó.

—Sí.

—Qué situación tan rara —dijo, y se rió en voz muy baja—. Suegro y yerno en la misma cama, los dos empalmados.

—Baja la voz, por favor.

No recuerdo exactamente el momento en que su mano se movió. Solo recuerdo la presión de su palma sobre mi vientre primero, y luego más abajo. Me quedé paralizado. Lo esperaba y al mismo tiempo no. Empezó a masajear despacio, con una seguridad que no dejaba duda de que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—Quita la mano —dije. Pero no la aparté yo.

—¿Quieres que la quite?

No respondí. Él tomó eso como una respuesta.

Puso mi mano sobre él. Estaba duro y caliente y era más de lo que yo había calculado cuando le vi desnudo en la habitación. Empecé a moverme sin que nadie me lo pidiera. Los dos nos quedamos en silencio, respirando más fuerte, moviéndonos despacio para no hacer ruido. Era absurdo y era lo más excitante que me había pasado en años, y no quería parar.

Terminamos los dos en pocos minutos, conteniendo los sonidos, inmóviles después, mirando al techo.

—¿Qué somos ahora? —pregunté.

—Los mismos de antes —dijo—. Solo que un poco más honestos.

***

Durante tres meses no ocurrió nada más. Karim se tomó más confianza conmigo. Yo lo traté mejor, aunque sin entender del todo por qué. Lucía lo notó y por fin dejó de mirarme con esa mezcla de irritación y agotamiento que llevan las hijas cuando sus padres son imposibles.

Lo que pasó después fue un accidente, aunque no del todo.

Un sábado por la tarde, Silvia y Lucía se fueron de compras al centro. Rodrigo estaba en casa de su primo. Karim se había quedado durmiendo la siesta en el cuarto de invitados. Yo estaba en el baño de la planta baja, arreglando un grifo que llevaba semanas goteando.

Cuando estaba a punto de terminar, la tuerca cedió de golpe. El chorro salió disparado y nos empapó a los dos en cuestión de segundos. Karim había aparecido en el umbral justo en ese momento, descamisado y con el pelo revuelto de la siesta, bostezando.

—Ostras —dijo, mirando el desastre.

—Cierra la llave de paso. Está debajo del lavabo.

Lo cerró. El agua paró. Los dos estábamos empapados de arriba abajo.

Me arrodillé para recoger las herramientas y cuando levanté la vista vi que los pantalones de Karim, mojados, se pegaban a su cuerpo de una forma que no dejaba nada a la imaginación. No llevaba nada debajo. Me di cuenta de que me estaba mirando mientras lo miraba yo a él.

—Tengo frío —dijo, sin moverse.

No dijo nada más. Se bajó los pantalones y los dejó en el suelo. Se quedó de pie delante de mí, a menos de un metro, con esa calma que yo seguía sin saber si era inocencia o todo lo contrario.

Alargué la mano. La apoyé sobre él. Empecé a moverme despacio.

—Ven aquí —dijo, en voz baja.

Me puse de rodillas en el suelo del baño y lo tomé en la boca por primera vez en mi vida. No pensé en nada que no fuera hacerlo bien, que es la única forma en que sé hacer las cosas. Saber lo que le gusta a alguien en su propia boca resulta ser una ventaja que no había considerado hasta ese momento.

Karim apoyó la mano en mi cabeza, sin presionar, simplemente apoyada. Sus caderas empezaron a moverse con suavidad. Gemía muy bajo, como si tampoco él quisiera escucharse demasiado. Cuando llegó al límite no se apartó. Se quedó quieto, aferrado al borde del lavabo, y dejó que todo terminara dentro de mi boca.

Lo saboreé. Me lo tragué. No sé por qué lo hice, pero tampoco me pregunté la razón en ese momento.

Luego me puse de pie, me quité la ropa mojada y lo empujé suavemente contra la pared. Él entendió sin que yo tuviera que decir nada. Se arrodilló.

Tardó unos segundos en encontrar el ritmo, pero lo encontró. Y entonces fue imposible no admitir que no era la primera vez que hacía aquello. Sus labios y su lengua trabajaban con una precisión que no se improvisa. Apreté los dientes para no hacer ruido. Tenía una mano en la pared y la otra en su pelo, sin tirar, solo apoyada.

Cuando terminé, tampoco él se apartó.

***

Después lo llevé a la habitación principal. Lo tumbé boca abajo sobre la cama y tomé mi tiempo, sin prisa. Usé saliva, mis dedos, su paciencia. Karim se tensó y luego se fue abriendo, y cuando entré lo hice despacio, controlando cada centímetro para no hacerle daño.

—Así —dijo, con la cara contra la almohada.

Empecé a moverme. Lento al principio, luego más rápido cuando él empezó a pedir más con las caderas. No tengo palabras exactas para describir lo que sentí esos veinte minutos. Solo sé que cuando terminé caí sobre su espalda sin fuerzas, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros.

Karim se giró y me miró.

—Ahora yo —dijo.

No protesté. Supe que no iba a protestar incluso antes de que lo dijera.

Dolió. No voy a mentir sobre eso. Los primeros segundos fueron duros, y me aferré a la almohada y me concentré en respirar. Pero él fue paciente, mucho más paciente de lo que yo había sido con él, y cuando el dolor se convirtió en otra cosa me pregunté en silencio por qué no había hecho esto antes. La pregunta no tenía respuesta lógica, así que la dejé ir.

Cuando terminó, nos quedamos tumbados en la cama, mirando el techo, sin hablar. La luz de la tarde entraba sesgada por la persiana y trazaba rayas sobre el suelo.

—¿Cuánto tiempo llevas con esto? —le pregunté.

—Un tiempo —respondió—. ¿Y tú?

—Hoy.

Se rió en voz baja, sin burla.

—¿Y Lucía? —pregunté, porque tenía que preguntarlo.

—La quiero. De verdad. Esto es distinto.

—¿Cómo de distinto?

—Diferente. No mejor ni peor. Solo diferente.

No le pregunté más. Nos levantamos, cada uno se duchó, y cuando Silvia y Lucía volvieron dos horas después con bolsas de ropa y el relato de todo lo que habían visto y comprado, yo estaba en el sofá viendo el fútbol y Karim estaba en la cocina haciéndose un té.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Lucía, dejando las bolsas en el suelo.

—Todo bien —dije.

Y por primera vez en meses, no mentía del todo.

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Comentarios (7)

Partenon

Dios mio, no me esperaba ese giro. Tuve que releerlo dos veces para creerlo.

NocturnoLector

Lo prohibido tiene su propio sabor, y este relato lo captura muy bien. Sigue escribiendo!!

Nico_SurBA

Tremendo. Me quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche. Hay segunda parte?

VeranoCaliente

El personaje del padre me resulto muy creible, esos que se la pasan negando son siempre los que terminan sorprendiendo jaja

Einar

Intenso de principio a fin. 5 estrellas sin dudarlo

MaterosBA

Me recuerda a algo que escuche de un conocido, nunca se sabe bien que hay detras de la fachada del tipo serio y cerrado. Muy buen relato, se siente autentico.

RositaMdQ

Que tension la del comienzo!! Cuando empezo a describir la casa de campo ya supe que algo iba a pasar pero igual me sorprendio. Excelente

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