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Relatos Ardientes

Aquellos veranos prohibidos que aún recuerdo

Ahora tengo 23 años y puedo contar esto sin el peso que cargué durante mucho tiempo. Fueron los veranos de mis 19, cuando vivía en un barrio tranquilo de las afueras y mi vida giraba en torno a cinco personas: Marcos y Sebastián, mellizos que vivían puerta con puerta en nuestro edificio, su hermana Laura que les llevaba dos años a todos, y mi hermana Valentina, un año menor que yo.

Éramos inseparables desde pequeños. El tipo de pandilla que comparte todo: el recreo, las tardes de verano, los secretos. Y también, cuando llegó el momento, el descubrimiento del sexo.

Marcos tuvo un accidente a finales del otoño anterior. Un salto desde las rocas del puerto, mal calculado, mal ejecutado. Quedó paralizado de cintura para abajo. Tenía 19 años y de repente el mundo que conocía cambió de una manera que ninguno de nosotros supo procesar bien.

Pero él no quiso que cambiara nuestra pandilla. Seguimos yendo a todos lados con él, la silla de ruedas no era un obstáculo sino simplemente parte del grupo. Y esa actitud suya, esa forma de no dejar que la desgracia lo aplastara, hacía que lo quisiéramos más.

***

Fue Laura quien cambió el ritmo de ese verano.

Tenía 21 años y un cuerpo que llevábamos tiempo mirando de reojo sin atrevernos a decir nada. Alta, morena, con una forma de moverse segura, como si supiera exactamente el efecto que producía. Una tarde calurosa de julio estábamos los cinco en su cuarto con el ventilador al máximo, aburridos y sin plan.

Laura se levantó, fue a la puerta y la cerró con pestillo. Se giró y nos miró a los cuatro con una expresión tranquila que imponía más que cualquier grito.

—Si queréis aprender a disfrutar del sexo, hay que empezar por saber besar bien —dijo.

Nadie habló. Marcos esbozó esa sonrisa torcida que le salía cuando algo lo ponía nervioso pero no quería reconocerlo.

—Lo que hagamos aquí se queda aquí. Nada sale de esta habitación. ¿Entendido?

Todos asentimos.

—Valentina, ven. Vamos a mostrarles cómo se hace.

Mi hermana no dudó. Se levantó del suelo donde estaba sentada y se acercó a Laura. Las dos se miraron un momento, y entonces sus bocas se encontraron con una suavidad que no esperaba ver. Empezó despacio, solo los labios, y fue abriéndose poco a poco hasta que sus lenguas empezaron a moverse juntas.

Los tres mirábamos sin respirar. Sentí que algo se me tensaba en el pecho y más abajo también.

Cuando se separaron, Laura nos miró con una expresión tranquila.

—Así se hace. Ahora practicáis entre vosotros. Sin importar el sexo. Todos con todos.

***

Los días siguientes fueron una sucesión de besos robados en rincones, de miradas cargadas en clase, de noches en las que tardaba horas en dormirme. El grupo empezó a tocarse con más confianza, despacio pero sin pausa.

Una tarde me tocó besar a Valentina por primera vez como parte del grupo. Fue raro, al principio. Ella es mi hermana. Pero también era una persona de 18 años que me devolvió el beso sin vacilar, y algo dentro de mí decidió dejar de pensar y simplemente estar ahí.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja cuando nos separamos.

—Sí —dije, y era verdad.

Sebastián y Marcos nos miraban desde el otro lado de la habitación. Los mellizos tenían esa complicidad extraña que tienen los gemelos, capaces de comunicarse con una mirada.

—No sois los únicos en la habitación —dijo Sebastián con una sonrisa.

—Lo sé —respondí.

***

La noche del viernes en que todo cambió, los padres de los mellizos y mi madre habían quedado para cenar fuera y terminar la noche en algún bar. Laura convenció a todos para quedarse a dormir en su casa.

Esperamos los treinta minutos de rigor después de que se cerrara la puerta. Laura fue inflexible con eso.

—Siempre pueden haberse olvidado algo.

Y tenía razón. A los veintidós minutos volvió Elena, la madre de los mellizos, a buscar el bolso de su marido. Si no hubiéramos esperado, nos habrían encontrado ya con las manos en la masa.

Cuando la puerta se cerró por segunda vez, Laura apagó el televisor y nos miró.

—Hoy aprendemos todo —dijo.

Valentina soltó un sonido entre risa y suspiro.

Nos desnudamos en la habitación de Laura. Era la primera vez que nos veíamos así, los cinco juntos, sin ropa. Marcos estaba en su silla, y lejos de cualquier incomodidad, fue el primero en hacer una broma que rompió la tensión.

—Tampoco está tan mal el panorama —dijo.

Reímos todos.

Lo que siguió fue una especie de liturgia que Laura fue dirigiendo con una paciencia asombrosa. Primero los besos, que ya dominábamos. Luego las caricias. Luego algo más.

Me tocó a mí primero. Laura me tumbó en la cama y empezó a recorrerme despacio con la boca, tomándose su tiempo, diciéndome qué hacía y por qué. Era pedagógica en el mejor sentido: explicaba sin quitar el placer.

Cuando llegó más abajo, cerré los ojos y me concentré en no hacer ruido. Tenía las manos aferradas a la colcha y la cabeza completamente vacía.

—Respira —me dijo, y el sonido de su voz fue casi tan intenso como lo que estaba haciendo.

Sebastián estaba junto a mí, viviendo lo mismo. De reojo vi cómo Valentina se inclinaba sobre Marcos con una delicadeza que me sorprendió, tomándoselo con cuidado, prestándole atención como si no hubiera nadie más en la habitación.

Laura alternaba entre Sebastián y yo, sin prisa, dándole a cada uno el tiempo necesario. Había algo en esa generosidad sin apuro que hacía que todo se sintiera diferente a lo que había imaginado que sería.

—Hay más —dijo Laura cuando llevábamos un buen rato—. Levantad las piernas.

Lo hice sin preguntar. Lo que siguió fue una sensación que no esperaba, una corriente que me recorrió de la base de la columna hacia arriba y que me dejó sin palabras durante varios segundos.

—Aquí también hay puntos importantes —explicó, sin dejar de hacer lo que hacía—. Aprended a encontrarlos en vuestras parejas.

Sebastián me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Estás pensando lo mismo que yo?

—No sé qué estás pensando tú —respondí con dificultad.

—Que esto es lo mejor que me ha pasado en la vida.

***

Cuando llegó el turno de ellas, nos tomamos el tiempo de devolver todo lo que habíamos recibido.

Me acerqué a Laura con más calma de la que esperaba tener. La besé despacio, dejando que la boca hiciera su trabajo antes de mover las manos. Sus pechos eran firmes y cálidos, y su piel tenía un olor limpio que me quedó grabado en la memoria para siempre.

—Aquí —me guió, llevando mi mano hacia donde necesitaba.

Seguí sus indicaciones. Cuando encontré el punto exacto, su reacción fue inmediata y sincera, sin artificios. Tensó las piernas y soltó el aire despacio por los labios.

—Sigue ahí —dijo entre dientes—. No te muevas.

No me moví. La observé llegar al orgasmo, concentrado, atento a cada señal que me daba su cuerpo.

Cuando terminó, se quedó unos segundos con los ojos cerrados, respirando. Luego sonrió.

—Bien. Muy bien.

Valentina estaba cerca. Nuestras miradas se encontraron y hubo un momento de silencio entre los dos, una pregunta que ninguno formuló pero que ambos entendimos.

—Ven —dijo ella.

Me acerqué. Lo que siguió fue distinto a lo que había hecho con Laura, no mejor ni peor, simplemente diferente. Más íntimo, quizás, por todo lo que cargaba ese momento entre nosotros dos.

Ella me agarró por el cuello cuando lo que hacía empezó a surtir efecto. Noté cómo su respiración se aceleraba, cómo sus dedos me presionaban más fuerte.

—Rodrigo —susurró, y en esa sola palabra había todo: la sorpresa, el placer, el vértigo de cruzar algo que no podía descruzarse.

Cuando terminó, se limpió los ojos con el dorso de la mano.

—¿Te duele algo? —pregunté.

—No. Es que es mucho. Todo es mucho.

Lo entendí perfectamente.

***

La parte que seguía era la que todos llevábamos semanas pensando sin decirlo en voz alta.

Laura explicó las cosas como siempre: con calma, con detalle, sin dramatismo.

—Cuando estéis listos, me decís.

Nadie tardó mucho.

Mi primera vez fue con Laura. Ella tomó el control desde el principio, indicándome cómo colocarme, cómo moverme, cuándo ir más despacio. No hubo torpeza ni vergüenza. Solo concentración y una sensación que tardé varios minutos en procesar correctamente.

Fue breve. No había forma de que durara mucho la primera vez. Pero fue suficiente para saber que nada volvería a ser igual después de esa noche.

Cuando terminé, Sebastián me dio un golpe suave en el hombro.

—Bienvenido —dijo.

De reojo vi a Marcos con Valentina. Ella estaba encima de él, y se movía con una confianza que me sorprendió. Los observé un momento desde el otro lado de la habitación, sin saber muy bien qué sentir.

Es mi hermana. Pero también es una persona que eligió esto. Y eso es suyo.

Luego fue el turno de Valentina y yo.

Me coloqué sobre ella despacio. Ella me miraba directamente a los ojos, sin apartar la vista.

—Con cuidado —dijo.

—Sí.

Entré despacio. Ella tensó los hombros un momento y luego los relajó, soltando el aire por la nariz.

—¿Estás bien?

—Sigue —respondió—. Por favor.

Lo que vino después no fue solo sexo. Fue algo más difícil de nombrar, algo que tenía que ver con conocerse de una manera que no tiene vuelta atrás. Nos movimos juntos, sin prisa, prestando atención el uno al otro como no lo habíamos hecho nunca antes.

Sentí su respiración contra mi cuello, sus piernas rodeándome, el calor de su piel pegada a la mía. No era solo el cuerpo lo que estaba ahí. Era ella entera, y yo entero, y los dos sabíamos lo que eso significaba.

Cuando terminamos, lloramos los dos un poco. No de tristeza. De algo parecido al asombro, a la comprensión de que algo había cambiado entre nosotros para siempre, y que ninguno de los dos lo lamentaba.

***

Los mellizos y yo dormimos en su habitación esa noche. Las chicas se quedaron en el cuarto de Laura.

Antes de que apagáramos la luz, Marcos habló desde su cama.

—¿Cómo estás?

—No lo sé —dije, y era la respuesta más honesta que podía dar.

—Yo tampoco.

Sebastián ya respiraba dormido. Afuera, la calle estaba en silencio.

—Gracias por no dejarnos fuera —dijo Marcos en voz baja, sin especificar exactamente a qué se refería, pero yo lo entendí de todas las maneras posibles.

—Para eso están los amigos —respondí.

Tardé mucho en dormirme. Escuché cuando los padres volvieron, las voces bajitas en el pasillo, la puerta del cuarto de las chicas que alguien abrió con cuidado.

—Mira qué monadas —oí decir a Elena—. Dormidas juntas como cuando eran pequeñas.

Sonreí en la oscuridad y cerré los ojos.

***

Tengo 23 años y esos recuerdos siguen siendo nítidos. No con culpa, sino con una especie de ternura extraña, como se recuerda algo que fue tuyo en un tiempo que ya pasó y que no puede borrarse.

Valentina y yo somos cercanos todavía. Nunca hablamos de aquella noche directamente, pero no hace falta. Hay cosas que se entienden sin palabras entre personas que han compartido algo así.

Laura se mudó a otra ciudad dos años después. Marcos se fue adaptando a una vida que nunca pidió pero que supo hacer suya. Sebastián sigue siendo de esas personas que te caen bien en cualquier circunstancia.

Fuimos cinco amigos que crecimos juntos, y en algún punto del camino también crecimos de esa otra manera. Sin dramas, sin consecuencias que no pudiéramos sostener. Solo cinco personas jóvenes que eligieron compartir algo que no se olvida.

Siguieron pasando cosas después de aquella primera noche. Muchas cosas. Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (7)

Kaos

increible!!! me atrapo de entrada

NormaLp

Uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Gracias por compartirlo, de verdad.

TorresR81

hay continuacion?? porque el final me dejo con mas preguntas que respuestas jaja espero que si

PatricioK

me recordo a una epoca de mi adolescencia que prefiero no contar jajaja. Muy bueno el relato.

Sofi_net

Que manera de escribir. Se siente tan real y a la vez tan lejano... Espero leer mas.

LectorBA77

se hizo cortoooo :( queremos mas!!

GustiRossi

Lo lei dos veces. La segunda vez incluso mejor. Eso dice todo.

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