Cuando Valeria llegó a mi casa aquella noche
Conocí a Valeria por Instagram a principios de ese año. Era estudiante de pedagogía en otra universidad, pero coincidíamos en varias materias del área educativa. Sus fotos me tenían descolocado desde el primer mensaje: caderas anchas, labios carnosos y esa forma de posar que decía mucho sin decir nada en voz alta. Durante semanas intercambiamos mensajes sobre trabajos, clases y nuestras vidas. Todo empezó inocente, pero los textos se fueron calentando solos, como si ninguno de los dos pudiera evitarlo.
Era el tipo de mujer que te roba la concentración. En cada foto se veía mejor que en la anterior: una selfie en la playa, otra en el gimnasio con esos muslos que quitaban el habla, una más en pijama que parecía calculada para destruirme. Nunca llegamos a vernos en persona durante esos meses. Todo era por pantalla, pero eso no impedía que yo me acostara pensando en ella más de lo que me convenía.
Un martes me pidió ayuda con unas planificaciones para una práctica docente. Le propuse que viniera a casa esa tarde, ya que ambos teníamos otras obligaciones hasta entonces. Aceptó sin pensarlo demasiado.
Esa noche previa no dormí bien. Me quedé mirando sus fotos más tiempo del que debería, imaginando qué pasaría si todo salía como esperaba. Pensé en sus pechos, en cómo se moverían si estuviera encima de mí, y sentí cómo mi cuerpo respondía con una urgencia que no podía ignorar. Me masturbé dos veces antes de conseguir dormirme, con la idea absurda de que así mantendría la cabeza fría al día siguiente.
No fue así.
Al despertar tenía el mismo nivel de tensión que la noche anterior. Fui a la universidad en piloto automático, sin prestar atención a ninguna clase. Solo contaba las horas que faltaban y pensaba en cien formas distintas de hacer que esa visita acabara bien.
***
A las cinco de la tarde llegó su mensaje:
—¿Nos vemos hoy a las ocho?
—Claro. ¿Paso por ti o quedamos en algún punto intermedio?
—Mejor a mitad de camino. Por cierto, ¿ya comiste?
—Todavía no. Quería preguntarte qué quieres pedir para cuando lleguemos.
—Mejor llegamos y pedimos en casa. Más cómodo.
Quedamos en una plaza a mitad de camino entre su casa y la mía. Llegué quince minutos antes y me puse a caminar en círculos para gastar los nervios. Y entonces apareció.
Llevaba unos pantalones oscuros ajustados y una blusa con los botones superiores apenas abrochados, lo suficiente para adivinar el escote sin que pareciera buscado. Caminaba con esa seguridad de quien sabe que la miran y no le importa. Me concentré en sus ojos cuando nos saludamos: tenía una mirada directa, casi retadora, que combinaba perfectamente con su sonrisa.
—¿Llevas mucho esperando? —preguntó.
—No, acabo de llegar —mentí.
—Tienes cara de haber corrido.
—Es que hace calor.
Se rio. Tenía esa risa que te bajaba la guardia de golpe.
De camino a casa me fue contando que había tenido un día agotador: una evaluación complicada, horas de transporte y una discusión sin importancia con una compañera. Le propuse que cuando llegáramos podía darse una ducha para despejarse mientras yo pedía la cena. No puso ninguna objeción.
Entramos a mi habitación. Le di una toalla limpia y señalé el baño. Ella dejó la mochila sobre la silla y me sonrió de una forma que no supe interpretar del todo.
Bajé a esperar el pedido. Cuando llegó la comida, subí con cuidado, sin hacer ruido. Me acosté en la cama y desde allí, por el pequeño espacio entre la puerta y el marco, alcancé a ver su silueta a través del vapor. La vi secarse la espalda, pasar la toalla por los brazos, inclinarse para secar las piernas. Era más que suficiente para que me costara mantener la compostura.
Salió unos minutos después, ya vestida, con el pelo húmedo recogido y cara de haber resucitado.
—Mejor —dijo simplemente.
Cenamos en la cama con los platos sobre una tabla improvisada. Hablamos de la universidad, de los profesores que hacían la vida imposible, de planes para el verano que probablemente no cumpliríamos. En algún momento mencionó que tenía la espalda tensa desde hacía días y que había comprado unos aceites de masaje que todavía no había estrenado.
—¿Los traes? —pregunté.
—Sí, en la mochila. ¿Por qué?
—Porque yo te doy el masaje.
Me miró con una sonrisa entre divertida y escéptica.
—¿Y cuáles son tus condiciones?
—Para la espalda hay que quitarse la parte de arriba. Son las normas del masaje.
—Qué conveniente. ¿Y si me duelen las piernas?
—Eso requiere otra negociación.
Se rio más despacio esta vez.
—Bueno. Solo si te portas bien el resto de la cena.
Me porté bien. Recogí los platos, le ofrecí agua, no dije nada que cruzara ninguna línea durante los siguientes veinte minutos. Cuando terminamos, le pregunté si seguía en pie lo del masaje.
—¿Era en serio? —dijo.
—Completamente.
Se levantó, fue a la mochila y sacó un frasco pequeño de aceite. Me lo tendió.
—Date la vuelta mientras me acomodo.
Me giré hacia la pared. Escuché el roce de la tela, el clic del cierre del sujetador, el pequeño sonido de la ropa al caer. Cuando me dijo que podía volverme, estaba tumbada boca abajo en la cama, completamente descubierta de cintura para arriba, con unas braguitas negras como único detalle. Su espalda era amplia y lisa, con las marcas suaves del sujetador todavía marcadas en la piel.
Me senté a su lado y eché aceite en las manos. Empecé por los hombros, con presión firme pero lenta. Ella exhaló con fuerza, ese sonido involuntario de cuando algo alivia de verdad. Fui bajando por la columna, separando los músculos con los pulgares, tomándome el tiempo necesario para no parecer que tenía prisa en llegar a otro lado.
Llegué a la cintura y me detuve.
—¿Sigo? —pregunté.
—No pares.
Deslicé las manos por encima de las braguitas y trabajé la parte baja de su espalda. Ella no dijo nada, pero noté cómo sus caderas se movieron ligeramente hacia mí. Puse más aceite en las manos y bajé a sus muslos, apretando con suavidad, sintiendo la tensión acumulada en cada músculo. Mis dedos llegaron al borde de la tela y ella no hizo nada por detenerme.
—Quítalas —me dijo en voz baja, sin moverse.
Las bajé despacio. Seguí acariciándola sin prisa, con una calma que no sentía por dentro en absoluto. Mis dedos llegaron al espacio entre sus piernas y encontraron lo que buscaban: estaba húmeda, claramente excitada. Hice círculos lentos con la yema del dedo mientras su respiración se iba haciendo más pesada.
—Ahí —murmuró contra la almohada.
Introduje un dedo, después dos, moviéndolos dentro de ella con una cadencia constante. Alternaba entre la penetración y el clítoris, sin apresurarme. Tenía las manos cerradas sobre la funda de la almohada y los labios apretados como si intentara controlarse. Así estuvimos varios minutos, hasta que sentí que necesitaba más.
—Date la vuelta —le dije.
Se giró. Me miró directamente, con los ojos brillantes y la boca entreabierta. Saqué el antifaz para dormir que guardaba en la mesilla y se lo puse con cuidado.
—No te lo quites hasta que yo te diga.
—Bien —contestó.
Le separé las piernas y empecé por besarle las rodillas. Subí despacio por la cara interna del muslo, sin apurarme, hasta llegar adonde ella quería que llegara. La lamí con calma, dedicándome a cada detalle mientras ella enredaba los dedos en mi pelo y me empujaba levemente hacia ella.
Tenía un sabor cálido y limpio. La escuché gemir por primera vez con el sonido apagado y controlado, como si no terminara de darse el permiso. La seguí con la lengua hasta que sus piernas se tensaron y aflojaron dos veces seguidas, y sus caderas dejaron de moverse.
Me incorporé, me quité la camiseta y me coloqué entre sus piernas. Ella seguía con el antifaz puesto, la boca entreabierta, respirando fuerte.
—Ahora vas a sentir lo que llevo meses pensando —le dije.
—Quiero sentirte. Ven.
La penetré despacio, notando cómo su cuerpo me recibía con una presión cálida y constante. Ella abrió más los muslos y apoyó los talones en mi espalda. Comencé con un ritmo lento y lo fui aumentando cuando noté que lo pedía sin palabras. Tomé sus manos y las sujeté por encima de la cabeza. Le besé el cuello, la clavícula, el borde del pecho. Ella arqueó la espalda y empujó hacia mí.
—Sigue, no pares —dijo en voz baja, con urgencia.
La habitación olía al aceite de masaje mezclado con el calor de los dos. Sentí que no aguantaría mucho más con ese ritmo, así que la di la vuelta. La puse de rodillas sobre la cama y, desde atrás, con las manos en sus caderas, la embestí con más fuerza. Ella apoyó la frente en la almohada y soltó un sonido largo y gutural que me terminó de descontrolar.
—Me voy a correr —le avisé.
—Termina en mi espalda.
Lo hice, con las manos todavía en sus caderas y la frente apoyada en su hombro. Después me derrumbé a su lado. Ninguno de los dos habló durante un buen rato.
Fue ella quien rompió el silencio. Se quitó el antifaz y me miró desde abajo, apoyada en un codo.
—¿Me como yo la tuya?
Me puse boca arriba sin decir nada. Ella se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo con una sonrisa lenta. Empezó a lamerme desde la base hasta la punta, con la lengua plana y una cadencia que no dejaba margen para pensar en otra cosa. Cuando metió la cabeza hasta el fondo y jugó con la lengua sin soltarme, tuve que agarrarme a las sábanas con las dos manos.
Lo que siguió se fue construyendo solo, sin que ninguno pusiera nombre a nada. A las tres de la mañana, Valeria dormía con la cabeza en mi hombro y las planificaciones didácticas seguían sin abrir encima de la silla, exactamente donde las había dejado al entrar.