Tres desconocidos en la litera del tren nocturno
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
Tengo la mejilla pegada al azulejo frío y no recuerdo su cara, solo el ritmo con que entra y sale de mí mientras sus manos me sujetan la cintura.
Era viernes a última hora y la estación bullía de gente; jamás imaginé que pasaría la noche en un coche-cama compartido con un extraño dispuesto a todo.
Tenía diecinueve años, venía de pueblo y jamás había pensado en otro tío. Hasta que aquel ejecutivo se arrimó a mi codo en el vagón lleno y me sonrió.
Subí al vagón a las cuatro en punto sin conocer su rostro, solo con la promesa de que la señora del anuncio me mostraría todo lo que quisiera ver.
Cuando dejó caer la cabeza sobre mi hombro a las dos de la madrugada, supe que esa noche el regreso no sería como los otros. Y su mano ya buscaba la mía.
Llevaba media vida con la misma mujer cuando aquella desconocida del estampado de leopardo se sentó a mi lado y me miró como hacía años nadie me miraba.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Llevaba tres horas buscando culos en el metro y ya regresaba a casa con las manos vacías cuando ella subió en la estación más concurrida y se paró justo delante de mí.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.