El desconocido del subte que no pude sacarme de la cabeza
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.
Me senté entre un hombre mayor y un chico que estaba para comérselo. Entonces el tren frenó en seco, las luces se apagaron y una mano buscó la mía.
Cuando el tren se fue sin mí, creí que la noche estaba perdida. Entonces lo vi al otro lado del andén, inmóvil, mirándome como si me esperara desde siempre.
Me ordenó esperarla en el compartimento, desnuda y con la regla sobre el regazo. Sabía que vendría; lo que no sabía era cuánto tardaría en hacerme sufrir.
Sé que debería sentir vergüenza, pero a esa hora, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo de fingir que el roce es un accidente.
Llevaba treinta años cerrando proyectos para la empresa. En mi viaje de despedida no imaginé que quien viajaba a mi lado iba a despedirme de otra forma.
Se metió en la cama desnuda, salvo por el tanga, y me susurró al oído: no te gires, no digas nada, solo escúchame. Entonces empezó a contarme lo de esa noche.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Bajé decidida a echarle en cara su engaño. Terminé sobre sus rodillas, con la bata levantada y el cuerpo ardiendo por algo que nunca debí sentir.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
En el juego del «yo nunca» confesé mi lista secreta: los lugares donde me arrodillé sin que nadie lo supiera. Hoy te cuento tres de ellos, sin censura.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me puse la falda más corta para que las colegas de mi marido me envidiaran. Nunca imaginé que el tren me llevaría a otro sitio.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Tengo cara de viciosa y todos lo notan. En el último vagón, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo que mis manos hagan lo que mi cabeza ya decidió.
Salí del trabajo sin ropa interior y con la blusa entreabierta. Solo quería sentir el aire entre las piernas. No imaginaba a quién encontraría en el vagón.
Íbamos apretados como sardinas. Su mano bajó por mi cadera y yo, en lugar de apartarla, separé un poco las piernas y dejé que siguiera.
Hacía seis años que nadie la tocaba con deseo. Esa noche, de pie en el pasillo del tren, sintió una mano que no debía detener y eligió no hacerlo.
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.