Lo que vio la pelirroja en el reflejo
Teníamos veintidós años, los dos, y entre ambos cargábamos con más rupturas, deudas y noches en blanco de las que cualquier persona razonable habría acumulado a esa edad. Nos habíamos conocido por casualidad en una fila de espera, y en pocas semanas ya estábamos firmando un pacto silencioso contra el mundo. El mundo nos derrotaría más adelante, claro, pero esa parte de la historia no importa hoy.
Lo que importa es que éramos jóvenes, que estábamos enamorados y que no teníamos un euro. Para nosotros, juntar el dinero del billete y subirnos al regional que bordeaba la costa hasta Las Palmeras era una hazaña digna de celebración. Tú llevabas aquel vestido de punto granate, el que se te ceñía al cuerpo y dibujaba cada curva como si lo hubieran cosido encima de tu piel. Tenías los ojos verdes, una sonrisa que iluminaba el andén entero y un cuerpo que provocaba miradas furtivas por todas partes. Yo, por entonces más delgado y sin un solo tatuaje, también recibía algún vistazo, pero a mí solo me importaba uno: el tuyo.
El vagón estaba casi vacío. Dos filas más atrás dormitaba un matrimonio mayor, alternando ronquidos suaves y cabeceos. Un chico con auriculares marcaba el ritmo de su música con la barbilla, los ojos cerrados. Una mujer de unos cuarenta y cinco años hojeaba sin demasiado interés una revista del corazón. Y, justo delante de nosotros, una chica de unos veintiocho leía un volumen grueso, de esos con dragones en la portada y espadas en el título.
El regional paraba en cada apeadero perdido, así que el viaje iba a ser largo. Me apoyé contra ti, acomodé la mejilla sobre tu pecho derecho y dejé que el ronroneo del tren me arrastrara a un sueño profundo. Sentí tu corazón a través del vestido, lento y constante, y me dormí.
Soñé que hacíamos el amor en la arena, a plena luz del día, rodeados de bañistas que nos miraban con la boca abierta. Tú estabas a cuatro patas, las nalgas brillantes de sudor balanceándose adelante y atrás mientras yo te embestía sin reparar en nada más. La gente alrededor empezaba a desnudarse, a tocarse, a frotarse unos contra otros, y aquello solo nos encendía más. Tu sexo chorreaba sobre la arena, mi voz se confundía con la tuya, y entonces…
Me desperté de golpe, con un latigazo en el pecho. Me incorporé tan deprisa que casi me golpeo la cabeza contra el respaldo.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntaste en voz baja.
—Estaba… estaba soñando.
—¿Conmigo?
—Sí, contigo.
—Pues debía de ser un buen sueño —dijiste, mordiéndote el labio—. Mira.
Seguí tu mirada hasta mi entrepierna. El bulto del pantalón hablaba por mí. Sonreí avergonzado y te susurré al oído lo que había soñado, todo, sin saltarme un solo detalle.
—Madre mía… qué cabeza tienes.
—Bueno…
—¿Y te has despertado antes de la mejor parte?
—Pues sí.
—Eso tiene arreglo ahora mismo.
Sin más preámbulo, me echaste mano al paquete y empezaste a frotarme por encima de la tela. Apreté los dientes y miré a ambos lados con disimulo. Los abuelos seguían roncando como troncos. El chaval, perdido en su música. La cuarentona me quedaba en un ángulo que asumí ciego. La chica de delante, la del libro, no había levantado la cabeza ni una vez.
Suspiré. Tu mano se coló por encima del botón, lo desabrochó con una habilidad casi profesional y me sacó la polla del calzoncillo. La tenía tan dura que latía al ritmo de mi propio pulso.
—¿Qué haces? —dije apenas en un hilo.
—Nada. Tú tranquilo.
—Que nos van a ver.
—No nos van a ver. Y no hagas ruido, no vayan a oírte.
Te lamiste la palma de la mano y empezaste a deslizarla por mi miembro de arriba abajo. Lento al principio, presionando con la yema del pulgar la cabeza cada vez que llegabas a la punta. Yo ya goteaba presemen. Mi prepucio se deslizaba sobre el glande húmedo con un sonido leve, viscoso, que a mí me parecía un escándalo en el silencio del vagón.
Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, tú me sonreías con una cara de vicio que no había visto nunca. Intenté tocarte los pechos por encima del vestido, palparlos un poco, pero te escabulliste con un gesto travieso. Tu mano no se detenía.
—Si no te preocupa que nos pillen, disimula —susurraste, y me pasaste la lengua por el lóbulo de la oreja.
Me aferré a los reposabrazos. Cualquier movimiento brusco habría sido un escándalo. Decidí mirar por la ventanilla para mantener un mínimo de cordura. El paisaje se sucedía en marrones y verdes, pinares dispersos, casas blancas con tejados rojos, algún tendedero solitario en mitad de la nada.
Tú no parabas. Lo bastante despacio para no hacerme correr, lo bastante constante para que no se me bajara. Una tortura medida con precisión de relojero.
Fue entonces cuando me fijé en ella.
La chica de delante había dejado el libro abierto boca abajo en su regazo. Pelirroja, con pecas en el puente de la nariz y en los pómulos, llevaba una camiseta blanca y unos vaqueros viejos. Demasiado delgada para mi gusto, en condiciones normales, pero esas no eran condiciones normales. Lo que me llamó la atención no fue ella, sino su postura. Miraba la ventanilla como si en el cristal se estuviera abriendo el cielo.
Lo que me faltaba —pensé—, ahora encima me distraigo con una desconocida.
Tu mano seguía. Mi prepucio seguía. El ruidito viscoso seguía. Contuve un jadeo mordiéndome la lengua. Volví a mirar a la pelirroja por la rendija entre los asientos y, esta vez, presté atención al ángulo exacto de su mirada. No estaba mirando el paisaje. Estaba mirando el reflejo del cristal.
Y en el reflejo del cristal, con una nitidez aterradora, se veía tu mano subiendo y bajando por mi rabo tieso.
Te agarré la muñeca con suavidad y te frené. Antes de que protestaras, te pegué la boca al oído.
—La de delante… nos está mirando.
—¿Cómo que nos está mirando?
—Por el cristal. Está mirando el reflejo.
Giraste la cabeza hacia la ventanilla con disimulo, despacio, y comprobaste lo que yo había comprobado. La pelirroja, en el reflejo, te devolvió la mirada al instante. Ninguno de los tres se movió durante varios segundos. Mi polla, abandonada entre tus dedos quietos, latía como un animal apresado. El vagón olía a calor, a tapicería vieja y a algo más, algo nuevo, algo que reconocí sin necesidad de pensar.
Te giraste hacia mí con una sonrisa que jamás te había visto.
—Conque esas tenemos —susurraste.
Y, sin avisar, te inclinaste sobre mi regazo y te metiste mi polla en la boca de una sola vez. Sentir la calidez húmeda de tu lengua y el roce de tus labios contra la base me arrancó un gruñido sordo que no pude contener del todo. Apreté la mandíbula hasta que me dolió. Levanté un instante la cabeza y, en el reflejo del cristal, vi a la pelirroja con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos.
—Estate quieta —murmuré, sin demasiada convicción.
No me hiciste caso. Empezaste a deslizar la boca arriba y abajo, despacio, dejando que tu saliva resbalara por los costados de mi miembro. De vez en cuando parabas a tomar aire y aprovechabas para lamerme entera, desde la base hasta la punta, con una calma estudiada que era obscena precisamente por su precisión.
En el reflejo, la pelirroja ya no fingía leer. Tenía el botón del vaquero desabrochado y la mano derecha hundida en la abertura. La tela de unas bragas oscuras se agitaba al ritmo de sus dedos. Ladeé un poco la cabeza para mirar por la rendija sin que se notara. Se tocaba en círculos lentos, sin apartar los ojos del cristal, mordiéndose el labio inferior con una intensidad que casi parecía rabia. Un ronroneo bajo, apenas audible, se le escapaba entre los dientes.
Esta tía se está corriendo —pensé—, o está a punto.
Tus ojos no se apartaban del reflejo. Ella miraba cómo me la mamabas, tú mirabas cómo se tocaba ella, yo iba en medio intentando no derrumbarme. El abuelo de atrás carraspeó, se removió en el asiento y volvió a quedarse quieto. A esas alturas, me daba absolutamente igual.
Tú me la chupabas con una entrega que rozaba la furia. La pelirroja se frotaba con un frenesí que ya no controlaba. Por un momento pensé que estaban compitiendo, o tal vez que se estaban poniendo cachondas la una a la otra, no sabría decir qué fue exactamente. Lo único claro era que ninguna de las dos pensaba parar.
Resoplé. En el cristal, la pelirroja se pegó más a la ventanilla, aprovechó el movimiento para sacar la mano de las bragas y se chupó dos dedos con los ojos en blanco.
Sabe que la estoy mirando, la muy cabrona.
Como si me hubiera leído la mente, lanzó un beso al cristal y volvió a meter la mano. Tú ya no disimulabas el ruido. Babas, alguna arcada suave, el roce de tu lengua contra el frenillo, todo se mezclaba en un escándalo íntimo que solo podía pasar desapercibido para dos viejos sordos y un chaval con la música a tope. Sentí tus pechos apretados contra mi muslo, tu lengua trabajando entera, tu garganta cerrándose alrededor de la punta.
En el reflejo, el rostro de la pelirroja se contrajo. Cerró los ojos con fuerza, abrió la boca en una mueca silenciosa y se sacudió contra el asiento. Un escalofrío visible le recorrió los hombros y se le quedó la barbilla pegada al pecho, jadeando muy quedo.
Yo no podía más. Te recogí el pelo en un moño improvisado entre los dedos y conseguí avisarte entre dientes.
—Ya… ya…
No te apartaste. Me corrí en tu boca con una violencia que casi me corta el aire. El gemido que se me escapó lo enmascaró el chirrido de las ruedas al entrar en una curva, y juro que en ese instante el tren me pareció la cosa más bella del mundo. Se me saltaron las lágrimas de la impresión. Tú no soltaste, aguantaste hasta el último espasmo, te tragaste todo y me besaste la punta antes de retirarte.
Después me hundí en un sueño limpio, sin imágenes, sin sobresaltos. Negrura suave.
***
Me despertaste al llegar.
—Ya hemos parado.
Miré hacia abajo, alarmado, pero ya me habías guardado la polla en el pantalón. No había mancha, no había rastro. Te lo habías tragado todo. Te besé en los labios y te dije que te quería, o alguna cursilada parecida que ahora no recuerdo bien.
La pelirroja se levantó al mismo tiempo que nosotros. Al hacerlo, comprobamos los dos que el vaquero seguía desabrochado. Ella se dio cuenta al instante, se sonrojó hasta las orejas, se lo abotonó con dedos torpes y salió del vagón sin mirar atrás, casi corriendo.
—Yo me como lo que otras desean —dijiste, con una sonrisa que era a la vez ternura y advertencia.
Estabas radiante. Te brillaban los ojos como si llevaras dentro la luz del andén. Cuando nos disponíamos a salir, apareció por el pasillo la mujer de la revista. Sonreía de medio lado, con un gesto entre divertido y cómplice. Al pasar a mi altura, me dio una palmada en el hombro y se inclinó para hablarme bajito, casi al oído.
—Vaya viajecito bueno, ¿eh?
—Eh… sí, sí, ha estado bien.
—Mejor que bien, chaval. Vaya mamada te han hecho.
—Pero… ¿nos ha visto?
—Claro que os he visto. Casi me pongo a la cola yo también.
Quería desaparecer. Tú te tapaste la boca con una mano para no soltar la carcajada.
—Señora, yo… es que…
—Tranquilo, hombre. Ha estado precioso. Me he hecho un dedo mirando que me he quedado nueva. Bendita juventud.
Sonreía. Tú le sonreías a ella. Yo me puse rojo hasta las cejas. Las dos os echasteis a reír, como si compartierais una broma privada de la que yo solo era el blanco. Y, de algún modo, lo era.
Desde aquel día no he podido subirme a un tren sin notar un tirón en el pantalón. No exagero. Cualquier ventanilla con un reflejo lo bastante nítido y se me dispara la memoria, ya empiezo a cruzar las piernas y a pensar en bragas oscuras agitándose bajo la tela de un vaquero viejo.
Tampoco he entendido nunca a las mujeres. Pero hace mucho que dejé de intentarlo.