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Relatos Ardientes

Lo que hizo aquella mujer frente a todo el vagón

Eran las seis y veinte cuando bajé las escaleras de la estación Catedral. Salía del trabajo con esa sensación rara, cansancio que no es físico sino mental, y lo único que quería era llegar a casa, soltar las bolsas y tirarme en el sillón sin pensar en nada. Llevaba tres vinilos comprados en una disquería cerca del trabajo durante la hora del almuerzo, una mochila pesada con la notebook y la billetera, y un humor de mierda.

El subte estaba lleno, como siempre a esa hora. La línea D se movía hacia el norte con su ritmo de hormiguero apurado: gente que empujaba sin querer, otra que empujaba sin importarle, y los más espabilados que se acomodaban contra las puertas para bajar primero en la próxima estación. Me dejé llevar por la corriente y, casi sin elegirlo, terminé contra una de las paredes del vagón, en uno de esos asientos individuales pegados a la puerta. Me dejé caer con las bolsas sobre las piernas y la mochila entre los pies. La formación arrancó con un sacudón.

—Tribunales —anunció la voz metálica del altavoz.

Las puertas se abrieron y el cuerpo de pasajeros se redistribuyó como un líquido. Unos bajaron, otros subieron, y el vagón terminó más cargado todavía. Entre los que entraron había una mujer que apareció empujada por la marea, casi pidiendo perdón sin palabras. La vi quedarse en el medio, sin asiento, sosteniéndose como podía de un caño que apenas alcanzaba con la punta de los dedos. Pelo castaño hasta los hombros, recogido a medias con una hebilla que parecía a punto de soltarse. Un saco color teja sobre un vestido largo, oscuro, que le tapaba todo menos las muñecas y el cuello. Edad imprecisa, de esas que se sostienen sin esfuerzo.

Levanté la mano para hacerle una seña.

—Sentate —le dije.

Me miró sorprendida, como si no esperara que nadie le ofreciera nada en ese horario. Tardó dos segundos en decidirse, hasta que sonrió de costado y se abrió paso entre los cuerpos. Me levanté con las bolsas, ella se acomodó, y antes de que yo terminara de soltarme del asiento ya estaba ajustándose el vestido contra los muslos y peinándose el flequillo con la palma de la mano.

—Gracias. En serio, gracias —dijo.

—Tranquila. Yo bajo en Congreso —mentí. Faltaban como ocho estaciones para mi parada, pero no quería que se sintiera incómoda por haberle robado el asiento a un tipo que iba a estar parado media hora.

Acomodé la mochila contra el panel del vagón, dejé las bolsas a un costado y me quedé parado frente a ella. La distancia entre nosotros era de unos veinte centímetros. La gente terminó de acomodarse y, por la disposición del vagón, los que estaban detrás de mí me dieron la espalda. Quedamos en una especie de burbuja, ella sentada y yo de pie, separados por el aire justo para no rozarnos.

Cruzamos miradas. Sonreímos. Nada raro: dos extraños siendo amables porque sí.

—Callao —anunció el altavoz.

Más gente entró. La presión a mi espalda me empujó medio paso hacia adelante, y mis rodillas chocaron con las suyas. Las mías quedaron por dentro, las suyas por fuera. Ella no las cerró. Yo no las moví. La sonrisa que se nos había quedado a los dos cambió de tono. Era la primera vez que algo en ese vagón parecía decirme: esto no es por casualidad.

—Perdón —dije, en automático.

—Está bien —contestó.

Pero no movió las piernas.

El subte arrancó otra vez. Apoyé una mano contra la pared del vagón, encima de su hombro, para sostenerme y no caer encima de ella. Mi torso quedó casi suspendido sobre el suyo. Le veía el nacimiento del pelo, las pestañas largas, el aliento que le subía y le bajaba bajo el escote cerrado del vestido. Olía a un perfume seco, a sándalo o algo así, mezclado con el aroma de los cuerpos amontonados.

—Pueyrredón —dijo la voz mecánica.

Y ahí pasó.

Sentí un roce muy leve en la cadera. Tan leve que pensé que era el saco de alguien. Después sentí que el roce subía hasta la ingle, y dejé de pensar que era una casualidad. Bajé los ojos sin mover la cabeza, despacio, hasta encontrarme con los suyos. Los tenía clavados en los míos. No me dijo nada. Sonrió apenas, con los labios cerrados, y la mano que tenía libre subió hasta posarse sobre la tela de mi pantalón, a la altura del bolsillo.

Me quedé quieto.

No por inocencia, ni por incomodidad. Me quedé quieto porque no quería que el gesto se rompiera, y porque me daba miedo que cualquier movimiento mío la hiciera retirar la mano. La gente alrededor seguía con lo suyo: dos jóvenes con auriculares, una mujer leyendo en el celular, un señor agarrado al caño con los ojos cerrados. Nadie miraba. O nadie quería mirar.

Su mano se desplazó un poco hacia adentro. Apenas un centímetro. Después otro. Sentí cómo los dedos buscaban un contorno bajo la tela, encontraban una forma, la recorrían sin apuro. Y mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza terminara de procesar lo que estaba pasando. La erección llegó rápido, descarada, evidente. La tela del pantalón se le marcó debajo de los dedos como un trazo grueso. Ella siguió moviendo la mano con una calma que parecía profesional.

***

—Agüero.

El vagón se vació un poco. Suficiente para que la gente dejara de empujarme contra ella, pero no tanto como para que mi posición cambiara. Seguía parado, una mano contra la pared, la otra alrededor del tirante de la mochila. Ella seguía sentada, una pierna sobre la otra, y la mano izquierda haciendo lo que hacía.

Levanté la vista un segundo. En el asiento de enfrente, separado por el pasillo central, una chica con uniforme blanco de enfermera tenía los ojos puestos en el vacío. O eso parecía. Cuando volví a mirarla, dos segundos después, sus ojos no estaban en el vacío: estaban exactamente entre las piernas de la mujer y mi cintura. No los apartó cuando se dio cuenta de que la había descubierto. Solo se mordió el labio inferior, despacio, y siguió mirando.

Sentí que se me cortaba la respiración por dos motivos distintos. Uno, la mano de la desconocida que ahora me apretaba el bulto con más fuerza, como midiéndome. Dos, la enfermera. La sensación de estar siendo observado se me coló por la columna y, en lugar de detenerme, me puso peor. Más duro, más necesitado, más entregado.

La desconocida también la había visto. Lo supe porque, sin soltarme, giró la cabeza un cuarto y le devolvió una sonrisa muy corta a la enfermera. Una especie de acuerdo silencioso entre las dos: yo sigo, vos mirá. La enfermera bajó la vista al piso un instante, después volvió a subirla. Ahora miraba sin reservas.

—Bulnes —dijo el altavoz.

Bajó otro grupo de pasajeros. Quedamos pocos en esa parte del vagón: la enfermera, dos hombres con los ojos cerrados un poco más allá, una mujer parada de espaldas a mí que sostenía un carrito de compras. Esa mujer, la de espaldas, tampoco era inocente. Le sentí la atención por la forma en que ladeaba la cabeza, como si escuchara más que mirar. En algún momento giró apenas y, sin disimular, repasó con la vista la mano de la desconocida sobre mi pantalón. Después volvió a darme la espalda, pero no se movió de donde estaba. Se quedó ahí, oyendo. Esperando.

La mano de la desconocida bajó hasta el cierre. Lo encontró sin mirar, con el tacto solo. Lo subió y lo bajó dos veces, como dudando, y a la tercera lo dejó abajo. Sus dedos se metieron por la abertura. Sentí el frío del aire del subte contra una franja de piel que no debería estar al aire. Después sentí los dedos, calientes, buscando.

—Cuidado —murmuré, más por el cierre que por otra cosa.

—Tranquilo —respondió ella, en voz baja, sin dejar de mirarme.

Con una habilidad que no me esperaba, encontró el camino. Su mano se cerró alrededor de la base. La mía, contra la pared, se tensó hasta clavarse las uñas en la palma. Sentí el primer movimiento, lento, casi tímido. El segundo, más decidido. El tercero ya era una caricia hecha y derecha, con el pulgar marcando la punta.

***

—Scalabrini Ortiz.

El vagón estaba casi vacío. Los pocos que quedábamos formábamos una escena que me parecía imposible: yo de pie, con el pantalón abierto y una mano ajena trabajándome con paciencia; ella sentada, con la mirada partida entre mis ojos y lo que hacía con su mano; la enfermera de enfrente, ya sin disimular, con las piernas también cruzadas y una mano apoyada sobre el muslo de un modo que no era casual; la mujer del carrito, todavía de espaldas, pero con la cabeza girada lo justo como para no perderse nada.

La desconocida cambió de postura. Se inclinó un poco hacia adelante. La mano libre, la que no me sostenía, se metió bajo la solapa de su propio saco, sobre el escote del vestido, y comenzó a apretarse el pecho por encima de la tela. Lo hizo con la misma lentitud con la que me movía la mano. Como si fuera un ritmo único, una sola coreografía.

Sentí que se me venía. Lo sentí en la base de la columna, en los muslos, en la respiración que se me cortó. Aflojé la mano contra la pared y, sin pensar, le toqué el pelo. Apenas. Le pasé los dedos por el costado de la cabeza, una vez. Ella entendió. Apretó un poco más, y después aflojó, y después apretó otra vez, jugando con que me viniera o no me viniera. Cada vez que aflojaba, yo respiraba. Cada vez que apretaba, dejaba de respirar.

—Plaza Italia.

El altavoz me parecía cada vez más lejos. La mujer del carrito bajó, finalmente. La enfermera siguió en su lugar. Subieron tres o cuatro personas que se quedaron en el otro extremo del vagón, sin pasar al nuestro. Por algún milagro, nadie se acercó.

***

—Palermo.

Fue ahí, entre Plaza Italia y Palermo, cuando la desconocida hizo algo que terminó de romperme. Sin avisar, se inclinó hacia adelante todavía más, hasta que la cabeza le quedó casi a la altura de mi cadera. La mochila que yo tenía colgada del hombro me servía de cortina parcial. Cualquiera que mirara de lejos no podía ver más que dos cuerpos juntos. La enfermera, que sí veía, no movió un músculo. Solo cerró las piernas y las volvió a abrir, y siguió ahí.

Sentí el calor antes que la boca. Un aliento corto, tibio, que me erizó toda la piel del bajo vientre. Después la lengua. Una sola lamida, lenta, recorriendo desde la base hasta la punta. Después los labios cerrándose. Y todo lo demás.

No fue una mamada larga. No podía serlo, ahí. Fueron quince, veinte segundos como mucho, pero fueron suficientes. Yo ya venía cargado desde Pueyrredón, contenido a fuerza de cada una de sus pausas. Le clavé los dedos en el pelo sin querer y traté de avisarle con un sonido cortado en la garganta, pero ella no se retiró. Al contrario. Apretó más. Y me vine ahí, parado, en el vagón de la línea D, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos clavados en el plafón del techo.

Sentí cómo se me iba el cuerpo en oleadas. Cómo el primer chorro le llegó a los labios y otro al mentón y otro al cuello del vestido oscuro, que absorbió la mancha sin chistar. Cómo ella, sin alarma, terminó con la lengua lo que la primera tanda había dejado afuera. Cómo se enderezó después, se pasó el dorso de la mano por la boca, y me miró desde abajo con una sonrisa que no era de provocación: era de gratitud.

—Juramento —anunció el altavoz, como si nada.

***

—Congreso de Tucumán, fin del recorrido. Por favor, todos los pasajeros desciendan del tren.

El subte se detuvo. Yo seguía agarrado al pasamanos como si me fuera la vida en eso. La desconocida me había acomodado el pantalón con la misma habilidad con la que me lo había abierto, y se estaba parando con la calma de alguien que termina de leer una novela en su silla preferida. La enfermera, ya de pie, pasó al lado nuestro sin mirarnos, pero más despacio de lo necesario. Su brazo me rozó. No fue casualidad. Bajó sin decir una palabra.

La mujer se acomodó el saco. Se enderezó el flequillo. Se pasó la palma por el vestido para ver si quedaba alguna huella. La mancha del cuello había bajado de tono pero seguía ahí, oscura sobre oscuro. Decidió que era invisible.

—Fue muy rico —me dijo, en voz baja, todavía en el vagón.

No me salió la voz.

Se acercó, me dio un beso en la mejilla, sin apuro. Sentí el rastro de mi propio olor en su piel, mezclado con el perfume seco. Después me apoyó la mano en el pecho, suave, como agradeciéndome el asiento.

—No me sigas, ¿eh? Me espera mi hijo en la salida.

Tardé en procesar la palabra. Cuando la procesé, ya estaba caminando hacia las puertas del vagón con el paso firme de quien tiene a alguien esperándola. Bajó al andén sin mirar atrás. Yo me quedé adentro un segundo más, agarrado al caño, juntando los pedazos. Después salí.

***

La vi en la escalera. Estaba parada en el segundo escalón, dándome la espalda, esperando a alguien que venía subiendo. El alguien era un muchacho de unos veinte años, mochila al hombro, auriculares colgando del cuello. Le sonrió a ella, le dio un beso, le pasó un brazo por el hombro. Ella le dijo algo en voz baja y se rieron juntos. Pasaron a mi lado sin verme. Yo tenía los vinilos en una mano y la mochila en la otra y la mirada clavada en su nuca.

Justo antes de perderse en el pasillo, ella giró la cabeza apenas. Lo justo como para que nuestros ojos se cruzaran un instante. No me sonrió esta vez. Solo me sostuvo la mirada el tiempo necesario para que yo entendiera que aquello había sido exactamente lo que había sido, y nada más. Después se dio vuelta y siguió subiendo con su hijo del brazo.

Me quedé en el andén un rato, hasta que el siguiente subte me empujó hacia la salida con su gente. Subí las escaleras solo. Afuera el aire del invierno me golpeó la cara como una bofetada lenta. Caminé hacia mi casa por una vereda que no recordaba haber pisado nunca, con una sonrisa que no se iba aunque cerrara los ojos.

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