El roce que ella terminó buscando en el metro
Lo que les voy a contar pasó una tarde de sábado que todavía me pone la cabeza caliente cada vez que la repaso. Me llamo Eduardo, tengo treinta y nueve años, y desde hace casi dos décadas tengo la costumbre —vicio, si lo prefieren— de subirme al metro de Santiago a buscar el roce de una mujer linda en hora pico. No lo justifico, lo cuento. Para esas salidas siempre uso un pantalón viejo de tela fina, sin nada debajo, y elijo la línea uno porque es la más cargada y la más larga.
Mi debilidad son las nalgas. Las altas, las redondas, las que se notan a través de la tela y delatan que la dueña no usa nada apretado debajo. En veinte años he visto de todo y he aprendido dos cosas: la mayoría de las veces uno vuelve a la casa con las pelotas hinchadas y nada más, y muy de vez en cuando aparece una historia tan inesperada que uno la repite en la cabeza durante meses.
Aquella tarde yo ya iba derrotado. Había recorrido la línea uno desde las once de la mañana, en los dos sentidos, y no había logrado nada. Las pocas mujeres con un cuerpo que valiera la pena se bajaban demasiado pronto o cambiaban de vagón al primer movimiento mío. Cerca de las cuatro y media decidí volverme. El vagón iba casi vacío, todos íbamos sentados o de pie con espacio de sobra, y yo iba parado cerca de las puertas, mirando los anuncios sin verlos.
El tren se detuvo entre Pedro de Valdivia y Manuel Montt. No avanzó por casi veinte minutos. Yo ya estaba desesperado, mirando el reloj y pensando en la cena, cuando por fin arrancamos y entramos a Manuel Montt. Apenas se abrieron las puertas me di cuenta de que la estación estaba a reventar. A esa hora, en sábado, no debía haber tanta gente. Algo en la línea atrás había generado una represa y todos los que llevaban veinte minutos esperando se metieron al mismo vagón al mismo tiempo.
Yo no esperaba nada. Aun así me quedé pegado a la puerta para echarle un ojo a lo que subía. Y entonces la vi entrar.
Una chica de unos veintitantos, piel clara, no demasiado alta, pelo castaño largo y ondulado, cara dulce. Pero lo que me cortó la respiración fue su parte de atrás. Llevaba unos jeans negros ajustadísimos, de esos que parecen pintados, y unas nalgas grandes y redondas en forma de corazón invertido, con cintura fina arriba y una raja marcada que se le hundía en el pantalón hasta donde uno se quiere imaginar. No exagero si digo que era el mejor culo que había visto en años.
Ella subió y, sin querer, se ubicó dándome la espalda. Sentí el latido en las sienes. Me apreté entre la gente que seguía entrando y quedé a unos centímetros de ella. Subió más gente. Esos centímetros se borraron. Sus nalgas quedaron pegadas contra mi pantalón. Mi verga, que ya empezaba a inflarse, se acomodó sola entre la raja de su cola, como si supiera el camino.
Una señora mayor subió detrás de ella y la llamó por el nombre.
—Daniela, ¿vas bien? —le dijo.
—Sí, tía, voy bien —contestó ella.
—Cuidado, hija. En esta línea hay cada degenerado.
—Tranquila —dijo, y se acomodó la cartera contra el pecho.
Nunca me olvidé del nombre. Daniela. Lo repetí en la cabeza mientras sentía cómo mi verga terminaba de pararse contra la raja de su jean. Las puertas se cerraron, el tren no arrancó, y yo me quedé ahí, con la cabeza del miembro hundida en su trasero a través de la tela. Sentí cómo el calor le subía por la nuca. O fue mi imaginación.
Entonces ella giró la cabeza apenas, lo justo para mirarme de reojo. No dijo nada. Me miró, bajó los ojos, los volvió a subir y se volteó hacia adelante. A mí se me bajó el aire. La verga se me encogió a la mitad en un segundo, del susto. Pensé que ya estaba, que en cualquier momento me armaba un escándalo, que me bajaba la tía con la cartera. Me quedé quieto, sin moverme, esperando lo peor.
El tren arrancó. Daniela no se movió. La tía iba dos pasos más adelante, agarrada del tubo, sin mirar para atrás. Daniela tampoco se corrió. Tenía espacio para apartarse, un cuerpo entero hacia la izquierda donde podía haberse escapado de mí, y no lo hizo.
Esa fue la primera señal.
***
Esperé un par de estaciones sin hacer nada, casi paralizado. El tren venía cargado y los frenazos me empujaban contra ella sin que yo lo buscara. Cada vez que el vagón sacudía, mi verga, que volvía a tomar fuerza, le rozaba la nalga derecha. Y ella, en lugar de apartarse, parecía acomodarse mejor. Me la jugué.
Le di un movimiento pequeño con la cadera, casi imperceptible, hacia adelante. Ella no se movió. Le di otro. Tampoco. A la tercera, dirigí la cabeza del miembro justo a la línea del medio, donde sabía que estaba la raja debajo del jean. Mi verga creció de golpe, completa, y se le clavó en el surco hasta donde le permitía la tela.
Daniela giró otra vez. Me miró un instante. Esta vez no había miedo en los ojos. Había otra cosa. Algo que yo no supe leer en el momento, pero que se parecía más a una pregunta que a un reclamo. Volteé la cara hacia el anuncio del vagón, como si nada. Cuando bajé los ojos, ella ya estaba mirando de nuevo hacia adelante. Y seguía pegada.
Llegamos a Salvador. La tía se dio vuelta.
—¿Vas cómoda, hija?
—Sí, tía, voy bien.
Lo dijo con la cara colorada. Yo tenía la verga clavada en el medio de sus nalgas y ella le respondía a la tía que iba bien. Algo se me prendió por dentro. Si ella estaba mintiendo, y la mentira me incluía, era cómplice. Lo demás era cuestión de tiempo.
Subió más gente en Salvador. La presión me empujó contra ella con más fuerza. Sentí el calor del culo a través de la tela del pantalón, y la humedad de mi propio sudor mezclándose con el suyo. El vagón no tenía los ventiladores encendidos. Olía a perfume dulce, a transpiración, a freno quemado.
Entre Salvador y Baquedano el tren frenó fuerte. Yo perdí el equilibrio y me corrí medio paso hacia atrás. Mi verga se le salió de la raja. Recuperé la postura, bajé la vista y vi una cosa que no creí. Daniela había echado las caderas hacia atrás. Apenas, un par de centímetros. Pero los suficientes para volver a buscarme. La cola redonda se le ofreció a mi verga sola, sin que yo tuviera que moverme.
Se la metí entera, otra vez. Y esa vez no me iba a frenar.
***
Empecé a moverme. Despacio. Sacaba el miembro un poco hacia atrás, casi separándome, y se lo volvía a clavar con fuerza. Sentía cómo sus nalgas se abrían para recibirlo y se volvían a cerrar sobre mi pantalón. Mis huevos chocaban contra las pompas blandas. Era como cogerla, pero con dos capas de tela en el medio y media ciudad alrededor.
La tía volvió a girar.
—Hija, ¿estás bien? Hay cada tipo en este metro.
—Voy bien, tía, no te preocupes.
Pensé: «Señora, deje a su sobrina disfrutar tranquila, que la chica la está pasando bárbaro». Y le di otra estocada, más firme. Daniela apretó la cartera contra el pecho y se quedó quieta. Pero quieta de la manera en que se quedan quietos los que no quieren que nadie note que la están pasando bien.
En Baquedano el tren se quedó parado dos minutos largos. Aproveché para no moverme del todo y simplemente quedarme adentro, sintiendo el calor a través de la tela. Ella tampoco se movió. Cuando arrancamos otra vez, volví al mete y saca. Ya no me importaba si me miraban. Estaba en una nube.
Crucé los brazos hacia adelante, como si fuera a sostenerme del barral, y le rocé la cintura con la mano derecha. Ella no dijo nada. Apoyé la palma con suavidad, sin agarrar, solo apoyar. Tampoco. Hice lo mismo con la izquierda. Quedó atrapada entre mis dos manos sin que yo se las cerrara en la cintura. Y empujé otra vez, con más fuerza.
Sin decirle una palabra le estaba avisando que la cola era mía hasta que ella bajara. Y ella, sin decirme una palabra, me lo estaba permitiendo. Empecé a frotarme con más insistencia, casi sin pudor, escondiendo cada embestida detrás de un movimiento de tren que justificara el roce. La gente alrededor iba mirando el celular, los anuncios, el techo. Nadie nos miraba a nosotros.
Ya me había olvidado de la tía. Ya me había olvidado de mí. Solo quería terminar adentro de esa cola.
***
La señora de adelante volvió a girarse.
—Hija, en la próxima nos bajamos.
—Sí, tía.
Cuando oí «en la próxima nos bajamos» me dio un tirón en el estómago. Sabía que me quedaban menos de tres minutos. Apreté el ritmo. Daniela apoyó la frente contra el barral. Otra señora se acercó a ella y le dijo que, si bajaba en la siguiente, se acercara a la puerta. Pensé que ahí se acababa todo. Pero Daniela, con un movimiento mínimo, se corrió a un costado lo justo para dejarla pasar, y volvió a su lugar exacto, contra mí, ofreciéndome el culo de nuevo.
Esa fue la confirmación definitiva. Le ensarté la verga con un alivio que me subió hasta el pecho. Le agarré la cintura con las dos manos, esta vez con más firmeza, y empecé a empujar más fuerte. Ella no apartó las manos. No se quejó. No se movió de mi verga.
Sentí que me venía. Una señora detrás me preguntó si bajaba en la próxima. Le dije que sí. No me iba a separar ni aunque sonara la alarma. Empecé a aflojar adentro del pantalón, descargando todo contra la tela. Se me escaparon dos quejidos cortos, dos «ah, ah» que cualquiera pudo oír, pero a mí ya no me importaba. Estaba terminando contra la cola más linda que había tenido en veinte años, en un vagón lleno, con una desconocida que no había dicho una palabra.
Daniela mantuvo la postura. No se movió un milímetro hasta que terminé.
Hubo unos segundos de silencio dentro de mi cabeza. La tía, dos pasos adelante, se dio vuelta.
—Daniela, ¿qué haces tan atrás? Bajamos.
Me clavó los ojos a mí, después a su sobrina ruborizada hasta las orejas, después otra vez a mí. Algo se le acomodó en la cara. Algo entendió. Yo me corrí medio paso hacia atrás para fingir disimulo. Daniela bajó los ojos y se fue caminando hacia la puerta sin mirar para atrás.
***
Cuando se abrieron las puertas en Baquedano se bajó una manada entera. Yo me bajé con ellos y me perdí entre la multitud. Me quedé al pie de las escaleras, dejando que pasaran. Cuando subieron, alcancé a oír a la tía retándola.
—Te tienes que hacer respetar, hija. Ponte más adelante la próxima vez. Hay cada animal en este metro.
Daniela no contestó. Subió la escalera mirando el piso, con la cartera apretada contra el pecho.
Esperé el tren de vuelta sentado en un banco, con el pantalón pegoteado y la cabeza dando vueltas. Era una chica de casa, una que probablemente usaba el metro una vez al mes. Habrán pensado, ella y la tía, que un sábado a esa hora el tren iba a estar vacío. Tuvieron mala suerte con la represa de Manuel Montt. Yo tuve la suerte contraria.
En veinte años de hacer esto, solo cuatro mujeres me dejaron llegar tan lejos. Daniela fue la última y la mejor. Cada tanto, cuando vuelvo a tomar la línea uno un sábado a la tarde, miro a las chicas que se suben en Manuel Montt con la esperanza de cruzármela otra vez. Nunca volvió a aparecer. Tal vez no usa más el metro. Tal vez la tía le ganó la discusión. Tal vez aprendió que el vagón lleno no es tan seguro.
Yo todavía me la imagino algunas noches. La cara ruborizada, las nalgas redondas debajo del jean negro, y esa decisión silenciosa de no apartarse cuando podía haberse apartado.