Mi confesión sobre los manoseos en público
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Aquel bulto duro en el tren no me tocó solo el culo; me abrió una puerta que ya no he podido cerrar.
Nos sentamos frente a frente en primera clase y, antes de la siguiente parada, ya estaba temblando por lo que ella me dejaba ver bajo la mesa.
La veía moverse en las clases de yoga con una elegancia que me desarmaba. Jamás imaginé que un cruce casual en el andén terminaría en su dormitorio.
Hacía una eternidad que un hombre no la tocaba. Bastaron dos extraños y un vagón abarrotado para que su cuerpo la traicionara sin permiso.
La vi al subir y supe que no iba a dormir. Lo que no imaginé es que la espiaría desde las sombras del entrevagón mientras otro hombre la tomaba contra la ventana.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Me senté frente a un desconocido, crucé las piernas muy despacio y dejé que mirara. Lo que no sabía era que no era el único par de ojos clavado en mí.
Trabajaba mientras la ciudad dormía encerrada, y el único momento mío era ese vagón vacío. Hasta que él dejó de pedirme el permiso y empezó a pedirme otra cosa.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Buscaba carne joven en el andén, y los tres chicos de la mochila de playa no sospechaban que la presa era ella quien los cazaba a ellos.
Sentí su mano subir por mi muslo entre el gentío del metro y, aunque no podía moverme ni un centímetro, no quise que parara.
Siempre lo evité por callado y raro. Hasta que un empujón en el metro me hizo descubrir lo que escondía debajo de esa ropa enorme, y ya no pude pensar en otra cosa.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.