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Relatos Ardientes

Cuatro cuerpos en una tienda de festival

Apenas se descorrió la cremallera de la tienda, dos cabezas asomaron por la abertura. A Lucía se le congeló la sonrisa entre los labios. Estaba abrazada a Noa, las dos desnudas y todavía húmedas, todavía respirando como si acabaran de salir corriendo. Lo más raro no fue que las descubrieran. Lo más raro fue que los dos chicos no se sorprendieron en absoluto.

—Mira, Iván, la Noa ya pilló cacho —dijo el primero, asomándose un poco más.

—Con lo guarra que es, no me extraña. Y como le pega a todo, lo tiene fácil —respondió el otro.

Noa, sin moverse de encima de Lucía, soltó una carcajada baja contra su cuello.

—Tendréis vosotros queja, cabrones. Me voy a mear y me dejáis tirada en el escenario, así que me busqué la vida.

—Te dijimos que íbamos a ver si pillábamos algo —contestó el rubio—. A ti te ha salido mejor.

—Por la cara que traéis, parece que a vosotros no os fue tan bien.

Una vez que los dos amigos terminaron de meterse dentro de la tienda, Noa pudo mirarles la entrepierna con calma. Las dos tiendas de campaña que se les marcaban entre las piernas eran señal suficiente. Ya se los había follado más veces. Sabía cómo estaban dotados y sabía exactamente cómo se ponían cuando volvían con las manos vacías.

Lucía, por su parte, seguía bocarriba sobre la esterilla. Noa estaba echada encima de ella, con los muslos enredados con los suyos. Las dos compartían los flujos del orgasmo que las había dejado sin aire un minuto antes. Ni siquiera habían tenido tiempo de soltarse las manos. Y ahora, de remate, parecía que el siguiente acto iba a tener compañía.

No tenía muy claro lo que estaba a punto de pasar, pero realmente tampoco le importaba. Acababa de tener su primera experiencia con otra mujer y, viendo cómo respiraban los dos amigos de Noa, aquello empezaba a oler a una de esas noches que no se cuentan al volver. Lo que pasa en los festivales se queda en los festivales, pensó. Aun así, miró a Noa con cierto recelo y ella lo entendió enseguida.

—Perdona, Lucía. Estos dos capullos me lían siempre. Te presento a Diego y a Iván. Son colegas de aquí, pero hoy están un poco más gilipollas de lo normal.

—Vaya presentación, guapa —replicó Diego—. Anoche, cuando estábamos dándolo todo en la pista, parecías más simpática.

Lucía levantó una mano sin decir nada. La situación era rara con ganas, pero estaba claro que para los otros tres no era la primera vez que se veían en una de esas. Con los chicos ya dentro, pudo mirarlos con calma. Eran casi gemelos. Los dos rondaban el metro ochenta, delgados, sin un solo pelo en el pecho, los dos con un bulto evidente entre las piernas. Lo único que los diferenciaba, además de la cara, era el pelo: Diego rubio, Iván moreno. Y los tatuajes. Diego llevaba un piercing en el pezón izquierdo. Iván tenía un dragón en el ombligo cuya cola se perdía bajo el cinturón. Le pareció extraño detenerse en esos detalles a esas horas, hasta que la voz de Diego la sacó de sus pensamientos.

Cansados de presentaciones y con prisa, los dos pasaron a la acción. Diego se desplazó al fondo de la tienda y dejó la entrepierna a la altura de la cara de Noa. Ella ya sabía qué tenía que hacer. Tiró del cordón del pantalón, bajó la goma y al instante la polla de Diego rozaba sus labios. Estaba ya brillante, casi babosa, señal de que el espectáculo de un minuto antes lo había dejado al límite.

De un solo bocado, Noa se la metió entera. Lucía, todavía espectadora desde su posición, se quedó atónita por la facilidad con la que se la tragaba. Calculó al ojo casi dieciocho centímetros, gruesa, recortada, nada fácil de manejar. A ella le costaba pasar de la mitad cuando se la chupaba a su novio, y eso que apenas llegaba a los catorce. Estaba claro que Noa tenía oficio. Lo confirmó cuando vio cómo su lengua jugueteaba con el glande, mezclando saliva y lubricante. Una mano de Noa se abrió paso hasta los huevos de Diego y Lucía, casi sin pensarlo, se acercó para terminar de bajarle los pantalones.

Cada lametón de Noa arrancaba un gemido contenido a Diego, cuya polla se ponía cada vez más rígida. Iván, mientras tanto, había elegido la otra punta de la tienda. Se había arrodillado en la entrada, con la cara metida entre las piernas de Noa. Le olía la entrepierna, le buscaba la humedad. Notó que estaba todavía caliente, todavía pringosa por dentro y por fuera, y eso lo puso peor. Sacó la lengua y empezó a meterla en su coño. Noa dio un respingo en cuanto se sintió penetrada por la lengua de su amigo, y el movimiento hizo que su pelvis rozara la de Lucía. La descarga le subió por la columna sin avisar.

Iván quería más. Aprovechó la posición y subió la lengua hasta el otro agujero. Le abrió las nalgas con las dos manos y empezó a pasar la punta por el ano, caliente, palpitante. Se notaba que se conocían bien, los tres. Eran un trío engrasado, con un ritmo que Lucía no tardó en captar desde abajo. Y cada movimiento la salpicaba a ella.

Tan caliente se estaba poniendo que se descubrió a sí misma acariciando los huevos de Diego, sopesándolos. Noa no se inmutó. Se centró en seguir mamando, llenando la polla de Diego de saliva que le caía por la mandíbula y por el cuello, hasta gotear sobre los dedos de Lucía. Entre chupada y chupada, ahogaba los gemidos que le provocaba la lengua de Iván sobre el culo. Y se movía. Vaya si se movía. Cada cabeceo de Noa era un roce nuevo contra el coño de Lucía, una coreografía absurda y húmeda en la que las dos se estaban acoplando sin quererlo.

Lucía decidió dejar de mirar y empezar a participar. Empezó por los huevos ya pringosos de Diego. Estaban tensos. Después se abrió un poco más de piernas para acomodar mejor a Noa encima. Las dos chorreaban. Cada pequeño movimiento era un golpe seco de placer. Diego miró hacia abajo y, al ver la cara de Lucía, se puso de rodillas junto a ellas. Noa lo entendió enseguida y orientó la polla que estaba comiendo hacia la boca de su amante. Lucía la lamió como si fuera una piruleta, sin saber muy bien por dónde empezar. Su boca no era tan experta como la de Noa, pero las indicaciones de la otra fueron suficientes. Abrió bien la mandíbula y se la tragó hasta donde le cupo. Diego, animado por la novedad, empujó un poco. Noa, mientras tanto, le lamía el resto del tronco y los huevos.

—Tranquila, respira por la nariz —le susurró Noa al oído, justo cuando Lucía sintió que se ahogaba.

Por abajo, Iván ya se había cansado de comer. Rozó la punta de su polla contra los labios de Noa y ella lo entendió al instante. Levantó el culo, se abrió bien y esperó. Iván empezó a apretar y dejó que sus veintidós centímetros se fueran perdiendo dentro del coño de Noa de un solo empujón largo, sin pausas. Ella se sacudió, dejándose hacer, y él remató la embestida colando los últimos centímetros hasta tocar el fondo. Noa soltó un grito ronco. Movió las caderas hacia atrás, buscando más.

Iván empezó a follarla con ritmo. Para entonces, la polla de Diego pasaba de la boca de Lucía a la de Noa y de vuelta, y entre lametón y lametón las dos se morreaban con una urgencia que ninguna de las dos había planeado. Iván agarró a Noa por las caderas y empezó a sacar la polla entera y a meterla otra vez hasta el fondo, en embestidas duras. Noa no paraba de gritar de placer. Lucía la miraba sin parar, sintiendo cómo los flujos de su amante caían sobre su propia entrepierna a cada golpe. En un momento, Noa se quedó mirándola fijamente.

—¿Te gusta? —preguntó, con la voz ronca.

—Me tienes muy cerda —respondió Lucía.

—Pues entonces es tu turno, guapa.

Lucía se quedó parada un segundo, pero Noa no le dio tiempo a pensar. Le metió la lengua hasta el fondo en un beso que sabía a sal y a Diego, y luego, como si fuera una contorsionista, se dio la vuelta sobre el cuerpo de Lucía hasta quedar en una postura casi de sesenta y nueve. Sus dos amigos ya sabían qué tenían que hacer. No hizo falta dirigirles la jugada.

Sobre la cabeza de Lucía, Diego apoyó el glande en el culo de Noa, ya dilatado por la lengua de Iván. Lucía estaba flipando de ver cómo aquel pedazo de polla se iba colando poco a poco entre las nalgas de Noa hasta desaparecer entera. Y todo sin una queja. Más bien al contrario, Noa rezumaba más que nunca. Lucía la ayudó pegándole la lengua al coño, justo cuando Iván se colocaba entre sus piernas para hacer lo propio con ella.

El chico tuvo más cuidado. La penetración fue lenta, prolongada, dejando que el canal de Lucía se fuera abriendo a su paso. Ella nunca había tenido nada tan largo dentro, ni siquiera cuando se masturbaba con la mano izquierda metida hasta donde podía. No tardó en descubrir zonas nuevas, sitios en los que jamás había sentido nada y que ahora, de pronto, estaban encendidos.

—Despacio —pidió, más por costumbre que porque quisiera.

Iván obedeció dos embestidas. A la tercera, Lucía ya estaba moviendo las caderas para encontrarse con él.

Como en una orquesta bien coordinada, en cuestión de segundos las dos chicas estaban empaladas por sus respectivos amantes. Diego se ocupaba del culo de Noa, que se movía justo como a él le gustaba. Iván le metía a Lucía una follada como ninguna había tenido antes: no solo por el tamaño, sino por cómo se movía dentro, cómo cambiaba de ángulo, cómo le rozaba un punto justo detrás del hueso del pubis que la dejaba sin habla. De postre, Noa pasaba la lengua por su clítoris cada vez que los gemidos se lo permitían. Lucía hacía lo mismo, chupando los huevos de Diego y el coño de Noa, ahogando en ellos los gritos que le arrancaba cada embestida. Nunca se había sentido tan cachonda.

El primero en caer fue Diego. Noa lo notó en cuanto el ritmo se aceleró. Apretó el esfínter, empezó a moverse acompasadamente para exprimirlo, en un proceso que se notaba estudiado a lo largo de muchas noches parecidas. Diego la agarró de las caderas y la folló con todo, hasta correrse dentro. Los chorros empezaron a inundar a Noa y, como era demasiado, parte del semen se desbordó por la entrepierna y cayó directo sobre la lengua de Lucía. Ella no se apartó. Lo recogió con la lengua y lo usó para chupar mejor el coño de Noa, lo que terminó de empujar a Diego al límite.

Al otro lado, Iván estaba cerca. La follada se volvió más intensa, más sucia, con la mano abierta sobre la cadera de Lucía y los dedos clavándole un poquito en el muslo. Entonces lo sintió. El primer golpe de la corrida la inundó por completo y la hizo gritar. Esa fue la señal para que Noa se amorrara a su coño y empezara a chuparla con saña. Golpe a golpe, el interior de Lucía se llenaba del semen cremoso y abundante de Iván. Era mucho. Era demasiado. Cuando él sacó la polla, parte se desbordó hacia el culo y goteó sobre la esterilla.

—Joder —murmuró Lucía, entre carcajadas y temblores—. Joder, joder.

Los cuatro quedaron desplomados unos sobre otros en el suelo de la tienda, rendidos. No sabían cuánto tiempo había pasado, pero les daba igual. Por la rendija de la cremallera ya se colaban los primeros rayos de sol. La música del festival había cesado hacía rato. Solo se oía el rumor de algún generador a lo lejos y, mucho más cerca, la respiración de cuatro personas que no terminaban de creerse lo que acababa de pasar.

Lucía cerró los ojos un momento. Sintió la mano de Noa subiéndole por el muslo, despacio, sin urgencia. Y al otro lado vio cómo las pollas de Diego e Iván volvían a endurecerse poco a poco bajo los dedos hábiles de su amiga. La noche se estaba terminando. La orgía, no.

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Comentarios (7)

JoseS21

tremendo!!! de lo mejor que lei ultimamente

Gabo_lector

Tiene que haber segunda parte, por favor. Quede con ganas de mas

SergioBsAs7

Bien escrito y sin rodeos innecesarios, eso se agradece. Me gusto mucho

Festivalero77

Los festivales siempre guardan sus sorpresas jaja. Muy buena ambientacion, se siente el clima del lugar

SolMdq

excelente!! seguí así

Tiago_Cba

Esto parece que fue real, muy autentico todo. Saludos desde Cordoba!

Clara_nocturna

Me gusto que la ambientacion sea un festival, le da algo diferente. No es el tipico relato de siempre

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