El capricho de mi esposa en un club privado
Todo empezó con una videollamada indecente y acabó en un club privado donde mi esposa decidió no ponerle límites a nada.
Todo empezó con una videollamada indecente y acabó en un club privado donde mi esposa decidió no ponerle límites a nada.
Abrí las piernas bajo la mesa para provocar miradas, pero no imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche en aquel restaurante.
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
La camarera me había mirado toda la cena. Lo que no imaginaba era que ella y sus compañeros nos esperaban a oscuras entre los árboles de la playa.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Llevaba seis años sin que nadie me tocara. Esa madrugada, en el asiento de un taxi, descubrí cuánto poder tenía sobre el deseo de un hombre... y sobre el mío.
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
Desperté desnuda junto a un hombre que no era mi marido y, por primera vez en años, me sentí completamente deseada. Él todavía no había terminado conmigo.
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
Yo solo quería sentir algo nuevo en la cama. Lo que no esperaba era ver a mi propio novio rendirse igual que yo frente a aquel hombre enorme.
Daniela acababa de marcharse y nos quedaban tres noches a solas con Andrés. Mi mujer le puso la mano en el pene sin apartar la vista de mí, esperando un permiso.
Quería ver a otro hombre dentro de mi novia. Lo que no calculé fue lo que sentiría yo, tumbado en la cama de al lado, mientras ella gemía y no era por mí.
Cuando Bruno apagó las luces exteriores para dejar que la luna hiciese su trabajo, algo cambió en el ambiente. Las mujeres empezaron a bailar juntas y yo ya no podía apartar la mirada.
Las flores de Nora llegaban cada lunes a la oficina de Carla. Yo me decía que era admiración. La noche en que la invitamos a cenar, dejé de mentirme.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Apenas se sentó en mi cama y cerró la puerta, soltó el suspiro de siempre. Tres palabras: pasó otra vez. Y supe que esa noche el mate iba a enfriarse mientras me lo contaba todo.