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Relatos Ardientes

Cambiamos de pareja con mi mejor amigo en la playa

El sol caía a plomo sobre la costa y la arena quemaba al tacto. Llevábamos toda la mañana en la playa, los cuatro, compartiendo sombrilla, hielera y conversaciones que, por primera vez en años, empezaban a derivar hacia terrenos menos seguros.

Martín se incorporó de golpe y se sacudió la arena de las manos.

—Voy por otra cerveza —dijo—. Esta ya está caliente.

Lo miré desde mi toalla, tumbado aún boca arriba. Él sostenía la lata casi vacía como si fuera una prueba irrefutable. Ignacio —así me había llamado él desde los diecisiete años, y así seguía llamándome treinta años después— era el que dudaba. Martín era el que decidía.

—Voy contigo —le dije.

Los dos miramos un instante hacia el agua. Lucía y Renata se habían adentrado más de lo habitual, casi hasta la boya, y desde donde estábamos parecían dos cabezas flotando, una morena y una rubia, riéndose de algo que nosotros jamás sabríamos. Mi mujer y la mujer de mi mejor amigo, hablando entre ellas con esa cercanía que no necesitaba testigos.

—No tardamos —murmuré, más para mí mismo que para nadie.

Martín ya estaba de pie.

—No creo que nos echen de menos.

Caminamos sobre la arena hacia el chiringuito con ese paso relajado de quien no tiene prisa pero sí una intención. El cartel, escrito con letra torcida sobre una tabla vieja, decía: «Chiringuito Ernesto». Era un sitio de madera envejecida, abierto al mar, con dos ventiladores de techo que giraban perezosos y una barra donde se amontonaban vasos fríos y botellines recién sacados del hielo.

—Dos cervezas bien frías —pidió Martín apenas cruzamos la cortina de tiras.

El camarero asintió sin decir nada. Un hombre de unos sesenta y pocos, moreno de toda la vida, con la camiseta oscura pegada al cuerpo por el calor y la mirada tranquila de quien ha visto pasar demasiados veranos ajenos. Se llamaba Ernesto, como indicaba el cartel y como indicaba la pequeña etiqueta bordada sobre su pechera.

—Marchando —respondió, y metió las manos en el hielo.

Nos dejó los botellines enfrente. El vidrio sudaba al contacto con el aire caliente.

—Aquí tenéis.

Martín dio un trago largo, casi inmediato, y cerró los ojos un segundo.

—Así sí.

Yo bebí más despacio. Apoyé los codos sobre la barra y miré de reojo hacia la playa. Desde allí aún podíamos verlas. Pequeñas figuras entre el movimiento del agua, ajenas a todo lo que en ese momento Martín empezaba a rumiar.

—No están mal —dijo él de repente.

No necesité preguntarle de qué hablaba.

—Nunca lo han estado —contesté.

Martín sonrió.

—Pero hoy…

Dejó la frase flotando, esperando.

—Hoy es distinto —completé yo, sin mirarlo.

Asintió.

—El contexto.

Me reí bajito.

—Otra vez con eso.

—Es que es verdad, Ignacio —insistió, girando el cuerpo hacia mí—. Aquí todo se ve de otra manera.

Di otro trago.

—O se permite ver de otra manera.

Me miró con interés renovado.

—Exacto.

Hubo una pausa breve. El ventilador del techo chirriaba. Más allá, en la otra punta del chiringuito, una pareja de ancianos jugaba a las cartas. Nadie nos prestaba atención, excepto Ernesto, que fingía ordenar vasos detrás de la barra.

—¿Te has fijado en cómo iba Lucía? —preguntó Martín.

No respondí de inmediato. Claro que me había fijado. Mi mujer se había comprado el bikini la semana anterior, un dos piezas negro con cordones que se ataban en la cadera y una parte de arriba que, sinceramente, parecía hecha para insinuar más que para cubrir. Yo había visto cómo se lo había puesto esa mañana frente al espejo, cómo se había dado la vuelta para mirarse de espaldas, cómo había sonreído.

—Sí —dije.

Martín apoyó la botella en la barra.

—Ese bikini no es casual.

Entrecerré los ojos, como si reconstruyera la imagen.

—No.

—Sabe perfectamente lo que hace.

No lo negué. Lucía siempre había sido así: consciente, medida, ligeramente provocadora cuando le interesaba. Y últimamente, con Martín delante, le interesaba.

—Siempre lo ha sabido —admití.

Martín soltó una risa pequeña.

—Y Renata…

Giré la cabeza hacia él.

—¿Qué pasa con Renata?

Se encogió de hombros.

—Que parece que no… pero también. Qué mujer tienes, perdona que te lo diga.

Fruncí el ceño un segundo, más por reflejo que por molestia.

—Joder, sí que eres directo —exclamé, intentando disimular cierta turbación. Pero se trataba de Martín, mi amigo desde la universidad, el padrino de mi hija mayor, el tipo que me había acompañado en tres mudanzas y dos rupturas. ¿Qué iba a hacer?

El silencio se instaló un segundo. Di un trago más largo esta vez. Él se inclinó ligeramente hacia mí, bajando un poco la voz, aunque sin demasiada intención de ocultarse.

—¿Tú crees que Lucía no se da cuenta de cómo la miras tú a ella?

Le sostuve la mirada.

—Supongo que Lucía siempre se da cuenta. Es demasiado perspicaz.

Detrás de la barra, Ernesto dejó escapar un suspiro apenas audible. No intervino, pero noté cómo levantaba una ceja. Había escuchado fragmentos y no le hacían ninguna gracia. Yo también habría reaccionado así, supongo.

—Te voy a decir una cosa —continuó Martín, con el tono más suelto que da la segunda cerveza—. A mí me parece que estamos siendo demasiado… educados.

Dejé la botella sobre la barra.

—¿Educados?

—Sí —repitió—. Todo miradas, todo silencios, todo…

Hizo un gesto impreciso con la mano en el aire.

—…contenido.

Esbocé media sonrisa.

—No todo el mundo funciona como tú.

Se rió.

—No, claro.

Se inclinó un poco más. Podía oler la cerveza en su aliento y también la crema solar de coco que Renata le había untado esa mañana en la espalda. El mundo se había reducido a esa barra y a esa conversación.

—Pero dime que no has imaginado…

Se detuvo, buscando las palabras.

Lo observé.

—¿Qué?

Sonrió, entre provocador y natural.

—Cómo sería todo esto… sin tanto filtro.

No respondí de inmediato. Miré hacia el mar otra vez. Las olas, la distancia, las dos figuras moviéndose en el agua. Pensé en Renata y su pelo rubio pegado al cuello cuando salía del mar. Pensé en cómo Martín llevaba mirando a Lucía desde hacía meses, sin disimulo, cada vez que nos reuníamos los cuatro. Pensé en las conversaciones que Lucía y yo habíamos tenido en la cama, a oscuras, cuando ella me preguntaba si alguna vez había fantaseado con ver, con compartir, con probar.

—Lo he imaginado —dije finalmente.

Martín asintió, satisfecho.

—Claro que sí.

Ernesto carraspeó al otro lado de la barra.

—¿Otra ronda? —preguntó, con un tono neutro que intentaba disimular cierta incomodidad.

Martín levantó la botella vacía.

—Sí, venga.

Asentí. Ernesto sirvió las cervezas sin comentar nada más, aunque su expresión decía lo suficiente.

—Hay cosas —murmuró mientras nos dejaba los botellines— que es mejor no pensar demasiado.

Martín lo miró, divertido.

—¿Ah, sí?

Ernesto se encogió de hombros.

—O al menos… no decirlas en voz alta.

Yo solté una leve risa. Martín, en cambio, alzó la cerveza hacia él.

—Nosotros somos de los que hablan.

Ernesto negó con la cabeza, medio sonriente.

—Ya lo veo.

Se alejó unos pasos, dejándonos de nuevo a solas.

***

Volvimos a la playa con las cervezas en la mano y una conversación a medio terminar que nos pesaba entre los dedos. Lucía y Renata ya habían salido del agua y estaban tumbadas sobre sus toallas, secándose al sol. Lucía se había soltado la parte de arriba del bikini y se la sujetaba contra el pecho con un brazo, pero sin mucho empeño. Renata, boca abajo, se había bajado los tirantes del suyo para evitar marcas.

—Mirad quién viene —dijo Lucía sin levantar la vista—. Los exploradores.

—Traemos cervezas —anunció Martín.

—Mejor que vosotros —añadió Renata, y yo supe, solo por el tono, que algo había cambiado también entre ellas mientras nosotros no estábamos.

Nos tumbamos en nuestras toallas. El silencio era denso, cómplice. Lucía me pasó una mano por el pelo, como hacía siempre, pero esta vez la mantuvo más tiempo de lo habitual, y me dio la impresión de que Renata la miraba.

—¿De qué habláis vosotros en el chiringuito? —preguntó Renata después de un rato, sin abrir los ojos.

Martín contestó antes que yo.

—De todo. Y de nada.

—Qué vago —dijo Lucía, y esta vez sí giró la cabeza hacia él. Sonrió.

Renata se incorporó sobre los codos. El bikini se le movió un poco, y ninguno de los dos, ni Martín ni yo, pudimos evitar mirar.

—Nosotras también hemos hablado —dijo ella, y miró a Lucía.

—¿Ah, sí? —preguntó Martín, con un interés demasiado evidente.

Lucía asintió despacio.

—De vosotros.

—¿Bueno o malo? —preguntó él.

—Interesante —respondió Lucía.

Y esa sola palabra, ese adjetivo elegido con toda la intención del mundo, bastó para que entendiéramos los cuatro, al mismo tiempo, que la tarde iba a ser larga. Y probablemente la noche también.

***

La cena fue en la terraza del apartamento que habíamos alquilado entre los dos matrimonios. Pescado a la plancha, ensalada, vino blanco frío. Mucho vino blanco frío. Había una vela en el centro de la mesa y el aire olía a mar y a jazmín.

Renata llevaba un vestido ligero de color crema, sin sujetador debajo. Lucía se había puesto un vestido negro corto que conocía bien, porque era el que se ponía cuando quería algo. Martín y yo nos habíamos puesto camisas abiertas y ni siquiera intentábamos disimular ya.

—¿Quién sirve más vino? —preguntó Renata.

—Yo —contesté.

Me levanté y rodeé la mesa. Cuando llené la copa de Renata, ella me rozó la muñeca con los dedos.

No fue un gesto accidental.

Lucía, al otro lado de la mesa, no perdía detalle.

—Gracias, Ignacio —dijo Renata—. Sirves muy bien.

—Lo he aprendido con los años —respondí.

Volví a mi sitio. Martín tenía una mano apoyada en el muslo de Lucía por debajo del mantel. No sé si ella había dicho algo o si había sido él quien había empezado, pero la mano estaba ahí, quieta, y Lucía ni siquiera había pestañeado.

Los cuatro nos miramos. Y de repente entendí que la conversación en el chiringuito no había sido el principio de nada, sino el final. El final de una década entera de miradas, silencios y cosas contenidas.

—Bueno —dijo Martín, alzando su copa—. ¿Brindamos?

—¿Por qué? —preguntó Lucía.

Él la miró. Y luego me miró a mí.

—Por el contexto.

Los cuatro chocamos las copas.

***

Lo que pasó después lo recuerdo por imágenes, no por orden. Lucía en el sofá, riéndose con Martín mientras él le retiraba el tirante del vestido con un dedo. Renata apoyada contra mí en el balcón, besándome despacio, con el sabor del vino blanco todavía en la boca. Mi propia mano bajando por su espalda, encontrándose con la piel desnuda bajo el vestido. La risa de Lucía otra vez, desde dentro, pero esta vez distinta, más grave.

En algún momento Renata tomó mi mano y me llevó al dormitorio. No al nuestro, el que yo compartía con Lucía, sino al de ellos. La cama era grande. La luz, baja. Ella se quitó el vestido sin ninguna prisa y yo me quedé mirándola como quien mira algo largamente imaginado y finalmente presente.

—¿Estás seguro? —me preguntó.

—Sí.

—¿Y Lucía?

Me giré hacia la puerta entreabierta. Desde el pasillo llegaba el sonido de la risa de mi mujer, el murmullo de Martín, un gemido bajo que yo conocía demasiado bien.

—Creo que Lucía también está segura —respondí.

Renata me besó de nuevo. Sus manos me desabrocharon la camisa con una paciencia que no había imaginado que pudiera tener. Cuando me empujó sobre la cama, me sorprendió su fuerza. Cuando se subió encima, me sorprendió la facilidad con la que encajábamos, como si hubiéramos estado ensayando aquello sin saberlo, en cada cena de Navidad, en cada cumpleaños, en cada vacación compartida.

—No hagas ruido —susurró.

—¿Por qué?

Sonrió contra mi cuello.

—Quiero oírla a ella.

Y yo también. Y Renata lo sabía. Y yo sabía que ella sabía.

***

A la mañana siguiente, los cuatro desayunamos en la terraza como si nada. Nadie mencionó lo de la noche anterior. Lucía me sirvió café y me dio un beso en la frente. Martín le pasó la mermelada a Renata. El sol caía igual que el día anterior, las mismas gaviotas, el mismo olor a mar.

Pero cuando me levanté para ir a por más café, Renata levantó la vista y me miró un segundo de más. Lucía lo vio. Y Martín también.

Y los cuatro sonreímos, sin decir nada, porque sabíamos que a las once volveríamos a la playa, y a la una Martín volvería a proponer ir al chiringuito de Ernesto, y a las tres bajaría alguien a por agua, y que nada de lo que había empezado ayer iba a terminarse pronto.

—¿Más café? —preguntó Lucía.

—Por favor —respondí.

Y ella me sonrió como si me conociera por primera vez.

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Comentarios (7)

Diso44

excelente!!! de los mejores que lei ultimamente en este sitio

Tomi_BA

por favor seguí contando, no puede quedar ahi. quiero saber como reaccionaron ellas jajaja

fercho_lee

me trajo recuerdos de algo que hablamos una vez con un amigo y nunca se animó ninguno a decir que sí. buena historia

Maiki_lector

buenisimo! curiosidad: ¿ellas lo sospechaban o fue sorpresa total para las dos?

ClaraNevaM

Increible como lo narraste, se siente muy real. Segui escribiendo, tenes talento de verdad

MrGabriK

lo de la cerveza me mato jajaj, clasico de actuar antes de pensar

Nico_Baires

tremendo, lo lei de corrido sin parar. esperando segunda parte si es que hay

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