Mi gemela, mi amiga y yo: una noche grupal a los cuarenta
Llevábamos cinco días en la casa de los padres de Patricia, en un pueblo de la costa asturiana donde el verano ya se había terminado y el otoño olía a mar revuelto y a leña húmeda. Mi hermana gemela Carla y yo cumplíamos cuarenta años el sábado, los mismos cuarenta separados solo por dos minutos de diferencia, y mi marido Ricardo, en un raro arrebato de imaginación, había organizado aquella escapada para que nos olvidáramos de los hijos, las facturas y los lunes por la mañana.
El sábado por la noche cenamos pronto. Recogimos la cocina entre risas, abrimos otra botella de vino y nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa baja del salón, frente a la chimenea apagada. Patricia llenó las copas y propuso un brindis por los cuarenta. Lo que no esperaba ninguno era que después de ese brindis viniera la conversación que cambiaría todo.
—Tenemos que recordar este viaje toda la vida —dijo Patricia, dejando la copa sobre la mesa—. Hemos llegado a la mitad. Nos hemos pasado todos estos años haciendo lo correcto, sirviendo a maridos, hijos, jefes y padres. Yo me divorcié hace tres años y no he echado un polvo desde entonces. Ni uno. No me voy de aquí sin hacer una locura.
—¿Qué tipo de locura? —preguntó Carla, ya con esa sonrisa torcida que le salía cuando pensaba en barbaridades.
—Algo que no podamos contarle a nadie nunca. Algo prohibido.
Empezaron las propuestas. Ricardo lanzó la idea de tirarnos en paracaídas y las tres lo descartamos al instante. Carla habló de hacernos un tatuaje y a Ricardo se le congeló la cara. Patricia tiró la pelota más lejos.
—¿Y si hacemos una noche grupal? Una orgía. Vosotros dos, mi gemela, yo y unos cuantos desconocidos.
—Patricia, por favor —se atragantó Ricardo—. ¿Pretendes que vea a mi mujer con otro tío?
—No tienes que ver nada. O sí, vosotros decidís. Pero invitamos a tres o cuatro chicos para nosotras y a un par de chicas para ti. Cumplimos cuarenta una sola vez, Ricardo.
—Es una putada para mí —protesté yo, aunque por dentro algo se me había despertado—. ¿Yo voy a ver a mi hermana gemela con otro hombre? ¿Y vosotras nos vais a ver a Ricardo y a mí?
—Cada uno en su habitación —dijo Carla con una sonrisa que no le había visto nunca—. Yo me apunto, chicas. Llevo dos años divorciada y la última vez que tuve sexo casi se me había olvidado cómo funcionaba. Necesito recordar que tengo cuerpo.
Ricardo me miró suplicante. Yo miré la copa de vino y sentí cómo se me aflojaba algo dentro. Algo que llevaba años apretado.
—De acuerdo —dije, y mi propia voz me sonó ajena—. Pero todo en esta casa. Y nadie le cuenta esto a nadie nunca.
—Nunca —juró Patricia, y descolgó el teléfono—. Conozco a un viejo amigo del pueblo. Mateo. Él sabe a quién llamar.
***
Mateo apareció una hora después con una mujer de ojeras profundas y melena oscura llamada Daniela. Mateo tendría unos cuarenta y cinco, alto, de mandíbula afilada, con esa belleza desgastada del que ha vivido demasiadas noches. Daniela tenía los huesos finos de quien aún era guapa pese a las malas costumbres. Patricia los abrazó como si fueran viejos conocidos. Después nos los presentó como si estuviera repartiendo invitados a una boda.
—Daniela se queda contigo, Ricardo —dijo Patricia con la naturalidad de una anfitriona profesional.
Mi marido se sirvió un whisky de un trago y miró a Daniela como quien mide a un rival. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa cansada y experta. No me gustó cómo le sonrió. Me gustó menos darme cuenta de que me importaba.
—Necesitamos más chicos —dijo Carla—. Para tres mujeres, uno solo se queda corto.
Patricia y mi hermana se cambiaron de ropa. Salieron a un bar de copas del pueblo, dispuestas a cazar lo que encontraran, con vestidos que les sentaban mejor de lo que ellas creían.
Volvieron una hora más tarde con tres hombres. Cuando los vi entrar por el salón, me temblaron las piernas. Tres chicos de unos treinta años: Iván, el más bajito, con cara de buen muchacho que no sabía dónde se había metido; y luego Diego y Sebastián, dos tiarrones de casi un metro noventa, anchos de hombros, guapos hasta el insulto. Sebastián era médico de urgencias. Diego daba clases de matemáticas en un instituto. Iván era ingeniero y acababa de salir de una relación de seis años.
Diego me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta cuando Patricia me presentó. Sentí que las bragas me ardían sin haberme tocado nadie.
***
Mateo sacó las bolsitas en cuanto las copas estuvieron servidas. Yo lo había aceptado en abstracto, pero verlo sobre la mesa baja del salón fue otra cosa muy distinta. Las tres habíamos prometido probarlo aquella noche. Patricia lo organizó como quien prepara una merienda: el espejo de bolsillo, el billete enrollado, las rayas finas para nosotras y las gruesas para Mateo y Daniela.
Ricardo se llevó las manos a la cabeza.
—Lucía, te lo pido por favor. No lo hagas.
—Es una sola vez, Ricardo. Una sola.
—Eso lo dice toda la gente que conozco que ha terminado mal.
Patricia esnifó la primera. Echó la cabeza atrás, cerró los ojos un segundo y rió con una intensidad nueva. Carla fue después. Cuando llegó mi turno, cogí el espejito y me encerré en el baño. No quería que mi marido me viera. De rodillas frente al inodoro, con el corazón disparado y las manos temblándome, hice lo que había visto hacer a mi hermana. Una raya, después la otra. La sensación en la nariz fue desagradable, casi dolorosa. Pero al levantarme y mirarme al espejo, algo había cambiado dentro de mí. La mujer que me devolvía la mirada no era exactamente la madre de tres niños que se había sentado a cenar dos horas antes.
Salí al salón y no miré a Ricardo. Sabía lo que vería en sus ojos.
***
La música subió. Carla puso reguetón a un volumen indecente y las tres empezamos a bailar en el centro del salón. La sangre me corría como si llevara dentro un río de fuego. La cabeza no se me iba; al contrario, todo parecía más claro, más posible. Reía sin motivo, hablaba alto, tocaba a mi hermana, abrazaba a Patricia. Ricardo se sirvió otra copa y nos miraba desde el sofá con una mezcla de deseo y derrota.
Diego se levantó y vino a bailar conmigo. Me puso las manos en las caderas con una naturalidad que me dejó sin aire. Era diez años más joven, olía a colonia cara y a sudor limpio. Carla cogió a Sebastián de la mano y se lo llevó a la pista. Daniela bailaba entre Iván y Mateo, riendo. Patricia se enroscó alrededor de Mateo como una serpiente que llevaba veinticinco años esperando ese baile.
—Eres preciosa —me dijo Diego al oído.
—Tengo cuarenta años cumplidos hoy.
—Más razón.
Me besó en el cuello. Fue un beso lento, sin prisa, y noté cómo se me aflojaba todo el cuerpo. Detrás de él, vi a Ricardo levantarse y subir por las escaleras hacia el primer piso con Daniela cogida de la mano. Una parte de mí se contrajo de celos. Otra parte, la que estaba en llamas, decidió que aquella noche no le pertenecía a ninguna mujer sensata.
***
Patricia y Mateo subieron primero. Carla y Sebastián los siguieron a la habitación contigua. Diego me cogió de la mano y me llevó al cuarto del fondo. Iván se quedó abajo improvisando con Daniela, que había bajado del primer piso después de que Ricardo terminara con ella. La velada se reorganizó sola, como un baile que ya nadie dirigía.
Diego cerró la puerta y se quedó mirándome. La cama tenía una colcha de flores que no pegaba con nada de lo que estaba a punto de ocurrir.
—Si te arrepientes, paramos.
—No me voy a arrepentir.
Me besó en la boca y sentí su lengua jugar con la mía con una destreza que Ricardo nunca había tenido. Sus manos me bajaron la blusa por los hombros y desabrochó el sujetador con dos dedos. Mis pechos cayeron pesados contra su torso. Él se quitó la camiseta y vi un cuerpo de gimnasio diario, de hombre que se cuida porque puede. Yo, con mi tripa de tres embarazos y mis caderas anchas, debería haber sentido vergüenza. La coca y el deseo me la habían quitado.
Me empujó suavemente sobre la cama. Me bajó los vaqueros y las bragas con la calma de quien sabe que tiene toda la noche. Cuando su lengua me tocó por primera vez, ahogué un grito contra la almohada. Ricardo no me había hecho aquello en años. Diego comía con hambre, con técnica, alternando lametones lentos con la presión justa de los labios. El riego sanguíneo en mi sexo era una explosión. Cada movimiento de su lengua me hacía ver chispas detrás de los ojos.
—Métemela ya —le supliqué—. Por favor.
Se puso un preservativo sin dejar de mirarme. Cuando entró en mí, fue como si mi cuerpo hubiera estado esperando aquello durante años. Era grande, más grande de lo que yo había probado nunca, y se movía con una pausa cruel, dejándome que sintiera cada centímetro. Le clavé las uñas en la espalda. Le mordí el hombro. Hablé como nunca hablo, dije cosas que jamás había dicho en una cama.
—Más fuerte. Así. No pares.
En la habitación de al lado se oía a Carla. Mi hermana gemela. Su voz, que era casi como la mía, gemía con un placer animal que jamás le había escuchado a la madre de familia que yo conocía. Más allá, los gritos de Patricia eran agudos, casi infantiles, los gritos de una mujer que llevaba tres años sin sexo y se estaba desquitando de toda una vida. La casa entera olía a sexo, a sudor y a algo más, algo que nunca volvería a olvidar.
Me corrí dos veces antes de que él terminara. La segunda fue tan fuerte que me dejó sin respiración, llorando sin motivo, con la cara hundida en su cuello. Diego me sostuvo después, en silencio, mientras yo intentaba volver a saber quién era.
***
Cuando bajé por agua, encontré a Ricardo en la cocina, solo, con el pelo revuelto y el cuello marcado por un mordisco que no era mío. Daniela había salido a fumar al porche. Nos miramos en la penumbra y nos reconocimos los dos: dos personas distintas a las que habían entrado en esa casa hacía cinco días.
—¿Te ha gustado? —pregunté, sin saber qué quería que respondiera.
—Sí —dijo él, después de un silencio largo—. ¿Y a ti?
—Sí.
Bebimos agua del mismo vaso. Arriba se oía reír a mi hermana. Aún quedaba mucha noche por delante y los dos lo sabíamos. Lo que no sabíamos era qué seríamos al día siguiente, cuando saliera el sol sobre el mar y tuviéramos que volver a casa con los hijos esperándonos.
Ricardo me besó en la frente. Lo agradecí. Después subí las escaleras de nuevo, descalza, pisando con cuidado, porque al final del pasillo Sebastián había salido al rellano con una toalla atada a la cintura y me sonreía como si la noche, lejos de terminarse, apenas estuviera empezando.