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Relatos Ardientes

La tarde que fondeamos en la cala secreta

El Odín cortaba las aguas del Mediterráneo con la precisión de un cuchillo caliente atravesando mantequilla. Cuarenta y cinco metros de eslora, teca en la cubierta, acero pulido en la barandilla y, al timón, Viktor Hansen. Los demás decían que era el dueño del yate. La verdad era más interesante: Viktor era co-CEO de Levante Sports Holding, y aquella travesía de dos días entre Palma y Valencia tenía el rango oficial de «reunión estratégica de equipo». Nadie a bordo se llamaba a engaño sobre lo que significaba esa etiqueta.

Viktor llevaba trenzas rubias con mechones plateados que le caían sobre los hombros bronceados. Los lados de la cabeza, rapados al cero, dejaban ver los tatuajes que le subían por el cuello desde el lobo marcado en el pectoral. Solo un bañador negro ajustado, nada más. La brisa marina hacía que la tinta pareciera moverse sobre la piel tensa. Cuarenta y tres años y un cuerpo que no se permitía descuidos.

En la proa, Carolina Méndez se tumbó boca arriba en la tumbona. Era la otra co-CEO, treinta y cuatro años, y vestía un bikini negro que apenas cumplía su función decorativa. Piel morena dorada, caderas de escultura y una melena negra que la humedad había convertido en ondas pesadas. Cada vez que respiraba profundo, los pechos le subían y volvían a bajar como si estuvieran midiendo el tiempo de la reunión.

—Si la junta de accionistas supiera cómo hacemos estas reuniones… —dijo Lucía desde la otra tumbona, sonriendo por encima de las gafas de sol.

Lucía Navarro tenía veintinueve años y un cuerpo de triatleta con el que dirigía el departamento de eventos deportivos. Bikini rojo, piel clara salpicada de pecas, cabello rubio cortado a la altura de la mandíbula. Las piernas largas, el vientre plano, los pechos pequeños pero altos.

—La junta firmaría los presupuestos en un segundo —respondió Paula, riéndose con la copa en la mano.

Paula Serrano era justo lo contrario de Lucía. Jefa de marketing digital, treinta y un años, piel canela, melena negra lisa, labios gruesos y un cuerpo de curvas exageradas que el bikini blanco contenía a duras penas. Las caderas anchas, la cintura marcada, los pechos grandes y naturales empujando hacia fuera cada vez que se inclinaba. Esa tarde se inclinaba mucho.

Rafael Herrera, director de operaciones, observaba desde el sofá del lounge con una cerveza en la mano. Treinta y siete años, un metro ochenta y cinco de músculo moreno, barba corta, bañador gris ajustado. Nunca decía nada cuando las mujeres hablaban entre ellas. Solo miraba. Mateo Reyes, más joven y más delgado, con el pelo castaño ondulado pegado a la frente por el agua, hacía lo mismo a su lado pero con menos disimulo.

—Vamos a fondear en una hora —anunció el capitán desde el puente—. Cala Serena. Aguas poco profundas, acantilados rojos, cero turistas. Como pedisteis.

Joaquín Ribera llevaba veinte años al timón del Odín. Cuarenta y seis, barba canosa, pecho ancho cubierto de vello oscuro, un short blanco que le marcaba los muslos. Sabía lo que sucedía en ese yate mejor que nadie. Nunca había filtrado un detalle.

Daniela, la camarera, apareció con una bandeja de copas frías. Veintiséis años, morena de ojos verdes, uniforme blanco semiabierto que dejaba ver el arranque de unos pechos firmes. Detrás venía Nicolás, el otro miembro de la tripulación, veinticinco años, abdomen marcado, sonrisa fácil y un culo prieto que Lucía había comentado por lo bajo dos veces esa mañana.

—Champán para los jefes —anunció Daniela, y le guiñó un ojo a Carolina.

Carolina bebió el primer sorbo sin quitarle los ojos de encima.

***

La cala apareció como un secreto bien guardado. Una bahía circular entre paredes de roca roja, aguas turquesa tan quietas que el yate pareció posarse sobre un espejo. Apenas un par de pájaros. Ninguna embarcación. El tipo de lugar del que se habla en voz baja por miedo a que se llene.

Joaquín apagó el motor, el cabrestante soltó el ancla con un chasquido metálico y, cuando el sonido se apagó, lo único que quedaba era el agua lamiendo el casco. Carolina se incorporó con la lentitud de alguien que ya tenía un plan en la cabeza. Se desató la parte superior del bikini sin prisa, dejó caer la tela al suelo de teca y caminó hasta Viktor. Los pechos morenos le rebotaron con cada paso.

—Esta reunión necesita un cambio de orden del día —dijo.

Viktor le pasó una mano por la cintura y la besó antes de contestar. Carolina respondió aferrándole las trenzas con las dos manos, como si fueran riendas. El beso no duró mucho porque Lucía se acercó por detrás de Carolina y le besó el hombro. Paula vino desde el otro lado y se arrodilló sin avisar, hundiendo la cara entre los muslos de Carolina por encima de la tela del bikini.

—Joder —murmuró Viktor.

—Primer punto del día —dijo Carolina con la voz ya temblando—. Todos juntos. Nadie mira desde fuera.

Rafael dejó la cerveza sobre la mesa y se puso de pie. Mateo tardó medio segundo más. Daniela ya se había quitado el uniforme en la cocina y aparecía solo con una braguita blanca que tampoco iba a durar mucho. Nicolás la seguía sin camisa, con la marca de la hebilla del cinturón todavía fresca en la cadera.

Solo Joaquín se quedó en el puente. Miraba desde arriba, como siempre, sin participar, sin apartar la vista. Aquella era su parte del pacto. El capitán mira, y después decide, le había dicho una vez a Viktor. Viktor nunca se lo había discutido.

***

Lucía fue la primera en acercarse a Rafael. Le pasó las uñas por el abdomen y le bajó el bañador hasta las rodillas sin ceremonia. Rafael la sentó sobre la mesa auxiliar, le apartó la parte de abajo del bikini rojo y la penetró despacio, con la cara enterrada en su cuello. Lucía le mordió el hombro para no gritar a la primera embestida.

—No te calles —le susurró Rafael al oído—. No hay nadie que nos oiga.

Paula, mientras tanto, había arrastrado a Mateo hasta el sofá largo de popa. Se sentó a horcajadas sobre él y lo besó con la lengua mientras le frotaba la polla por encima del bikini blanco, sin meterla todavía. Mateo le agarraba los pechos grandes con las dos manos, incapaz de decir una palabra coherente.

—Te voy a enseñar para qué sirve una jefa de marketing —le dijo Paula.

Cuando por fin se apartó la tela a un lado y bajó sobre él, Mateo soltó un gemido largo que hizo sonreír a Daniela desde el otro extremo de la cubierta. Daniela estaba de rodillas frente a Nicolás, con los labios brillantes y el pelo recogido en una cola improvisada. Lo miraba desde abajo mientras se lo tragaba entero, una mano firme en la base, la otra sobre el muslo de él.

Viktor, entretanto, había sentado a Carolina sobre la barandilla de popa. Le sostenía las piernas abiertas con las dos manos y la penetraba con embestidas lentas, profundas, sin apartarle la mirada. Detrás de Carolina no había nada: solo el acantilado rojo, el agua turquesa y la curva de la cala. Si ella se inclinaba hacia atrás, solo él la sujetaría.

—Mírame —le pedía Viktor cada pocos segundos—. No cierres los ojos. Mírame.

Carolina obedecía entre jadeos, clavándole las uñas en los antebrazos tatuados.

***

Las parejas se rompieron pronto. Lucía, con la cara roja y la respiración entrecortada, se levantó de la mesa y caminó hasta donde estaba Carolina. Viktor la dejó colocarse junto a su co-CEO, un pecho en cada mano, besándolas alternativamente, antes de volver a penetrar a Carolina por detrás. Lucía se arrodilló delante. Carolina sostenía el borde del sofá con una mano y le agarraba el pelo a Lucía con la otra.

Paula dejó a Mateo jadeando sobre el sofá y se unió a Rafael, que ya estaba de pie junto al jacuzzi de cubierta. Los dos tenían la misma energía: intensidad concentrada, pocas palabras. Paula se dio la vuelta, apoyó las manos sobre el borde caliente del jacuzzi y le abrió el paso a Rafael sin decir nada. Rafael le puso una mano en la espalda baja, otra en la cadera y empezó a follarla mirando el reflejo de ambos en el cristal de la cabina.

Daniela y Nicolás se habían metido en el agua. Estaban a un par de metros del yate, desnudos en aguas hasta la cintura, agarrados el uno al otro. La escena desde cubierta era casi tranquila. Casi. Daniela tenía las piernas enroscadas alrededor de Nicolás y se movía contra él con un ritmo pausado que el oleaje ayudaba a mantener.

—Capitán —gritó Lucía hacia el puente, riéndose entre jadeos—. Baje de ahí de una vez.

Joaquín bajó. Se quitó el short blanco al llegar al último escalón. Mateo, desde el sofá, ya le estaba haciendo un hueco con una sonrisa.

***

Nadie llevaba la cuenta de nada. En algún momento Viktor cambió de posición con Carolina y se dejó caer en el sofá de teca. Lucía y Paula lo buscaron a la vez, una con la boca, la otra con los pechos, turnándose sin coreografiarlo. Mateo encontró hueco entre las piernas de Carolina en otra tumbona y se quedó allí un buen rato, la cara entre sus muslos, las manos sosteniéndole las caderas para que no se escapara.

Rafael y Joaquín terminaron compartiendo a Daniela, uno delante y otro detrás, mientras Nicolás seguía en el agua, ahora acompañado por Lucía, que se había tirado por la borda y lo buscó riéndose. Desde el yate, Paula les gritó algo que el eco del acantilado devolvió distorsionado.

Viktor se corrió primero. Carolina estaba encima de él, con Paula detrás besándole el cuello y pellizcándole los pezones. El lobo tatuado en el pectoral de Viktor subía y bajaba con cada respiración. Carolina se inclinó hacia delante, los pechos rozándole la cara, y le susurró algo al oído que nadie más escuchó.

Lo que fuera, lo hizo reír con los ojos cerrados.

***

El sol empezó a caer sobre la cala con esa luz anaranjada que solo aparece en el Mediterráneo en primavera. Los cuerpos, ya relajados, se repartieron por la cubierta como piezas de un rompecabezas desordenado. Carolina, con la cabeza sobre el muslo tatuado de Viktor. Paula y Lucía en la misma tumbona, comentándose algo en voz baja que las hacía sonreír. Rafael con una toalla a la cintura y otra cerveza en la mano. Mateo mirando el horizonte, todavía sin aliento. Joaquín había subido otra vez al puente, como si nunca se hubiera movido. Daniela y Nicolás seguían en el agua, flotando boca arriba, agarrados de la mano.

Viktor abrió un ojo y miró a Carolina.

—Siguiente punto del orden del día —dijo sin moverse—. Zarpamos al atardecer. Llegamos a Valencia mañana al mediodía.

—¿Y después? —preguntó Lucía desde la tumbona, estirando una pierna larga al sol.

Viktor sonrió y se pasó una mano por las trenzas húmedas. Carolina respondió por él sin levantar la cabeza del muslo.

—Después hay otra cala —dijo—. Y otra reunión.

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Comentarios (8)

viajero_nato

Increible, muy buen relato. Se me hizo cortisimo!!

SolMarina27

Uf que tension tan bien lograda... hay segunda parte? porque asi no puede quedar jaja

Rosario_73

Me recordo a una escapada que hice anos atras, esa sensacion de que todo esta permitido lejos de la rutina. Hermoso relato, muy bien contado.

NocheDeVinos

La ultima linea es perfecta. Brutal.

lectora_libre

Cortisimo!! quiero mas por favor 😭

PatricioMza

Muy buena ambientacion, uno se mete facilmente en el relato. Cuando sigue?

CaminanteLibre

relato genail jajaja me transporto al mar. Sigue escribiendo asi!

Diegote_77

Espero ansioso la continuacion. La descripcion del lugar es lo mejor, se nota que lo viviste de verdad

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