Lo que empezó como una cena terminó en mi cama
La luz del amanecer se colaba entre las láminas de la persiana cuando Elena abrió los ojos. Lo primero que notó fue el calor: denso, humano y completamente ajeno al que llevaba años sintiendo en esa cama. A su izquierda, Iker dormía pegado a ella con el brazo cruzado sobre su vientre, la mano relajada a medio centímetro de uno de sus pezones todavía irritado y rojo. A su derecha, Sergio roncaba levemente con la boca entreabierta, y una de sus piernas atravesaba las de Elena, dejándola sentir contra el muslo el peso blando de la polla dormida. Las sábanas estaban revueltas y manchadas, el aire de la habitación tenía un olor denso e inconfundible a semen y a coño, y el cuerpo de Elena recordaba, con una precisión casi cruel, cada cosa que había ocurrido en las últimas horas.
No se movió. Se quedó mirando el techo blanco del dormitorio matrimonial —el mismo techo que llevaba mirando desde hacía diecisiete años cada noche junto a Rodrigo— mientras los recuerdos le llegaban en oleadas desordenadas y calientes. Todavía sentía el semen seco pegado a la parte interior de los muslos y una humedad más fresca entre las piernas que no se atrevía a examinar.
¿Qué había hecho?
***
Rodrigo había salido tres días antes con una maleta de ruedas y un traje gris que siempre usaba para los congresos. Un beso breve en la mejilla, un «no me esperes despierta», y la puerta cerrándose. Elena se quedó en el umbral del salón durante un momento que se alargó más de lo necesario, escuchando el silencio de la casa.
La noche del jueves, Adrián —su hijo de diecinueve años— asomó la cabeza por la puerta de la cocina con esa expresión de quien ya sabe que la respuesta va a ser sí.
—¿Puedo invitar a Iker, Sergio y Tomás? Hemos terminado los parciales. Solo queremos celebrarlo aquí, tranquilos.
—Que vengan —dijo Elena, y se sorprendió a sí misma añadiendo—: Bajo un rato a haceros compañía.
Se cambió de ropa dos veces antes de decidirse. Eligió un vestido de punto azul oscuro, ceñido pero sin resultar obvio. Se dijo que era simplemente querer sentirse bien, que no había nada más detrás de eso. Llevaba meses sintiéndose invisible al lado de Rodrigo, y una parte de ella necesitaba verificar que todavía existía.
Cuando bajó, los tres chicos ya estaban instalados en el salón con cervezas y una bolsa de patatas. Adrián la saludó con un abrazo distraído. Los otros tres se pusieron de pie casi por reflejo, como si hubieran recibido algún tipo de educación que los distinguía del resto.
—Buenas noches, Elena —dijo Iker, y la miró de una forma que ella no supo bien cómo interpretar en ese momento.
La velada arrancó con total normalidad. Pizzas, conversación sobre la universidad, anécdotas de los exámenes. Elena bebió dos copas de vino, luego una tercera cuando Tomás insistió en que brindaran por el fin de los parciales. Los chicos alternaban la cerveza con chupitos de ron que Adrián sacaba de la despensa con la satisfacción de quien ha descubierto una llave maestra.
Con cada copa, el salón parecía encogerse un centímetro más.
Fue Sergio quien cruzó la primera línea, alrededor de la medianoche. Lo hizo con esa mezcla de descaro y cálculo que tienen algunos hombres jóvenes cuando han decidido arriesgarse.
—Elena, que conste que no lo digo con ninguna intención rara —empezó, que es exactamente lo que se dice cuando la intención existe y es muy concreta—, pero llevas todo este año en el edificio y nunca me había fijado en lo bien que estás.
Elena sintió calor en las mejillas. No el calor incómodo del bochorno, sino otro más profundo, que bajaba directamente entre sus piernas y le apretaba el coño en un pulso lento.
—Tengo cuarenta y siete años, Sergio —dijo, intentando que sonara como un punto final.
—Ya —respondió él, sin apartar los ojos de los suyos—. Ya lo sé. Y me pone cachondo.
Iker, sentado a su lado en el sofá, se recostó levemente hacia ella. Su muslo rozaba el de Elena con una naturalidad que podría haber sido casual y no lo era. Tomás observaba desde el sillón con una sonrisa que no llegaba a ser sonrisa, solo una ligera curvatura en la comisura de los labios, mientras se ajustaba disimuladamente el bulto que empezaba a marcársele en los vaqueros.
Adrián se levantó poco después. Se tambaleó al ponerse de pie, recalibró y se apoyó en el respaldo del sillón.
—Chicos, yo me rindo. No doy más. —Les dio un golpe en el hombro a cada uno, besó a su madre en la mejilla sin notar nada, o sin querer notar nada, y subió las escaleras sin mirar atrás. Se oyó la puerta de su habitación cerrarse con un golpe suave.
El silencio que quedó en el salón tenía una textura distinta. Elena pensó en levantarse. Lo pensó con claridad, incluso llegó a apoyar las manos en las rodillas. Pero Iker giró el cuerpo hacia ella y le preguntó, con una voz baja y directa que no encajaba con sus veinte años:
—¿Cuánto tiempo llevas sin que alguien te folle como te mereces?
Elena abrió la boca para responder algo amable y evasivo. Lo que salió fue:
—Demasiado.
***
Iker no esperó más. Le puso una mano en la nuca, tiró de ella y le metió la lengua en la boca sin ninguna delicadeza, con un hambre bruta que Elena no había sentido en años. Se le escapó un gemido dentro del beso y eso pareció ser la señal. Sergio se arrodilló en la alfombra frente al sofá, le abrió las rodillas con las dos manos y le subió el vestido hasta la cintura de un tirón. Tomás cruzó el salón, se sentó detrás de ella y le pasó los brazos por debajo, buscándole los pechos por encima del sujetador.
—Joder, qué buena estás —murmuró Sergio, mirándole las bragas negras entre las piernas—. Estás empapada, Elena.
Y era verdad. La tela estaba oscurecida, pegada al coño, y cuando él pasó dos dedos por encima Elena arqueó las caderas contra su mano sin poder evitarlo. Sergio le apartó las bragas a un lado, ni siquiera se molestó en quitárselas, y le pasó la lengua plana desde el perineo hasta el clítoris. Elena soltó un jadeo agudo que le tapó Iker con la boca.
—Silencio —le susurró Iker en el oído, mordiéndole el lóbulo—. Que tu hijo duerme arriba.
La advertencia, en lugar de detenerla, le disparó otra corriente eléctrica entre los muslos. Tomás le había desabrochado el sujetador por debajo del vestido y le pellizcaba los pezones con los dedos, tirando de ellos hasta que le dolía justo lo suficiente. Sergio le chupaba el clítoris con una insistencia metódica, dos dedos dentro de ella curvados hacia arriba, y Elena tuvo que morderse el puño para no gritar cuando el primer orgasmo la partió en dos sin previo aviso.
—Arriba —dijo Iker cuando ella todavía temblaba—. Vamos a follarte en tu cama.
La llevaron arriba medio a rastras. La tumbaron sobre el colchón de la cama matrimonial y le arrancaron el vestido por la cabeza. Los tres se desnudaron sin ceremonias. Elena se quedó mirando: tres pollas jóvenes, duras, apuntándola. La de Iker larga y venosa, la de Sergio más gruesa y roja en la punta, la de Tomás con una curvatura suave hacia arriba y ya goteando pre-semen.
—Ven aquí —le dijo Iker, sentándose contra el cabecero—. Chúpamela.
Elena se puso a cuatro patas sobre la cama y obedeció sin pensarlo. Se la metió entera en la boca, tan al fondo que le rozó la garganta y le hizo saltar las lágrimas, y sintió a la vez cómo Sergio se colocaba detrás de ella y le separaba las piernas con las rodillas. Le pasó el glande por los labios del coño de arriba abajo un par de veces, empapándose, y luego la penetró de un solo empujón hasta el fondo.
—Ah, joder —gimió Elena con la boca llena.
—Qué coño más apretado tiene la señora —jadeó Sergio, cogiéndola por las caderas y empezando a follársela con embestidas cortas y rápidas—. ¿Cuánto hace que no te dan bien, eh?
Elena no podía contestar. Tenía la polla de Iker en la boca y él le agarraba el pelo con las dos manos, marcándole el ritmo, folleándole la garganta con el mismo desahogo con que Sergio le follaba el coño por detrás. Tomás se había subido al colchón al lado de ella y le pellizcaba los pezones colgantes con una mano mientras se la meneaba despacio con la otra, pegado a su costado.
—Túmbate boca arriba —ordenó Iker de repente, tirando de ella—. Quiero mirarte la cara mientras te la meto.
Cambiaron de posición como si estuviera coreografiado. Elena quedó boca arriba en el centro de la cama, con las piernas abiertas y la respiración agitada. Iker se colocó entre sus muslos, se escupió en la mano, se pasó la saliva por el glande y la penetró de una sola vez, hasta el fondo. Ella soltó un gemido largo que le nació en el vientre. Iker se quedó quieto un momento, aguantando dentro, mirándola a los ojos con esa atención absoluta que la desarmaba.
—Muévete —le pidió Elena en un susurro—. Fóllame.
—Dímelo bien.
—Fóllame fuerte, por favor.
Él sonrió y empezó a bombearla despacio, calibrando cada empuje, hundiéndose hasta el hueso púbico y saliendo casi entero antes de volver a entrar. Sergio se puso a horcajadas sobre el pecho de Elena y le pasó su polla mojada de ella misma por la cara, restregándosela por los labios, por la barbilla, por los pómulos.
—Abre —le dijo.
Elena abrió la boca y él se la metió sin dejar de sujetarla por la nuca. Sabía a ella, a su propio coño, y en lugar de darle asco eso la puso todavía más cachonda. Tomás le había cogido una mano y se la había puesto sobre su polla; Elena se la meneaba de lado sin dejar de chupar a Sergio, sin dejar de dejarse follar por Iker, con el cuerpo entero convertido en una máquina de recibir y dar placer al mismo tiempo.
El segundo orgasmo la pilló así, con las tres pollas encima. Fue un latigazo que le empezó en el clítoris y le subió por el vientre en oleadas, apretándole el coño alrededor de la polla de Iker en espasmos que él sintió y celebró con un gemido grave.
—Qué cerdo se te pone, joder —dijo Iker—. Se me está cerrando entera.
La pusieron a cuatro patas. Iker se colocó delante y le metió la polla en la boca, todavía brillante de sus propios flujos. Sergio se puso detrás y volvió a penetrarla, esta vez sin ninguna paciencia, con embestidas violentas que le sacudían el cabecero contra la pared y la obligaban a alargar los brazos para sujetarse. Tomás observaba a un lado, meneándose, esperando su turno.
—Tomás —dijo Iker sin sacársela de la boca a Elena—. Coge lubricante del cajón.
Elena se puso rígida un segundo. Hacía años que Rodrigo no le hacía eso; en realidad, casi nunca. Pero Tomás ya estaba abriendo el cajón de la mesilla, y Sergio, sin dejar de follársela por el coño, le había pasado una mano por la espalda hasta la nuca con una firmeza tranquilizadora.
—Despacio —pidió ella con la voz ronca, dejando resbalar la polla de Iker fuera de la boca un momento—. Por favor, despacio.
—Tranquila —respondió Sergio, y obedeció.
Sacó la polla del coño de Elena, se apartó a un lado. Tomás ocupó su lugar detrás de ella y le echó lubricante frío entre las nalgas, extendiéndoselo con el pulgar en círculos lentos, presionando sin llegar a entrar. Sergio, ahora arrodillado junto a la cabeza de Elena, empezó a acariciarle el pelo. Iker le seguía llenando la boca con embestidas medidas.
Cuando Tomás empujó la punta contra su ano, Elena contuvo el aire. El ardor inicial fue duro. Se obligó a relajarse, a respirar por la nariz, a concentrarse en el placer de la polla de Iker en la boca y en las manos que le acariciaban las tetas colgantes. Poco a poco Tomás fue ganando terreno, milímetro a milímetro, hasta que estuvo dentro del todo.
—Joder, tía —murmuró él, quieto, dejándola acostumbrarse—. Qué apretado.
Y cuando el ardor cedió y se convirtió en algo diferente —una presión densa y extraña que se abría en placer cuando dejaba de resistirse—, Elena cerró los ojos y dejó de pensar en nada más que en lo que su cuerpo le decía en ese instante. Tomás empezó a moverse despacio, con embestidas cortas y cuidadosas. Sergio le metió dos dedos en el coño vacío para llenarla también por delante, y el nivel de estimulación se le desbordó por completo.
—Me voy a correr otra vez —jadeó Elena con la polla de Iker apenas rozándole los labios.
—Córrete —dijo Iker, apretándole la mandíbula con dos dedos—. Córrete con nosotros dentro.
Se corrió gritando contra su polla, un grito ahogado que Iker le tapó volviéndosela a meter hasta el fondo. Los dedos de Sergio dentro de ella notaron cada uno de los espasmos. Tomás gimió detrás y aceleró el ritmo, ya sin miramientos.
Iker fue el primero en correrse. Sacó la polla de la boca de Elena en el último momento y le vació la corrida en la cara y sobre las tetas colgantes, con un gemido grave y contenido, chorros espesos que ella sintió calientes en la mejilla, en el mentón, resbalando por el cuello. Tomás se corrió unos segundos después dentro del culo de Elena con una serie de embestidas cortas y un sonido casi tímido, lo cual le pareció a ella la cosa más incongruente y humana de toda la noche.
Todavía quedaba Sergio.
La tumbaron boca arriba otra vez, con Elena todavía con el semen de Iker resbalándole por la cara. Sergio le abrió las piernas, se colocó entre ellas y se la metió en el coño hasta las pelotas.
—Ahora sí —dijo él, apretándole las caderas con las dos manos—. Ahora te voy a llenar entera.
La folló con rabia, mirándole las tetas botar con cada empuje, mirándole la corrida seca en la cara. Elena le pasó las piernas por la cintura y le clavó los talones en las nalgas, tirando de él hacia dentro con cada embestida. Iker y Tomás, a su lado, le mordían los pezones y le susurraban guarradas al oído: que era una zorra, que le encantaba, que iba a volver a por más.
—Córrete dentro —le pidió Elena, sorprendida de sus propias palabras—. Córrete dentro de mí.
Sergio apretó los dientes, dio tres embestidas más profundas y se corrió con un gruñido largo, vaciándose entero en el fondo de su coño. Elena sintió cada latido de su polla soltando semen dentro de ella y se corrió otra vez, en un orgasmo largo y silencioso que la dejó temblando.
Hubo orgasmos que Elena no fue capaz de contar. Hubo momentos en que los tres se coordinaban con una sincronía instintiva que la dejaba sin referencias. Había algo liberador, pensó vagamente en algún punto de la segunda hora, en no tener que fingir que aquello era otra cosa. Era solo deseo, crudo y sin adornos, y por primera vez en mucho tiempo ella no estaba interpretando ningún papel para nadie.
Ella yació en el centro de la cama con el cuerpo dolorido de una forma que no era desagradable, con el coño y el culo goteando semen sobre las sábanas, sin energía para moverse. Se durmieron los tres a su alrededor. Tomás se marchó en algún momento antes del amanecer sin hacer ruido. Los otros dos permanecieron.
***
Iker abrió los ojos antes que ella. La encontró mirando el techo y sonrió con esa seguridad despreocupada que a Elena le había parecido irritante a lo largo de la noche y que ahora, a la luz fría del amanecer, le parecía simplemente honesta.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió ella.
Sergio se despertó también, se estiró con los brazos por encima de la cabeza y la miró con calma, sin rastro de incomodidad.
—¿Estás bien? —preguntó.
Era una pregunta sencilla. Elena la consideró con más seriedad de la que hubiera esperado.
—Sí —dijo al cabo de un momento—. Estoy bien.
Los chicos se vistieron sin prisa. Elena se duchó larga y meticulosamente, observando las marcas en su piel con una mezcla de incomodidad y algo que no quería llamar satisfacción. Se lavó el pelo, se limpió el maquillaje corrido y el semen seco de la cara, y cambió las sábanas antes de que Adrián se moviera en su habitación.
Cuando bajó a la cocina, los tres desayunaban como si nada. Adrián apareció veinte minutos después con cara de resaca y no notó nada en particular, o si lo notó, decidió guardarlo en algún lugar donde no tuviera que mirarlo.
Iker y Sergio se marcharon después del desayuno. En la puerta, Iker se detuvo un segundo.
—Rodrigo vuelve esta tarde, ¿verdad?
—Sí —dijo Elena.
Él asintió con la cabeza, sin añadir nada. No hizo falta.
***
Esa tarde, cuando Rodrigo llegó con la maleta de ruedas y le preguntó qué había hecho durante su ausencia, Elena dijo que había descansado, leído algo y que la primera noche Adrián había invitado a unos amigos a cenar.
—Bien —dijo Rodrigo, y fue al baño a ducharse.
Esa noche, en la cama recién hecha con sábanas limpias que olían a suavizante, Elena cerró los ojos mientras su marido se quedaba dormido a los cinco minutos de apagar la luz. Pensó en Iker mirándola con aquella atención absoluta mientras la follaba. Pensó en el peso de tres cuerpos jóvenes a su alrededor, en el calor, en las tres corridas que había recibido dentro y encima, en haber existido durante unas horas para alguien más que como un elemento decorativo de la casa.
La culpa estaba ahí. No la negaba. Pero debajo de la culpa había otra cosa, más persistente y más difícil de ignorar: la memoria exacta de lo que se sentía cuando alguien te miraba de verdad y esperaba una respuesta real. Y la memoria, también, de tres pollas duras esperando su turno.
No sabía si repetiría.
Pero al día siguiente, cuando encontró en el móvil un mensaje de Iker que decía solo «Gracias por la noche», tardó veinte minutos en decidir si respondía. Y cuando lo hizo, escribió dos palabras y las borró tres veces antes de enviar finalmente una sola: «Gracias.»
No era una puerta cerrada. Ella lo sabía. Y eso, a partes iguales, la asustaba y le mojaba las bragas de una forma que Rodrigo no había conseguido en mucho tiempo.