Doña Mercedes y el pibe que vino a arreglar el techo
Doña Mercedes tenía cincuenta y nueve años y once de ellos los había pasado durmiendo sola. El infarto se llevó a su marido un domingo de marzo y desde entonces la casita de ladrillo a la vista en las afueras de Las Lomas era solo suya. Costurera desde los catorce, pasaba los días frente a la Singer que había heredado de su madre, remendando pantalones y ajustando vestidos para las vecinas del barrio. Daba para comer y para pagar la luz, pero no para más. Y la casa empezaba a quejarse: el techo de chapa filtraba con cada tormenta y el agua manchaba el piso del dormitorio.
Una mañana de noviembre, con el sol pegando fuerte desde temprano, golpearon la puerta. Era un muchacho de unos veintidós años, alto, moreno, con los hombros anchos y el pelo cortado al ras. Se presentó como Diego. Un vecino le había dado el dato: en la casa de la viuda costurera necesitaban arreglar el techo.
—Buen día, señora. Vengo por las goteras. Me dijeron que están bravas.
Mercedes lo recorrió con la mirada de arriba abajo. El pibe traía una escalera atada a una camioneta gastada y una caja de herramientas en la mano. La remera se le pegaba al cuerpo por el calor y los vaqueros le quedaban bajos en la cadera. Hacía mucho que no veía a un hombre así de cerca. Sintió un pulso raro entre las piernas, pero apretó la boca y se hizo la seria.
—Pasá, m'hijo. El problema es del lado del fondo, en la pieza. Vení que te muestro.
Lo guio adentro. La casa olía a café recién hecho y a tela nueva. Diego subió al techo y ella se quedó abajo, cebando mate y mirándolo desde la ventana. El pibe se sacó la remera porque el sol no daba tregua. Tenía el torso marcado por la obra, el pecho ancho y una línea de vello que se perdía bajo la cintura del pantalón. Mercedes sintió que se le humedecía la entrepierna solo de mirarlo. Hacía años que no se tocaba pensando en alguien real. Esa mañana lo hizo sin que se notara, por encima de la pollera, mientras él clavaba chapas nuevas.
Cuando bajó, Diego tenía el cuerpo brillando de sudor. Mercedes le alcanzó un vaso de agua fría y un plato con facturas que tenía guardado para alguna visita.
—Quedate a almorzar, así no te vas con hambre. Total, ya casi terminás.
Comieron en la cocina. Diego hablaba poco y la miraba de reojo cuando creía que ella no se daba cuenta. Mercedes tenía el cuerpo todavía firme: pechos grandes y caídos pero llenos, caderas anchas, las piernas fuertes de tantos años sentada cosiendo. Llevaba una pollera liviana de algodón y una blusa sin corpiño porque el calor no permitía otra cosa. Los pezones se le marcaban contra la tela.
Después del plato de fideos, Diego se lavó las manos en la pileta. Mercedes se acercó por detrás, lo justo para que él sintiera el calor de su cuerpo, y le rozó el brazo con la mano.
—Sos un buen pibe, Diego. Trabajás lindo. ¿Cuánto te debo?
—Nada todavía, doña. Termino mañana y arreglamos.
Ella no se movió. Se quedó pegada a él, sintiendo el aire que despedía aquel cuerpo joven.
—Mirá… hace rato que estoy sola. Y vos sos joven, fuerte. Si querés quedarte un rato más, no le digo a nadie.
Diego se dio vuelta. La miró sorprendido, pero la entrepierna del jean ya delataba lo que pensaba. Mercedes lo notó y bajó la vista con una sonrisa que no era inocente.
—Ya veo que la idea no te disgusta. No te asustes, m'hijo. Soy vieja, pero todavía tengo el cuerpo caliente y sé cómo tratar a un hombre.
No esperó respuesta. Se arrodilló en la cocina, sobre las baldosas frías, y le desabrochó el cinturón con dedos que apenas le obedecían. Le bajó el jean y el calzoncillo de un tirón. La verga del pibe quedó al aire, gruesa, dura, con la punta brillante. Mercedes la miró con la misma reverencia con que miraba un género caro. Le pasó la lengua por toda la base, hasta la punta, y se la metió entera en la boca.
—Ay, doña… —Diego le agarró la cabeza con las dos manos, sin tirarle el pelo, solo guiándola.
Ella mamaba con hambre, sin disimulo. Llevaba once años sin sentir un sabor así. Se sacó la blusa con una sola mano y dejó que las tetas grandes le cayeran libres mientras la otra mano le acariciaba los huevos. Diego empujaba apenas las caderas, respirando entrecortado.
—Levantate —le dijo después de un rato—. Sentate ahí.
La levantó como si pesara nada y la sentó sobre la mesa de la cocina. Le subió la pollera. No llevaba bombacha. Diego se quedó mirando un segundo y soltó una sonrisa torcida.
—Mirá vos, doña. Bajaste preparada.
—Hace dos horas que estoy preparada —respondió ella, sin vergüenza.
Le metió dos dedos primero. La concha estaba caliente y mojada. Mercedes echó la cabeza para atrás y gimió, agarrándose del borde de la mesa.
—Cogeme, Diego. No me hagas esperar más.
El pibe se escupió la mano, se la pasó por la verga y se la clavó hasta el fondo de un solo empujón. Mercedes soltó un grito que se le mezcló con la risa, como si no creyera lo que le estaba pasando. La mesa crujía con cada embestida. Las piernas le colgaban de los costados, las tetas le saltaban con el ritmo, y Diego la miraba a los ojos cada vez que se la metía hasta el fondo.
—Así, m'hijo, así. Que se note que estoy viva.
—Estás viva, doña. Bien viva.
La dio vuelta sin sacársela del todo. La apoyó contra la mesa con el culo hacia arriba y volvió a entrar. Esta vez le escupió en la espalda baja y le bajó la saliva con los dedos hasta el otro agujero. Le metió el pulgar despacio, mientras la cogía por delante. Mercedes mordió la repasadora que tenía a mano para no gritar tan fuerte. La vecina del lado tenía oído fino.
—Si querés, ahí también —jadeó ella—. Pero despacio. Hace mucho.
Diego no se hizo rogar. Sacó la verga de la concha, chorreando, y la apoyó en el agujero más chico. Empujó de a poco, parando cuando ella tensaba, avanzando cuando se relajaba. Cuando estuvo entero adentro, Mercedes se quedó quieta unos segundos. Después empezó a mover ella misma las caderas, devolviéndole el ritmo. Diego le agarró la cintura con las dos manos.
—Tenés un culo de pendeja, doña.
—Disfrutalo mientras dure.
La cogió así varios minutos, alternando velocidades. Cuando Mercedes lo notó al borde, se arrodilló otra vez y abrió la boca. Diego se acabó en su cara, en sus pechos, en el pelo. Chorros gruesos que le caían como si fuera la primera vez en mucho tiempo. Lo era, para él también. Trabajar todo el día al sol y volver a la pieza alquilada no le dejaba tiempo para mucho más que una paja apurada.
—Gracias, m'hijo —dijo ella, todavía arrodillada, con la marca de la mano del pibe en la mejilla y semen en el pelo—. Hacía años que no me trataban así.
Diego se subió el pantalón, todavía agitado.
—Vuelvo, doña. Si me da, vengo.
—La puerta queda abierta para vos.
Y así empezó todo.
***
Al día siguiente Diego volvió pasado el mediodía. No habló de chapas ni de plata. Entró, cerró la puerta y la empujó contra la pared del pasillo. Le levantó la pollera, le bajó la bombacha y se la cogió parada, rápido, sin preámbulos. Mercedes le rodeó la cintura con una pierna y le mordió el cuello.
—Cogeme cuando se te dé la gana —le susurró—. La casa es tuya.
Desde esa semana el pibe pasaba dos o tres veces. A veces de noche, a veces antes del amanecer. Mercedes ya no cosía con la misma cabeza; tenía el oído puesto en el motor de la camioneta. Cuando lo escuchaba estacionar, se sacaba la bombacha y se mojaba apenas con saliva, lo justo para estar lista. Diego entraba sin golpear, la encontraba donde estaba y la usaba como quería.
Una tarde la encontró planchando una camisa. Le sacó la plancha de la mano, la apoyó al costado y la dobló sobre la tabla. Le metió la verga desde atrás mientras ella sostenía la tela.
—Seguí planchando. Yo termino lo mío.
Otra vez la hizo arrodillarse al lado de la Singer. Le metió la verga en la boca mientras ella seguía cosiendo el dobladillo de un pantalón. Cuando se acabó, le pidió que tragara sin levantar la mirada de la costura. Ella lo hizo, sonriendo con el hilo todavía entre los dientes.
Mercedes se entregaba sin vueltas. Se sentía una mujer de cincuenta y nueve sin freno y le gustaba. Le decía cosas que nunca se había permitido decir en voz alta:
—Soy tu vieja, Diego. Vení a descargar acá cuando quieras.
Una noche, después de que él la cogiera por detrás casi media hora y la dejara con las piernas temblando sobre la cama, Mercedes se atrevió a soltar lo que le rondaba hacía semanas.
—Mirá, pibe. Si tenés algún amigo de tu edad que no le haga asco a una mujer mayor, traelo. No me molesta. Yo me dejo. Me da morbo pensarlo. Total, a esta altura, qué más da.
Diego se incorporó sobre el codo. Tenía el pelo pegado a la frente y la respiración todavía corta.
—¿En serio, doña?
—En serio. Mientras tenga ganas y respeto, yo estoy.
El pibe sonrió de costado.
—Voy a hablar con Nicolás. Tiene veintitrés y siempre anda con el calentón. Le gustan las mayores. Vas a flashar con él.
***
Dos días después llegaron juntos. Nicolás era un poco más bajo que Diego pero más ancho, con cara de pícaro y una sonrisa que mostraba un colmillo torcido. Cuando se sacó el pantalón, Mercedes parpadeó. La verga era más corta que la de Diego, pero el doble de gruesa. Como un mango de martillo.
—Mirá la herramienta del compañero —dijo Diego con orgullo de hermano mayor.
Mercedes se arrodilló frente a los dos sin que se lo pidieran.
—Bienvenido, Nicolás. Hoy soy de los dos.
Chupó las dos vergas en simultáneo, alternando la boca y las manos. Los dos pibes se miraban entre ellos y se reían bajito mientras le agarraban el pelo. Después la llevaron al dormitorio y la pusieron en cuatro patas sobre la cama. Diego la cogía por la concha y Nicolás se acomodaba con paciencia para entrarle por detrás. Mercedes apretaba la sábana con las dos manos.
—Llénenme, muchachos. Para eso vinieron.
La cogieron alternándose, cambiando la posición cada tanto. Una vez la sentaron entre ellos. Otra vez la tendieron de costado. Mercedes se acabó tres veces antes de perder la cuenta. Cuando los pibes terminaron, lo hicieron casi al mismo tiempo: Diego adentro y Nicolás sobre la espalda. La leche caliente le chorreaba por todos lados.
—Esto fue un regalo, doña —dijo Nicolás, todavía respirando fuerte.
—El regalo fue para mí, m'hijo. Vuelvan cuando quieran.
***
Desde esa noche, los dos venían juntos o por separado. A veces aparecía uno solo. A veces los dos. Mercedes ya no llevaba horarios. Cosía cuando podía y los esperaba siempre. Les preparaba café con leche, les remendaba la ropa de trabajo, les zurcía las medias. A cambio, ellos venían a vaciarse cada vez que lo necesitaban.
Una tarde calurosa de febrero, Diego llegó con Nicolás y con un tercer pibe al que no conocía. Se llamaba Tomás, tenía veinte años y era flaco, pálido, con las manos delgadas y largas. Mercedes abrió la puerta y se quedó mirando a los tres.
—Pasen, muchachos. Hoy cabemos justo.
Los tres entraron al dormitorio. Mercedes se desnudó sin que se lo pidieran. Las tetas grandes le colgaban pesadas, la concha ya estaba húmeda y el cuerpo entero le pedía atención.
Se arrodilló en el medio. Una verga en cada mano y la tercera en la boca, alternando. Tomás temblaba un poco al principio. Nicolás le palmeó el hombro.
—Tranquilo, pibe. La doña sabe.
—No te preocupes —dijo ella mirándolo desde abajo—. Acá nadie se equivoca.
La tiraron sobre la cama. Tomás se acostó y Mercedes se sentó encima, encajándose la verga larga del pibe hasta el fondo. Nicolás se acomodó atrás y le entró despacio. Diego se paró frente a ella y le metió la suya en la boca. Los tres la cogieron al mismo tiempo. La habitación se llenó de sonidos húmedos, palmadas, jadeos, palabras a medio decir.
Mercedes no paraba de acabarse. Le temblaban las piernas, le dolía la mandíbula, se le escapaba la risa entre gemido y gemido. Los pibes se turnaron casi dos horas. Cuando terminaron, Tomás y Nicolás se vistieron primero. Tenían que volver al taller.
—Gracias, doña. Estuvo brutal.
—Vuelvan cuando quieran.
Los dos se fueron. Diego se quedó.
***
Se acercó a la cama y se acostó al lado de ella. La abrazó por detrás. Mercedes se pegó a su cuerpo, sintiendo la verga todavía semidura contra el culo. Llevaban once meses ya en esa rutina, y aun así nunca habían dormido juntos.
—Quedate hoy —pidió ella en voz baja—. Solo dormir.
Diego no contestó con palabras. La giró, le besó la frente y se acomodó entre sus piernas. Esta vez no fue brusco. Entró despacio en la concha hinchada, todavía caliente de los otros, y empezó a moverse con un ritmo que no había usado nunca en esa casa. Lento, hondo, mirándola.
—Cogeme así —susurró ella—. Como si fuera tu mujer.
—Sos mi mujer ahora, doña.
Le besó las tetas, le mordió el cuello, le pasó la lengua por la oreja. Mercedes le clavaba las uñas en la espalda no por excitación, sino para asegurarse de que estaba ahí. Cuando lo sintió cerca, le agarró la cara con las dos manos.
—Adentro, m'hijo. Quedate adentro.
Diego se acabó dentro de ella con un gruñido bajo. Mercedes tuvo un orgasmo distinto a todos los anteriores: largo, suave, sin gritos. Se quedaron unidos varios minutos, jadeando despacio. Después él se salió, la abrazó por detrás y le pasó el brazo por encima de los pechos.
—Buenas noches, doña Mercedes —le dijo al oído.
—Buenas noches, m'hijo.
Se durmieron así, desnudos, pegados, con la luz de la calle entrando por la ventana y el olor del cuerpo de los dos en las sábanas. Afuera, una tormenta empezaba a golpear el techo. Por primera vez en mucho tiempo, Mercedes no se preocupó por las goteras.