La pintora nos miró posar desnudas en su estudio
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Llevaba un rato a mi lado, espiándome mientras yo me perdía en el cuadro. Cuando por fin habló, supe que las dos deseábamos exactamente lo mismo.
Me daba cien euros de propina por una carrera de tres kilómetros. Tardé dos días en entender que el dinero era solo el principio de lo que pretendía.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Pedimos los masajes juntos para no separarnos. Lo que no sabíamos era que aquellas cuatro manos extra venían dispuestas a quedarse hasta el amanecer.
Cuando le pregunté qué la encendía de verdad, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a contarme una noche que nunca le había confesado a nadie.
Nunca me habían dado un masaje solo en los pechos, y mucho menos con mis cuatro amigas mirando desde el borde de la piscina, esperando su turno.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.
Nunca pensé que unas manos de mujer pudieran tocarme así. Cuando mi patrona me ofreció un masaje, no supe que estaba abriendo una puerta que ya no querría cerrar.
Cuando se echó a llorar en mi hombro y confesó que su marido ya no la tocaba, supe que esa tarde el masaje iba a terminar de una manera muy distinta.
Cruzaba la calle cada mes para hacerme la cera, sin imaginar que la chica de manos suaves estaba esperando la misma señal que yo.
Subí al séptimo piso buscando relajarme una hora. No imaginé que la masajista, y luego mi amante, tenían otros planes para mí esa noche.
Reservó turno para una depilación de rutina antes de las vacaciones. Lo que no esperaba era la forma en que aquella mujer la miraría al cerrar la puerta del privado.
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Cuando Diego salió de la ducha con la toalla apenas atada, Lucía supo que esa semana iba a ser muy difícil de soportar en silencio.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.