La depilación lésbica que terminó en mi primera vez
Mi amiga salió sonriendo de la camilla y me dejó sola con una esteticista que me tocó demasiado bien para que aquello fuera solo depilación.
Mi amiga salió sonriendo de la camilla y me dejó sola con una esteticista que me tocó demasiado bien para que aquello fuera solo depilación.
Ella se quedó mirándome mientras yo deslizaba las manos por el cuerpo de su marido, y entendí que ese masaje no iba a terminar como cualquier otro.
La primera vez solo quería calmarlo para que no saliera de casa, pero cuando lo tuve desnudo bajo mis manos entendí lo mucho que me excitaban los hombres maduros.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Entré al baño tomada de la mano de mi esposo y salí temblando, empapada y con una imagen en la cabeza que todavía me enciende.
La puerta estaba entreabierta, las velas encendidas y una nota sobre la cama. Aun así, entré, me desnudé y obedecí.
Su marido la empujaba a tentarme y ella fingía resistirse, hasta que terminó desnuda en mi villa pidiéndome más de lo que imaginaba.
Acepté el primer billete pensando que solo sería una caricia, pero la puerta cerrada cambió todas mis reglas.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Cuando vi sus sandalias sobre la cama supe que algo había cambiado, pero no imaginé que esa noche terminaría respirando pegado a sus plantas.
Se dejó caer en el sofá con esa calma tramposa, y cuando mis manos bajaron por su espalda supe que no iba a detenerme.
Cerré los ojos para relajarme, pero cuando sus manos bajaron por mi espalda supe que esa noche no iba a terminar durmiendo.
Volví de la playa temblando por el esfuerzo, pero lo que de verdad me dejó sin aliento fueron sus manos y lo que imaginé hacer con ellas sobre mi cuerpo.
Llegué antes que él, encendí las velas y dejé la puerta entornada para una cita que ya no tenía vuelta atrás.
Llevaba meses mirándola por la ventana, pero el día que llamó a mi puerta entendí que ella también llevaba tiempo esperándome.
La reserva prometía un masaje inolvidable. Lo que no decía el anuncio era que aquella tarde yo iba a descubrir un deseo que jamás me había atrevido a nombrar.
Me inventé un trabajo de la universidad para tener a un futbolista a solas, en pantalón corto, y comprobar si sus piernas eran tan increíbles de cerca como en la tele.
Me escribió una sola línea: «¿Relato o fantasía?». No imaginé que esa pregunta terminaría con ella desnuda sobre mi camilla, esperando que se lo demostrara.
El móvil sonó a las seis con tres besos de su amigo, y Amparo supo, antes de contestar, que esa llamada no terminaría como las otras entre ellos.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.