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Relatos Ardientes

La noche que Sandra descubrió lo que quería

3.7 (38)

Era finales de octubre, y Berlín ya mostraba sus dientes: viento cortante al cruzar el Spree, cielos de granito que se cerraban a las cuatro de la tarde, y esa sensación de que el invierno no pide permiso para instalarse. Llevaba poco más de un mes desde la noche con Kofi en Tresor, y aunque en apariencia me había reincorporado a la rutina del máster —clases, biblioteca, cenas baratas en el piso—, mi cabeza seguía volviendo ahí. A cómo me había empujado contra la pared del baño. A lo que sentí cuando entró. A esa mezcla extraña de dolor y querer más que no me había abandonado desde entonces.

No era la misma que había llegado a Berlín en septiembre con la mochila llena de entusiasmo y un diccionario de alemán básico. Esa chica ya no existía, o al menos ya no era la única que habitaba en mí.

***

Mi compañera de piso se llamaba Sandra. Era de Málaga, tenía 22 años, piel morena que cogía bien el color, pelo oscuro y liso que le llegaba justo por debajo de los hombros y unos ojos casi negros que siempre parecían estar procesando algo que nadie más veía. Era delgada de esas que parecen más frágiles de lo que son: hombros estrechos, caderas discretas, pechos pequeños que nunca llevaba marcados. Vestía casi siempre igual —vaqueros oscuros, jersey ancho, botas negras— como si prefiriera pasar desapercibida.

Hablaba poco con desconocidos, pero cuando se sentía cómoda era brutalmente directa. Llevaba tres meses salida de una relación de cuatro años. Su ex era de esos que confunden comodidad con amor, y cuando lo dejó se quedó con esa sensación de quien sale de un cuarto con poca ventilación y no sabe muy bien cómo respirar diferente. Desde entonces miraba a los hombres con una mezcla de curiosidad y cautela. Tenía Tinder instalado pero nunca deslizaba. Salíamos a cenar, a veces a algún bar del Mitte, pero siempre volvíamos antes de medianoche.

Aquella noche —un martes frío, con dos Heineken sobre la mesa del balcón y la ciudad grisácea al fondo— le conté lo de Kofi sin filtros. Todo. El baño de Tresor. La pared de azulejos fríos contra mi mejilla. Lo que sentí cuando me dobló sobre el lavabo y entró de golpe. La sensación de estar al límite y no querer que parara. Le conté los detalles que normalmente uno se guarda, porque sentía que Sandra los necesitaba escuchar.

Me escuchó en silencio, con la botella entre los dedos y los labios ligeramente entreabiertos. El vapor de su aliento se deshacía en el aire frío del balcón.

—Joder —dijo al final, con voz muy baja—. Yo nunca he sentido nada así.

La miré fijo.

—¿Nunca?

—Con Pablo todo era… correcto. —Hizo una pausa—. Correcto y aburrido y siempre igual. Nada de lo que describes.

Dejé la botella sobre la barandilla.

—El sábado hay una fiesta en un almacén en Friedrichshain. Dark techno, hasta que salga el sol. Kofi suele aparecer por allí. Y si no, nos buscamos la vida nosotras dos.

Sandra me miró un momento, sopesando.

—¿Y si en algún momento quiero irme?

—Te acompaño sin rechistar.

Asintió despacio, con los ojos fijos en el cielo oscuro de la ciudad.

—Vale. Voy.

***

El sábado nos arreglamos en el piso. Yo fui directa: body negro de manga larga con la espalda al aire, minifalda de cuero que me llegaba a medio muslo y botas hasta la rodilla. Sandra dudó bastante delante del armario. Se probó tres combinaciones distintas antes de quedarse con unos vaqueros negros muy ajustados, una camiseta fina de tirantes y la chaqueta de ante marrón que casi nunca usaba. Se había maquillado los ojos más de lo habitual. La miré y pensé que estaba bonita de un modo diferente, más decidido.

Llegamos al almacén poco después de la una. La cola era corta y seria: cuero, vinilo, piercings industriales, olor a tabaco frío y a algo más dulce que flotaba sin identificarse. La chica de la puerta nos miró tres segundos y nos dejó pasar sin más. Adentro, el bajo era físico —te lo notabas en el esternón antes de procesarlo como sonido— y la oscuridad era casi total salvo por los estroboscópicos que parpadeaban sin compasión.

Nos metimos en la pista. Yo me solté enseguida, como siempre: brazos arriba, sin mirar a nadie, dejándome llevar. Sandra al principio bailaba solo con los hombros, mirando todo con esos ojos grandes. Pero el techno hace eso: te deshace la rigidez poco a poco, sin que lo notes, hasta que de repente llevas media hora con los ojos cerrados.

Entonces apareció Tobias.

Rubio, flaco, tatuajes en el cuello, unos 28 años. Empezó a bailar cerca de mí sin invadir, esa táctica de rozar sin tocar que o te irrita o te invita. A mí me invitó. Le seguí el juego. Sandra captó la situación de inmediato y se desplazó un paso, dándonos espacio pero sin alejarse.

Tobias me cogió por la cintura desde atrás.

—Du tanzt sehr gut —me dijo al oído.

—Tú también —contesté en español, girándome hacia él.

Me miraba los labios.

—¿Vienes un momento? —preguntó señalando con la cabeza hacia una zona más oscura al fondo.

Me incliné hacia Sandra.

—Voy diez minutos. No te muevas de aquí, ¿vale?

Ella asintió con una sonrisa que era mitad nerviosa y mitad otra cosa.

Tobias me llevó detrás de unas columnas, a un rincón donde había un banco de madera y la oscuridad era casi completa. Me sentó, me subió la falda. Trabajó con los dedos primero —rítmico, constante, sin apresurarse— hasta que me corrí apretando su mano contra mí y mordiéndome el labio para no hacer demasiado ruido. Luego empujó suavemente mi cabeza hacia abajo. Se lo tomé en la boca, sujetándolo por la base, hasta que acabó. Volví con las piernas un poco flojas y un sabor salado en la lengua.

Sandra estaba exactamente donde la había dejado, con una cerveza nueva en la mano.

—¿Bien? —preguntó muy bajito.

—Eficiente —dije, riéndome—. ¿Tú?

—He estado mirando. —Una pausa corta—. Me ha puesto muchísimo.

***

Eran casi las cinco cuando lo vi.

Kofi estaba en el centro de la pista, bailando con esa forma suya que ocupa el espacio sin esfuerzo aparente. Metro noventa al menos, hombros anchos, piel oscura que brillaba bajo las luces parpadeantes. Camiseta de tirantes, brazos tatuados, el cuello inclinado ligeramente hacia un lado como si escuchara la música desde adentro. Bailaba sin mirar a nadie, completamente dentro del ritmo.

Luego nos vio.

Sonrió de ese modo suyo —lento, seguro, sin ningún apuro— y se acercó cortando la pista con facilidad.

—Eh —dijo, mirándome—. Sabía que volverías.

—No podía no hacerlo —contesté—. Kofi, te presento a Sandra. Mi compañera de piso.

Él se giró hacia ella. La miró de arriba abajo con calma, sin disimular pero sin incomodar tampoco, como alguien que aprecia sin pretender nada todavía.

—Sandra —repitió, como probando el nombre—. ¿Bailas?

Ella tragó saliva.

—Un poco.

Kofi le tendió la mano. Luego me cogió a mí de la otra. Nos llevó hacia un lateral de la pista donde las columnas formaban una especie de pasillo oscuro, alejado del grueso de la gente. La pared era fría y rugosa. El bajo seguía retumbando desde abajo como si viniera de las entrañas del edificio.

Me besó primero a mí. Largo, con la mano en la nuca, exactamente como la primera vez. Luego se giró hacia Sandra y le puso dos dedos bajo el mentón con mucha suavidad.

—¿Puedo? —dijo.

Ella asintió. Él la besó despacio, explorando, sin prisa. Sandra cerró los ojos y emitió un sonido muy pequeño contra su boca, casi una queja ahogada.

Kofi se separó un poco y la miró sin decir nada.

—Sí —dijo Sandra antes de que él preguntara.

Kofi se bajó la cremallera.

Sandra se quedó quieta un momento. Abrió los ojos del todo.

—Dios mío —murmuró.

No exageraba. Lo recordaba exactamente así: largo, muy grueso, ligeramente curvado, la cabeza hinchada. Imponente incluso en la oscuridad de aquel rincón.

—¿Eso entra? —preguntó Sandra en voz más alta de lo que pretendía.

—Entra —dije yo—. Te lo prometo.

Kofi se rió muy bajito.

Me arrodillé primero. Lo tomé en la boca con las dos manos en la base, moviendo la lengua despacio por la parte inferior, saboreando el sabor salado y limpio. Sandra vaciló un segundo y luego se arrodilló a mi lado. La miré. Ella miraba a Kofi, que nos observaba con los párpados entornados y la respiración más pausada de lo normal.

—Juntas —dijo él, con voz muy grave.

Empezamos a lamerlo al mismo tiempo, despacio. Nuestras lenguas se rozaban a su alrededor. Sandra soltó una risita nerviosa que fue transformándose en algo más concentrado, más serio. Kofi apoyó una mano en cada cabeza, sin empujar, solo rozando el pelo.

Luego me puso de pie, me giró hacia la pared. Me levantó una pierna, buscó el borde de la ropa interior y la apartó. Entró despacio.

Gemí contra el cemento frío, la frente apoyada en la pared.

—Para un segundo —le pedí.

Se paró. Esperó. Respiré hondo dos veces.

—Ahora sí.

Empezó a moverse con un ritmo profundo, agarrándome por la cadera con una mano y apoyando la otra en la pared sobre mi hombro. Sandra se pegó a nosotros por el lado. Me besó el cuello, me pasó la mano por el vientre hacia abajo. Luego se agachó.

Sentí su lengua.

—Sandra… —empecé.

—Calla —dijo ella, con una seguridad que no le había escuchado nunca.

Kofi aceleró. Me corrí temblando, con la mejilla contra la pared fría y los dientes apretados.

***

Se separó de mí. Nos miró a las dos un momento, sin decir nada.

—¿Sandra?

Ella levantó la vista. Sostuvo su mirada durante un segundo largo. Luego se giró hacia la columna y se apoyó con las dos manos sobre el cemento.

Kofi se colocó detrás de ella. Le subió el borde de la camiseta, le bajó los vaqueros lo justo. Empujó despacio, centímetro a centímetro, sin apresurarse.

Sandra apretó los dedos contra la columna.

—Es… es demasiado —dijo entre dientes.

—Tranquila —le dije al oído, poniéndome a su lado—. Respira. Te lo digo en serio.

—Es que no para de entrar…

—Lo sé. Respira.

Kofi se detuvo, le dio tiempo. Luego avanzó el último tramo. Sandra soltó un sonido largo, entre gemido y suspiro, que se perdió entre el ruido de la música.

—Dios —murmuró—. Está dentro del todo.

Kofi esperó otro momento antes de empezar a moverse. Sandra tardó unos segundos en soltarse, pero cuando lo hizo empezó a empujar hacia atrás, a buscar el ritmo, a respirar diferente. Me puse delante de ella y le sujeté la cara con las dos manos. Nos miramos.

—¿Bien? —le pregunté.

—Sí —dijo, con los ojos brillantes—. Sí. Mucho.

La besé. Kofi aceleró. Sandra gemía contra mi boca en pequeñas oleadas, cada vez menos contenida. Me separé, me senté en un saliente bajo de la columna y abrí las piernas. Sandra me miró un segundo, dudó, y luego se inclinó hacia mí.

Lo que siguió fue extraño y perfecto al mismo tiempo. Sandra me besaba mientras Kofi la embestía desde atrás. Yo le acariciaba el pelo. Kofi nos miraba con esa expresión concentrada que ponía cuando estaba cerca.

Sandra se corrió primero, con un gemido ahogado contra mi muslo, los nudillos blancos sobre el cemento. Kofi apretó sus caderas con las dos manos y acabó dentro de ella, soltando el aire despacio por la nariz.

Después fui yo otra vez. Kofi me levantó, me apoyó contra él de espaldas, buscó la entrada de nuevo. Sandra, de rodillas, nos besaba a los dos por turnos, con una confianza que no tenía una hora antes. Me corrí con los ojos cerrados y las manos aferradas a sus brazos.

***

Salimos cuando el cielo de Berlín empezaba a ponerse de ese gris sucio y frío que anuncia el amanecer sin glamur. Los tres caminamos hasta el canal más cercano en silencio, con las manos entrelazadas de cualquier manera, sin hablar de lo que había pasado porque no hacía falta.

Sandra me apretó los dedos.

—Gracias —dijo muy bajito—. Por traerme.

—¿Bien? —pregunté.

Tardó en contestar. Miraba el agua oscura del canal, el reflejo distorsionado de las farolas.

—Más que bien. Completamente distinto a todo lo que conocía.

Kofi nos miró a las dos desde el otro lado.

—La próxima vez —dijo— en mi apartamento. Cama grande y nadie que moleste.

Sandra y yo nos miramos.

—¿Cuándo tienes libre? —preguntó ella.

Kofi sonrió sin apuro.

—Esta semana.

Ninguna de las dos dijimos que no.

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3.7 (38)

Comentarios (8)

Ferchu_BA

me enganche desde la primer linea. muy bueno!

nocheslocas22

Por favor seguí, quede con ganas de saber como termino todo. Hay segunda parte???

lectora_nocturna

me recordó a una charla que tuve con mi mejor amiga hace años... esas conversaciones te cambian la cabeza. muy bueno el relato

DulceJulieta

Sandra suena como el tipo de amiga que todos necesitamos jaja. Me encanto como arranca la historia

rodorico

Excelente. Se nota que es algo vivido, eso se siente en cada parrafo. Gracias por compartirlo

Tomas_2k

genial!!!

NatiR86

De los mejores relatos de confesiones que lei en mucho tiempo. Lo que mas me gusto es que es sutil y natural, nada forzado. Espero que sigas escribiendo, tenes talento para esto.

PabloR_77

y como sigue?? esa reaccion de Sandra al final me dejo intrigado, quiero saber mas

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