La noche que Sandra descubrió lo que quería
Era finales de octubre, y Berlín ya mostraba sus dientes: viento cortante al cruzar el Spree, cielos de granito que se cerraban a las cuatro de la tarde, y esa sensación de que el invierno no pide permiso para instalarse. Llevaba poco más de un mes desde la noche con Kofi en Tresor, y aunque en apariencia me había reincorporado a la rutina del máster —clases, biblioteca, cenas baratas en el piso—, mi cabeza seguía volviendo ahí. A cómo me había empujado contra la pared del baño. A cómo me bajó las bragas de un tirón y me metió la polla hasta el fondo sin avisar. A la sensación de estar partida en dos, con la mejilla contra los azulejos fríos y los dedos de él clavados en mis caderas. A esa mezcla de dolor, llenura y querer más que no me había abandonado desde entonces.
No era la misma que había llegado a Berlín en septiembre con la mochila llena de entusiasmo y un diccionario de alemán básico. Esa chica ya no existía, o al menos ya no era la única que habitaba en mí.
***
Mi compañera de piso se llamaba Sandra. Era de Málaga, tenía 22 años, piel morena que cogía bien el color, pelo oscuro y liso que le llegaba justo por debajo de los hombros y unos ojos casi negros que siempre parecían estar procesando algo que nadie más veía. Era delgada de esas que parecen más frágiles de lo que son: hombros estrechos, caderas discretas, tetas pequeñas y firmes que nunca llevaba marcadas. Vestía casi siempre igual —vaqueros oscuros, jersey ancho, botas negras— como si prefiriera pasar desapercibida.
Hablaba poco con desconocidos, pero cuando se sentía cómoda era brutalmente directa. Llevaba tres meses salida de una relación de cuatro años. Su ex era de esos que confunden comodidad con amor, y cuando lo dejó se quedó con esa sensación de quien sale de un cuarto con poca ventilación y no sabe muy bien cómo respirar diferente. Desde entonces miraba a los hombres con una mezcla de curiosidad y cautela. Tenía Tinder instalado pero nunca deslizaba. Salíamos a cenar, a veces a algún bar del Mitte, pero siempre volvíamos antes de medianoche.
Aquella noche —un martes frío, con dos Heineken sobre la mesa del balcón y la ciudad grisácea al fondo— le conté lo de Kofi sin filtros. Todo. El baño de Tresor. La pared de azulejos fríos contra mi mejilla. Cómo me había arrancado las bragas y me las había metido en la boca para que no gritara. Cómo me dobló sobre el lavabo, me abrió las nalgas con las dos manos y me metió esa polla negra y enorme de una sola embestida, sin pedir permiso. Cómo me partió en dos y yo le seguí pidiendo más, mordiéndome los nudillos para no berrear. Le conté el sabor de su corrida cuando se la mamé después, cómo me la dejó caer sobre la lengua y me hizo tragarla mirándolo a los ojos. Le conté los detalles que normalmente uno se guarda, porque sentía que Sandra los necesitaba escuchar.
Me escuchó en silencio, con la botella entre los dedos y los labios ligeramente entreabiertos. El vapor de su aliento se deshacía en el aire frío del balcón. Vi cómo se cruzaba de piernas y apretaba los muslos uno contra otro.
—Joder —dijo al final, con voz muy baja—. Yo nunca he sentido nada así. Ni de cerca.
La miré fijo.
—¿Nunca? ¿Pablo nunca te folló bien?
—Pablo me hacía el amor. —Hizo una pausa, una mueca corta—. Encima de mí, cinco minutos, los mismos movimientos, y a dormir. Nunca me ha metido la lengua en el coño. Nunca me ha agarrado del pelo. Nunca me ha hecho correrme dos veces seguidas. Todo era correcto y aburrido y siempre igual.
—¿Y tú qué sientes cuando te cuento esto?
Tragó saliva.
—Me mojo —dijo, sin desviar la mirada—. Llevo veinte minutos mojándome.
Dejé la botella sobre la barandilla.
—El sábado hay una fiesta en un almacén en Friedrichshain. Dark techno, hasta que salga el sol. Kofi suele aparecer por allí. Y si no, nos buscamos la vida nosotras dos.
Sandra me miró un momento, sopesando.
—¿Y si en algún momento quiero irme?
—Te acompaño sin rechistar.
Asintió despacio, con los ojos fijos en el cielo oscuro de la ciudad.
—Vale. Voy.
***
El sábado nos arreglamos en el piso. Yo fui directa: body negro de manga larga con la espalda al aire, sin sujetador, los pezones marcándose contra la tela elástica; minifalda de cuero que me llegaba a medio muslo, tanga negro de hilo debajo, y botas hasta la rodilla. Sandra dudó bastante delante del armario. Se probó tres combinaciones distintas antes de quedarse con unos vaqueros negros muy ajustados que le marcaban el coño, una camiseta fina de tirantes sin nada debajo, y la chaqueta de ante marrón que casi nunca usaba. Se había maquillado los ojos más de lo habitual.
—No llevo sujetador —murmuró, mirándose al espejo, los pezones erguidos asomando bajo la tela—. ¿Se nota mucho?
—Se nota lo justo —le dije—. Vas a follar esta noche, Sandra.
Se rió, nerviosa, pero no me llevó la contraria.
Llegamos al almacén poco después de la una. La cola era corta y seria: cuero, vinilo, piercings industriales, olor a tabaco frío y a algo más dulce que flotaba sin identificarse. La chica de la puerta nos miró tres segundos y nos dejó pasar sin más. Adentro, el bajo era físico —te lo notabas en el esternón antes de procesarlo como sonido— y la oscuridad era casi total salvo por los estroboscópicos que parpadeaban sin compasión.
Nos metimos en la pista. Yo me solté enseguida, como siempre: brazos arriba, sin mirar a nadie, dejándome llevar. Sandra al principio bailaba solo con los hombros, mirando todo con esos ojos grandes. Pero el techno hace eso: te deshace la rigidez poco a poco, sin que lo notes, hasta que de repente llevas media hora con los ojos cerrados.
Entonces apareció Tobias.
Rubio, flaco, tatuajes en el cuello, unos 28 años. Empezó a bailar cerca de mí sin invadir, esa táctica de rozar sin tocar que o te irrita o te invita. A mí me invitó. Le seguí el juego. Sandra captó la situación de inmediato y se desplazó un paso, dándonos espacio pero sin alejarse.
Tobias me cogió por la cintura desde atrás. Sentí su polla dura contra mi culo a través del cuero.
—Du tanzt sehr gut —me dijo al oído.
—Tú también —contesté en español, girándome hacia él y restregándome despacio contra su bulto.
Me miraba los labios. Le metí dos dedos por la cinturilla del vaquero y se la apreté un segundo. Estaba dura como una piedra.
—¿Vienes un momento? —preguntó señalando con la cabeza hacia una zona más oscura al fondo.
Me incliné hacia Sandra.
—Voy diez minutos. No te muevas de aquí, ¿vale?
Ella asintió con una sonrisa que era mitad nerviosa y mitad otra cosa. Le brillaban los ojos.
Tobias me llevó detrás de unas columnas, a un rincón donde había un banco de madera y la oscuridad era casi completa. Me sentó, me abrió las piernas con las rodillas, me subió la falda hasta la cintura y se quedó un segundo mirando la tela del tanga negro, ya oscura de humedad.
—Scheiße —murmuró—. Estás empapada.
—Cállate y métemela.
Apartó el tanga con un dedo y me pasó el pulgar por encima del clítoris. Me arqueé entera. Luego metió un dedo, dos, hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, buscándome ese punto que me hace temblar. Yo le abrí la bragueta y le saqué la polla: blanca, recta, de buen tamaño, con la punta ya goteando. Le escupí en la mano y se la masajeé despacio mientras él me follaba con los dedos cada vez más rápido, frotándome el clítoris con el pulgar a un ritmo brutal.
—Mírame —me dijo en alemán, agarrándome de la nuca con la otra mano.
Lo miré. Me corrí en sus dedos con un gemido ahogado, apretándole la polla en el puño, sintiendo cómo me chorreaba por el muslo y le mojaba la palma. Me clavó los dedos hasta el fondo durante todo el orgasmo, sin parar de frotarme.
Luego me empujó suavemente la cabeza hacia abajo. Me arrodillé en el suelo sucio, le bajé el vaquero hasta medio muslo y le metí la polla en la boca de una sola vez, hasta la garganta. Lo oí soltar un taco entre dientes. Lo chupé despacio primero, sacándola entera y volviendo a tragarla, lamiéndole la cabeza y el frenillo con la lengua plana, ensalivándole los huevos. Cuando lo noté tenso le subí el ritmo: la mano en la base apretando, la boca subiendo y bajando rápida y húmeda, las mejillas ahuecadas, la lengua dándole vueltas a la punta cada vez que salía.
—Me vengo —dijo, agarrándome del pelo.
—Dentro —contesté con la polla todavía en la boca.
Se vino en varias pulsaciones calientes contra el paladar. Sabía a sal y a algo metálico. Tragué lo que pude, lamí lo que se escapó, le limpié la punta con la lengua hasta dejarla brillante. Me levanté con las piernas un poco flojas y un sabor espeso en la boca, me bajé la falda y volví con la pista por delante.
Sandra estaba exactamente donde la había dejado, con una cerveza nueva en la mano.
—¿Bien? —preguntó muy bajito.
—Eficiente —dije, riéndome—. ¿Tú?
—He estado mirando. —Una pausa corta—. Os vi desde aquí. Cómo te corrías. Cómo te la metías en la boca entera.
—¿Y?
—Que tengo el tanga empapado y no sé si voy a aguantar mucho más.
Me reí. Le pasé el pulgar por el labio inferior.
—Aguanta un poco más.
***
Eran casi las cinco cuando lo vi.
Kofi estaba en el centro de la pista, bailando con esa forma suya que ocupa el espacio sin esfuerzo aparente. Metro noventa al menos, hombros anchos, piel oscura que brillaba bajo las luces parpadeantes. Camiseta de tirantes, brazos tatuados, el cuello inclinado ligeramente hacia un lado como si escuchara la música desde adentro. Bailaba sin mirar a nadie, completamente dentro del ritmo.
Luego nos vio.
Sonrió de ese modo suyo —lento, seguro, sin ningún apuro— y se acercó cortando la pista con facilidad.
—Eh —dijo, mirándome—. Sabía que volverías.
—No podía no hacerlo —contesté—. Kofi, te presento a Sandra. Mi compañera de piso.
Él se giró hacia ella. La miró de arriba abajo con calma, deteniéndose en los pezones marcados bajo la camiseta, sin disimular pero sin incomodar tampoco, como alguien que aprecia sin pretender nada todavía.
—Sandra —repitió, como probando el nombre—. ¿Bailas?
Ella tragó saliva.
—Un poco.
Kofi le tendió la mano. Luego me cogió a mí de la otra. Nos llevó hacia un lateral de la pista donde las columnas formaban una especie de pasillo oscuro, alejado del grueso de la gente. La pared era fría y rugosa. El bajo seguía retumbando desde abajo como si viniera de las entrañas del edificio.
Me besó primero a mí. Largo, con la mano en la nuca, exactamente como la primera vez. Me metió la lengua hasta el fondo y me apretó el culo con la otra mano, levantándome la falda hasta dejarme el tanga al aire. Luego se giró hacia Sandra y le puso dos dedos bajo el mentón con mucha suavidad.
—¿Puedo? —dijo.
Ella asintió. Él la besó despacio, explorando, sin prisa. Le metió la lengua en la boca con la misma calma que un trago largo de agua. Le bajó la mano por el cuello, le rozó un pezón por encima de la camiseta y se lo pellizcó suave entre dos dedos. Sandra cerró los ojos y emitió un sonido muy pequeño contra su boca, casi una queja ahogada. Le vi temblar las rodillas.
Kofi se separó un poco y la miró sin decir nada.
—Sí —dijo Sandra antes de que él preguntara—. Sí, lo que quieras.
Kofi se bajó la cremallera y se sacó la polla. Sin bragas, sin nada, directo.
Sandra se quedó quieta un momento. Abrió los ojos del todo.
—Dios mío —murmuró.
No exageraba. Lo recordaba exactamente así: largo, muy grueso, ligeramente curvado, con esa cabeza enorme e hinchada, las venas marcadas a lo largo del tronco oscuro. Imponente incluso en la penumbra de aquel rincón. Le colgaban dos huevos pesados debajo, y la base era casi tan ancha como mi muñeca.
—¿Eso entra? —preguntó Sandra en voz más alta de lo que pretendía—. Joder, eso no entra.
—Entra —dije yo—. Te lo prometo. Duele al principio. Pero entra.
—Es que tengo el coño pequeño…
—Más rico —le dijo Kofi con una sonrisa muy lenta—. Te voy a abrir despacio.
Sandra soltó un gemido bajito solo de oírselo.
Me arrodillé primero. Lo tomé en la boca con las dos manos en la base, moviendo la lengua despacio por la parte inferior, saboreando el sabor salado y limpio de su piel. La punta apenas me cabía. Me la metí hasta donde pude y le saqué la polla brillante de saliva, dándole golpecitos en la mejilla con ella. Sandra vaciló un segundo y luego se arrodilló a mi lado. La miré. Ella miraba a Kofi, que nos observaba con los párpados entornados y la respiración más pausada de lo normal.
—Juntas —dijo él, con voz muy grave—. Las dos a la vez.
Empezamos a lamerlo al mismo tiempo, despacio. Nuestras lenguas se rozaban a su alrededor, lamíamos la misma vena gruesa subiendo y bajando, nos encontrábamos en la cabeza y nos la repartíamos por turnos. Él nos agarraba el pelo con ambas manos, sin empujar todavía, solo marcando el ritmo. Le bajé los huevos a Kofi y le metí uno en la boca, chupándoselo despacio mientras Sandra le seguía mamando la polla. Le oí soltar el aire por la nariz.
—Joder, sí —murmuró.
Sandra al principio no sabía cómo, pero aprendía rápido. Le metía la polla hasta donde podía, las mejillas ahuecadas, los ojos cerrados, y la sacaba con un hilo de saliva colgando. Lo babeó hasta dejárselo brillante de arriba abajo. Le vi una arcada cuando intentó tragárselo entero, pero no soltó. Kofi le sostuvo la cabeza con cuidado.
—Despacio —le dijo—. Tienes la noche entera.
Le pasé la lengua a Sandra por la mejilla mientras ella tenía la polla en la boca, y se la lamí entera hasta la comisura. Ella giró la cara y me besó con la polla todavía entre las dos, y nos morreamos así, con la lengua de Kofi entrando y saliendo del beso. Estábamos las dos hechas un desastre de saliva, de pintalabios corrido, de pelo pegado a la mejilla.
Luego me puso de pie, me giró hacia la pared. Me arrancó el tanga sin contemplaciones —lo oí romperse— y me levantó una pierna apoyándomela contra la pared. Me pasó la punta por la entrada, frotándome primero el coño empapado, restregándomela arriba y abajo entre los labios hasta que la cabeza brillaba de mi flujo. Sentí cómo me presionaba contra la entrada y se detenía.
—Pídelo —me dijo al oído.
—Métemela.
—Más.
—Métemela toda, Kofi. Hasta el fondo. Fóllame.
Empujó. Despacio, centímetro a centímetro, abriéndome como ya recordaba. La presión era brutal, esa sensación de estar siendo estirada hasta el límite. Tenía la frente apoyada en la pared y las manos clavadas en la rugosidad mientras él seguía entrando, y cuando le sentí los huevos pegados a mí supe que la tenía dentro entera. Solté un gemido largo contra el cemento.
—Para un segundo —le pedí.
Se paró. Esperó. Respiré hondo dos veces, notando cómo me latía todo entre las piernas, cómo me palpitaba el coño en torno a su polla.
—Ahora sí. Fuerte.
Empezó a moverse con un ritmo profundo, brutal, agarrándome por la cadera con una mano y apoyando la otra en la pared sobre mi hombro. Cada embestida me empujaba hacia delante y luego me devolvía un golpe de placer seco en el vientre. Le oía el chasquido de los huevos contra mi coño cada vez que me la metía hasta el fondo. Sandra se pegó a nosotros por el lado. Me besó el cuello, me pasó la mano por el vientre hacia abajo y me metió dos dedos entre los muslos para notar cómo me estaba abriendo Kofi desde atrás, cómo le entraba y salía la polla embadurnada de mí.
—Dios mío, qué grande la tiene —murmuró Sandra—. Te está partiendo.
—Lámeme —le pedí.
Se agachó delante de mí, se metió bajo mi pierna levantada y me abrió con la lengua. Me lamía el clítoris en círculos lentos, con una insistencia deliciosa, y de vez en cuando le lamía la polla a Kofi cuando salía de mí. Era nuevo en ella; lo notaba. Pero le ponía un ganas que compensaba todo lo demás. Yo le agarraba el pelo y le marcaba el ritmo contra mi coño.
—Sandra… —empecé.
—Calla —dijo ella, con una seguridad que no le había escuchado nunca—. Córrete en mi boca.
Kofi aceleró. Me clavó las uñas en la cadera y me la metió con golpes secos, profundos, que me hacían chocar la frente contra la pared. Me corrí temblando, con la mejilla contra el cemento frío y los dientes apretados, sintiendo cómo se me apretaba todo alrededor de él, cómo se me caía el flujo en la boca de Sandra mientras me seguía lamiendo, cómo Kofi seguía entrando y saliendo hasta hacerme perder el aire. Le oí soltar un gruñido bajo cuando me notó apretarlo.
***
Se separó de mí. Le caía un hilo de mi flujo desde la cabeza de la polla. Nos miró a las dos un momento, sin decir nada.
—¿Sandra?
Ella levantó la vista desde el suelo, con la barbilla brillante. Sostuvo su mirada durante un segundo largo. Luego se levantó, se giró hacia la columna y se apoyó con las dos manos sobre el cemento.
—Dime cómo —murmuró.
—Bájate los vaqueros tú —contestó él.
Sandra se desabrochó el botón con dedos que le temblaban un poco y se bajó los vaqueros y el tanga juntos hasta la mitad del muslo. Tenía el culo pequeño y firme, las nalgas tensas, y el coño visiblemente húmedo, con la mata oscura recortada al ras y los labios hinchados de ganas.
Kofi se colocó detrás de ella. Le subió el borde de la camiseta hasta la cintura, le pasó la mano por la espalda baja y se quedó mirando su culo desnudo un instante. Le metió un dedo despacio, comprobando. Sandra gimió y empujó contra él.
—Mojadísima —le dijo Kofi—. ¿La quieres entera?
—Sí.
—¿Toda?
—Toda. Métemela toda.
Se pegó a ella. Le pasó la polla por la hendidura, empapando la entrada, restregándole la cabeza arriba y abajo por el coño hasta que Sandra empezó a empujar hacia atrás buscándolo. Entonces empujó despacio, centímetro a centímetro, sin apresurarse.
Sandra apretó los dedos contra la columna. Le vi los nudillos blancos.
—Es… es demasiado —dijo entre dientes—. No me cabe, no me cabe…
—Tranquila —le dije al oído, poniéndome a su lado—. Respira. Te lo digo en serio. Empuja, no aprietes.
—Es que no para de entrar, joder, no para…
—Lo sé. Respira por la boca.
Kofi se detuvo a media polla, le dio tiempo. Le acariciaba la espalda baja con el pulgar, dibujándole círculos lentos. Sandra respiraba con la boca abierta.
—Más —dijo de pronto—. Más, dame más.
Kofi avanzó el último tramo. Sandra soltó un sonido largo, entre gemido y suspiro, que se perdió entre el ruido de la música.
—Dios —murmuró—. Está dentro del todo. La tengo entera dentro.
Le pasé la mano por el vientre y noté el bulto bajo la piel cada vez que él se movía un milímetro. Estaba abierta de par en par.
Kofi esperó otro momento antes de empezar a moverse. Sandra tardó unos segundos en soltarse, pero cuando lo hizo empezó a empujar hacia atrás, a buscar el ritmo, a respirar diferente. Me puse delante de ella y le sujeté la cara con las dos manos. Nos miramos.
—¿Bien? —le pregunté.
—Sí —dijo, con los ojos brillantes—. Sí. Mucho. Joder, mucho.
La besé. Le metí la lengua hasta el fondo. Kofi aceleró. Empezó a follarla con embestidas largas y firmes, sujetándole las caderas con las dos manos y marcándole el ritmo. Cada golpe la hacía gemir contra mi boca en pequeñas oleadas, cada vez menos contenida. Le sonaba el coño mojado a cada entrada y salida. Le subí la camiseta y le pellizqué un pezón duro entre los dedos. Sandra gimió más fuerte.
—Las dos manos, perra —dijo Kofi de repente—. Sujétate con las dos.
Sandra volvió a apoyar las dos manos en la columna. Kofi le agarró el pelo en un puño y empezó a follarla con todo, sin contemplaciones, sacándole la polla casi entera y volviéndosela a meter de un golpe seco. El chasquido de su piel contra el culo de Sandra era brutal. Le marcaba las nalgas con la cadera cada vez que la atravesaba.
—Joder, joder, joder —gemía Sandra—. Así, así, no pares.
Me senté en un saliente bajo de la columna, justo delante de ella, y abrí las piernas. Me la abrí con dos dedos para que viera lo mojada que estaba. Sandra me miró un segundo, dudó, y luego se inclinó hacia mí. Bajó la cara entre mis muslos y me lamió despacio, directa, mientras Kofi seguía embistiéndola por detrás. Cada embestida la empujaba contra mi coño. Le agarré el pelo con las dos manos y le marqué el ritmo.
—Más adentro —le pedí—. Mete la lengua.
Me obedeció. Me lamía con una hambre que no tenía nada que ver con la Sandra del piso. Me chupaba el clítoris, me lo mordisqueaba suave, me metía dos dedos al mismo tiempo. Yo la veía abierta de par en par, con la polla negra de Kofi entrándole y saliéndole entre las nalgas, brillante de su flujo. Las luces del estroboscópico nos congelaban en pedazos: el culo de Sandra arqueado, la polla de Kofi entrando, su mano apretándole la cintura, mi mano agarrándole el pelo.
Sandra se corrió primero, con un gemido ahogado contra mi muslo. Le temblaron las piernas. Le crujieron los nudillos blancos sobre el cemento. La sentí apretar la lengua contra mi clítoris en el espasmo, y la oí soltar un sonido animal contra mi coño.
Kofi no paró. Siguió follándola, marcando un ritmo más lento ahora, más profundo, dejándola sentir cada centímetro. Sandra seguía con la cara entre mis muslos, jadeando, lamiéndome a un ritmo mucho más caótico.
—Me vengo —dijo Kofi—. ¿Dónde?
—Dentro —contestó Sandra sin levantar la cara—. Córrete dentro.
Kofi apretó sus caderas con las dos manos, le dio tres embestidas finales que la hicieron deslizarse contra la columna, y acabó dentro de ella, soltando el aire despacio por la nariz. Le vi tensarse, el cuello en tensión, las venas marcadas. Le bombeó la corrida hasta el fondo. Cuando salió, le chorreaba un hilo blanco por el muslo a Sandra. Se le caía hasta la rodilla.
—Joder —murmuró Sandra.
Me agaché y se la limpié con la lengua, desde la rodilla hasta el coño. Sandra soltó un gemido nuevo.
Después fui yo otra vez. Kofi no perdió ni un minuto. Se la masajeó dos veces y la tenía dura otra vez, brillante de la corrida y del flujo de Sandra. Me agarró del brazo, me levantó, me apoyó contra él de espaldas, me levantó una pierna y me metió la polla de un golpe desde abajo. La sentí entera, caliente, resbaladiza.
—Joder —solté.
—Cabalga —me dijo al oído.
Empecé a moverme yo, subiéndome y bajándome sobre él, sentada a horcajadas al revés, con la espalda contra su pecho. Él me agarraba las tetas por debajo del body, me pellizcaba los pezones, me mordía el cuello. Sandra se arrodilló delante de nosotros y empezó a lamerme el clítoris mientras yo cabalgaba la polla de Kofi. De vez en cuando paraba y se la lamía a él, le chupaba los huevos cuando le quedaban a la vista, volvía a mí. Una confianza que no tenía una hora antes.
Me corrí con los ojos cerrados, gritando contra la mano de Kofi que me tapaba la boca. Apretándolo todo a la vez: el coño en torno a su polla, los dientes en su palma, las uñas en sus muslos. Sentí cómo Kofi se tensaba otra vez detrás de mí, cómo me clavaba los dedos en la cadera, y se vino dentro de mí en pulsaciones largas, gruñendo bajo en mi oído. Salió con un tirón húmedo. Sandra estaba ahí abajo lista, y le abrí las piernas para que me chupara la corrida que me bajaba por el muslo.
***
Salimos cuando el cielo de Berlín empezaba a ponerse de ese gris sucio y frío que anuncia el amanecer sin glamur. Los tres caminamos hasta el canal más cercano en silencio, con las manos entrelazadas de cualquier manera, sin hablar de lo que había pasado porque no hacía falta. Yo notaba el coño abierto, latiendo, y un hilo de corrida secándoseme en el muslo. Sandra caminaba un poco torcida.
Me apretó los dedos.
—Gracias —dijo muy bajito—. Por traerme.
—¿Bien? —pregunté.
Tardó en contestar. Miraba el agua oscura del canal, el reflejo distorsionado de las farolas.
—Más que bien. Completamente distinto a todo lo que conocía. Llevo cuatro años follando y no sabía que el sexo podía ser así.
—Así, ¿cómo?
—Que se me caiga la corrida por la pierna. Que me lamas tú. Que me partan en dos y aún quiera más. Que se me corra alguien en la boca y me guste tragar.
Me reí bajito.
Kofi nos miró a las dos desde el otro lado.
—La próxima vez —dijo— en mi apartamento. Cama grande, sin prisa, y nadie que moleste. Voy a follaros bien a las dos, una al lado de la otra.
Sandra y yo nos miramos.
—¿Cuándo tienes libre? —preguntó ella.
Kofi sonrió sin apuro.
—Esta semana.
Ninguna de las dos dijimos que no.