El fin de semana que planeé para doce desconocidos
Hubo un momento, mientras revisaba la lista de confirmaciones en la pantalla, en que pensé que me había vuelto loco. Doce nombres. Doce personas adultas que habían dicho que sí a pasar dos noches desnudas en una casa rural con once desconocidos. Doce personas que confiaban en mí para que aquello funcionara.
Me llamo Marcos, tengo treinta y un años, vivo en Zaragoza y trabajo en logística. Nada del otro mundo. Pero llevaba meses con una idea que no me abandonaba: organizar un fin de semana erótico real, bien pensado, con normas claras y sin improvisaciones. No una orgía caótica. Algo con estructura, con ritmo, con sentido.
Empecé por buscar la casa. La encontré después de tres semanas mirando anuncios: una finca en el prepirineo, a cuarenta minutos del pueblo más cercano, con piscina, cinco habitaciones y un salón lo suficientemente grande para reunir a doce personas de pie sin que nadie se pisara. La alquilé para el último fin de semana de septiembre. Las noches ya refrescaban, pero el día todavía daba para la piscina y para estar fuera.
Entonces vino lo más difícil.
***
Encontrar personas dispuestas a participar en algo así no es complicado en teoría. En la práctica, es un filtro constante. Hubo quien dijo que sí y después desapareció. Hubo quien llegó con condiciones que contradecían las normas básicas. Hubo parejas que aseguraban querer compartir experiencias pero, cuando la cosa se ponía concreta, se echaban atrás. Un hombre me contactó asegurando venir con su novia, y dos días antes admitió que venía solo. Una pareja insistió en que ellos solo se relacionarían entre sí durante los juegos, lo cual iba en contra de todo el planteamiento desde el principio.
Las normas eran sencillas, pero no negociables.
Primera: durante esos dos días, nadie llevaría ropa dentro de la casa ni en el jardín. Desnudismo total desde el primer momento, sin excepciones y sin vergüenzas toleradas. Segunda: en los juegos organizados, las parejas follarían con otras personas. Si alguien llegaba con pareja y no estaba dispuesto a ver a la suya con otra polla dentro o con otro coño en la cara, que no viniera. Tercera: si un juego te emparejaba con alguien que no era tu primera opción, te la comías o te la follabas igualmente. El objetivo era que nadie se sintiese excluido ni rechazado en ningún momento.
Al final confirmaron doce personas.
Las chicas eran: Valeria, treinta y cuatro años, morena, pelo corto, con las curvas bien marcadas y unas tetas grandes que entraban antes que ella en la habitación. Lucía, veinte años, pelirroja, delgada, con el cuerpo que tienen las chicas que no saben lo guapas que son, pareja de Diego. Carmen, veinticinco, rubia, bajita, con una cara dulce que contrastaba con la mirada de puta que te lanzaba a veces. Rebeca, dieciocho años, morena oscura, con un culo redondo y respingón que era una declaración de intenciones cada vez que se movía. Silvia, cuarenta años, rubia, elegante, con las tetas más grandes del grupo y esa forma de moverse que tienen las mujeres que saben exactamente qué polla quieren, pareja de Álvaro. Y Elena, treinta años, rellena pero con una cara preciosa y ese tipo de cuerpo blando y caliente que te invita a hundirte, pareja de Tomás.
Los chicos: yo. Rafael, treinta y cinco años, exdeportista, con el cuerpo que eso implica. Bruno, veintitrés, el más corpulento del grupo y el que menos habló antes de llegar, con pinta de tener una verga a la altura del resto. Álvaro, treinta y ocho, pareja de Silvia, tranquilo y educado. Diego, diecinueve años, pareja de Lucía, el más joven de todos. Y Tomás, veintinueve, pareja de Elena.
Antes de cerrar la lista le pregunté a cada una de las chicas si estarían dispuestas a comerle el coño a otra mujer durante los juegos. La mayoría dijo que sí sin dudar mucho. Silvia y Rebeca prefirieron limitarlo a los hombres, solo pollas. Lo anoté y lo tuve en cuenta para diseñar los juegos con cuidado.
***
La semana anterior al fin de semana, mandé un mensaje diario a cada participante. No contaba lo que iba a pasar. Solo dejaba caer imágenes: una situación posible, una sugerencia, una tensión sin resolver. Lo suficiente para que llegaran al sábado con el coño húmedo o con la polla ya medio dura, sin saber exactamente qué esperar ni a quién se iban a follar primero.
El viernes por la tarde, mientras preparaba la casa, colocaba las sillas, revisaba el cuarto de baño y pensaba en los detalles, me di cuenta de que yo también estaba nervioso. No era la clase de nerviosismo que te paraliza. Era la clase que te mantiene alerta, con la polla a media asta cada vez que pensaba en lo que iba a pasar en menos de veinticuatro horas.
***
Organicé las llegadas para que los coches no coincidieran en la entrada. Cada persona llegó, fue recibida por mí en la puerta y se le indicó una habitación distinta. La instrucción era simple: dejar la ropa en la habitación y esperar. Cuando todos estuviéramos listos, sonaría un aviso y saldríamos al salón.
Esperé en el pasillo central. Oí el último coche aparcar. Conté hasta treinta. Pulsé el botón del interfono de la cocina, que había conectado a un pequeño altavoz portátil en cada habitación. El sonido fue absurdo: el claxon digital de un coche de juguete que había encontrado en una aplicación. Pero funcionó.
Las puertas se abrieron una a una.
No hay manera de prepararse del todo para ese momento. Ves a once personas desnudas que no conoces de nada, y ellos te ven a ti. No hay tiempo para procesar. Solo hay tetas, coños depilados, pollas colgando a medio despertar, culos redondos, miradas que bajan a la entrepierna del otro sin disimulo, la sensación de que el aire en el salón tiene más densidad que antes. Los once se quedaron quietos durante los primeros segundos, mirándose las tetas y las pollas los unos a los otros, calibrando qué polla iba a acabar dentro de qué coño esa noche.
Después Carmen soltó una carcajada nerviosa, y eso rompió la tensión.
—Buenas —dijo Rafael desde el sofá, con una calma que me pareció admirable y con la polla gruesa apoyada contra el muslo.
—Buenas —respondieron tres o cuatro voces a la vez.
***
El primer juego era la presentación. Formamos un círculo de pie en el salón, los doce. Me puse en el centro para explicar las reglas.
—Cada persona recorre el círculo —dije—. A cada hombre le das la mano. A cada mujer, dos opciones: o dos besos, o un gesto físico que tú elijas. Nada que vaya más allá de un toque. El objetivo es que cuando terminemos, nadie sea un completo desconocido para nadie.
Fui el primero.
A los hombres, la mano. A Valeria le puse una mano en la mejilla y le di un beso en el cuello mientras con la otra mano le rocé la parte inferior de la teta izquierda, despacio, sintiendo el pezón endurecerse contra el dorso de mi dedo. A Lucía la besé en el hombro mientras le sostenía la mirada y le pasaba la yema del pulgar por el pezón rosado, que se puso duro al instante. A Carmen le puse las dos manos en las caderas un segundo, bajé una hasta rozarle la nalga y le di los dos besos con la boca entreabierta. A Rebeca la agarré suavemente por el codo, le mordí el lóbulo de la oreja muy despacio y con la otra mano le acaricié la curva del culo, apretándolo un segundo antes de soltar. A Silvia le besé la muñeca, le subí los dedos por el antebrazo y con la otra mano le sopesé una teta entera, notando el peso caliente en la palma. A Elena le puse una mano en la parte baja de la espalda y la acerqué hacia mí un segundo, lo justo para que sintiera mi polla ya semierecta contra su vientre blando.
Después de mí, Valeria hizo el recorrido. Era la más tímida del grupo, aunque no lo parecía por fuera. A cada hombre le dio un beso en la frente mientras le rodeaba la polla con la mano un instante, sin masturbarlo, solo cerrando los dedos alrededor de la base para medir lo que se iba a comer más tarde. Resultó más íntimo que cualquier otra cosa que se hizo en esa ronda.
Lucía fue la revelación. A cada hombre le puso la palma en el pecho, le buscó los ojos y se los sostuvo durante tres o cuatro segundos. Después bajó la mano por el abdomen y le agarró la polla entera, apretando una sola vez con firmeza antes de soltar y pasar al siguiente. Sin decir nada, sin sonreír, con esa cara de niña que hacía que la mano en la polla resultara diez veces más pornográfica. A mí, cuando me tocó, sentí perfectamente cómo la mano se me quedaba pegada un segundo más de lo que había hecho con los otros.
Bruno, cuando le llegó el turno, besó a cada mujer en la base del cuello por detrás, con una mano en el hombro y la otra bajando hasta rodearle un pecho por delante, apretándolo entero mientras le mordisqueaba la nuca. Hubo algún gemido contenido entre las chicas que estaban esperando su turno.
Rebeca fue directa. A cada hombre le pasó los dedos por la cara interna del muslo hasta llegar arriba, le rozó los huevos con las yemas, le subió la mano por la polla ya despierta con una caricia lenta que iba desde la base hasta el glande, y volvió a bajar. Lenta, precisa, con esa mirada suya que no pedía permiso para nada. A mí me la puso completamente dura en el tiempo que tardó en dar dos caricias. A Silvia, que no participaba en juegos entre chicas, le dio los dos besos sin más, aunque con una sonrisa que significaba otra cosa.
Silvia compensó con los hombres. A cada uno le dio un beso largo en la boca, con lengua, sin prisa, con una mano en la nuca y la otra directamente cerrada alrededor de la polla, masturbándola despacio durante todo el beso. Tenía esa habilidad de hacer que pareciera que eras el único en la habitación, aunque hubiera diez personas mirando cómo se le llenaba la mano de la polla de otro.
Cuando terminamos la ronda, siete de los seis hombres teníamos la polla completamente dura y las seis mujeres tenían los pezones erectos como piedras. Ya no éramos desconocidos. Éramos algo más difícil de definir: doce cuerpos que se habían tocado por primera vez, con la garantía de que en unas horas se iban a tocar mucho más.
***
Antes de que empezaran los juegos principales, había un paso obligatorio: la ducha.
Era una cuestión práctica, pero decidí convertirla en un juego también. El baño más grande de la casa tenía una ducha de obra con mampara de cristal. Coloqué diez sillas frente a ella, como si fuera una sala pequeña con escenario. Las duchas se harían por parejas asignadas por sorteo: una persona se duchaba mientras la otra la enjabonaba. Cinco minutos cada pareja. Durante los primeros cuatro, la persona que se duchaba no podía tocar a la otra ni pedir nada específico. Solo dejarse hacer.
El sorteo me emparejó con Valeria como persona a quien yo duchaba, y con Carmen como la que me ducharía a mí después.
Valeria entró en la ducha primero. Abrí el grifo y ajusté la temperatura mientras ella se colocaba bajo el chorro. El agua le cayó encima y bajó por su cuerpo, resbalando entre las tetas grandes, por el vientre y por la mata oscura y recortada del pubis. Los diez que esperaban fuera del cristal se acomodaron en las sillas y se prepararon para mirar.
Me puse detrás de ella y empecé despacio. Las manos en los hombros, siguiendo el recorrido del agua hacia abajo. No había prisa. Noté que ella respiraba más lento de lo normal, consciente de cada movimiento mío y de mi polla dura apoyada contra la parte baja de su espalda.
Cogí el jabón y lo espumé entre mis manos antes de ponerlas en su piel. Empecé por la espalda, esta vez con más presión, trabajando los músculos como si fuera un masaje largo. Bajé por la cintura, por sus nalgas, metiendo los dedos jabonosos entre las dos, resbalando por el surco hasta rozarle el ojete y volver a subir. Bajé por los muslos, subí otra vez. Lo repetí dos veces sin parar, cada vez metiendo más los dedos entre las nalgas, apretando el pulgar contra el agujero apretado sin llegar a meterlo del todo.
Cuando le pasé las manos por los pechos desde atrás, noté que apoyaba ligeramente la cabeza hacia mí. Mis manos llenas de jabón le cubrían las tetas completas, apretándolas, moviéndolas en círculo, cogiéndole los pezones duros entre el índice y el pulgar y estirándoselos con cuidado. Ella dejó escapar un gemido bajo que solo yo pude escuchar bien, pero que se le notó en cómo se le arqueó la espalda.
Bajé una mano por su abdomen. Llegué hasta donde la piel se curvaba hacia dentro. Me detuve un segundo. Después puse la palma plana sobre su coño, sin moverme, solo con el agua cayendo encima de los dos y mi polla ya empalmada del todo apretada contra su culo.
Entonces moví los dedos.
El coño estaba mojado por dentro de un modo que no tenía nada que ver con el agua. Le separé los labios con dos dedos y le busqué el clítoris con el corazón, hinchado y resbaladizo bajo mi yema. Ella abrió las piernas un palmo, ya sin disimulo. Le froté el clítoris en círculos lentos mientras con la otra mano seguía apretándole una teta desde atrás. Después bajé la mano y le metí un dedo entero. Ella soltó un jadeo. Metí otro. La tenía apretada, caliente, tragándose los dedos hasta los nudillos cada vez que los empujaba hacia dentro. Los saqué chorreando y se los volví a meter, lento primero, más rápido después, mientras con la otra mano cogí el teléfono de ducha y dirigí el chorro directo sobre su clítoris. El agua caliente golpeándole encima y mis dos dedos entrando y saliendo del coño al mismo tiempo, alternando, variando la presión.
Valeria se agarró al mango que había en la pared. Empezó a mover las caderas contra mi mano, follándose ella misma mis dedos. Le noté las paredes del coño apretándose alrededor, y supe que se iba a correr antes de que sonara la señal.
—Ay… ay, joder… —susurró, mordiéndose el labio para no gritar delante de los otros diez.
Le clavé los dedos hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, y le apreté el chorro justo encima del clítoris hinchado. Se corrió con un temblor largo que le recorrió las piernas, y noté cómo el coño le ordeñaba los dedos en espasmos calientes.
Cuando sonó la señal de los cinco minutos, Valeria tardó un segundo en reaccionar. Todavía tenía mis dedos dentro.
—Dios —dijo en voz baja.
Los diez que miraban desde las sillas lo oyeron perfectamente. Le saqué los dedos despacio, brillantes, y me los llevé a la boca sin mirar a nadie. Ella se giró, con la cara roja y los ojos vidriosos, y me dio un beso corto en los labios antes de salir.
***
Carmen me esperaba afuera de la ducha cuando salí. Entramos juntos bajo el agua.
Era más pequeña que Valeria, más ágil, con unas tetas pequeñas y respingonas de pezones muy rosados y un coño completamente depilado que se le veía entero cada vez que separaba un centímetro los muslos. Se situó detrás de mí y empezó por los hombros, como había hecho yo. Pero Carmen tenía sus propias ideas sobre cómo duchar a alguien.
Mientras me enjabonaba la espalda, fue pegando su cuerpo al mío desde atrás. Sus pezones duros contra mi espalda, su vientre contra mis riñones, la mata inexistente del pubis frotándose contra mi culo. El jabón hacía que todo resbalara. Se quedó pegada a mí como si fuera parte del proceso, moviendo las caderas en pequeños círculos, follando el aire contra mí.
Cuando llegó con las manos por delante de mi cintura, no esperó ni fue tanteando. Me rodeó la polla con una mano y me agarró directamente, cerrando los cinco dedos alrededor del tronco. Con la otra mano me cogió los huevos y los sopesó, apretando muy suave.
—Te lo mereces —me dijo al oído, con la voz baja y ronca—. Por todo lo que te has tomado la molestia de organizar. Vamos a ver qué polla más rica tienes.
Y no soltó.
Empezó a masturbarme despacio, con la mano llena de jabón resbalando por toda la longitud, desde la base hasta el glande, girando la muñeca en la punta con cada subida. Con el pulgar me apretaba justo debajo del glande cada vez que llegaba arriba. Me follaba el puño con un ritmo que sabía exactamente lo que hacía.
El resto del grupo miraba desde las sillas. Diego y Lucía en el fondo, con las manos entrelazadas y los dedos de ella dibujando círculos lentos en el dorso de su mano, aunque Lucía ya tenía la otra mano entre las piernas, tocándose sin disimulo. Rafael con los brazos cruzados, la polla dura contra el muslo y una expresión difícil de descifrar. Rebeca con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en la palma, los pezones erectos, siguiéndolo todo sin perder detalle. Silvia se pasaba la lengua por los labios cada vez que Carmen apretaba más fuerte.
Carmen sabía lo que hacía. Cambió la mano y me cogió con la otra mientras la primera me acariciaba los huevos y bajaba hasta el perineo, presionando ahí con la yema del dedo mientras me masturbaba más rápido. Después se agachó, todavía por detrás, pasó las manos por delante entre mis piernas, me cogió los huevos con una mano y con la otra siguió masturbándome mientras me mordía la nalga izquierda.
Volvió a subir, se pegó otra vez a mi espalda, y aceleró. La combinación era demasiado: el calor del agua, sus tetas duras contra mi espalda, la presión que variaba sin aviso, el hecho de que once personas estuvieran viendo exactamente cómo una desconocida me estaba haciendo una paja, cómo se me tensaba la polla en su puño con cada subida.
—Córrete —me susurró al oído—. Córrete para todos.
Cuando terminé, lo hice sin remedio y sin disimulo. Solté un gruñido bajo y me corrí a chorros contra el cristal de la mampara, el semen resbalando espeso por el vidrio a la vista de los diez que miraban desde las sillas. Carmen no soltó, siguió apretando y ordeñándome despacio hasta la última gota, sacudiéndomela con el puño hasta que ya no salió nada más.
Rebeca soltó una carcajada baja. Silvia aplaudió una sola vez, muy despacio.
Carmen soltó y me dio un beso en el hombro antes de cerrar el grifo. Después se llevó los dedos manchados a la boca y los chupó uno a uno, sin quitarme los ojos de encima.
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Las duchas continuaron. Cada pareja tenía su propio ritmo, su propia dinámica. Diego, con sus diecinueve años, tardó tres minutos en correrse en la mano de Silvia, que le llevaba veinte años y supo exactamente qué hacer con esa polla joven desde el primer segundo: le hizo una paja con las dos manos, una en el tronco y otra jugando con los huevos, y cuando notó que estaba cerca se giró, se puso de rodillas bajo el agua y se lo metió entero en la boca para tragarse todo lo que salió. Diego se agarró a la mampara con las dos manos y gritó sin filtro. Lucía, desde su silla, se llevó los dedos al coño y no se los sacó hasta el final.
Elena y Rafael se tomaron los cinco minutos completos como si nadie los estuviera mirando. Rafael la enjabonó entera con una parsimonia obscena, tomándose el tiempo de estrujarle las tetas grandes y blandas contra el cristal, de meterle la mano entre las piernas desde atrás y buscarle el coño con dos dedos hasta que ella empezó a jadear apoyada en la pared. Le comió el cuello y le mordió la nuca mientras la masturbaba, y cuando ella se corrió lo hizo con un grito ahogado que hizo que Tomás, su pareja, apretara los puños en la silla y se pusiera duro como una piedra viendo cómo otro hombre le hacía correrse a su mujer.
Álvaro enjabonó a Rebeca con una concentración y una parsimonia que tuvo al resto de los hombres muy quietos en sus sillas. Le pasó las manos por ese culo redondo suyo durante lo que pareció una eternidad, le separó las nalgas bajo el chorro, le metió un dedo en el coño desde atrás con la chica inclinada hacia adelante, apoyada contra el cristal con las tetas aplastadas contra la mampara para que todos las viéramos deformadas contra el vidrio. Rebeca miraba al frente, a los que estábamos sentados, con la boca entreabierta mientras Álvaro le follaba el coño con dos dedos desde atrás y le pasaba el pulgar por el ojete. Se corrió mirándome a mí directamente a los ojos.
Bruno y Lucía acabaron con la mampara empañada y con Lucía de rodillas al final de los cinco minutos, con la polla enorme de Bruno metida hasta la garganta. La chica pelirroja de veinte años, la novia de Diego, se la comía como si llevara meses sin probar una polla. Bruno le sujetaba la cabeza con las dos manos y le daba embestidas cortas contra la boca. Cuando sonó la señal, Lucía se sacó la polla de la boca, chorreando saliva, la agarró por la base y siguió masturbándolo mirando a Diego a los ojos hasta que Bruno se corrió a chorros sobre las tetas pequeñas de la pelirroja. Diego, en la silla, tenía la polla en la mano y se corrió casi al mismo tiempo sobre su propio vientre sin haberse tocado más que dos veces.
Para cuando terminó la última pareja, ya había caído la noche afuera y el salón tenía una temperatura distinta. No de calor físico. De otra cosa. Algo más denso, más cargado, que no tenía nombre concreto pero que todos reconocían: doce cuerpos ya probados, doce coños y doce pollas que ya se habían tocado, con muchas ganas de mucho más.
Me puse de pie en el centro del grupo otra vez, igual que al principio, con la polla otra vez medio dura después de la corrida en la ducha.
—Quedan dos noches —dije—. Los juegos de verdad todavía no han empezado.
Nadie protestó. Nadie preguntó qué venía después. Solo había doce personas desnudas en un salón en mitad del campo, muy lejos de cualquier otra cosa, con los coños húmedos y las pollas listas, dispuestas a follar lo que fuera con quien fuera.
Era exactamente lo que había querido.

