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Relatos Ardientes

La noche del strip póker que lo cambió todo

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Sebastián se ajustó el cuello de la camisa frente al espejo, revisando el resultado con esa minuciosidad que aplicaba a todo lo que hacía: la ropa doblada con precisión sobre la silla, el perfume dado en tres puntos exactos del cuello, los zapatos con brillo. Así era él. Metódico hasta para salir un viernes a la noche.

El teléfono vibró sobre la cómoda.

—¿Listo, Seba? Estoy abajo —dijo Matías, con esa energía suya que no reconocía horarios—. Bajá, que el tiempo es oro.

—Dame dos minutos. —Sebastián se miró una última vez—. Y contame algo más de estas chicas, que vas muy escueto.

—¿Qué querés que te cuente? —La voz de Matías bajó un tono, como si estuviera desvelando un secreto de Estado—. Valeria tiene cuarenta y un años, se separó hace cuatro meses de un tipo que era un desastre total, y está con unas ganas de vivir que dan miedo. Y Claudia tiene treinta y seis, terminó hace poco con el novio, está en el mejor momento de su vida. Son dos mujeres con criterio, Seba. No te estoy llevando a ningún lado raro.

—Bueno, dale. Voy bajando.

Al salir al edificio, Sebastián se quedó un momento parado en la vereda. En la calle brillaba un sedán negro de gama alta, lustrado como si viniera directo del concesionario.

—¿Y esto? —preguntó subiéndose y pasando la mano por el tablero con reverencia.

—Financiamiento —respondió Matías arrancando con suficiencia—. Las cosas buenas valen.

—Te vas a jubilar pagando este auto.

—Ese es problema del Matías del futuro. El Matías de ahora tiene una reserva y dos mujeres esperando. Concentrémonos en lo que importa.

***

Las encontraron en la esquina acordada, bajo los letreros del bar. Sebastián las vio antes de que el auto frenara del todo.

Valeria llevaba un pantalón de cuero negro ajustado y una blusa burdeos que le resaltaba el pelo oscuro. Alta, con unos ojos que evaluaban sin pedir permiso y una sonrisa que prometía todo lo que no decía en voz alta. A su lado, Claudia contrastaba con ella como si las hubieran diseñado juntas: pelirroja natural, vestido verde por encima de la rodilla, con una cabellera que bajo las luces de la calle parecía encendida.

—Tanto misterio de tu parte —dijo Valeria apoyándose en la ventanilla del acompañante—, y el plan era este. Por lo menos llegaron con estilo.

—El estilo es solo el comienzo —respondió Matías, abriendo la puerta—. Suban.

Adentro del bar, la música entró por el pecho antes de que los ojos pudieran adaptarse a la penumbra. Era un lugar que cuidaba los detalles: iluminación baja, barra de mármol, tragos que valían lo que costaban. Matías pidió la primera ronda sin consultar, encontró su lugar al lado de Valeria, y Sebastián, casi sin darse cuenta, ya tenía la atención de Claudia.

—¿Trabajás con Matías? —preguntó ella, girando levemente en el banco.

—Seguridad corporativa. Los dos, distintas empresas.

—Eso explica la postura —dijo Claudia, evaluándolo con una mirada directa.

—¿Qué postura?

—La de alguien que tiene todo calculado incluso cuando no tiene nada calculado.

Sebastián sonrió. No era una sonrisa de defensa, sino de reconocimiento. Ella no se equivocaba.

La noche avanzó con esa cadencia que tienen los buenos planes cuando nadie los apura. Segunda ronda de tragos, la pista llenándose, conversaciones que fueron perdiendo el formalismo de a poco. Fue Claudia quien lo arrastró a bailar sin hacerlo una pregunta. Le extendió la mano sobre la mesa y él la tomó, y eso fue suficiente.

Bailaba con una soltura que no se aprende: el cuerpo siguiendo el ritmo como si fuera lo más natural del mundo. Sebastián la siguió, sorprendiéndola un poco, y cuando la música cambió a algo más marcado, la atrajo hacia él por la cintura. Claudia acomodó el cuerpo al de él sin resistencia, apretando el culo contra la entrepierna de Sebastián de una manera que no dejaba dudas, y él sintió el calor de ese gesto endurecerle la polla contra el pantalón.

—Tenías cara de no bailar —le dijo ella al oído.

—Tengo cara de muchas cosas que no soy —respondió Sebastián.

—Ya veo. Y hay cosas tuyas que se notan bastante rápido —murmuró ella, moviendo las caderas otra vez contra él.

***

El problema llegó sin aviso, como siempre llegan los problemas de verdad.

Sebastián vio primero la cara de Valeria cambiar: de abierta a tensa en menos de un segundo. Siguió su mirada y encontró a un hombre que se abría paso entre la gente con la camisa arrugada y los ojos vidriosos. Era el tipo de borracho que sabe que hace daño y elige hacerlo igual.

—Mirá vos —dijo el hombre, plantándose frente a Valeria con una voz que cortó la conversación en seco—. Acá estás. ¿Y el nene?

—Con mi mamá, Roberto. Sabés perfectamente. —La voz de Valeria era fría, sin miedo—. Andate. Estás en pedo y hacés el ridículo.

—No me hablés así delante de este —dijo Roberto, intentando agarrar el brazo de Valeria.

Matías se interpuso con una calma que tenía más peso que cualquier grito. —Tranquilo, amigo. Ya fue.

Roberto miró a Matías con ojos que no procesaban bien. Metió la mano en el bolsillo. Lo que apareció no era un celular.

Sebastián no lo pensó. Fue entrenamiento puro: le agarró la muñeca, giró el brazo hacia atrás con una presión exacta sobre el codo y lo inmovilizó contra la barra en menos de dos segundos. La navaja cayó al suelo con un tintineo metálico. Roberto intentó forcejear pero la articulación estaba bloqueada en un ángulo que no daba margen.

—Soltala y salí por donde entraste —dijo Sebastián con una voz que no necesitaba volumen para hacerse oír.

El personal de seguridad del bar llegó en treinta segundos. Roberto salió escoltado y maldiciendo en voz baja. Sebastián se acomodó la manga de la camisa y volvió a la barra como si hubiera ido al baño.

Valeria lo miraba de una manera que no era la misma de antes.

—Gracias —dijo, y la palabra tenía más peso del que esperaba.

—No hay nada que agradecer.

***

Pasada la una de la mañana, cuando el bar se llenó demasiado y la música empezó a volverse repetitiva, Matías hizo la propuesta de siempre: seguir en otro lado.

—Podemos ir a mi departamento —dijo Sebastián, y él mismo se sorprendió de lo rápido que lo dijo.

El departamento estaba en el piso once de un edificio con portero. Lo que los recibió al abrir la puerta fue olor a limpio, muebles de líneas rectas, libros ordenados en la repisa y el piso de madera sin una mota de polvo. Claudia caminó hacia el centro del living y giró lentamente, mirando todo.

—Tenías razón cuando dijiste que eras así —dijo.

—¿Molesta? —preguntó Sebastián.

—Para nada. —Claudia pasó un dedo por el borde de la repisa, como para verificar—. Me parece bien.

Matías preparó una última ronda de tragos cortos y fue él quien encontró el mazo de cartas sobre la mesa auxiliar, dentro de su estuche de cuero marrón, perfectamente alineado como todo lo demás. Lo alzó con la expresión de quien acaba de encontrar una llave.

—Un strip póker —anunció.

Valeria y Claudia intercambiaron una mirada. La comunicación fue silenciosa y rápida.

—Vamos a perder —susurró Claudia.

—Si perdemos, tampoco es la peor cosa del mundo —respondió Valeria.

Sebastián barajó las cartas sin decir nada. La sonrisa que se le dibujó era pequeña pero clara.

***

Las primeras rondas fueron tensas de la manera correcta. Matías perdió primero uno de sus mocasines y después el cinturón. En la tercera mano, Valeria sacó un color de espadas y señaló la camisa de Sebastián.

—Tanto que la cuidaste —dijo Valeria, tomando un sorbo de su copa.

Sebastián se desabrochó los botones uno a uno, con esa calma suya que empezaba a resultar exasperante de tan consistente. Dobló la camisa sobre el respaldo del sillón antes de volver a sentarse, y el gesto fue tan meticuloso y tan ridículo en ese contexto que Claudia soltó una carcajada genuina.

—¿En serio la doblaste? —preguntó.

—¿Y adónde querías que la tirara?

Lo que dejó ver Sebastián sin camisa detuvo la risa de Claudia antes de que terminara. Torso trabajado, la piel oscura contrastando con el pantalón negro, los brazos con esa musculatura discreta que no llamaba la atención hasta que de pronto sí la llamaba. Claudia se pasó la lengua por el labio inferior sin darse cuenta y Valeria lo notó y le pegó un codazo bajo la mesa.

La venganza llegó en la siguiente mano. Sebastián sacó un trío de ases y señaló los pies de las dos.

—Esas plataformas —dijo.

Valeria y Claudia se quitaron los zapatos. Al apoyar los pies descalzos sobre la alfombra fría, sintieron un escalofrío que no era de frío.

El vestido de Claudia cayó de sus hombros en la cuarta ronda. Se quedó en ropa interior color crema, los brazos caídos a los costados, la mirada fija en Sebastián sin esconderse. Las tetas se le marcaban bajo el corpiño con los pezones ya endurecidos empujando la tela, y la bombacha pequeña dejaba ver las curvas anchas de las caderas y una sombra oscura de vello rojizo detrás del encaje. Era una mujer cómoda con su cuerpo y lo dejaba ver sin hacer de eso un número.

Sebastián dejó las cartas sobre la mesa.

—Creo que ya no hace falta seguir jugando.

—No —dijo Claudia—. Creo que no.

***

El departamento de Sebastián, ese espacio construido a fuerza de control y disciplina, fue cediendo de a poco. Los cojines del sillón terminaron en el suelo, las copas quedaron en superficies que no les correspondían, la baraja se desparramó sin que nadie la levantara.

Claudia lo besó primero. Un beso directo que sabía a menta y a la noche entera, la lengua metiéndose en la boca de Sebastián sin pedir permiso, y las manos de él bajaron por su espalda encontrando las curvas que había estado mirando desde la pista de baile. Le desabrochó el corpiño con un movimiento seco y las tetas de Claudia quedaron libres, blancas, pesadas, con los pezones rosados apuntando hacia arriba. Sebastián le agarró una con la palma entera y le pellizcó el pezón con el pulgar y el índice, y Claudia se le mordió el labio inferior soltando un gemido corto.

—Chupámelas —le dijo ella al oído, agarrándole la nuca y empujándole la cabeza hacia abajo—. Fuerte.

Sebastián le tomó un pezón entre los labios y se lo mamó con ganas, tirándolo con los dientes, chupándolo hasta que Claudia arqueó la espalda contra su boca. Pasó a la otra teta y le hizo lo mismo, y Claudia le buscó el bulto del pantalón con la mano abierta y le apretó la polla por encima de la tela.

—La tenés dura —dijo ella con la voz ronca—. Sacátela.

La llevó hacia el sillón despacio, sin apuro, pero Claudia le desabrochó el cinturón antes de llegar. La bombacha de encaje cayó al piso de madera sin drama. Se recostó sobre los almohadones y abrió las piernas frente a él, con esa franqueza de quien ya decidió y no necesita más disculpas. Sebastián terminó de sacarse el pantalón y el bóxer, y la polla le saltó erguida, gruesa, con la punta ya húmeda. Claudia se pasó la lengua por los labios mirándosela sin pudor.

—Vení acá —le dijo ella—. Metémela en la boca antes.

Sebastián se acercó al borde del sillón y Claudia se acomodó de costado, agarrándole la verga con una mano y llevándosela a la boca con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Le pasó la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, y después se la metió entera hasta que Sebastián sintió la garganta apretándole el glande. Claudia empezó a chuparla con un ritmo lento y profundo, ayudándose con la mano, y de vez en cuando la sacaba para lamerle los huevos y volver a tragársela hasta la base. Los ruidos húmedos llenaron el living.

—Así, así —jadeó Sebastián, con una mano apoyada en la cabeza pelirroja de ella—. Chupála toda.

Claudia mamó unos minutos más, hasta que sintió los muslos de él tensarse, y entonces le soltó la polla con un ruido húmedo y se recostó boca arriba abriendo bien las piernas.

—Ahora bajás vos —le ordenó—. Quiero que me la comas.

Sebastián se arrodilló entre las piernas de Claudia y le hundió la cara en el coño sin más preámbulos. Le pasó la lengua desde la entrada hasta el clítoris de un solo lametón y Claudia soltó un jadeo agudo que se escuchó en todo el departamento. Le chupó el clítoris con los labios, se lo mordisqueó, le metió la lengua adentro, le hundió dos dedos mientras seguía lamiéndola. Claudia le agarró la cabeza con las dos manos y le empujó la cara más fuerte contra el coño.

—No pares, hijo de puta, no pares —gemía, moviendo las caderas contra su boca—. Ahí, justo ahí.

Sebastián le siguió el ritmo hasta que sintió el coño de Claudia apretarle los dedos con una contracción larga y ella se corrió con un grito ahogado, mordiéndose el dorso de la mano, las piernas temblándole a los costados de la cabeza de él.

Cuando Claudia todavía estaba jadeando, Sebastián se incorporó, le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las levantó, dejándole el coño abierto y expuesto. Se acomodó la punta de la polla en la entrada, todavía brillante de la saliva y del flujo de ella, y empujó despacio la primera vez, midiendo, sintiendo cómo los cuerpos iban encontrando el ritmo del otro. Claudia soltó un gemido gutural cuando la sintió entera adentro.

—Qué grande la tenés —murmuró apretando los dientes—. Cogeme fuerte, dale.

Sebastián empezó a moverse con embestidas largas, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, y después aceleró hasta que Claudia apoyó los talones en su espalda y lo acercó más, cerrando los ojos y arqueando la espalda. El sonido de las caderas de él chocándole contra el culo se mezcló con los gemidos que ella dejaba escapar, cada vez más agudos, cada vez menos controlados. Sebastián hundió la cara en su cuello, le agarró una teta con la mano y le apretó el pezón mientras la seguía cogiendo.

—Dámela más adentro —le pidió Claudia—. Toda.

La agarró de las caderas, la corrió hasta el borde del sillón y se paró de rodillas sobre el suelo para meterle la polla desde otro ángulo, y Claudia soltó un jadeo largo cuando la sintió tocarle un lugar nuevo. Sebastián la cogió así unos minutos, con las manos hundiéndose en la carne blanca de las caderas, hasta que Claudia le apretó la verga con el coño de nuevo, más fuerte que la primera vez, y se corrió por segunda vez con un gemido que le nació del pecho. El sillón crujió. Los últimos cojines que habían sobrevivido terminaron en el suelo.

***

En el otro extremo del living, Matías y Valeria habían encontrado su propio espacio sobre la alfombra. Él le había bajado el pantalón de cuero de un tirón y la blusa burdeos había volado hacia algún rincón. La mano de él recorría el muslo desnudo de ella con una lentitud calculada, subiendo hasta rozar el borde de la bombacha, mientras le susurraba cosas al oído que la hacían sonreír y después dejar de sonreír. Valeria, que había llegado esa noche con meses de tensión acumulada, los soltó todos de una vez.

Se movió sobre Matías con una confianza que lo descolocó un momento, porque no estaba acostumbrado a mujeres que supieran exactamente lo que querían y lo tomaran sin más rodeos. Le arrancó la camisa de un tirón y le desabrochó el pantalón, y cuando le sacó la polla del bóxer se la agarró con las dos manos y se la pajeó despacio, mirándolo a los ojos.

—Cuatro meses es mucho tiempo —murmuró Valeria, sin necesidad de explicar más.

—Los recuperamos esta noche —dijo Matías.

Ella se rio, se bajó la bombacha con una mano y se sentó a horcajadas sobre él. Se apoyó la punta de la verga de Matías en la entrada del coño y bajó despacio, empalándose ella misma, cerrando los ojos con la boca abierta a medida que se la iba metiendo entera. Cuando lo tuvo hasta el fondo, apoyó las palmas sobre el pecho de Matías y empezó a moverse arriba y abajo con un ritmo que era suyo, subiendo hasta la punta y bajando de golpe, las tetas rebotándole con cada embestida. Matías le agarró las tetas con las dos manos y se las apretó mientras Valeria lo seguía cabalgando.

—Así, con vos arriba —jadeó él—. Manejálo vos.

Valeria no le respondió. Aceleró el ritmo hasta que la alfombra empezó a marcarle las rodillas y los muslos, y cuando sintió la verga de Matías pulsar adentro le apretó el coño con toda la fuerza que le quedaba. Se inclinó hacia adelante y le llenó la boca con la lengua mientras se seguía moviendo, y después le dio vuelta la cara y le mordió el cuello. Matías entendió que la conversación había terminado de la mejor manera posible.

***

Cerca de las tres de la mañana, sin que nadie lo propusiera en voz alta, el espacio del living se fue comprimiendo alrededor de los cuatro. Valeria y Claudia se miraron y se comunicaron con ese idioma silencioso que tienen las amigas de toda la vida. Fue Valeria quien se desplazó primero, con la naturalidad de alguien que no necesita pedir permiso para tomar lo que quiere. Se bajó de Matías dejándole la polla brillante y erguida, se limpió el coño con el dorso de la mano y cruzó el living desnuda hacia donde estaba Sebastián.

El intercambio fue limpio, sin incomodidad. Claudia se levantó del sillón y fue a buscar a Matías sobre la alfombra, con las tetas todavía enrojecidas por los mordiscos de Sebastián y el coño chorreando semen y flujo por la cara interna de los muslos.

Sebastián terminó con Valeria entre sus brazos y descubrió un cuerpo diferente al del de Claudia pero igualmente generoso: más alto, más firme, con las tetas menos pesadas y los pezones oscuros y grandes, un vientre plano y una franja de vello negro bajando hasta un coño depilado casi por entero. Esa clase de seguridad que da el tiempo, una presencia en la piel que no se negocia. Valeria no tenía nada que demostrar y eso hacía que cada movimiento fuera puro y directo.

—No sé si Matías te habló bien de mí o mal —dijo ella, mirándolo desde abajo mientras le agarraba la polla con la mano y se la acariciaba.

—Bien —respondió Sebastián—. Aunque se quedó muy corto.

Valeria sonrió y le hizo una seña con la cabeza para que se sentara en el sillón. Cuando él lo hizo, ella se arrodilló entre sus piernas y se le metió la polla en la boca sin transición. La mamó despacio primero, con la lengua envolviéndole la cabeza, y después empezó a tragársela más profundo, ayudándose con la mano en la base. Le lamió los huevos uno por uno y se los metió en la boca, y después subió otra vez a chuparle la verga entera. Sebastián le apoyó la mano en la nuca y la dejó hacer.

—Sos muy buena con la boca —jadeó.

—Cuatro meses guardándomela —respondió ella con la voz ronca, sin dejar de pajearlo—. Ahora la aprovecho.

Valeria se levantó, se dio vuelta y se apoyó de rodillas contra el sillón, dándole el culo. Miró a Sebastián por encima del hombro y le abrió el coño con dos dedos.

—Metémela así. Fuerte. No hace falta que seas suave.

Sebastián se puso de pie detrás de ella, le agarró las caderas con las dos manos y le hundió la polla de una sola embestida hasta el fondo. Valeria soltó un gemido largo que le nació de la garganta y arqueó la espalda hasta que el pelo oscuro le cayó sobre el piso de madera. Sebastián empezó a cogerla con embestidas duras, apoyando una rodilla en la alfombra para agarrar mejor el ángulo, y el sonido de las caderas de él chocándole contra las nalgas se escuchó por sobre todo lo demás.

—Así, dale, no pares —jadeaba Valeria, moviendo el culo hacia atrás para encontrarlo—. Cogeme como te dé la gana.

Sebastián le agarró un mechón de pelo y tiró suavemente, y Valeria arqueó más la espalda. Le pegó una nalgada seca en el culo y ella soltó un gemido agudo. La siguió cogiendo así unos minutos, más y más fuerte, hasta que sintió el coño de Valeria empezar a apretarle la verga con espasmos cortos. Sus caderas encontraron un ritmo y lo mantuvieron hasta que la respiración de ella se volvió un sonido continuo y preciso que Sebastián sintió en la palma de la mano que tenía apoyada en su vientre.

En la alfombra, Matías y Claudia habían llegado a su propio punto sin retorno. La pelirroja se había soltado el pelo y lo miraba desde arriba con una intensidad que a Matías le resultó completamente nueva. Se había sentado a horcajadas sobre él con la polla adentro y tenía las manos apoyadas en el pecho de él, y se movía con la misma franqueza que Sebastián había descubierto antes: nada de rodeos, nada de pose.

—Quieto —le dijo Claudia—. Dejame a mí.

Matías no protestó. Ella empezó a moverse con las caderas en círculos, apretándole la verga con el coño en cada bajada, mientras se agarraba las tetas y se pellizcaba los pezones ella misma. Después se inclinó hacia adelante hasta que las tetas le quedaron colgando frente a la cara de Matías y él estiró la lengua para lamerle un pezón mientras ella lo seguía cabalgando. Claudia aceleró el ritmo, se enderezó otra vez, y empezó a subir y bajar con toda la longitud de la polla de él, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo con un ruido húmedo cada vez más obsceno.

—Me voy a correr adentro tuyo —jadeó Matías.

—Corréte, dale —le respondió Claudia sin bajar el ritmo—. Llenámelo.

Los cuatro siguieron así, reorganizándose con naturalidad, hasta que el sonido de la noche se volvió una sola cosa continua. Matías se corrió adentro de Claudia con un gruñido bajo y ella se dejó caer sobre su pecho respirando entrecortado, con el semen escurriéndosele lento por la cara interna del muslo. Sebastián sintió a Valeria tensarse bajo sus manos y escuchó cómo la respiración de ella se cortaba de golpe antes de hacerse más profunda y lenta. Le dio dos embestidas más, apretando los dientes, y cuando ella se corrió apretándole la polla con todo el coño él la siguió hasta su propio final, sacándola en el último segundo para descargarle la corrida sobre la parte baja de la espalda y las nalgas. Valeria soltó una risa corta y satisfecha sintiendo el semen caliente sobre la piel. Duró apenas unos segundos y valió toda la noche.

***

La luz del sol entró por los bordes de las persianas a las siete y media. El departamento, antes un monumento a la precisión, mostraba todos los signos de una noche que había valido la pena: ropa en lugares incorrectos, copas vacías sobre la mesada de mármol, los cojines del sillón desperdigados por el suelo de madera.

Se ducharon en turnos que se superpusieron con naturalidad. El agua caliente borró los últimos rastros de la noche, y con ellos también parte de ese peso contenido que los cuatro habían traído sin saber que lo traían. Matías preparó café sin que nadie se lo pidiera. Nadie habló demasiado, y nadie necesitó hacerlo.

Cuando Valeria y Claudia se despidieron en la puerta, Claudia se detuvo un segundo frente a Sebastián.

—Esa postura de «tengo todo bajo control» —dijo—. Esta noche no la tenías.

—No —admitió él—. Esta noche no la tenía.

Matías llevó a las dos en el auto hasta sus casas mientras Sebastián se quedó solo en el living. Recogió los cojines, lavó las copas, volvió a alinear la baraja dentro de su estuche de cuero. Cuando terminó, el lugar casi parecía el de siempre.

Casi.

Esa tarde, el teléfono vibró con un mensaje de Matías: «La próxima, me toca a mí invitar. Avisá cuando estés listo.»

Sebastián apoyó el teléfono sobre la mesada de mármol y miró el techo. Ya estaba pensando.

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Comentarios(8)

Gochita2022

Excelente!!! Me atrape desde el principio, no pude parar de leer

epsilon22

Por favor segui escribiendo, quede con ganas de saber que paso despues de esa noche. Tremendo final

Santi_BA

Me recordo a una situacion similar con amigos hace años jaja, esas noches que empiezan inocentes y terminan... bueno. Muy bien contado!

martuchaBA

Es real esta historia? Porque se siente demasiado autentica para ser inventada jaja

Fede1993

La intro me enganchó al toque. El detalle del departamento ordenado es un toque genail

ViajeroPerdido

Muy buena narrativa, se lee fluido y natural. Espero que haya una segunda parte, hay demasiado potencial en estos personajes para dejarlo ahi

Lula_87

Jajaja las cartas como excusa, clasico de clasicos. Buenisimo!!

alternativo360

La categoria Confesiones tiene muchos relatos pero este es de los que realmente engancha desde la primera linea. Felicidades

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