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Relatos Ardientes

El espejo que le puse en el cuarto de mi suegra

Llevamos casados dieciocho años. Nuestros dos hijos ya viven solos: el mayor en otra ciudad, el menor con su novia en un departamento a veinte minutos de aquí. La casa, que antes era ruidosa y pequeña para todos, ahora nos quedaba grande a los dos. Grande y silenciosa, como uno de esos cuartos de hotel que se sienten vacíos aunque tengan todas las cosas en su sitio.

Mi mujer y yo habíamos encontrado una especie de paz cómoda. Ella con sus series de televisión, yo con el taller del garaje donde paso las tardes arreglando cosas viejas: radios de válvulas, relojes de pared, lo que aparezca. El sexo dejó de ser algo que nos preocupara hace tiempo. Podían pasar dos meses sin que ninguno de los dos propusiera nada, y cuando alguna vez lo intentaba yo —una mano por debajo del camisón, la boca buscándole el cuello— ella me apartaba con un gesto de cansancio que cultivaba como escudo. Mi polla se quedaba dura contra su cadera un minuto largo, esperando algo que no llegaba, hasta que se me caía sola de puro aburrimiento. Terminaba masturbándome en el baño, callado, mientras ella dormía. Lo acepté sin demasiado drama. Así éramos.

En ese contexto llegó mi suegra a vivir con nosotros.

No fue una sorpresa. Tenía setenta y ocho años y vivía sola desde que su marido murió una década atrás. Sus piernas ya no eran lo que habían sido, y aunque caminaba sola por la casa, usaba un andador por precaución desde que se fracturó una cadera un par de años antes. Sus tres hijas acordaron repartirse los meses: un tiempo en casa de cada una, rotando según disponibilidad. Nos tocó empezar a nosotros.

Doña Elvira, así se llamaba, era una mujer agradable. Conversadora sin ser pesada, ordenada, siempre preocupada de no molestar. Llegaba a la cocina a las siete de la mañana a preparar su té con leche, leía el periódico en una tableta que le habían regalado sus nietos, y se acostaba antes de las diez de la noche. Una presencia discreta que apenas alteraba la rutina.

En sus tiempos, debió haber sido una mujer atractiva. Mi mujer tenía fotos de ella de joven y se notaba: alta, con curvas marcadas, unas tetas enormes que llenaban el vestido, y una mirada que en blanco y negro seguía teniendo fuerza. Ahora, a sus años, el tiempo había hecho lo que siempre hace. Piernas delgadas, el andar lento y cauteloso, el cuerpo que se encoge hacia adentro. No era algo en lo que me detuviera a pensar.

Hasta aquella noche.

***

Fue un martes cualquiera. Mi mujer llevaba una hora acostada viendo una de sus series, yo daba vueltas por la casa apagando luces antes de irme a la cama. Al pasar por el pasillo noté que la puerta del cuarto de mi suegra estaba entreabierta. Ella dormía con la puerta así, sin cerrarla del todo, porque le daba claustrofobia el cuarto completamente sellado. Lo sabía, pero nunca había prestado atención.

No sé por qué me detuve esa vez. El pasillo estaba oscuro y la rendija entre el marco y la bisagra era apenas una franja de luz. Desde donde estaba, no se me podía ver. Me quedé inmóvil.

Doña Elvira estaba de espaldas, desvistiéndose despacio. Sus movimientos eran parsimoniosos, los de alguien para quien cada gesto requiere atención. Se desabrochó la blusa botón por botón, se la sacó con cuidado, y luego llevó las manos a la espalda para desenganchar el sostén.

Sus tetas cayeron libres. Grandes, pesadas, caídas, los pezones oscuros y anchos apuntando al suelo, los de una mujer que las había tenido formidables en su momento y que el tiempo había transformado sin borrar su presencia. Se las levantó una vez con las palmas, sopesándolas como aliviando un peso, y las dejó caer de nuevo con un rebote pesado que me hizo tragar saliva en la oscuridad. Vi los pezones oscilar y quedarse quietos contra la piel del abdomen. Luego tomó la camiseta de dormir de la silla y se la pasó por encima de la cabeza.

Me quedé inmóvil cinco segundos más y me fui a la cama.

Esa noche no pude dormir en un buen rato. Estuve tumbado en la oscuridad, con el techo encima y mi mujer roncando suavemente a mi lado, pensando en lo que había visto. Intenté contarme a mí mismo que no había sido nada, que simplemente me había distraído por un segundo. Pero la verdad era más simple y más incómoda: había sentido algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Anticipación. Calor en el pecho. La polla dura, hinchada dentro del calzoncillo, marcando la tela con una mancha de líquido preseminal. Una erección que se instaló sola, sin que yo la invitara, y que no se me bajó ni cuando me giré de costado tratando de olvidarme.

Terminé metiendo la mano bajo las sábanas, muy despacio para no mover el colchón. Me agarré la verga y me la trabajé con lentitud, apretando fuerte en la base, con la imagen de esas tetas caídas rebotando contra el cuerpo de mi suegra grabada en la cabeza. Me corrí en el puño en dos minutos, mordiendo la almohada para no gemir. La corrida me quedó tibia entre los dedos. Me limpié en la camiseta vieja que usaba de pijama y me quedé dormido con un vacío raro en el estómago.

***

La semana siguiente, cuando mi suegra se despidió antes de acostarse, dejé pasar diez minutos y luego caminé despacio por el pasillo. La puerta seguía entreabierta, como siempre. Me planté en el mismo lugar, en la misma oscuridad, y esperé.

El ritual se repitió casi igual. Doña Elvira se sacó la ropa con la misma parsimonia, la misma concentración silenciosa de quien hace algo que ha hecho miles de veces. Esta vez me quedé más tiempo. La vi bajar los pantalones con esfuerzo, apoyándose en el respaldo de la silla, y luego las bragas detrás. Las bragas blancas se le atascaron un segundo en las caderas, y tiró de ellas hacia abajo hasta que le cayeron por las piernas al suelo. Se agachó despacio para juntarlas, y cuando se enderezó quedó completamente desnuda, dándome la espalda. Le vi el culo grande, blando, caído, con esa piel que ya no está tensa pero que sigue siendo culo. Los cachetes se le separaban al respirar. Alcancé a ver, entre las piernas, la sombra oscura de una mata gris de pelo entre los muslos. Después alcanzó la camiseta de dormir y se la pasó por la cabeza tapándolo todo.

Me fui al baño con la polla dura empujando el pantalón. Cerré la puerta con seguro, me bajé todo hasta las rodillas y me la agarré con las dos manos. Escupí en la palma y la trabajé rápido, apretando la punta con el pulgar cada vez que subía. Pensé en esas bragas cayéndole por las piernas viejas, en el culo enorme y caído, en el pelo gris entre las piernas de la madre de mi mujer. Me corrí sobre la tapa del inodoro, chorros gruesos que me sacudieron las rodillas. Me quedé un minuto con la respiración cortada, agarrado del lavamanos, mirándome en el espejo con cara de nada.

No tenía manera de justificarlo y tampoco me esforcé en hacerlo. Era lo que era.

***

El problema era el ángulo. La rendija entre la bisagra y el marco daba una franja estrecha, y la mayoría de las veces Doña Elvira se movía fuera de ese campo. Veía retazos: un hombro, el perfil de una teta, el movimiento de sus brazos, un pedazo de nalga que aparecía y desaparecía. Suficiente para encenderme, pero no suficiente. Me quedaba con las ganas, con la polla marcada bajo el pantalón, terminando siempre en el baño con la mano y con la memoria a medio armar.

Empecé a pensar en soluciones. Mover un poco la puerta era posible, pero arriesgado: cualquier crujido y todo se terminaba. Había una ventana que daba al patio trasero, pero las cortinas estaban siempre corridas. Fui a comprobar desde afuera: el espacio entre la tela y el marco era mínimo. Solo se veía la pared del fondo.

Entonces pensé en el espejo.

Fue una idea que llegó mientras estaba en el taller, lijando una pieza vieja y con la mente en otro lado. Si hubiera un espejo en el ángulo correcto dentro del cuarto, colocado frente a la cama y visible desde el patio a través de la pequeña rendija de la cortina, podría ver todo sin necesidad de estar en el pasillo.

Busqué en internet un mueble zapatero con espejo de cuerpo entero. Encontré uno de madera oscura, con un gran espejo en la puerta frontal, razonablemente elegante para no levantar sospechas. Lo encargué al trabajo para que no llegara a casa cuando yo no estuviera. Lo armé solo un sábado por la mañana en el taller, calculé las dimensiones de memoria, y lo subí al cuarto de mi suegra con el pretexto de que le faltaba espacio para los zapatos.

—No tenías que molestarte —me dijo Doña Elvira, con esa sonrisa de agradecimiento genuino que tenía.

—No es molestia —respondí—. Lo tenía guardado y no lo usábamos para nada.

Lo coloqué exactamente donde lo había calculado: en el ángulo que el reflejo del espejo proyectaba hacia la ventana. Esa tarde fui al patio con la excusa de regar las plantas y comprobé desde afuera: el reflejo era perfecto. Desde el punto exacto donde yo me colocaría, con las cortinas casi del todo cerradas, se veía la cama y buena parte del espacio frente a ella.

Mi mujer dijo que había sido un gesto muy bonito de mi parte.

No respondí nada.

***

La primera noche que usé el espejo, mi mujer llevaba más de una hora dormida con el televisor encendido en algún capítulo que ya no le importaba. Me levanté despacio, salí al patio sin encender ninguna luz, y me ubiqué en el punto que había marcado mentalmente durante días.

Esperé.

Diez minutos después, Doña Elvira entró a su cuarto. A través del espejo, podía verla casi de frente. Se movió hacia la silla donde dejaba la ropa, se sentó en el borde de la cama y empezó a desabrocharse la blusa.

Me bajé el cierre del pantalón y me saqué la polla. Ya la tenía dura, latiéndome contra la mano, con la punta mojada.

La vi con una claridad que la rendija del pasillo nunca me había dado. Sus tetas grandes y caídas cuando se sacó el sostén, los pezones oscuros anchos como monedas, los areolados arrugados por el frío del cuarto. Se las agarró un momento con las dos manos, como sopesándolas otra vez, y me pareció verle un pezón endurecerse entre los dedos. La piel suelta en el abdomen, los surcos que el tiempo graba en un cuerpo que ha vivido mucho, las estrías de sus tres partos cruzándole la barriga. Se levantó para bajarse el pantalón, apoyando una mano en el respaldo de la silla, y cuando se enderezó y se sacó las bragas quedó desnuda frente al espejo durante unos segundos que se sintieron mucho más largos.

Ahora la veía de frente. La mata gris entre las piernas era más espesa de lo que había imaginado, un triángulo canoso que le tapaba el sexo casi por completo. Las tetas le colgaban hasta la mitad del vientre, pesadas, meciéndose despacio cada vez que respiraba. El pubis abultado. Los muslos delgados con la piel floja pero todavía con forma. Me la agarré fuerte y empecé a moverme la mano de arriba abajo, rápido, callado, con la boca abierta contra el hombro para no hacer ruido.

Me miré a mí mismo de manera mental: parado en el patio oscuro con el pantalón abierto, la polla afuera, meneándomela mirando a la madre de mi mujer desnuda a través de un espejo que yo mismo había colocado para este propósito. Era una imagen que en otro contexto me hubiera llenado de vergüenza. Esa noche solo me aceleró el pulso y me apretó más los huevos.

Doña Elvira se rascó despacio debajo de una teta, distraída, con la mirada fija en la televisión pequeña que tenía sobre la cómoda. La teta se le levantó y cayó otra vez, y el pezón oscuro me quedó apuntando directo a través del espejo. Después se pasó la mano por la barriga, se rascó también ahí, y por un momento la mano se le quedó apoyada sobre el pubis peludo, con los dedos hundidos entre el vello gris. Se quedó así unos segundos, mirando la tele, sin darse cuenta de nada. Yo me la trabajaba más rápido, apretando fuerte, la corrida ya subiéndome desde la base.

Luego buscó la camiseta de dormir sobre la cama, se la puso con esa calma característica suya, y se sentó para sacarse las pantuflas. Cuando se agachó, la camiseta se le abrió y le vi las tetas colgando pesadas hacia el suelo, oscilando entre las rodillas.

Me corrí en el patio, callado, con la mano izquierda cubriendo la boca y la derecha bombeando hasta el final. Salieron chorros gruesos que cayeron en las baldosas y en la maceta del limonero. Me quedé encogido contra la pared, respirando por la nariz, con la polla todavía escurriendo sobre los dedos. Me limpié con un pañuelo que había llevado a propósito, me guardé todo, y me quedé un minuto más mirando el espejo hasta que Doña Elvira apagó la luz.

Entré a la casa, me lavé las manos, y me acosté al lado de mi mujer que dormía con la boca entreabierta y la luz azul del televisor parpadeando sobre su cara.

***

Se convirtió en una rutina.

Dos o tres noches por semana, cuando todo estaba en silencio, yo salía al patio con el pañuelo en el bolsillo y la polla ya empezándose a hinchar antes de llegar al punto. A veces tardaba más, a veces menos. Algunas noches Doña Elvira ajustaba mejor la cortina y el ángulo se perdía. Otras noches el espectáculo era completo. Aprendí a no desesperarme cuando no había nada: simplemente volvía a la cama, y esperaba la siguiente vez.

Aprendí sus hábitos. Los martes se bañaba tarde, y esas noches llegaba a la habitación con el cabello húmedo, envuelta en una toalla que se le abría en el pecho, y se tardaba más en desvestirse porque tenía frío. Le veía la piel enrojecida por el agua caliente, las tetas mojadas todavía goteándole por las puntas de los pezones. Una vez, un martes, se secó las piernas con la toalla apoyada contra el filo de la cama, abriéndolas para llegar bien a los muslos por dentro, y me dio un ángulo de su coño peludo que me hizo terminar en el patio antes de que ella hubiera siquiera empezado a ponerse el camisón. Me quedé apoyado contra la pared temblando, con la corrida chorreándome por la muñeca, tratando de no perder el equilibrio.

Los jueves solía acostarse más temprano que el resto de la semana. Los fines de semana, cuando venía alguna de sus hijas de visita, la rutina cambiaba por completo y yo me quedaba sin nada, con las bolas hinchadas hasta el lunes.

Descubrí también que a veces, antes de ponerse la camiseta, se sentaba desnuda en el borde de la cama a ponerse crema en las piernas. Se echaba un chorro en la palma y se la extendía con las dos manos por los muslos, por las pantorrillas, por las rodillas, con movimientos largos y lentos. Las tetas le colgaban entre los brazos, moviéndose con cada pasada. Una noche se echó también crema en el pecho, agarrándose una teta con una mano y untándose el escote con la otra. Terminó pellizcándose distraída un pezón con dos dedos y quedándose así, mirando la televisión, sin darse cuenta. Me corrí tres veces en el patio esa semana pensando en ese pezón entre sus dedos.

Durante el día, en la cocina o en el comedor, Doña Elvira me hablaba de sus cosas: una nieta que iba a casarse en el verano, un programa de radio que le gustaba mucho, el dolor en la rodilla que había mejorado con una crema nueva. Yo escuchaba, respondía, le servía el té, mirándole las manos arrugadas rodeando la taza y pensando en esas mismas manos apretándose las tetas la noche anterior. Éramos dos personas que se llevaban bien.

Nadie hubiera imaginado lo que pasaba cuando las luces se apagaban.

***

Una noche, mientras esperaba en el patio con el frío de octubre mordiéndome los hombros y la polla afuera del pantalón, escuché a mi mujer levantarse al baño. Me quedé completamente inmóvil en la oscuridad, la mano quieta sobre la verga dura. El corazón me golpeaba rápido. Escuché el ruido del agua, luego la cadena, luego el crujido de la cama cuando volvió a acostarse. Esperé cinco minutos más antes de moverme. Cuando por fin volví a mirar al espejo, Doña Elvira seguía ahí, desnuda, ahora acostada boca arriba sobre la sábana. Tenía una mano metida entre las piernas, moviéndose despacio, casi sin darse cuenta, mientras miraba la tele. Los dedos se le perdían entre el vello gris y volvían a aparecer, brillantes. Se me cortó la respiración. Me la agarré con las dos manos y me corrí en menos de un minuto, chorreando el pañuelo, con la boca abierta contra el hombro.

Era parte del riesgo. Una parte que, si era honesto conmigo mismo, también me gustaba.

Ese mes, Doña Elvira se fue a casa de otra de sus hijas. La semana antes de que se fuera, me sorprendí pensando que iba a extrañar esas noches en el patio. No a ella exactamente como persona, sino esa sensación de estar completamente despierto, completamente vivo, con la polla en la mano y una mujer desnuda del otro lado del vidrio, mientras el resto de la casa dormía. Esa atención plena que no encontraba en ningún otro momento del día.

El día que hicieron la maleta, ayudé a bajarla al auto. Doña Elvira me dio un abrazo breve y firme antes de subirse. Le sentí las tetas apretadas contra mi pecho un segundo entero, y tuve que separarme rápido para que no me notara la polla empezándose a mover en el pantalón.

—Gracias por el mueble —me dijo—. De todas las cosas que llevo, ese espejo me gustó más que ninguna. Me hace bien verme entera cada mañana.

—Me alegra —respondí.

Y lo decía en serio.

Esa noche dormí de un tirón, sin interrupciones, al lado de mi mujer que también dormía. La casa estaba completamente en silencio. No salí al patio. No había ninguna razón para hacerlo.

El mueble zapatero con el espejo grande quedó guardado en el taller, apoyado contra la pared, esperando la próxima vez que hubiera alguien en ese cuarto.

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Comentarios(8)

pampero1979

tremendo relato!!! quede con ganas de saber como termino todo

Marito77

la idea del espejo es un genio, que atrevido jaja. muy bien narrado

LectorSolo77

Me encantó como lo contaste, se siente real sin ser exagerado. Esperando la segunda parte con ansias.

Rocio45

y la suegra nunca sospechó nada?? me dejo con esa duda jajaja

DiegoNocturno

Exelente. Esas situaciones tan cercanas y tan prohibidas son las que mas emocionan, bien escrito

Javitxu8585

Me recordó a algo parecido que viví hace años, aunque sin el espejo jaja. Buenisimo el relato, sigue asi

NocheLibre88

corto pero muy bueno, necesita continuacion si o si

Valentina_R

Que tensión tan bien lograda. Se nota que sabés escribir, espero leer mas tuyo pronto.

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