Lo que un desconocido vio en aquel mirador
Cuando una relación empieza, hay una urgencia que no vuelves a sentir nunca igual. Es como si el cuerpo no obedeciera a nada que no fuera tocar al otro. A mí me pasó con Adrián durante los primeros meses, y de aquella época me quedan recuerdos que todavía me sirven cuando estoy sola y necesitada. El que les voy a contar es uno de los favoritos.
Habíamos estado dos semanas separados. Yo me había ido a un curso intensivo fuera y él andaba liado con su tesis de máster, encerrado en la biblioteca hasta las once de la noche. Cuando por fin pudimos vernos, lo recuerdo vivamente: un viernes a media tarde, con la promesa de salir a tomar algo y poco más. La idea era inocente. No salió como esperábamos.
Pasé a recogerlo en mi coche. En cuanto se subió y me besó, supe que aquello no iba a aguantar mucho rato en formato cita normal. Su forma de besarme, despacio al principio y morder el labio inferior justo antes de soltarlo, me dejó la boca seca y la cabeza en otro sitio. Le pregunté a dónde queríamos ir y él me contestó algo, no recuerdo qué. Solo recuerdo que su mano izquierda ya estaba en mi muslo cuando arranqué.
Conducir con una mano de Adrián paseándose por mi pierna es difícil. Conducir con esa misma mano metida bajo mi falda, debajo del tanga, es directamente imposible. Lo intenté. Apreté el volante, miré el retrovisor, intenté pensar en la rotonda que se acercaba. Él se reía. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Tenemos que parar en algún sitio —le dije.
—Tú decides dónde —contestó, y me apretó el clítoris con dos dedos.
No sé cómo llegué a aquel desvío. Era una carretera secundaria que llevaba a una ermita pequeña, con un mirador al final. Lo había visto en el mapa una vez y lo había guardado en la cabeza sin saber por qué. Aparqué casi pegada al final del asfalto, lejos del único coche que vi.
Adrián salió antes que yo, dio la vuelta, abrió mi puerta y tiró de mi mano. No me dejó ni acomodarme la falda.
—Por aquí —dijo.
Caminamos por un sendero de tierra entre pinos hasta llegar a una explanada con dos bancos de piedra y vistas a un valle vacío. El sol estaba bajando. No había nadie.
Se sentó en el banco y me sentó encima, a horcajadas. Yo intenté besarlo y él se apartó. Lo intenté otra vez. Otra vez se apartó, riéndose. Le mordí la mandíbula sin pensarlo. Cuando por fin me besó, lo hizo profundo, metiendo la lengua hasta el fondo y sujetándome la nuca para que no me alejara. Me llevé las manos por debajo de su camiseta y noté cómo se le erizaba la piel del estómago.
Empecé a mover las caderas adelante y atrás, rozándome contra él a través de la tela. Él me dejó hacer un par de minutos antes de levantarme con las dos manos y sentarme a su lado.
—Ven —dijo—. Túmbate un poco.
No me tumbé. Me quedé a su lado, con la espalda contra su brazo, y él me abrió las piernas con un movimiento brusco que me sacó un suspiro. Su mano derecha bajó directa, sin preámbulos, dentro del tanga. Dos dedos. Los curvó hacia arriba, despacio, buscando el sitio. Cuando lo encontró, los movió rápido, en serio, en plan trabajo.
Su otro brazo me rodeó por detrás y su mano me tapó la boca. No dijo nada. Yo entendí.
Estaba a punto de correrme cuando él se quedó muy quieto. Bajó el ritmo. Sus dedos se quedaron dentro de mí pero sin moverse. Le pregunté con la mirada. Él inclinó la cabeza hacia el sendero por el que habíamos venido.
Un hombre de unos cincuenta años, con una bolsa de tela y un perro pequeño, caminaba por el sendero. Despacio. No nos miraba directamente, pero tampoco nos ignoraba. Tenía los ojos donde no debería haberlos tenido.
Y a mí —y todavía me cuesta admitirlo, pero es la verdad— la idea de que aquel hombre nos hubiera estado mirando los últimos diez segundos me puso aún más.
Cuando se alejó lo suficiente, Adrián volvió a moverse. Sus dedos no habían salido de mí en ningún momento. Y entre el placer físico, la situación del mirador al aire libre y saber que un desconocido sabía perfectamente lo que estaba pasando, me corrí ahogando los gemidos contra su boca.
***
No me dio tiempo a recuperarme. Bajé del banco y me arrodillé entre sus piernas, en la tierra. La gravilla se me clavó en las rodillas y no me importó.
—Por favor —le dije.
Es algo que tenemos. Una dinámica. A mí me gusta pedírselo. A él le gusta hacerme esperar.
—Por favor, ¿qué? —dijo, sin moverse.
—Déjame.
Se desabrochó el cinturón despacio, bajó la cremallera y se la sacó. Yo no esperé permiso. Me la metí entera de un movimiento, hasta el fondo, mirándolo a los ojos como sabía que le gustaba. No la solté. Subí, bajé, volví a tragármela, hasta que el sonido de mi propia saliva me daba vergüenza.
Él me dejó marcar el ritmo un rato y luego me cogió del pelo. Me lo agarró fuerte, en un puño, y empezó a moverme la cabeza él. Cerré la garganta, intenté controlar las arcadas, dejé que los hilos de saliva me cayeran por la barbilla. Me la sacó un momento, me dio dos golpecitos con ella en la mejilla y me la volvió a meter hasta el fondo.
Y entonces vi algo por el rabillo del ojo.
Era el hombre del perro. Volvía. Estaba haciendo el camino de vuelta y casi nos había alcanzado.
Le toqué el muslo a Adrián para avisarlo. Él giró la cabeza, lo vio y me apretó la nuca para que no me incorporara. Para que siguiera. Para que el desconocido nos viera, esta vez sin la duda de antes, hacer exactamente lo que estábamos haciendo.
No sé qué fue lo que me pasó por dentro en ese momento. No fue solo morbo. Fue algo más antiguo. Algo que tiene que ver con que te miren y te sigan mirando y no apartar la vista. Yo no aparté la vista de Adrián, pero sabía perfectamente que aquel hombre, andando despacio dos metros detrás de mí, estaba viendo cómo le comía la polla a mi novio en un banco de piedra a los lados de una ermita.
Y le hice la mejor mamada de mi vida.
Bajé a lamerle los huevos despacio, le subí por toda la longitud con la lengua plana, le metí el glande en la boca y lo dejé ahí, quieto, dejándole sentir el calor sin más. Volví a tragármela hasta el fondo. Le hice un ritmo lento y pegajoso, que sabía que lo volvía loco.
Cuando el hombre por fin se perdió por la curva del sendero, Adrián dejó de fingir que aguantaba. Se tensó. Su mano se cerró más en mi pelo. Me la sacó de la boca, se la cogió él y se la pajeó frente a mi cara, con los ojos cerrados y los dientes apretados.
El primer chorro me dio en la mejilla. El segundo en los labios. El tercero en la barbilla. Después me la metió en la boca para que terminara, y yo limpié todo lo que quedaba con la lengua, sin soltarla, hasta que él tuvo que apartarme.
Recogí lo que tenía por la cara con dos dedos y me lo metí en la boca despacio. Es de las cosas que más me gusta hacerle. Saber que está mirando.
Me levantó del suelo y me besó. Le daba igual que la boca me supiera a él. Nunca le importó. Nos besamos un rato largo, con su sabor en mi lengua, y entonces dijo lo único que dijo en toda la tarde:
—Al coche.
***
No voy a entrar en el detalle de cómo llegué al asiento trasero. Solo diré que abrió la puerta, me empujó hacia dentro y me arrancó la falda y el tanga sin preguntar.
Se subió encima. Cerró la puerta de un golpe. Me besó, esta vez con cariño, en la boca y en el cuello, y un segundo después estaba dentro de mí de un golpe que me sacó el aire.
El coche es un sitio raro para follar. Hay poco espacio, hay manijas, hay cinturones que se clavan donde no deben. Y aun así fue una de las mejores que recuerdo. Me embistió fuerte, profundo, sin pausa, mientras yo le agarraba la espalda con las dos manos y le clavaba las uñas hasta dejar marcas que después tardarían días en irse.
Me cogió las dos piernas y me las apoyó en sus hombros. Cambió el ángulo y a mí se me escapó un gemido que no controlé. El sonido de su pubis golpeando contra el mío era obsceno. Olía a sudor, a sexo, a tapicería caliente. La ventanilla se empañó.
Se inclinó hacia delante y me cerró los dedos alrededor del cuello. No apretó fuerte —sabe hasta dónde puede llegar conmigo— pero lo justo para que yo levantara la barbilla.
—Mi zorrita —dijo, y me dio una bofetada suave en la mejilla derecha.
Es una cosa nuestra. No le funcionaría con cualquiera. A mí, dicho por él, me prendía como pocas cosas.
Me corrí gritando. No me importó si alguien podía oír. Me corrí mientras él seguía dentro y mientras yo le apretaba con todo lo que tenía, intentando que no se moviera, que se quedara hundido, que no parase nunca.
No paró. Me dio la vuelta. Acabé yo encima, montándolo, con las manos agarradas al asidero del techo del coche para tener algo donde sostenerme. Y entonces empezó a empujar él desde abajo, rápido, brutal, sin dejarme un segundo entre embestida y embestida. Es una de mis posturas favoritas, aunque parezca al revés. Él manda, yo aguanto.
No sé cuánto tiempo aguanté. No mucho. Me corrí otra vez, y esta vez fue tan largo y tan profundo que terminé acostada encima de él, sin fuerzas, con las piernas temblando y el pelo pegado a la frente.
Él sacó la polla en el último segundo y se corrió sobre mi culo. Sentí el calor del semen extenderse por la piel. Me dejé caer encima de él, pegajosa, sudada, satisfecha hasta el ridículo.
Tardamos en hablar. No hacía falta.
Cuando me incorporé, hice lo que solía hacer después: me arrodillé en el suelo del coche, entre sus piernas, y me la metí en la boca otra vez. Suavemente. Sin prisa. Es algo que le gusta. Saber que estoy ahí aunque no haga falta. Aunque ya no vaya a correrse de nuevo.
Adrián se recostó en el asiento, cerró los ojos y me dejó hacer. Yo le lamí el glande despacio, le acaricié los huevos, me la metí entera y la saqué sin afán de llegar a ningún sitio. Me sabía la longitud de memoria, las venas, el sitio justo donde la lengua debía apretar. Nadie conoce mejor una polla que la persona que se ha pasado meses decidiendo que esa es la suya.
***
Lo que terminó con todo aquello fue otro coche. Subió por el camino, despacio, y aparcó a unos metros del nuestro. Adrián levantó la cabeza, miró por la ventanilla empañada y suspiró.
—Vístete.
Nos vestimos a trompicones, riéndonos por lo bajo, y cuando los del otro coche se bajaron —una pareja mayor con bastones y una libreta de pájaros— nosotros ya estábamos sentados delante, despeinados pero presentables. Él me robó un beso por encima del cambio de marchas mientras yo arrancaba.
No volví a aquel mirador con él. Tampoco hace falta. Cada vez que paso cerca de un desvío como ese, me acuerdo de aquella tarde, del banco de piedra, de los ojos del hombre del perro y de la sensación de tenerlo a él dentro de mí mientras un desconocido se alejaba por un sendero sin atreverse a girarse del todo.
A veces todavía me pregunto si ese hombre lo cuenta en alguna parte. Si tiene una versión, la suya, de mi tarde. Si recuerda, como yo, exactamente lo que vio.